Carnicería Gilda. Servicio a domicilio

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    Estaba sentado en la terraza del bar cuando la vio junto a un hombre mayor. Gilda estaba ahí, si cabe todavía más gruesa, la cara de luna sombreada por el ala de una pamela. Rebosaba en la silla de plástico, y sonreía con esa sonrisa que le había robado a las mujeres hermosas.

    Con un gesto de afectación miró al hombre que la acompañaba y que bebía un Martini seco. Después miró a Santiago, aunque no lo reconoció. «La vida es todo lo agradable que tú permitas», pensó Santiago mientras ella mordisqueaba una olivita y se untaba las puntas de los dedos de carmín, y reía, siempre reía.

    Santiago prendió un cigarrillo y chupó su humo. No podía apartar la mirada de aquella mujer primeriza en su memoria, cuando le llegó un olor intenso a carne fresca. A escasos metros de la terraza había estacionado un furgón de reparto. Santiago olfateó en el aire el recuerdo de vísceras aclaradas en bastos pilones de piedra. De pronto, el sol se estremeció en lo alto del cielo. Un ventarrón arrancó las sombrillas blancas de los bloques de hormigón, y estas ascendieron como plumas hasta remontar las nubes. Las mesas y las sillas fueron poco a poco derritiéndose en el pavimento. Finalmente reverberó la plaza entera, y mudó a una calle de sol y sombra, de otra época y otro lugar.

    Santi silbaba, correteaba la acera, evitando pisar con las sandalias las líneas de las baldosas. Al llegar al cruce, brincó a la carretera, pero no vio el autobús que en ese momento se le echaba encima. El chófer, ávido de reflejos, frenó tan seco que las ruedas llegaron a arrugar el asfalto. Soltó un bocinazo que resonó en todo el barrio, y se asomó por la ventana de la cabina para gritar:

    —¡Eh, tú, muchacho ¿No te enseñaron tus padres a mirar a ambos lados de la calle antes de cruzar?!

    A salvo, y en la acera contraria, Santi se detuvo frente al escaparate de una tienda oculta a la vista de cualquiera. CARNICERÍA GILDA. Servicio a Domicilio, leyó escrito en el cristal con letras rojas. Abrió la puerta y la pequeña campana que colgaba del techo tintineó como un cascabelito. Aquel gesto inocente (empujar la puerta con las manos), fue su entrada sin retorno al mundo de los adultos.

    La Carnicería Gilda era un local pequeño, luminoso, siempre fresco. Un rumor de cableado se ocultaba bajo el suelo, trepaba por las paredes y por el techo, y se amontonaba en el mueble refrigerador. Era un sonido que a Santi le recordó el ronroneo algo pendenciero de la nevera de casa. El suelo hidráulico había sido fregado recientemente y estaba todavía húmedo, y se sintió apurado al dejar las huellas de las sandalias marcadas en su superficie. Pero mamá lo había enviado a la tienda a por el encargo y eso era lo único que importaba.

    Se acercó tímidamente al mueble refrigerador y se asomó a su interior iluminado con varios tubos de luz helada. Dentro había cadáveres de perdices desplumadas, al menos una docena de pollos y otras tantas liebres, dos cabezas de cordero de ojos oscuros y húmedos, un par de bandejas con entresijos, y un puñado de collares de chorizos y morcillas.

    —¿Te ha comido la lengua el gato? —dijo una mujer gruesa que apareció por la puerta de la trastienda. Tenía la piel blanca y el pelo escarlata recogido con un moño en la parte superior de la cabeza. «Es Gilda», pensó Santi. Inmediatamente le vinieron al recuerdo aquellas noches de borrachera en las que su padre aseguraba que las mujeres eran un problema de dedicación, y en las que terminaba vomitando y codiciando a la esposa del carnicero que se hacía llamar Gilda y deseaba ser una gran artista.

    La mujer le preguntó al muchacho qué era lo que quería.

    —¿Qué quieres, muchacho?

    Sus pestañas parpadearon, y en sus cuencas oculares asomaron unos ojos grandes y verdes como corazones de alcachofa. Llevaba el mandil atado a la cintura, y en su blusa amarilla asomaban unos pechos de matrona que infundían más respeto que deseo.

    —Vamos, chico. No tengo toda la mañana.

    —Vengo por el pedido que encargó ayer mi madre —dijo Santi impregnado de timidez.

    La mujer lo miró con atención.

    —¿Y se puede saber quién es tu madre?

    —Dolores, la hija de Andrés.

    —Así que tú eres el hijo de la Lola.

    Santi asintió con la cabeza. Le temblaron las orejas y se sorbió los mocos porque estaba muerto de miedo. Gilda lo miró atentamente. Soltó una carcajada y le dijo que le dijese a la Lola que era la última vez que fiaba, que ella no tenía culpa de que su marido fuese un manos largas, un sin carácter, además de un fracasado. Luego, sus manos fornidas agarraron dos pollos que estampó contra una tabla de cerezo. De una colección de cuchillos hincados en una tabla, empuñó uno de hoja ancha. Santipensó que la mujer había caído en una especie de delirio sangriento, y se sintió atenazado por el miedo. El cuchillo silbó en el aire como una guillotina, y decapitó a uno, después al otro pollo. La mujer arrojó las cabezas cercenadas a un cubo de plástico que había a un lado, y aclaró la sangre que ensuciaba el cuchillo en un pilón lleno de agua. Se restregó las manos en el mandil y le preguntó al muchacho si la Lola deseaba alguna otra cosa más.

    —También, carne picada para cuatro —dijo Santi impresionadísimo.

    La mujer se aclaró la garganta y le hizo un gesto con la mano.

    —Acércate muchacho. Quiero mostrarte algo.

    Santiago se dio la vuelta, indeciso. El local estaba vacío, y en ese momento no sabía muy bien qué hacer ni adónde ir.

    —No temas —dijo ella mostrándole sus dientes de vampiresa de la carne—. No tengo intención de rebanarte el pescuezo.

    La luz de la calle entraba sesgada a través de la cristalera. Santi se acercó al mueble congelador y subió temblando a la tarima. A un palmo más de altura, y visto desde ese lado, el local parecía más amplio. Se agachó para tocar con los dedos los hilos de sangre que discurrían entre los azulejos como riachuelos vistos desde el cielo. El muchacho pensó en alzarle la falda a la carnicera con una mano, pero se limitó a mirarle las piernas hasta donde se juntan las rodillas.

    —Acércate —insistió ella.

    En la mano tenía un marco de plata que encuadraba la vista aérea de una cuidad vieja. Santi se puso de puntillas para mirar la ciudad retratada en blanco y negro. Un chispazo de mosca carbonizada iluminó sus cabezas.

    —¿Conoces Mantua? —preguntó mientras acercaba el portarretratos al rostro del muchacho. Un reflejo incidió en el cristal: un relámpago que rasgó el cielo antiguo de Mantua.

    Gilda hinchó su corpachón como si fuese un globo, y sus pechos se desbordaron de la blusa amarilla. El local se llenó con su perfume de mujer gruesa. Tomó aire de soprano y trinó a viva voz:

    Voi sospirate! che v’ange tanto?[1]

    Lo dite a questa povera figlia

    Se v’ha mistero per lei sia franto

    Ch’ella conosca la sua famiglia.

    Gilda tenía el culo grande y era corpulenta. Cerraba los ojos a la vez que desafinaba. Dejó el portarretratos sobre el mostrador de granito, y arrinconó al muchacho que no alcanzaba a encontrar escapatoria. Este quiso buscar un resquicio para poder escapar, pero los pechos de la mujer habían crecido hacia fuera y no le dejaban ver al otro lado del mueble refrigerador. Finalmente se desplomaron sobre él como la ola gigante que llega sin avisar. El resplandor de los tubos de luz helada escaldaba la escena y le daba una apariencia casi divina.

    —¿Te gusta Rigoletto? —preguntó ella cerrando aún más al muchacho para que no pudiese escapar.

    El muchacho permaneció en silencio. Como respuesta, ella se soltó el mandil y lo arrojó al piso sin importarle el decoro, ni los ríos de sangre, ni los pechos que se le habían desfondado en la blusa amarilla. Se llevó la mano a la frente y suspiró con mucha afección. Sus pies despegaron de la tarima, y su boca, cómica de éxito, se abrió en un escenario de fábula:

    Signor né principe io lo vorrei;[2]

    Sento che povero più l’amerei.

    Sognando o vigile sempre lo chiamo,

    E l’alma in estasi gli dice: t’a 

    Extasiado por el momento, Santi intentó rodear a Gilda con sus brazos demasiado cortos, pero se ahogaba al sumergirse en las carnes de fiesta trémula y de placer. Ella se soltó la falda que le oprimía la cintura. Abrió la boca y le mostró al muchacho unos labios carnosos y reales. Los dedos de Santi comenzaron a explorar nerviosamente la otra piel. Inexpertos, recorrieron el hilo de la braga, aunque pronto se vieron indefensos y no tuvieron más remedio que ponerse a buen recaudo. Mientras tanto, Gilda aporreaba la pared buscando acomodo entre el cuerpo escurrido del muchacho y el frío del mueble refrigerador. Levantó su brazo como si fuese un cowboy de rodeo y terminó golpeando el portarretratos de plata con la mano, que cayó al suelo al otro lado del mostrador.

    Espoleada por su propia torpeza, la carnicera se soltó el pelo y comenzó a subirle la camiseta al muchacho. Santi creyó bucear bajo las aguas de un río agitado. Luchó por emerger a la superficie para sacar a flote la cabeza y poder respirar una bocanada de oxígeno. Pero Gilda le había desabrochado los botones a la blusa amarilla y se le habían desbaratado los pechos. Santi no entendía lo que estaba sucediendo, aunque no había nada que entender. Simplemente eran unos sacos que se le mostraban, que se hinchaban y tomaban la forma adecuada cuando buscaban resuello.

    El truco estaba en saber que las mujeres rollizas usan las apreturas de la tela como barrera de contención. Por eso, una vez resuelto el misterio, Santi se lanzó a besuquearle los pechos a la carnicera con la lengua demasiado húmeda. En eso andaba cuando empezó a escuchar violines, timbales, toda una orquesta que provenía de alguna parte, tal vez de la trastienda. Mientras tanto, Gilda era una gatita salvaje con todas las uñas afiladas y todos los maullidos a punto de salírsele de la boca. Una fiera a la que ya poco le importaba Mantua ni Rigoletto, ni siquiera el chispeo de otra mosquita carbonizada en las alturas de la tienda.

    —Sácate la colita —dijo después de soltar una gran risotada.

    En ese momento de jolgorio temblaron los cimientos de la ciudad. Al menos, debió de estremecerse la barriada entera o buena parte de ella. Santi supo que para conocer el placer en el sexo había que saber elegir a la mujer adecuada. Tragó un mar de saliva y le soltó la braga a la carnicera, y se desabrochó el pantalón con la torpeza propia de un aprendiz. Temblaron sus manos de marioneta y se sintió oprimido al otro cuerpo. «Voy a morir asfixiado», pensó mientras luchaba por echarse hacia atrás en busca de resuello. Gilda se había recostado en el mostrador de granito y le estaba metiendo la lengua juguetona en la boca. Santi arrastraba los pantalones por la tarima de agua y de sangre. Se agachó para mirarle la entrepierna a la mujer. Luego se incorporó y le separó las nalgas macizas, y después de varios intentos la penetró como buenamente pudo. De pie, comenzó a moverse, a tirar de aquel pelo encendido. Mientras, ella se dejaba hacer. Reía, se meneaba, y echaba la cabeza hacia atrás, jadeando, aspirando, expirando. Afuera, adentro. Lo hacían con mucho esfuerzo. A-fue-ra… A-den-tro. A-fue-ra… A-den-tro.

    En la tienda el run run de los cables eléctricos era solo un murmullo.

    Cuando repiquetearon los cascabelitos de la campana que colgaba del techo, junto a la puerta.

    Y la cristalera resplandecía satisfecha de luz y de suciedad.

    Gilda no tuvo ni el decoro ni el tiempo para adecentarse la blusa amarilla, antes de que la Lola —que se había plantado a un metro del mostrador—, dijese escandalizada que había ido a la tienda preocupada por mala cabeza de su hijo a recoger el encargo de dos pollos y carne picada para cuatro.

     

     



    [1]¡Suspiráis!… ¿Que os aflige?/Decídselo a vuestra pobre hija./Si hay algún misterio… Dímelo…/para que conozca a su familia.

    [2]No quisiera ni señor ni príncipe;/si fuera pobre le amaría más./Soñando o despierta siempre lo llamo,/y el alma en éxtasis le dice te a…

     

    Comentarios

    1. Avatar de VIMON

      VIMON

      9 septiembre, 2012

      Excelente relato, Josefa. Felicitaciones, mi voto y un abrazo.

    2. Avatar de Josefa Mendoza

      Josefa Mendoza

      9 septiembre, 2012

      Muchas gracias Vimon. Lo escribí hace un año, de vez en cuando lo releo y lo corrijo. Cómo siempre, ando tras el relato perfecto. Un abrazo.

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