Mensajero del tiempo

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    Débil y desacompasado, el palpitar de su corazón anunciaba la muerte inminente del viejo reloj.

    Desde hacía más de un siglo, erguido y majestuoso, presidía la torre de la iglesia del pueblo. Día y noche podía escucharse en todos los rincones de la aldea, el alegre tañido que anunciaba, con diferente melodía, los cuartos, las medias y las horas, mensajeros del  paso del tiempo.

    Poco a poco, el ritmo de la vida de los habitantes del lugar se fue acelerando vertiginosamente. En afán por acomodarse al estrés de los hombres, las campanadas comenzaron a sonar con apremio, sin ajustarse al tiempo real, con un sonido estruendoso.

    Los vecinos de la comarca, acostumbrados a ser guiados por el gigantesco latido, veían sus quehaceres diarios inmersos en caóticas situaciones.

    Transcurrido un tiempo con tan peculiar actitud, y consciente del desbarajuste que su comportamiento producía en los lugareños, el viejo reloj decidió cambiar de forma drástica su compás, pasando al extremo contrario.

    En afanado intento por prolongar el tiempo, dilataba cada instante. Creía que así ayudaba a la gente; pero, lejos de provocar el efecto deseado, originó aún más desconcierto en los habitantes de la aldea.

    Alarmados, los vecinos consultaron el caso con los más prestigiosos expertos de las ciudades colindantes.

    Tras infructuoso resultado, acudieron a Fernando, quien fuera sucesor de “el maestro relojero” Eugenio Maculet, creador de la antigua maravilla técnica. Si alguien podía sanar tan extraña dolencia, ése era, sin duda, él.

    Fernando inspeccionó con detenimiento las entrañas del veterano reloj. Revisó el péndulo de acero, la esfera metálica y los engranajes, de cuya precisión dependía el buen funcionamiento de la máquina.

    Desconcertado, comprobó que el corazón metálico se encontraba en perfectas condiciones, haciendo aún más difícil comprender el porqué de su padecimiento.

    Su pulso se tornó cada vez más lento y desfallecido. Fernando escuchó con sus cinco sentidos el agónico tictac.

    - Testigo de amores y desengaños; de decepciones y esperanzas; espectador de la alegría en bodas y bautizos, y cómplice del dolor en las despedidas de los que partían a la morada divina. Si pudieras hablar me contarías tantas cosas… Me revelarías por qué te mueres sin remedio – murmuró el relojero.

    Conmovido, acarició las rígidas manecillas. Al deslizar la mano por el frío metal, observó que sus dedos se humedecían. Se acercó para mirarlas con más detenimiento.

    De la aguja más corta brotó un fluido transparente. Acercó su nariz en busca de un olor que lo identificase, más no halló respuesta. Lo tocó con la punta de su lengua. Desconcertado comprobó que tenía un ligero sabor a sal.

    - ¡Son lágrimas! – exclamó, sorprendido -. El antiguo reloj estaba llorando y la causa de su inminente muerte parecía ser la tristeza.

    En impulso irrefrenable, Fernando, colocó su mano izquierda sobre el corazón del medidor del tiempo, como si al hacerlo pudiese aliviar su sufrimiento.

    En ese preciso instante pudo percibir la inmensa angustia de la veterana maravilla técnica.

    ¡Se sentía solo! ¡Incomprendido! Tras unos segundos, pudo escuchar el lamento del reloj. Con afligida voz, comenzó a narrar:

    - Hace muchos años, los primeros habitantes del pueblo eran guiados por la luz del sol para realizar sus quehaceres. En algunas ocasiones les resultaba difícil precisar la hora en que debían de hacer determinadas labores. Las encargadas de avisarles eran las campanas, pero siempre tenía que haber alguien encargado de tocarlas – prosiguió, abatido:

    - Fue entonces cuando mi padre, Eugenio Maculet, alentado ante la idea de ayudar a sus semejantes, me dio la vida. Yo suplía a los campaneros, liberándoles de tan esclava tarea.

    Suspiró con profundo desconsuelo, y tras unos instantes de impenetrable silencio, reanudó tan desgarrador relato:

    - Nunca fui tan admirado como el famoso Big Ben del Palacio de Westminster,

    en Londres; ni salgo en televisión cuando, expectantes, los vecinos del pueblo se reúnen a mis pies, en espera de las campanadas que anuncian el comienzo de un nuevo

     

    año, como sucede en la Puerta del Sol de Madrid. Yo soy un reloj sencillo, sin más aspiraciones que ser útil a los habitantes de mi pueblo. Siempre me he sentido querido y respetado, como un vecino más. Satisfecho y alegre, anunciaba el amanecer de un  nuevo día, y la hora en que salían las estrellas, la hora del recreo en el colegio y la hora de irse a dormir los niños en la noche de Reyes. Todo era perfecto en mi vida, hasta que un día los hombres, sin motivo aparente, comenzaron a correr de un lado para otro. Tenían prisa por levantarse, trabajar, comer y dormir. Corrían y corrían sin saber por qué lo hacían. Ya no tenían tiempo para jugar con sus hijos, ni para escuchar a los abuelos.

    Suspiró, apesadumbrado, continuó

    - Intenté adaptarme a sus necesidades caminando más y más deprisa, hasta extenuarme. En vez de aumentar su bienestar, los vecinos se mortificaban cada vez más, mostrando irritabilidad y nerviosismo. Molestos al despertar y angustiados ante el anuncio del reposo, empezaron a culpabilizarme de sus sentimientos de fracaso.

    - Cómo corre el tiempo – gritaban con impotencia.

    En vano intento por ajustarme a sus necesidades, comencé a ralentizarme cada vez más, alargando cada hora, cada minuto, cada segundo. Pero lejos de satisfacerles, su descontento parecía agravarse, y proferían frases hirientes:

    - Parece que se hubiera parado el tiempo – decían, indignados.

    Confuso ante sus contradicciones y abrumado por mi sentimiento de ineptitud, he decidido morir. Detendré el tiempo para siempre. De este modo, cada uno podrá darle la  medida que necesite, evitando así causar más sufrimiento.

    El maestro relojero, que había escuchado sin parpadear tan dolorosos argumentos, tras enjugarle el llanto con su pañuelo, sugirió:

    - Es muy noble por tu parte ayudar a los hombres en la trayectoria de su vida; pero, como has podido comprobar, no puedes agradar a todos. Cada uno ve las cosas desde su punto de vista y conforme a sus circunstancias. Libérate de cualquier sentimiento equívoco de culpa – recomendó -. No te consideres responsable de los errores y los aciertos que cometen los humanos. Recuerda que eres un reloj y, por lo tanto, tu única responsabilidad es medir y anunciar el paso del tiempo.

    El experimentado corazón metálico cesó su llanto, respiró aliviado, y tras dar las gracias al maestro por el consejo recibido, comenzó a regular el compás de su latido.

    FIN

     

     

     

    Comentarios

    1. Avatar de El Moli

      El Moli

      22 agosto, 2012

      Hermoso relato, muy tierno y con un mensaje positivo.
      Que bien escribes, lo disfruté.
      Un abrazo.

    2. Avatar de Richard

      Richard

      22 agosto, 2012

      Mi querida dama.
      La belleza, la profundidad, los sentimientos, la fantasía, el mensaje, todo forma parte de esta maravillosa creación. Una más.
      Un gran beso y un gran voto.

    3. Avatar de VIMON

      VIMON

      22 agosto, 2012

      Bello relato, amiga Cenicienta. Mi voto y un abrazo.

    4. Lidyfeliz

      23 agosto, 2012

      Qué bella creación, Cenicienta. Tan tierna, tan cargada de simbolismos y con tanto mensaje para los humanos!. Te felicito de corazón. Mi voto.

      (dos cosas: en los dos primeros párrafos repetís la palabra ANUNCIABA;creo que una puede ser cambiada por alertaba u otro sinónimo. Segundo:
      ” escuchó con sus cinco sentidos” quedaría mejor si lo cambiás por “percibió con sus cinco sentidos”. Espero no te ofendas por mis sugerencias. Son sólo para que este cuento tan hermoso quede perfecto)

      • Avatar de María.del.Mar.(Cenicienta-literaria)

        María.del.Mar.(Cenicienta-literaria)

        23 agosto, 2012

        Querida amiga, Lidyfeliz, muchísimas gracias por seguir mis relatos y por tus bellas palabras hacia los mismos.
        En cuanto a las correcciones, te agradezco mucho que lo hagas; es muy importante corregir errores, para mejorar la calidad de los escritos.
        Un beso muy grande, y mi agradecimiento, de nuevo.

    5. Avatar de oscardacunha

      oscardacunha

      23 agosto, 2012

      Vamos a ver, yo me lo he pasado fenomenal leyéndolo. ¿Y por qué no? Hasta una máquina puede darnos lecciones de humanidad.
      Enhorabuena Cenicienta.
      Un abrazo.

    6. Avatar de nanky

      nanky

      23 agosto, 2012

      Un relato muy bello, plagado de emociones y mensaje. Mis felicitaciones y voto. Un gran saludo desde Buenos Aires.

    7. Avatar de

      volivar

      24 agosto, 2012

      Cenicienta literaria, me había retirado unos días por esos asuntos de salud de mi esposa, pero al regresar y ver esto que has publicado, me llega la alegría, y se diluyen los sufrimientos, pues, tus relatos maravilloso, que ahora he tenido la dicha de leer, El mensajero del tiempo, en verdad que ha logrado que no sienta el paso del tiempo… o ¿a lo mejor se me fue escapó de las manos muy rápidamente?
      Linda amiga… qué poéticamente has descrito lo que nos ocurre con el tiempo, que por lo regular corre muy de prisa y no alcanzamos a realizar nuestra cosas cotidianas… pero luego, qué lentitud de las horas, de los días, cuando se nos terminan las ilusiones.
      Te felicito, gran escritora.
      Mi voto
      Volivar

    8. Avatar de María.del.Mar.(Cenicienta-literaria)

      María.del.Mar.(Cenicienta-literaria)

      24 agosto, 2012

      Lamento mucho que tu mujer no se encuentre bien de salud, espero que se recupere lo antes posible, lo deseo de todo corazón.
      En cuanto al relato, me alegra mucho que haya sido de tu agrado; en efecto, que deprisa pasa el tiempo cuando somos felices, y que lento cuando el sufrimiento se asoma a nuestra vida.
      Intentemos prolongar los momentos de dicha y minimizar los de dolor.
      Un fuerte abrazo, amigo Volivar.

    9. Avatar de

      reka

      28 agosto, 2012

      Una vez más lo conseguiste, el ponerme los pelos de punta leyendo el relato. Muy hermoso Cenicienta. Gracias. Un abrazo y un beso

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    María.del.Mar.(Cenicienta-literaria)