Corrosión

Escrito por
| 503 | 11 Comentarios

No sé por qué vinimos a vivir aquí. No sé si compramos esta casa o nos la dejó alguien en herencia. Puede que nos tocara en un concurso de televisión. Da igual. Lo único importante es que es demasiado grande y está a tomar por culo de la ciudad más próxima. Por aquí no hay ni urbanizaciones. Sólo está esta casa y el mar ahí enfrente, ahí al lado, a veinte metros. Resonando todo el día, brsshhh, chap-chap, brrrssssshhhhh. Joder… Esta zona ni siquiera es apropiada para comprarse una segunda residencia. Por las noches y por las mañanas hace frío hasta en pleno agosto. Y el viento incesante. Ni brisa ni aire. Viento puro y que araña. No sé por qué vinimos a vivir aquí. Hay que dedicar varias horas al día a limpiar la arena que se cuela por todas partes, por las rendijas de las ventanas, por las cerraduras de las puertas. Y nunca consigues expulsarla; sólo la contienes por un tiempo a cierta distancia de ti. La cambias de lugar hasta que vuelve a colonizar cada puto rincón. Porque cuando te sientas a descansar puedes verla avanzar por el suelo y por el aire. Te recubre las puntas de los zapatos. Se sube al sofá y te obliga a levantarte y espolsarte. A veces incluso notas la microscópica dureza de los granos de arena entre los dientes.

Nuestra primera discusión importante se debió a la avería del televisor. Era uno de ésos de última generación, con pantalla extraplana y dolby surround. Ella se había dejado la ventana abierta durante la noche. Le gustaba el olor del mar. Le gustaba hasta el ruido de las olas infinitas. Decía que le relajaba, que nunca en su vida había dormido tanto y tan bien y tan de un tirón como en esta casa, con el frescor y el sonido del mar de fondo. El caso es que aquella noche dejó abierta, no sé por qué, precisamente la ventana que hay al lado de este televisor estropeado. Al día siguiente no pude ver la carrera de Fórmula 1 que se celebraba en Melbourne, Australia. Y discutimos. Nos gritamos y nos insultamos como nunca antes. Afloraron verdades silenciadas. Ella salió a andar por la orilla. O fui yo, no recuerdo bien. Por una gilipollez: así empiezan los problemas, la mierda. Como es lógico, unas horas después volvíamos a querernos. De nuevo luchábamos codo con codo contra la arena invasora. En un gesto de buena voluntad, ella telefoneó al servicio técnico de Philips, pero le contestaron que sus empleados no se desplazaban hasta tan lejos, que lleváramos nosotros el aparato. En un gesto de buena voluntad, yo le dije No importa, cariño; en la tele sólo ponen basura y así tendremos más tiempo para follar. Y eso hicimos durante semanas. Éramos más jóvenes o a lo mejor simplemente estábamos muy aburridos. O quizá se trataba de hablar lo mínimo y evitar pelearnos otra vez. Pero los electrodomésticos continuaron averiándose. Y todo lo demás. Cualquier objeto que contuviera un mecanismo, hasta la bisagra más sencilla, acababa haciendo crac. Y generaba nuestra enésima discusión. Luego firmábamos la paz, cada vez más maquinalmente, e íbamos a la tienda de la autopista. Comprábamos repuestos. Un timbre inútil para la puerta, a la que nadie llamaba nunca. Altavoces nuevos para el radio-cd. Botes y más botes de aceite tres en uno. Comprábamos repuestos para repuestos. Nos quedábamos en la tienda mucho más rato del necesario. Cada uno en un pasillo, ambos fijándonos con todo detalle en los objetos absurdos que poblaban los estantes. Para alargar el tiempo fuera de la casa. Leíamos las instrucciones del aspirador de mano, los componentes de la cola industrial, el precio de los clavos. Pero teníamos que volver. Siempre lo hacíamos muy despacio, reduciendo aún más la velocidad del coche cuando aparecía en el horizonte la silueta de la casa, sobre la que el mar y el viento proyectaban sin descanso una nebulosa de briznas de salitre y diminutas gotas saladas.

Los clavos que sostenían nuestros cuadros vanguardistas de hogar joven, nuestra casa entera, se oxidaban rápidamente y manchaban las paredes. Había que sustituirlos con frecuencia. Había que sustituir con frecuencia todo el mobiliario. Nos pasábamos el día haciendo bricolaje, algo que habíamos jurado no hacer nunca. Su hermana llamaba por teléfono los domingos por la noche. Hablaban durante horas. Y luego ella entraba en el salón o en la cocina o donde fuera con los ojos y la cara rojos. Supongo que su hermana le decía cosas fantásticas, cuánto nos envidiaba desde la suciedad de la ciudad por haber tenido el valor de dejarlo todo, que habíamos alcanzado el sueño de cualquiera, una casa en la playa y todo el tiempo del mundo para ser felices. Yo también habría llorado. El taladro, el aspirador, la escoba, el recogedor, los plásticos chasqueando en las juntas de puertas y ventanas… Eso no conforma el decorado del sueño de nadie. La corrosión tampoco. Ni el silencio. El silencio como ausencia de palabras, porque la casa era un constante martilleo, golpeteo, zumbido. Herramientas luchando contra el deterioro de paredes y muebles. Ahora resulta muy fácil decir que tendríamos que haber restaurado otras cosas. La comunicación, la confianza, el respeto y esos conceptos que utilizan los occidentales modernos, las revistas para mujeres y los terapeutas de pareja. Pero supongo que lo invisible, lo que no pesa ni puede medirse con exactitud, habría sido todavía más difícil de reparar. Así que nos limitábamos a clavar, atornillar, pintar, barnizar, lijar… Y el serrín se mezclaba en el suelo con la arena inmortal. Y en las paredes. Y en los espejos, haciendo que tu reflejo te resultara irreconocible. Y daba igual cuánto barriéramos y aspiráramos y sopláramos. Todo alrededor era polvo. Trizas de cosas.

Aquella mañana abrí los ojos y la oí trajinar en la planta baja. Por encima de los bufidos y los rugidos marinos, me llegó claramente el sonido de una maleta al cerrarse y un bolígrafo escribiendo algo en un papel. No sé si fue buena o mala suerte. Sólo sé que fue extraño, porque hacía mucho tiempo que el viento y el mar nos impedían incluso oírnos si nos dábamos los buenos días. Bajé descalzo las escaleras. En el último o primer peldaño, todo depende, el miedo se confirmó y me paralizó. La puerta principal estaba abierta y un post-it que parecía una polilla muerta revoloteaba a la deriva por la habitación. Toneladas de arena se colaban en la casa, silenciosamente, reptando como una horrible y gigantesca serpiente de todas las tonalidades del marrón. Dudé. Tal vez perdí unos instantes preciosos. Al fin me decidí y de un salto me adentré en el desierto del salón. Avancé con esfuerzo hacia el oscuro rectángulo de océano, que era cuanto se veía al otro lado de la puerta. Con mucho esfuerzo; mis pies se hundían en la arena hasta los tobillos, hasta las rodillas, más y más y más. Tuve que agarrarme a los muebles, al entramado de cables de nuestro arsenal de herramientas eléctricas condenadas al fracaso… Conseguí llegar al dintel y mirar afuera. No vi nada. El maldito viento había borrado sus huellas en cuestión de segundos. Ni siquiera recuerdo si oí arrancar el motor del coche. La atronadora nube de agua, sal y tierra cerraba el panorama tan sólo a unos pasos de mí. No se veía nada. Pero eché a andar en círculos. Corrí y sudé y miles de partículas punzantes me rebozaron asquerosamente. Amplié mi espiral hasta que las olas me mojaron con su frío. Y de repente el sudor se disipó. Tan deprisa como había brotado. El sudor y todo lo demás. La bruma, el ruido ensordecedor y el vendaval se fueron a otra parte como por arte de magia. Negra. Supongo que ya habían cumplido su misión. Entré en casa envuelto en un silencio absoluto. Una calma demasiado perfecta de la que disfruté durante unos pocos minutos. Porque después de ducharme, frotarme, después de intentar quitarme de encima la costra acumulada, mientras bajaba las escaleras, justo al pisar el último o el primer peldaño, todo depende, oí por primera vez el ruido de la verdadera corrosión. Sonaba como mi propia voz. Suena como mi propia voz. Y desde entonces no ha cesado ni un momento de tirarme abajo, volviéndome una ruina a golpes de conciencia.

Comentarios

  1. Profile photo of VIMON

    VIMON

    19 septiembre, 2012

    Excelente relato, Ivan, me recuerda la novela de Kobo Abe “La mujer de arena”, llevada al cine en 1964. Felicitaciones y mi voto.

    • Profile photo of Iván.Rojo

      Iván.Rojo

      19 septiembre, 2012

      Muchas gracias, Vimon. La verdad es que no he visto la película ni he leído la novela. Les echaré un ojo. Un saludo.

    • Leaidan

      29 diciembre, 2013

      I was really confused, and this answered all my quesniots.

  2. Profile photo of

    Gödel

    13 octubre, 2012

    Cuando un escritor cuenta con un estilo es porque en verdad merece escribir. Admirables tus textos. :D Y la espontaneidad de la descripción, en primera persona, pero con un diálogo fluido, es exquisita. ¡Saludos!

  3. Profile photo of

    Gödel

    2 febrero, 2013

    En vista de que es mi cuento preferido de mi cuentista preferido, he aquí mi comentario:

    «Corrosión» es un cuento perfecto. Y lo es porque nutre al Universo de su propia totalidad. No sólo con la calidad retórica necesaria, ni las estructuras poéticas intrínsecas, sino también con el idealismo más elevado que en los tiempos modernos se presenta; el devaneo de una humanidad cautiva y la cuestiones más ineludibles en nuestra naturaleza como personas, más específicamente la Soledad. Esta capacidad de abarcar tanto en suficientes letras, palabras y frases, encerrando cada aspecto dinámico de la existencia, permite apreciar al arte literario sin límites, con una esperanza que nos lleva a continuarlo más que antes y mejor.

    Gracias por escribir. :D Saludos.

    PS: Que conste que nunca antes (salvo por «Cien años de soledad») he dicho o escrito que algo es perfecto.

  4. Profile photo of RafaSastre

    RafaSastre

    26 septiembre, 2013

    Excelente, Iván. Aunque te voy a poner un pero: “espolsar” no es castellano. Es un error que cometemos muchos valencianos, yo mismo lo utilizo cuando hablo. Deberías cambiar el verbo por “sacudir”. Un abrazo, genio.

    • Profile photo of Iván.Rojo

      Iván.Rojo

      27 septiembre, 2013

      Un pero justo y merecido. Muchas gracias, Rafa. Y un abrazo, crac.

  5. Profile photo of Mabel

    Mabel

    27 septiembre, 2013

    Buen relato, un abrazo y mi voto desde Andalucía

Escribir un comentario

Currently you have JavaScript disabled. In order to post comments, please make sure JavaScript and Cookies are enabled, and reload the page. Click here for instructions on how to enable JavaScript in your browser.