Barrotes fríos

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    -Hijo, tengo hambre…
    -Sí, ya sé, ya sé. En un minuto bajo a por la barra de pan.
    -Pero no tardes, que tengo hambre.
    -Ya te escuché a la primera, mamá.
    -A mí no me hables así.
    -Lo siento, mamá.

    En realidad Fran no quería ni solía tratar así a su madre. Pero le enfadaba que hubiera entrado en su cuarto al segundo de dar el primero toqueteo en la superficie de madera que tenía la puerta. Casi ni le dio tiempo a subirse los pantalones.
    Esperó a que se le bajara la erección, se puso las zapatillas Running que le había regalado su tío hace 2 años y fue a pedirle el dinero a su madre.

    -¿Por qué me das un billete de cinco?
    -Porque quiero que también compres una botella de Coca-Cola. Y quiero el cambio de vuelta, ¿eh? Nada de comprarse chucherías y esas mierdas que tanto te gustan.
    -Que sí, que sí… -dijo con una voz llena de aburrimiento y apatía.
    -Cómo me vuelvas a hablar así, apago el router hasta mañana.

    Sabía que su madre no se atrevería a hacerlo. Siempre le amenazaba con lo mismo, pero nunca culminaba su amenaza. Era demasiado buena y lo sabía. Pero tenía 17 años, estaba hasta los cojones de todo y tenía una apariencia clásica de adolescente que mantener.
    Fue a paso tranquilo hasta la tienda de frutos secos que se encontraba a 100 metros del portal de su casa. Prácticamente todos los días cenaba 1/3 de una barra de pan con mantequilla, queso, chorizo o nocilla si era principios de mes.

    Recorrió la calzada que daba a su antiguo colegio. Empezó a chocar levemente las manos contra los barrotes negros y fríos. No sabía porqué, pero siempre lo hacía. Tal vez le gustaba recordar su pasado. Su clase de 6º de primaria, la Game Boy y la admiración que todos le tenían por ser el mejor entrenador pokémon de todos, la primera y única “novia” que tuvo… No recordaba otra sensación tan gratificante cómo la de tener pareja.
    En esa época era feliz. Pero empezó el instituto y todo comenzó a ir mal. Tuvo que ir a uno en el cual no conocía a nadie. La gran mayoría de sus amigos fueron a uno mejor que el suyo, y más cerca. Pero claro, justo tuvieron que mudarse a otro barrio. Una casa más pequeñita, en un vecindario algo “polémico”, pero más barata.

    Todos los días recordaba el vacío que le hacían todos sus compañeros en 1º. El bulling casi a diario que recibió en 2º. El repetir 3º y estar todo un curso sin internet. La excursión a Barcelona en 4º y toda las lágrimas que cayeron después de ver su maleta llena de excrementos.

    Absorto en sus pensamientos llegó a la tienda, pidió 2 barras de pan mientras iba a por la botella de Coca-Cola en la nevera. Cogió el cambio y salió del establecimiento.
    De vuelta a casa se cruzó con una chica que fue a su clase hace 2 años. Por supuesto ni le saludó. Eso sería una utopía en mayúsculas. Nada más verla, se acordó de una de sus amigas. Se llamaba Carmen y era la única chica que no lo trataba cual ser transparente. No le hablaba más que para hacer trabajos, se reía de las gracias que le hacían, pero al menos tenía la educación de tratarle como a un ser humano.
    Carmen era rellenita, de estatura media, y le gustaba la música indie, como a él. Era también un poco la rarita de clase, pero la gente lo llevaba bien. Digamos que cuadraba más en el paisaje que un rarito con gafas, esquelético y de actitud encerrada, temerosa y hasta algo psicópata por su mirada baja y fría. Quizás era el temor lo que les hacía tan malvados. Quizás, solo quizás.

    -Mamá, te dejo el pan en la mesa de la cocina y la coca-cola en la nevera.
    -Muy bien. ¿El cambio?
    -Te lo dejo encima de la mesa también.
    -Gracias, cariño. ¿Cenas conmigo?
    -No, tengo cosas que hacer. -Mentira. -Luego ceno. No te preocupes.

    Fue a su habitación. Al ordenador. Al único ecosistema en el que se sentía cómodo.
    La primera página que abrió fue la pornográfica. Se puso el primer vídeo de una fémina tetorra que encontró y empezó a masturbarse.

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