Vegetal

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“El lenguaje de las flores”. Tal vez ése era el título. No lo recuerdo bien; sí, por el contrario, las imágenes algo veladas de la ilustración naif de la cubierta: una mujer joven, rubia, de rizos angelicales, sonriente en medio de un paraíso floral. Recuerdo también que el ejemplar lo adquirí con fines aviesos, para regalarlo a una muchacha sentimentaloide con el mero propósito de seducirla. Sabía que ella se dejaba conducir por el hilo romántico.

Mi capacidad perceptiva de las plantas siempre estuvo reducida a su manifestación más externa: lozana y brillante, signo inequívoco de vitalidad; marchita y mate, signo de complicidad con la muerte.

Solo ahora, años después, cuando la necesidad aprieta, reconozco haber errado gravísimamente por omisión. En efecto, como la adquisición respondía a un fin concreto, no tuve la prudencia de anotar el autor, la editorial o algún dato preciso que me permitiera localizarlo en cualquier momento futuro con el mismo o distinto fin. No, ni siquiera tuve la curiosidad de ojear su contenido. Enseguida me había dicho: “Algún embaucador que tratará sobre una pretendida psicología de las flores.”

Y justo ahora, cuando ya no tengo la posibilidad de comunicar con aquella muchacha y solicitarle en préstamo el ejemplar, me reprendo por mi ligereza de entonces.

El problema surgió cuando decidí mi aislamiento. Un familiar obsequioso y molesto, en la única y forzada visita que permití, instaló en un rincón semioscuro de mi nueva casa uno de esos vegetales, lacio, arrugado, cuya piel, por puro derrotismo, se ciñe excesivamente a la médula o bien se abomba en torno a ella. Como estamos solos, unas veces, furtivamente, observo cómo en el rincón de su propiedad se mantiene con el dinamismo moribundo de un dominguillo que no hallara reposo; otras, presiento cientos de ojos diminutos e inquietos que me acechan o bien percibo movimientos vertiginosos de los cuales parecen desprenderse susurros. En esos momentos, despliego con ansiedad todas mis capacidades senso “El lenguaje de las flores”. Tal vez ése era el título. No lo recuerdo bien; sí, por el contrario, las imágenes algo veladas de la ilustración naif de la cubierta: una mujer joven, rubia, de rizos angelicales, sonriente en medio de un paraíso floral. Recuerdo también que el ejemplar lo adquirí con fines aviesos, para regalarlo a una muchacha sentimentaloide con el mero propósito de seducirla. Sabía que ella se dejaba conducir por el hilo romántico. Mi capacidad perceptiva de las plantas siempre estuvo reducida a su manifestación más externa: lozana y brillante, signo inequívoco de vitalidad; marchita y mate, signo de complicidad con la muerte. Solo ahora, años después, cuando la necesidad aprieta, reconozco haber errado gravísimamente por omisión. En efecto, como la adquisición respondía a un fin concreto, no tuve la prudencia de anotar el autor, la editorial o algún dato preciso que me permitiera localizarlo en cualquier momento futuro con el mismo o distinto fin. No, ni siquiera tuve la curiosidad de ojear su contenido. Enseguida me había dicho: “Algún embaucador que tratará sobre una pretendida psicología de las flores.” Y justo ahora, cuando ya no tengo la posibilidad de comunicar con aquella muchacha y solicitarle en préstamo el ejemplar, me reprendo por mi ligereza de entonces. El problema surgió cuando decidí mi aislamiento. Un familiar obsequioso y molesto, en la única y forzada visita que permití, instaló en un rincón semioscuro de mi nueva casa uno de esos vegetales, lacio, arrugado, cuya piel, por puro derrotismo, se ciñe excesivamente a la médula o bien se abomba en torno a ella. Como estamos solos, unas veces, furtivamente, observo cómo en el rincón de su propiedad se mantiene con el dinamismo moribundo de un dominguillo que no hallara reposo; otras, presiento cientos de ojos diminutos e inquietos que me acechan o bien percibo movimientos vertiginosos de los cuales parecen desprenderse susurros. En esos momentos, despliego con ansiedad todas mis capacidades sensoriales. Quiero saber si es cierto que hablan al oído de algún humano privilegiado. Llevado de una especie de frenesí, me aventuro a penetrar en ese reino que media entre dos reinos, e intento motivar al vegetal estimulando su sentido de utilidad ornamental. Lo miro con languidez forzada y, en tono susurrado, le digo que sé de su capacidad para desplegar un espléndido ramaje. Rápidamente una de sus hojas languidece, se seca y cae. Creo que lo hace a propósito, por evitarse el esfuerzo. Vuelvo a requerirlo con actividades más livianas. Le susurro que coloree de verde sus hojas. El resultado es de nuevo negativo: otra hoja desperdiciada. Todo ello lo interpreto como reacciones disuasorias a mis molestos requerimientos. Y por temor a deshojarlo desisto de agobiarlo con alguna otra actividad. Pero no me rindo, y experimento con el señuelo del abono. A modo de parpadeo melancólico mueve perezosamente una hoja. Concibo esperanzas, pero no es más que un espejismo. Enseguida vuelve a su estado abúlico y marchito. Deduzco entonces que no ha sido más que la mejoría falaz del moribundo, a semejanza de un encogimiento de hombros con obligada resignación, como respuesta a alguien que dice: “Falta una firma, ¿no le importa esperar?” Un día, quizá cercano, abandone la esperanza de comunicarme con el vegetal. Tal vez para enmascarar mi derrota, quitarme el muerto de encima o simplemente para no admitir mi estupidez, me diga: “¡Bah!, seguro que espera trámites para manifestarse oficialmente muerto.” 1980 *Del libro de relatos “Las habladurías de un loro” T.H.Merino Julio 2012 riales. Quiero saber si es cierto que hablan al oído de algún humano privilegiado. Llevado de una especie de frenesí, me aventuro a penetrar en ese reino que media entre dos reinos, e intento motivar al vegetal estimulando su sentido de utilidad ornamental. Lo miro con languidez forzada y, en tono susurrado, le digo que sé de su capacidad para desplegar un espléndido ramaje. Rápidamente una de sus hojas languidece, se seca y cae. Creo que lo hace a propósito, por evitarse el esfuerzo. Vuelvo a requerirlo con actividades más livianas. Le susurro que coloree de verde sus hojas. El resultado es de nuevo negativo: otra hoja desperdiciada. Todo ello lo interpreto como reacciones disuasorias a mis molestos requerimientos. Y por temor a deshojarlo desisto de agobiarlo con alguna otra actividad. Pero no me rindo, y experimento con el señuelo del abono. A modo de parpadeo melancólico mueve perezosamente una hoja. Concibo esperanzas, pero no es más que un espejismo. Enseguida vuelve a su estado abúlico y marchito. Deduzco entonces que no ha sido más que la mejoría falaz del moribundo, a semejanza de un encogimiento de hombros con obligada resignación, como respuesta a alguien que dice: “Falta una firma, ¿no le importa esperar?”

Un día, quizá cercano, abandone la esperanza de comunicarme con el vegetal. Tal vez para enmascarar mi derrota, quitarme el muerto de encima o simplemente para no admitir mi estupidez, me diga: “¡Bah!, seguro que espera trámites para manifestarse oficialmente muerto.”

1980

*Del libro de relatos “Las habladurías de un loro”

T.H.Merino Julio 2012

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