De 5:00 a 7:00 a.m. (II -Final)

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6:00 a.m.

Han sonado cuatro cuartos y, seguidamente, seis campanadas. De nuevo percibo una leve queja y un nuevo giro sobre sí, como resistiéndose, aún sabiéndose vencido, a que termine el periodo de descanso.

El adiestramiento que mi oído ha adquirido en la oscuridad, aunque no tenga más sentido que un ocioso ejercicio de acierto y desacierto, me permite conjeturar sobre la posición general en que ha quedado el cuerpo de mi desconocida acompañante; sin embargo, no me atrevo a aventurar sobre la posición de sus extremidades que podrían adoptar múltiples combinaciones y acomodaciones arbitrarias.

Desde el principio de mi desvelo vengo eludiendo la idea que estas circunstancias, lejos de resultar  extraordinarias o casuales, respondan a una relación sólida y por alguna razón olvidada; es decir, que esta sombra en mi vida se extienda no a uno o a varios días, sino a uno o  a varios años y que precisamente en estos momentos, desde una prolongada amnesia, haya vuelto a la consciencia. Sin embargo, ésta es una posibilidad que simplemente rechazo. Por el contrario, si esta sombra, como creo más razonable, solo ha estado proyectada uno o dos días, yo puedo haber llegado a esta estancia por mi propio pie, sólo o acompañado, o bien que alguien me haya traído, después, por ejemplo, de haberme suministrado en alguna bebida un producto diluido cuyos efectos no dejaran huella, al menos a primera vista. Si fuese así, ella, podría haber sido utilizada de igual modo y con el mismo fin, y que ambos desconoceríamos. En este último caso, una o más personas, ajenas a nosotros, habrían ideado y propiciado esta situación. Y ésa o esas personas bien podrían tenernos en este preciso instante bajo vigilancia, estar esperando la luz y nuestros despertares para observar nuestras reacciones, que podrían servir, por ejemplo, para algún estudio psicosociológico o bien tratarse de seres depravados que pretendan recrearse en alguna representación obscena.

 

6:15 a.m.

El primer cuarto de las seis rompe el silencio de esta presumible alcoba. El tiempo transcurre lento pero inexorable, e inevitablemente conduce al desenlace, a que mis temores tomen cuerpo o por el contrario se desvanezcan y vuelvan a la nada. No sé que palabras diré o las que me dirá ella, si verdaderamente somos desconocidos que de improviso nos descubrimos en una situación a todas luces íntima. Si ella, como yo, desconoce las circunstancias, pero es una mujer madura, sabrá manejar bien la situación, facilitando el desarrollo y final de este estado de cosas; sin embargo, si ella es joven e inexperta, me correspondería llevar el peso del asunto, conducirlo con cierta sabiduría, acallar probablemente su vergüenza moral, desactivarla, hacerle entender que la situación carece de la menor importancia, que yo, al igual que ella, soy víctima de un complot de finalidad desconocida, que debemos permanecer unidos y, unidos, buscar amistosamente la salida a esta situación. Tal vez, apenas despierte y observe a su lado un cuerpo masculino, desconocido y desnudo, salte de la cama e instintivamente se apropie de cualquier tela al alcance para ocultar su vergüenza. Cuando entonces  la tenga frente a mí, transformada en boca denigrante, sujetándose con ambas manos el tejido sobre el pecho desnudo, ligeramente encorvada, como queriendo gritarme al oído, pero con los pies prudentemente distantes, y me mire como a un bicho repugnante que la ha poseído tratando de recordar los detalles para escupírmelos a la cara, entonces yo debería ahogar sus gritos con mis gritos para igualar y aún superar su sonoro histerismo, utilizando expresiones cortas y abundantes que denoten sorpresa. Persuadirla, en fin, por la fuerza de los gritos, que la sorpresa es común, que la situación me incomoda tanto como a ella… aunque ella esté francamente apetecible. Y así, poco a poco, bajar el tono de las voces hasta que ella quede completamente tranquila y razonable.

 

6:30 a.m.

Dos nuevos cuartos. Con la claridad voy recuperando el sentido de la visión. Sin despegar la cabeza de la almohada, con movimiento sigiloso, la vuelvo hacia ella. Observo su rostro levemente moreno y perfectamente desconocido. Veo la comisura derecha de su boca, la que cae de mi lado, ligeramente arqueada hacia arriba en una especie de rictus mágico. Una parte de sus largos cabellos le cubre parcialmente el pecho desnudo; uno de sus brazos le discurre paralelo al muslo; el otro, doblado y con la mano derecha descansada sobre el vientre. Finalmente, la posición de las piernas en uve semicerrada, de algún modo, alerta mi pasión. Por contraste con mi cuerpo, el suyo, quizá bronceado, presenta una coloración uniformemente oscura, al menos hasta donde me alcanza la visión furtiva; es decir, su cuerpo casi al completo, desde los senos hasta los pies, excepto la zona pubiana y caderas, cuyo brazo doblado me impide ver su estampa integral. Entonces me pregunto si no será una de esas personas esclavas del culto al cuerpo, de las modas, y deduzco que, en ese caso, si algún vínculo nos une, tratará de influir en mí, por lo que me tocará defenderme de las molestias de una desmedida atención al aspecto físico.

Un gemido y un amago de despertar me causan el rubor propio de quien es sorprendido en reprobable recreo. Disimulando, elevo rápidamente los ojos al techo. Una viga central –lo aprecio claramente–, sostiene una techumbre en uve muy abierta. Justamente bajo el ángulo queda situado el lecho en que yacemos. En torno, muebles y colores apropiadamente coordinados, una decoración sencilla, escasa y elegante, minimalista.

 

6:45 a.m.

La segunda campanada queda ahogada por el estridente sonido del reloj despertador. Agradezco que ella haya alargado maquinalmente el brazo y acallado al primer intento ese endiablado ruido. Después, con los ojos aún cerrados, se ha revuelto y estirado perezosamente, mientras su rostro trazaba muecas sucesivas. Enseguida, con los párpados entornados, ha girado el cuello y, lanzando una fugaz mirada, ha dicho que apenas hay tiempo. Casi simultáneamente se ha vuelto de costado y, volcándose sobre mí, me he visto envuelto en un súbito e indeseado abrazo y he comenzado a sentir los movimientos perezosos de su cuerpo frotándose contra el mío y el aliento fétido de la primera hora del amanecer. Poco después ha avivado el ritmo y enseguida ha encadenado una serie de ayes, dejándose caer, pasados unos segundos, hacia un lado, boca arriba, aparentemente exhausta, sin ocuparse más de mí.

Con la naturalidad que solo otorga el hábito y, en consecuencia, la confianza, ha depositado una taza de café humeante en la mesita de noche; después, acercando los labios a mi frente, ha simulado depositar  un  beso. La he observado mientras se volvía. Estaba vestida de calle, elegante, con los ojos y los labios pintados. Era bonita, muy delgada y de aspecto tan cuidado que bien podría pertenecer a una de esas modelos transidas de hambre que aparecen en las revistas de papel couché. Mientras ella se observaba sucesivamente, una y otra vez,  ambos perfiles al espejo, he pensado que yo aún no había reparado lo suficiente en su cara y apenas había escuchado su voz, por lo que podríamos ser perfectos desconocidos. Ella, sin volverse hacia mí, ha dicho que nos veríamos en el restaurante, a la hora de siempre. Lo ha dicho sin detenerse, mientras se alejaba para salir de la alcoba. Yo no he respondido. No sabía a qué restaurante se refería ni cuál era la hora de siempre, pero no he querido preguntar.

Apenas ella ha traspasado la puerta de la habitación, han comenzado a sonar, precedidas de los cuatro cuartos, siete campanadas.

 

1980

  • Del libro de relatos “Las habladurías de un loro” T.H.Merino

 

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