Viaje a París. Los preparativos

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VIAJE A PARIS. LOS MOTIVOS

N. y yo decidimos ir a París para acompañar un rato a su hermano P. y a su amigo N. en su viaje por Europa. P y N. han estado ya en Madrid y Barcelona. Ahora les toca París y después viajarán a Amsterdam, Berlín, Praga y Roma. A P. acaban de transplantarle un riñón después de casi cinco años de espera y de diálisis, así que podríamos decir que este viaje es el primer gran acontecimiento en la vida de P. y también el inicio de muchos planes que esperamos hacer junto a él. El hecho de no estar encadenado a una máquina de diálisis que filtra tu sangre tres días a la semana para mantenerte vivo es, en sí mismo, todo un acontecimiento.

N. me dice que esta será su cuarta vez en París. La mía será la tercera. ¿Cuántas veces hace falta ir a París para decir que no te interesa repetir? Por lo visto, a nosotros nos hace falta unas cuantas más. Muchas más. Porque la Ciudad de la Luz es un lugar al que volver siempre que te lo propongan.

No haría falta decir que N. y yo estamos sin un duro, mucho menos para gastarlo en un viaje a otro país. Pero esto no es un viaje. Es un reencuentro con P. Es un abrazo con la vida. Es una entrada a la nueva existencia de P. de libertad y decisiones, y no podemos perdérnosla. Y París no es una ciudad extranjera. Es el lugar en el que nuestros pasos no dejan huella, sino que es París la que deja huella en nosotros.

EL VUELO

N. y yo salimos el 24 de julio a las 5:45 de camino al aeropuerto. Lo que ocurre con los vuelos de bajo coste es que salen demasiado temprano, a una hora en la que el metro aún no ha comenzado; el tren no nos deja en la Terminal 1; el autobús está lejos para llegar hasta él y 5€ por un trayecto incómodo y largo nos parece demasiado. No queda más remedio que pagar 40 € por un taxi que nos lleve hasta el aeropuerto. En realidad el taxímetro marca 29 euros, pero el suplemento de aeropuerto sube el precio demasiado.

No vamos a facturar equipaje (te cobran un plus por hacerlo y hay que esperar colas a la entrada del aeropuerto y después esperar el equipaje a la salida del avión). En el control de pasajeros, pasamos rápidamente. No pitamos, no nos registran, no nos vuelven a hacer pasar de nuevo. Pero de reojo veo cómo un agente, en cuclillas, cachea concienzudamente a un chico con pinta de surfero al que previamente le ha hecho descalzarse. Viajar puede convertirse en un infierno si es que no lo es ya.

Mientras esperamos sentados para embarcar (falta más de media hora), una larga cola de pasajeros espera de pie. En los vuelos de bajo coste no hay asientos asignados, por lo que existen posibilidades de viajar separado de tu acompañante. A le gente le encanta hacer cola, ponerse nerviosa con demasiada antelación. Quieren subir los primeros en el avión porque creen que así van a conseguir “los mejores asientos”, y cuando ven a alguien que pasa a su lado adelantándolos sin respetar su puesto, imaginan que es un caradura que se les está colando y comienzan a murmurar. Se ponen más nerviosos aún, suben un poco la voz, miran a su alrededor buscando comprensión o permiso de otros pasajeros, no lo encuentran o sí, eso es lo de menos porque en sus cabezas ya se ha formado la idea de que ellos llegaron antes y por tanto tienen razón y por tanto hay que llamar la atención al que se cuela y por tanto pueden gritar. Siempre se escucha algún tono de voz más alto que el otro llamando la atención al que se quiere colar. Pero luego resulta que el “colota” ha pagado otro plus por el fast-quick-best check-in, o como se llame, que le permite pasar delante de todos y subir el primero al avión y llevarse “los mejores asientos” porque el dinero da permiso para tener ventajas.

Una vez pasado el mostrador de la compañía, me quedo esperando a N. para que meta algo en la mochila. Los otros pasajeros nos sobrepasan corriendo por el pasillo que lleva hasta el avión. Uno casi me golpea con la maleta. Parecen gamos saltando unos sobre otros para adelantarse. Creo que son capaces hasta de abandonar su maleta en mitad del corredor solo para subir los primeros. Pero tanto correr, no para llegar al avión, sino a un microbús que es el que realmente nos llevará hasta el avión. No importa. Los pasajeros que ya están montados no se alejan de las puertas, dificultándonos la entrada, porque ahora sí que van a salir los primeros del autobús y entrar los primeros en el avión. Da igual que el listo del Iphone haya pagado por chequear el primero, porque ahora la familia de Córdoba lo van a echar a un lado a maletazos y quedarse ellos con “los mejores asientos”. Yo empiezo a preguntarme cuáles serán para ellos “los mejores asientos” de un vuelo de bajo coste con EasyJet cuyos respaldos ni se reclinan, donde no te dan un mísero tentempié y donde las filas de asientos son de tres.

Tras un breve trayecto, paramos frente al avión. Los pasajeros se agolpan contra las puertas más aún, preparados para el sprint final. Antes de que se abran por completo, todos los pasajeros corren con sus maletas hacia la cabecera del avión, guardando cola en la escalerilla delantera. Pero unos pocos pasajeros vamos sin prisas hacia la escalerilla de la parte trasera en la que no hay nadie. N. y yo subimos, elegimos sitio entre un montón de asientos vacíos, guardamos nuestro equipaje en el maletero de arriba y vamos en ventanilla. Imagino que en la parte delantera, donde los movimientos se ralentizan por el exceso de gente, alguna batalla se ha librado entre el listo del Iphone y la familia cordobesa; o entre la familia de venezolanos vestidos estilo Miami y la parejita de madrileños que busca recuperar la pasión con este viaje. ¿Quién habrá conseguido “los mejores asientos”?

Los nervios no terminan ahí. Los pasajeros quieren llevar sus maletas cerca de donde están sentados, pero algunos maleteros de la parte delantera ya están completos. El chico que ha perdido la pasión y no cree poder recuperarla en París aplasta su maleta contra un maletero lleno, sin importarle que las leyes físicas advierten que en un espacio ocupado por un cuerpo opaco es imposible que otro cuerpo opaco ocupe el mismo espacio. Él empuja y empuja hasta que un auxiliar de vuelo le arrebata amablemente la maleta y se la coloca en otro maletero a dos metros de distancia. La cosa no es tan grave, excepto para el propio chico desapasionado, al que le ronda por la cabeza que el viaje no pinta demasiado bien desde el principio. Tiene serias muestras de ello, pues no ha conseguido “los mejores asientos” y ahora su maleta viaja lejos de él.

Dos minutos después, llega otro microbús con el resto de pasajeros. Estos suben más tranquilos (deben intuir que “los mejores asientos” ya están ocupados) y se despliegan eficientemente por el resto del avión. Ninguno de ellos se sienta con nosotros, concediéndonos mayor comodidad.

La angustia de las primeras filas ha consumido más oxígeno, ocupa más espacio, gasta más energías en tonterías. Aunque se ha deshinchado un poco cuando el segundo microbús ha llegado cargado de nuevos pasajeros. Los pasajeros de las primeras filas notan que le han ganado, que están mejor situados que ellos, que han sido los más listos.

El avión se pone en marcha para todos. Avanza, avanza, avanza hacia la pista de aterrizaje. Una voz en inglés congestionado nos habla. Luego pasa a español congestionado sin pausas. Es difícil discernir las palabras. Nos abrochamos los cinturones, apagamos los móviles, se ponen de pie los auxiliares de vuelo, nos cuentan las salidas de emergencia, las mascarillas de oxígeno, el chaleco salvavidas bajo el asiento. El avión sigue avanzando hacia la pista de despegue que no llega nunca. Los auxiliares de vuelo se sientan. Estamos en la Terminal 4, y seguimos avanzando a través de hangares y torres de control, vemos, recortada con la forma de la escueta ventanilla, alguna parte del aeropuerto que parece más abandonada que el resto. Y despegamos. Por fin estamos en el aire y el paisaje se ve pequeñito ahí abajo. El viaje dura una hora y cuarenta minutos y nos ha costado 160 € por trayecto. Sin turbulencias. Sin sobresaltos. Con paisajes fantásticos que el día soleado nos permite ver en lo que creemos la costa oeste de Francia.

Se encienden las luces de abrocharse el cinturón. El avión aterriza, los pasajeros se empujan por bajar los primeros. Hace sol. Estamos en París.

Comentarios

  1. Profile photo of PedroGda

    PedroGda

    29 julio, 2012

    Así es siempre y así será mientras viajemos, el Low Cost subraya las sensaciones pero no son nuevas. Un placer leerte.

  2. Profile photo of

    volivar

    29 julio, 2012

    Paloma Benavente: ¡Qué peripecias para hacer un vieje! ¿Verdad? Si salimos de vacaciones, creemos que serán, eso, vacaciones, y muchas veces se convierten en complicaciones, en aturdimientos.
    Aunque en tu caso, esas molestias para tomar el avión se diluyen con la vista de Paris, la gran ciudad, la histórica y muy hermosa ciudad luz.
    Un saludo
    M i voto
    Volivar

  3. Profile photo of NicolasMattera

    NicolasMattera

    29 julio, 2012

    Gran relato, Paloma!
    Un fresco exacto de esos viajes low cost. Algunos dicen que el privilegio (imagino el que te da el dinero) es, en realidad, ahorro de tiempo. Esos mismos viajes que hace 5, 10 años eran carisimos ahora los puede hacer cualquiera… pero infinitimanete más incómodos.
    Espero ansiosamente el siguiente relato!
    Saludos y mi voto!

  4. Profile photo of Paloma Benavente

    Paloma Benavente

    29 julio, 2012

    Gracias por tomaros el tiempo de leer/comentar. Cuando uno va de vacaciones, cualquier cosa ha de tomársela con tranquilidad y buen humor. Para eso son vacaciones.

  5. Profile photo of Richard

    Richard

    29 julio, 2012

    Hola Paloma.
    Sorprendido por el buen relato y el buen humor.
    Excelente de verdad.
    Aqui en Argentina le agregamos a las peripecias que nombraste que sale el avión dentro de 6 horas o puede no salir.
    Beso y voto.

    • Profile photo of Paloma Benavente

      Paloma Benavente

      29 julio, 2012

      Aunque no lo parezca, llegamos 20 min. antes de lo calculado! Gracias por tu tiempo para leer y comentar. ¡Un saludo!

  6. Profile photo of Lorenzo

    Lorenzo

    30 julio, 2012

    Alguien decia ” Paris bien vale una misa Paris” nos ayuda a pasar por las incomodidades de la modernidad. Senti la adrenalina de los viajes gracias a tu hermoso relato.

    • Paloma Benavente

      31 julio, 2012

      ¡Gracias, Lorenzo! París bien vale todo, eso sí, mientras estés de turista

  7. Profile photo of TAIKU TAO

    TAIKU TAO

    9 agosto, 2012

    ¡Ja, ja, ja! Me has transportado al aereopuerto y oír las murmuraciones de la cola.

    • Profile photo of Paloma Benavente

      Paloma Benavente

      9 agosto, 2012

      ¡Gracias Taiku!
      A ver si saco tiempo y energías y sigo publicando el viaje

      Un beso

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