Mohács

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Aplastados. Aquí yace el Reino de Hungría, con la espalda rota por la bota de montar del sultán, Solimán el Magnífico. Aquí yace destrozado el escudo de la Cristiandad y la puerta de Europa, entre el rugir de cañones y mosquetes y las risas salvajes de los akinji otomanos, cuyos cascos apenas resuenan en el blando suelo de la llanura pantanosa de Mohács. El sol se ha puesto ya, pero el cielo aún está rojo, como si él también sangrara por la herida causada por la cimitarra de la Sombra de Dios en la Tierra.

Vlasic Pavel aún no sabe que el Rey Luis se ha ahogado en el río Csele, no muy lejos del campo de batalla. No sabe que más de mil nobles húngaros han caído bajo las armas turcas, junto con catorce mil soldados, magiares, croatas como él, polacos y otros. No sabe aún que el sultán ha dado la orden de no tomar prisioneros y que, según escribirá esta misma noche en su diario, dos mil más serán masacrados sin piedad.

Pavel aún no sabe todo eso, mientras chapotea entre las aguas estancadas de los pantanos que rodean Mohács, sin atreverse a quitarse la armadura por si acaso es emboscado por los batidores turcos, a pesar del riesgo de caer y ahogarse como su monarca. No lo sabe, pero lo intuye. Él, pese a ser croata, estaba entre las filas de los caballeros húngaros cuando Tomori Pál lideró la carga contra los primeros irregulares otomanos, con su cogulla de monje ondeando, más distintiva que cualquier estandarte, sobre el almete de acero que le cubría la cabeza. ¡Cómo retrocedieron los infieles! Pavel no puede evitar una sonrisa de dientes apretados al recordarlo. Azabs irregulares, simples campesinos armados que el sultán usaba sin compasión como carne de cañón para entretener al enemigo; no podían compararse con la caballería húngara, que también sin compasión los masacró con el rostro vuelto hacia la Meca, chillando en turco, albanés y bosnio mientras eran mutilados con acero y pisoteados por cascos herrados.

Aún le parece que puede oír el chocar de las armas. Los azabs no llevaban más que cuero y un sable, que se estrellaba sin efecto alguno contra la coraza de acero de los caballeros; Pavel recuerda la mirada de terror de uno de los turcos, los ojos abiertos como platos sobre los recios bigotes, mientras su espada de Solingen le atravesaba la garganta. Apenas había pasado el medio día cuando se inició la batalla, y el sol de agosto calentaba el acero hasta hacerlo difícil de tocar con la mano desnuda. La sangre recalentada, el metal y la tierra removida de la húmeda llanura creaban un aroma mareante que nublaba los sentidos. Pavel se recuerda enseñando los dientes, y aullando como un vukodlak, un hombre lobo, mientras la carga de los caballeros arrollaba las filas otomanas, tanto que algunos arqueros de la segunda fila llegaron a amenazar al mismo Solimán.

Pero era una trampa. Ahora, sentado, exhausto, en un tocón bajo un sauce cuyo espeso follaje le sirve de escondite, el croata lo ve claro. Los azabs son carne de cañón. Hunyadi János había usado la misma táctica cientos de veces contra los propios otomanos: atráelos, déjalos ganar al principio, que se confíen, y luego aplástalos. Hunyadi usaba a sus caballeros, pero Solimán tenía a sus propios perros: los jenízaros.

La contracarga de los jenízaros había quebrado a los caballeros de Tomori, y había matado a Hungría. Sentado en su tronco, Pavel siente cómo se le retuercen las tripas de impotencia, rabia y vergüenza. Le castañetean los dientes, aunque no sabe si es el frío de la noche que ya cae sobre el campo de batalla, la lluvia intensa que le cala las botas (el cielo llora por Hungría, dirán las campesinas más tarde en sus granjas) o los nervios del combate. Cómo se dejaron engañar. Cómo se dejaron matar. Aún puede ver la humareda de los mosquetes, el sonido ronco de aquella primera salva que derribó a casi una fila entera de hombres de acero mientras se entretenían en masacrar a las levas otomanas. Y luego la carga.

Rostros contorsionados por el odio, lampiños, porque a los esclavos del sultán no se les permite dejarse barba como a los musulmanes normales. Aquellas estrafalarias cucharas, de cobre o de madera, sobre la frente de los cascos de acero rematados por mangas blancas que ondeaban como la espuma de las olas del Mar Negro mientras cargaban con sus yataganes y sus hachas. Ya no irregulares que huían de los cascos de los caballos, sino profesionales entrenados, que no dudaban un segundo en desjarretarlos o rajarles el vientre para derribar a los jinetes. Pavel mismo tuvo que saltar a tierra, dando tajos a diestra y siniestra, descargando las dos pistolas que llevaba en bandolera mientras su caballo agonizaba entre relinchos espantosos, y a menos de dos metros un jenízaro delgado como un galgo atravesaba el visor del casco de Bethlen Miklos con su daga.

Ese fue el fin. Nuevos regulares otomanos se sumaban a los jenízaros, y aunque la derecha húngara resistía, el flanco izquierdo se tambaleaba, y terminó por ceder, llevándose consigo a la infantería mercenaria del centro, y a los caballeros de la derecha. Estaban siendo flanqueados; la artillería otomana ladraba como un sabueso que ha encontrado a su presa, y el humo de la pólvora impedía ver más allá de la hoja de la propia espada. La presión era demasiado fuerte; los primeros gritos de retirada, en húngaro, en croata, en alemán y en polaco, empezaron a llenar el cielo que se oscurecía. Los más débiles tiraban las armas y huían, solo para ser rodeados y degollados por los otomanos. Pavel y algunos más resistieron, enfrentándose a jinetes sipahis que cargaban aullando con las lanzas, con las plumas de los cascos balanceándose en el viento de la tarde, y a jenízaros de ojos enloquecidos que no se detenían ante nada Pero fue inútil.

Tomori Pál cayó ante los mismos ojos de Pavel, derribado del caballo por una bala de mosquete que le perforó la armadura dorada. El anciano general, que fue primero caballero, luego viudo, y monje, luego obispo a la fuerza y por último, capitán del sur de Hungría y su última esperanza, se había quedado paralizado con la boca abierta en medio de una arenga, tan sorprendido por el disparo como los soldados a los que estaba intentando reorganizar. Si pretendía evitar que huyeran, su muerte selló la desbandada. Las espadas cayeron al suelo, y ya nadie se preocupó del honor, del valor, ni de la patria, sino solo de salvar la vida, comenzando por el propio rey Luis. Vlasic Pavel fue uno de los que, viéndolo todo perdido, volvió la espalda a los jenízaros y puso pies en polvorosa, por mucho que se maldijera luego por ello.

A su espalda, el campo de batalla era un lago de sangre. La tierra, húmeda de por sí, se había visto empapada por las vidas de veinte mil cristianos y más de mil musulmanes, y había bebido de ambos por igual, como ha hecho la tierra, sin distinción de razas, creencias o títulos, desde que bebiera por primera vez de la sangre de Abel derramada por Caín. Pavel sigue estremeciéndose en su armadura, preso de un temblor nervioso que le atenaza todo el cuerpo. Aún le parece ver los ojos sorprendidos de Tomori Pál, oír el aullido de Bethlen Miklós cuando la daga le perforó el ojo en su camino hacia el cerebro, sentir los huesos de los azabs quebrarse bajo los golpes de su espada.

La espada. Había perdido la espada en su huida, arrojándola deshonrosamente, como un cobarde, para que no le estorbara la carrera. Solo le quedan la daga, la misericordia, y el gran cuchillo romo que utiliza para comer. Se muerde el labio bajo el almete, sintiendo el sabor metálico de la sangre en la boca, mezclado con el salado de las lágrimas que le corren rostro abajo. Tampoco tiene comida, ni dinero. No sabe dónde están sus sirvientes ni sus hombres de armas, ni en qué dirección está el campamento. De todas formas volver sería un suicidio, y seguramente las cabezas de sus criados ya estarán decorando la lanza de algún akinji. Podría tratar de volver a Buda, pero las fuerzas del Sultán estarían allí en pocos días. Su hermano le había prohibido volver a las tierras de su familia en Eslavonia, de modo que eso tampoco es una opción. Del este llega el sonido de un mosquete, seguido del tronar de otros y el relincho histérico de caballos.

Ni al este, ni al sur, ni al norte. Con esfuerzo, Vlasic Pavel se levanta del tocón, dejando que el sauce le acaricie el rostro metálico que aún lleva sobre el suyo, quizá para ocultar la vergüenza de la huida. Solo le queda volver al oeste. El sultán no se detendrá en Mohács, ni siquiera en Buda. Tarde o temprano, alguien, el emperador, o el nuevo rey de Hungría, o el mismísimo Papa (le habían dicho que había tropas papales entre los cristianos, pero no había visto ninguna) volvería a enfrentarse a Solimán. Y a un caballero dispuesto a combatir nunca le falta un mecenas que lo mantenga a cambio de su espada, incluso si esa espada es prestada. Así lleva Vlasic Pavel viviendo su vida desde que abandonó la casa de su padre con dieciséis años.

Pero esta vez, mientras se levanta y se aleja del campo de batalla, buscando un lugar donde quitarse la armadura y descansar, es diferente. Nunca antes ha huido de un campo de batalla en el que queda entre los muertos un reino entero.

Enrique Castro Villegas

 

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