Dos noches californianas

Escrito por
| 79 | Dejar un comentario

25 de septiembre de 2036. Viernes. California interior. Un pequeño valle entre escarpadas montañas pedregosas salpicadas de algún que otro matorral. El sol ya se ha ocultado tras la cornisa oeste y las plantas y las rocas luchan por conservar su verde y su rojo contra el alud de penumbra azul que poco a poco rueda montaña abajo. En un rincón del valle, al pie de una colina con dos árboles requemados pero vivos, la cabaña. Y en el porche cuatro siluetas contemplando el anochecer. Dos hombres y dos mujeres que rondan los cincuenta. Dos matrimonios veteranos. Uno anfitrión, el otro invitado.

-¿Es cosa mía o hace frío de repente? –pregunta la mujer invitada.

-Aquí no existe eso del cambio climático –dice el hombre anfitrión-. Las noches son frías incluso en pleno verano.

-Ahora te traigo algo para que te pongas encima –le dice a su amiga la mujer anfitriona mientras entra en la casa.

-Te dije que tendrías frío por la noche –interviene el hombre invitado sin dejar de mirar el valle, que mengua y mengua ante sus ojos, ya mordido por la oscuridad en todos sus flancos-. Deberías haber traído algo más abrigado.

-Debería haber hecho tantas cosas… Esta no es la más importante, así que no te preocupes.

La mujer invitada mira con intensidad a su marido después de decir lo dicho. Pero este sigue con la vista perdida en la noche. Una risa breve sin despegar los labios (o bien un suspiro o bien una exhalación nasal más sonora de lo habitual) es toda su respuesta. En cualquier caso, un sonido cargado de cansancio.

-Entremos –tercia el anfitrión en el momento en que su mujer asoma por la puerta con una rebeca en la mano-, tomemos una copa antes de la cena.

La cabaña no es una cabaña. Es una casa de lujo en toda regla, con amplios ventanales, parqué, conexión a internet, una piscina en la parte de atrás y baño con jacuzzi. A sus dueños les gusta llamarla cabaña porque creen, de un modo vago, que a sus amigos les gusta que la llamen cabaña. Más o menos la misma razón que explica que el anfitrión y la anfitriona empleen palabras humildes para referirse al vino de trescientos dólares con el que han decidido agasajar a sus amigos y huéspedes este fin de semana, así como para describir las cualidades de la vitrocerámica o las virtudes audiovisuales de la pequeña sala de cine 4D que han instalado en el sótano y en la que, si los invitados lo desean, podrán ver todos una película después de cenar.

-Claro que sí –dice la mujer invitada tras apurar de un trago su copa-, me encantaría ver esa peli.

-Nosotros estuvimos a punto de habilitar el desván como sala de proyecciones –apunta el hombre invitado, y al instante se siente sucio y mezquino pese a la veracidad de lo afirmado-. Pero, ya sabes, el chaval se había encaprichado de uno de esos todoterrenos de helio, así que adiós al cine en casa.

-Jaja, qué nos vais a contar… -dice la anfitriona-. Nosotros tenemos dos chicas. Por cierto, ¿qué tal vuestro hijo? Se había matriculado en medicina, ¿no?

-No, al final ha elegido derecho –responde la invitada-. Tuvimos una discusión importante al respecto –añade poniendo los ojos en blanco-. Como Los Soprano y su hija Meadow, jaja.

-Jaja.

-Jaja.

-Jaja.

-¿Queréis un poco más de vino?

-Claro.

-Por favor…

Y acaban la botella y luego otra y después cenan y hablan y toman una copa, dos, tres y siguen hablando. Ya nadie propone ver una película. Se distribuyen en los sofás de la sala de estar y se dejan llevar por el alcohol y la inercia. Todos parecen estar a gusto hablando de todo un poco. De cuánto tiempo hace que se conocen. De la universidad. De lo idiotas que eran de jóvenes. Aquellas manifestaciones, aquellas ideas. Sus hijos nunca han tenido ese espíritu de rebeldía juvenil. Quién sabe, quizá sean más inteligentes que nosotros. Más prácticos, eso seguro. Jaja. Y luego hablan de lo bien que les ha tratado la vida a los cuatro. Hemos tenido suerte, dice el hombre invitado. Sus anfitriones no se lo niegan tajantemente pero opinan que algo de mérito personal tiene que haber en sus logros laborales, sociales y familiares. Todo lo que han conseguido los cuatro, todo aquello de lo que disfrutan. Yo no me considero afortunada, dice entonces la mujer invitada, ni he alcanzado grandes metas, ni disfruto de demasiadas cosas… cada vez de menos, en realidad. Se hace un breve silencio que enseguida las dos parejas se afanan por superar porque, claro: a quién le apetece adentrarse en la trastienda del negocio cuando la deslumbrante fachada indica que se está sentado en el trono mullido y aterciopelado de la madurez más confortable, bajo un techo de madera noble protegiéndolo del cielo californiano, con los suficientes centilitros de coñac añejo corriendo por las venas.

Al cabo de un par de horas la conversación decae. El sueño empieza a cercarles. Ellas suben a ponerse el pijama y a echar un vistazo a la colección de alfarería que la anfitriona guarda en el desván, el modesto pero acogedor taller donde da rienda suelta a su vertiente creativa. El anfitrión aprovecha la ausencia de su mujer para proponerle a su amigo salir a fumar unos cigarritos habanos. Se sientan en las escaleras del porche y se encienden los puritos.

-Está realmente bueno –dice el hombre invitado mientras observa cómo la brisa fresca, casi fría, eleva el rastro ahumado de sus palabras hacia el cielo azul marino sin luna.

-Sí –coincide su anfitrión-. Me los consigue un conocido. En Cuba. Bajo mano.

-A mi mujer tampoco le gusta que fume.

-Tengo chicles de menta en el bolsillo, no te preocupes.

-Da igual. Lo notará.

-Y será motivo suficiente para una nueva discusión…

El hombre invitado mira a su amigo con una expresión a medio camino entre el reproche y la confidencia.

-Perdona, ya sé que no es asunto mío –se disculpa el anfitrión.

-No te preocupes. Supongo que ahí arriba está teniendo lugar una conversación muy parecida a esta.

En anfitrión guarda silencio. Desvía la mirada hacia el valle. Su amigo lo imita. En el cielo brilla un trillón de estrellas pero ahí delante, en el mundo, la oscuridad es absoluta. Todo lo absoluta que puede ser cuando uno no es ciego. Durante un instante cree sentir cómo se le agrandan las pupilas en busca de alguna migaja de luz que transportar a sus retinas. Más allá de cuatro o cinco metros no se ve nada más que una nebulosa de diferentes tonalidades de negro y azul oscurísimo. Le resulta difícil creer que cuando amanezca el camino de tierra que recorrieron al venir a la cabaña aparecerá ahí mismo. Y las piedras absorberán el calor de un nuevo día. Y los matorrales medio muertos pero inmortales se chamuscarán un poco más bajo el sol cegador. Ahora mismo, entre tinieblas, el paisaje que les dio la bienvenida por la tarde parece el escenario de una vida remota y ajena. Ahora mismo incluso la colina de los dos árboles no es más que una intuición vaporosa, casi un producto de su imaginación ahí, a su izquierda. Salvo el escalón en el que descansa su culo, nada tiene aspecto sólido, firme. Todo le resulta tan inaprensible como el humo de sus caladas, como el firmamento indiferente que le contempla desde las alturas. Y de pronto comprende que eso es precisamente lo que viene sintiendo desde hace ya bastante tiempo: un vacío interior, una deriva constante. Y una completa incapacidad para hacer algo al respecto. Tal vez por eso decide confesarle a su amigo y anfitrión lo que este ya sabe:

-La verdad es que hace tiempo que no estamos bien.

El anfitrión sigue en silencio un rato más. Apura su cigarrillo cubano. Respira hondo y se levanta de las escaleras apoyando las manos en sus rodillas. Emite un quejido ficticio al hacerlo. Demasiado acusado para un hombre de mediana edad, al fin y al cabo, que parece estar en buena forma y, sobre todo, ser feliz.

-No te preocupes –le dice a su amigo, tendiéndole la mano para ayudarle a incorporarse-, mañana será otro día. Subiremos a aquellas grutas –añade al tiempo que señala algún lugar de las laderas invisibles-, sudarás, te quemará el sol y respirarás aire puro de verdad. Y cuando volvamos te sentirás cansado pero a la vez algo más joven. Y quizá te apetezca pegarle un buen polvo a tu mujer. Es lo que yo intento hacer cada vez que algo va mal.

Menudo consejo de mierda, piensa el hombre invitado mientras intenta conciliar el sueño. Su mujer hace un rato que ha empezado a roncar en la cama de al lado. Cuando por la mañana subieron a la habitación a dejar sus cosas le pareció notar una expresión de alivio en la cara de su mujer al ver las dos camas individuales. Nada que reprocharle; también él se sintió más relajado. Pero es obvio que no lo suficiente como para conciliar el sueño. Los ronquidos no son la razón de su insomnio. Se trata de ese vacío que últimamente se le expande en el pecho en el momento más insospechado, la última vez hace un par de horas, en las escaleras de la entrada, cuando juraría haber oído una voz salida de la nada repitiéndole “Hazlo”. Igual que ahora, cuando el ritmo de los ronquidos cede su protagonismo en el silencio oscuro al de los jadeos excitados que provienen de ahí abajo, seguramente del sofá del salón.

El sábado comienza cómo el anfitrión había informado la noche anterior: senderismo bajo un sol tan madrugador como ardiente, sobre un suelo hirviente, entre un aire casi en ignición. La pareja anfitriona abre el paso. No dejan de sonreír. No dejan de girarse hacia sus invitados y sonreír. Estos, unos metros sendero abajo, se esfuerzan por devolverles la sonrisa y les saludan con la mano.

-Esto ha sido una estupidez –dice en voz baja el hombre invitado.

Su mujer bebe un trago de agua y replica secamente:

-Fue idea tuya.

Está guapa con el pelo desgreñado y las gotas de sudor trazando surcos limpios en su cara impregnada de polvo rojizo. Parece más joven. Se parece, aunque sea remotamente, a la que una vez fue. Es lo que piensa su marido mientras desvía la vista fugazmente y casi con vergüenza hacia el escote de ella. Una pulsión olvidada le pinza la ingle.

-Sé que fue idea mía. Creía que nos vendría bien. Pensé que te apetecería. Me equivoqué.

-Otra vez.

Un grito del anfitrión, amplificado y reproducido irritantemente por las paredes de roca que los rodean. Sus invitados se protegen los ojos con la mano a modo de visera y lo buscan en algún lugar más elevado de la montaña. Allí está, sonriente y sano y feliz sobre un pequeño risco. Entonces extiende el brazo, la mano y el índice y, como las esculturas de Cristóbal Colón, les señala las cuevas prometidas. Dos agujeros gemelos oscuros abiertos en la piedra terrosa. Desde donde los invitados se encuentran parecen dos ojos de aire negro escrutándoles impasibles desde la pared de roca. Al menos eso es lo que piensa el hombre invitado, experimentando una repulsión repentina y sin sentido hacia aquellas grutas. Quizá por notar una sensación similar su mujer dice:

-No quiero subir allí. Inventémonos algo.

El sábado acaba de una manera muy diferente a la que los anfitriones habían previsto. Nada de partidas de bridge, nada de trivial ni de charla agradable después de cenar. Ni siquiera una película 4D en la sala de proyecciones. La mujer invitada se ha sentido indispuesta cuando ya estaban a punto de alcanzar las cuevas. Tal vez haya sido una pequeña insolación, dice su marido mientras, ya en la cabaña y tras rehacer las maletas, abraza a su anfitrión y besa a su anfitriona. Nada importante, seguro, añade la mujer invitada, pero estaré más tranquila en casa. Sus amigos insisten en que se queden como los buenos anfitriones que creen ser y probablemente son. Pero son las dos de la tarde cuando los invitados cargan su equipaje en el maletero y empiezan a subir al coche, dispuestos a poner rumbo de regreso a su ciudad, su casa y su vida.

-Un momento, ¡solo un momento! –grita entonces la mujer anfitriona desde el porche, donde ya se había apostado al lado de su marido con la intención de despedir a sus amigos agitando la mano mientras el coche se alejara.

Y entra corriendo en la casa. Sale enseguida con un papel en la mano. Se lo muestra a su marido, que lo lee rápidamente, sonríe y asiente. Luego la anfitriona baja las escaleras del porche y, mientras empequeñece el papel a base de pliegues sucesivos, corre hacia su amiga y se lo pone en la mano.

-Leedlo en algún momento del viaje, ¿vale?

Un último abrazo y adiós.

Durante los meses siguientes la vida transcurrió sin sobresaltos para unos y otros. El matrimonio anfitrión siguió discutiendo y peleando. Una noche la mujer tuvo que ser atendida en el hospital del condado, a unas cuarenta y cinco millas de distancia, a causa de una fisura en el pómulo. Sobre la camilla del box, sus dedos entrelazados con los de su marido, le explicó a la doctora que se había golpeado contra un estante saliente. A las tres semanas estaba recuperada por completo. Su marido continuó viendo cada viernes esa vieja cinta de VHS que habían grabado en la cama de un motel de Oregón hacía casi veinte años, cuando se querían.

Por su parte, sus invitados invirtieron ese tiempo en analizar los pros y contras del divorcio. Finalmente decidieron seguir el consejo que sus amigos les habían escrito en un papelito aquel caluroso mediodía de principios de otoño. Buscaron y rebuscaron algo que ambos desearan hacer, algo capaz de reavivar la llama que los había unido. Y lo encontraron.

Unos cinco meses después, exactamente el 13 de febrero de 2037, en plena noche, alguien aseguró con cadenas las puertas y ventanas de la cabaña de los Cooper, roció con queroseno la base de la edificación y le prendió fuego. No quedaron ni los cimientos. Si uno va ahora por allí no encontrará más que dos árboles resecos en lo alto de una colina y un rectángulo oscuro a sus pies, en el suelo rojo. Con todo, lo que cuenta es que los Cooper eran muy queridos en la zona, como dijeron todos los medios de comunicación. No se les conocía enemigos. Una pareja ejemplar.

Escribir un comentario

Currently you have JavaScript disabled. In order to post comments, please make sure JavaScript and Cookies are enabled, and reload the page. Click here for instructions on how to enable JavaScript in your browser.