Carnicería Gilda. Servicio a domicilio

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    Estaba sentado en la terraza de un bar, en la plaza Santa Ana, cuando la vio. Ella estaba ahí, con un hombre mayor, si cabe todavía más gruesa, la cara de luna sombreada por una pamela. Rebosaba en la silla de plástico, sonriente, con esa sonrisa propiedad de las mujeres hermosas.

    Gilda hizo un gesto de afectación al hombre que la acompañaba y miró a Santiago, aunque no reconoció al muchacho de hace veintitrés años. Mordisqueaba una olivita y se untaba las puntas de los dedos de carmín, y reía, siempre reía.

    Santiago prendió un cigarrillo. No podía apartar la mirada de la mujer, primeriza en sus recuerdos, cuando le llegó un olor a matadero, a carne refrigerada proveniente de un furgón estacionado a unos metros. Olfateó vísceras aclaradas en grandes pilones de metal.

    El sol se estremeció en el cielo, un ventarrón arrancó las sombrillas que ascendieron como plumeros para remontar las nubes; las mesas fueron ahogándose en el oscuro pavimento: reverberó la plaza entera, mudando a una calle de sol y de sombra, una calle de otro tiempo y en otro lugar.

    Pendiente del encargo, Santiago silbaba, correteaba la acera evitando pisar las líneas de las baldosas, cuando brincó a la carretera. El furgón frenó en seco. Arrugando el asfalto, el conductor soltó un bocinazo.

    —¡Eh, tú, chaval!, ¿no te enseñaron tus padres a mirar cuando se cruza?

    A salvo y en la acera opuesta, Santiago se detuvo frente al escaparate de la tienda.

    CARNICERÍA GILDA

    Servicio a Domicilio

    Leyó escrito en el cristal. Abrió la puerta y la campana que pendía del techo sonó como un cascabelito. Aquel gesto inocente (empujar la puerta con las manos), fue su entrada a otro mundo.

    La tienda era pequeña, luminosa, fresca. Un rumor eléctrico le recordó el ronroneo de la nevera en la cocina de casa. El suelo hidráulico estaba por secar, por lo que se sintió apurado al hollarlo con las zapatillas, pero había ido a por el encargo de mamá. Se acercó al mostrador. Iluminados con tubos de luz, vio cadáveres de perdices, de pollos y de liebres, cabezas de corderos de ojos negros, ristras de chorizos y de morcillas.

    —¿Te ha comido la lengua el gato? -dijo la mujer tras el mostrador. Coronaba su rostro un moño ensartado con una peineta al pescuezo.

    Es Gilda, pensó el muchacho. Sabía su nombre, en las noches de borrachera su padre extañaba a la mujer del carnicero que se hacía llamar Gilda y soñaba con ser algún día soprano y famosa.

    Le preguntó al chico qué era lo que quería, parpadearon sus ojos fugaces, unos ojos redondos y verdes como corazones de alcachofa. Llevaba el mandil atado a la cintura, y en el escote le asomaban unos pechos que infundían a la vez miedo y respeto.

    —Vamos, chico. No tengo toda la mañana.

    —Vengo por el pedido.

    La mujer lo miró con atención.

    —Así que tú eres Santi, el hijo de Lola.

    Al afirmar, al muchacho le temblaron las orejas.

    —Dile a la Lola que es la última vez que fio, no tengo culpa de que tu padre sea un manos largas, un sin carácter, además de un fracasado.

    Con sus manos sonrosadas agarró dos pollos, los estampó contra la tabla de cerezo, empuñó un cuchillo de hoja ancha. El muchacho pensó que semejante machete podía resultar peligroso y cerró los ojos; sin embargo, la herramienta silbó como una guillotina que decapitó primero a uno, luego al otro pollo. Gilda arrojó las cabezas a un lado y se restregó la mano en el mandil. A continuación aclaró el cuchillo en la pila y le preguntó al muchacho si su madre deseaba alguna cosa más.

    —También, carne picada para cuatro personas.

    Ella se aclaró la garganta.

    —Acércate chico. Quiero que veas algo.

    Santiago dudó qué hacer. Se dio la vuelta, el local estaba vacío.

    —No tengas miedo, chico. No voy rebanarte el pescuezo —dijo sonriente.

    El muchacho caminó pegado al mostrador y subió a la tarima. Visto a un palmo de altura, el local era más grande. La luz del exterior atravesaba la cristalera. Se agachó y admiró las gruesas piernas que subían hasta la línea de la falda, más allá de las rodillas. Tocó con los dedos el azulejo surcado por hilos de sangre como riachuelos vistos desde el cielo. Algo apartado había un cubo de plástico donde la mujer arrojaba las piezas de desecho.

    —Acércate, chico —insistió ella.

    Tenía en las manos un marco de plata que enmarcaba la vista aérea de una cuidad vieja.

    —¿Conoces Mantua, chico?

    Sonó un chispazo sobre sus cabezas. La mujer le acercó el cuadro, al inclinarse sus pechos desbordaron la blusa floreada. Un reflejo incidió en el cristal; un relámpago en el cielo de Mantua. Gilda tomó aire, se hinchó como si fuese un globo y cantó:

    Voi sospirate! che v’ange tanto? [1]

    Lo dite a questa povera figlia

    Se v’ha mistero per lei sia franto

    Ch’ella conosca la sua famiglia.

    Cerraba los ojos, boca de pajarito, lengua de cascabel. Aparcó el portarretratos en el mostrador. El muchacho se sintió arrinconado, no alcanzaba a encontrar escapatoria. Tanteó la colección de cuchillos mientras los pechos de la mujer crecían hacía afuera como dos pulmones deformes.

    —¿Te gusta Rigoletto, chico? —preguntó ella cerrándole el paso. Se soltó el mandil, lo arrojó al piso sin importarle el decoro, la sangre o las flores que se marchitaban en la tela. Se llevó la boca a la mano, suspirando. Sus pies despegaron de la tarima cuando su boca sollozante se abrió en un escenario de fábula:

    Signor né principe io lo vorrei; [2]

    Sento che povero più l’amerei.

    Sognando o vigile sempre lo chiamo,

    E l’alma in estasi gli dice: t’a 

    Extasiado por el momento, Santiago intentó rodearla con los brazos, pero no fue capaz; se ahogaba al sumergirse en la carne trémula de fiesta y de placer, mientras ella ya se había soltado la faldita. Los dedos del muchacho recorrieron piel y examinaron el hilo de la braga. Ella buscaba acomodo donde no había para acomodarse. Su brazo al aire como un cowboy de rodeo, su codo golpeando el cuadro que estalló en cientos de cristalitos en el piso, al otro lado del local.

    Contagiada de torpeza, Gilda comenzó a subirle la camiseta al muchacho, aunque eran escollos insalvables las costillas. Santiago buceaba a contracorriente, luchaba por emerger a la superficie. Mientras, ella carcajeaba, sueltos los botones de la blusa, desfondados los pechos. Y él no entendía, pero no había que entender, simplemente eran pellejos de piel que se hinchaban al buscar resuello. El truco estaba en la apretura de la blusa. La besó la piel con la lengua, a punto estuvo de escuchar violines, timbales, coros. Ella era una gata con todas sus uñas y todos sus maullidos. Una fiera a la que poco le importaba Mantua, ni Rigoletto, cuando chispeó otra mosquita en las alturas.

    —Sácate la colita —dijo ella mientras soltaba una risotada. Temblaron los cimientos de la ciudad, al menos debió de estremecerse la barriada entera. La cuestión era saber ser macho o hembra. Tragó saliva al bajarle la braga, al abrirse la cremallera del pantalón. Suspiraron dedos, se oprimieron cuerpos. Antes de morir asfixiado, el muchacho buscó resuello. Ella sollozaba apoyado su trasero en la tabla de corte, aspirando, expirando, arriba, abajo, arriba, abajo, sudando al trasegar los pantalones del muchacho por la tarima de agua y de sangre, cuando el run run de los cables eléctricos era tan solo un recuerdo.

    Cuando sonaron los cascabelitos en el puerta.

    Y la cristalera destellaba.

    Cuando Gilda no tuvo tiempo para adecentarse la blusa, antes de que la madre de Santiago dijese que se había acercado a la tienda preocupada por la mala cabeza de su hijo, a por el encargo de dos pollos y carne picada para cuatro.


    [1] ¡Suspiráis!… ¿Que os aflige?/Decídselo a vuestra pobre hija./Si hay algún misterio… Dímelo…/para que conozca a su familia.

    [2] No quisiera ni señor ni príncipe;/si fuera pobre le amaría más./Soñando o despierta siempre lo llamo,/y el alma en éxtasis le dice te a…

    Comentarios

    1. VIMON

      9 septiembre, 2012

      Excelente relato, Josefa. Felicitaciones, mi voto y un abrazo.

    2. Josefa Mendoza

      9 septiembre, 2012

      Muchas gracias Vimon. Lo escribí hace un año, de vez en cuando lo releo y lo corrijo. Cómo siempre, ando tras el relato perfecto. Un abrazo.

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