El eremita

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Soy viejo. Mi nombre no lo recuerdo y tampoco es necesario. Vagué por el mundo hasta alcanzar la edad madura, momento indefinido del tiempo en que, ahíto de afectos y desafectos, me incliné voluntariamente por la soledad de esta montaña. A mi propósito sirvió este semiderruido albergue al abrigo de una roca.

Los frutos silvestres, que recolecto en el estío con absoluta parsimonia —el tiempo no cuenta— constituyen mi dieta alimenticia. Mis otras necesidades se concretan en la ingesta de agua —nieve derretida durante el largo invierno—, en la defecación y en la micción.

Por las noches el sueño no prende lo suficiente para descansar del tedio cotidiano, pero por alguna ignorada razón me resisto a la idea de la muerte. Mi aspecto físico me es desconocido. Y a propósito de éste, recuerdo, de un tiempo muy lejano o quizá fuese un sueño, que un grupo de niños aventureros huyeron gritando cuando advirtieron mi presencia, tal vez por alguna leyenda negra que estigmatiza a este viejo de la montaña.

En invierno el tiempo se adormece y, cuando el frío arrecia, permanezco en letargo días enteros. Desde mi camastro oigo caer la lluvia, el tronar desnudo, la ventisca azotar sin piedad mi ruinoso cobijo y resquebrajarse, deslizarse , descolgarse, caer y desintegrarse  los bloques de nieve acumulados en el tejado al chocar contra el suelo. Ocasionalmente me levanto para tomar algo de alimento —los frutos secos recogidos durante el estío—-. Miro afuera y todo está cubierto de nieve. Presto, aterido de frío, vuelvo al lecho con las provisiones  y allí las mastico lentamente.

Una noche de un tiempo que no puedo precisar —la memoria es incapaz de acotar momentos en un decurso monótono de la existencia—, recibí la visita de dos zagales. Entraron derribando la puerta. No les opuse resistencia. ¿Cómo podría hacerlo un viejo decrépito como yo? Me insultaron, escupieron, esparcieron por el suelo mis alimentos y destrozaron mis primitivos y precarios utensilios. No sé qué esperaban encontrar, pero pensé que quedaban defraudados. Antes de salir, el muchacho más fornido y de facciones irracionales aplicó a mi garganta la hoja de un cuchillo de monte. No llegó a clavarlo. El otro lo evitó. Dijo que mi castigo era vivir, que no aliviara mi condena. Y ésa fue la última vez que sentí próximo el calor humano.

***

De algún modo, el anciano eremita, tal vez  ya próximo al último suspiro, tuvo la ilusión, como última voluntad, de enviar un mensaje al género humano, quizá pretendiendo inmortalizarse con ello, de dejar constancia de su paso por esta vida, simplemente mediante unas palabras garabateadas sobre una roca con una mezcla líquida, en cuya composición no descarto que formase parte su propia sangre, y cuya transcripción  aproximada, narrada anteriormente, me costó no poco esfuerzo.

Desde nuestro azaroso encuentro ha pasado al menos un lustro, y durante todo ese tiempo mi conciencia ha permanecido inquieta. Por fin, alguna fuerza interior me obligó a determinarme por una nueva visita —esta vez en solitario— sin idea clara sobre la razón de esta misión final, quizá obedeciese a  motivos piadosos.

Encontré su cadáver, un saco de piel, pelos y huesos, en la yacija que recordaba. Sus restos los amontoné y envolví en una raída manta, incrusté el envoltorio en la grieta de una roca y la sellé con un amasijo de piedras y barro. Descanse en paz.

Yo era aquél muchacho, ahora, por edad, un hombre, a quien el viejo eremita describe como fornido y de facciones irracionales que aplicó el cuchillo a su garganta.

1979

* Del libro de relatos Las habladurías de un loro. T.H.Merino

Comentarios

  1. Profile photo of VIMON

    VIMON

    7 septiembre, 2012

    Buen relato, T.H. Saludos y mi voto.

  2. Profile photo of

    volivar

    8 septiembre, 2012

    T.H. Merino: yo digo que esa vida de ermitaño debe de ser agradable… claro, con alguna otra distracción (aparte de la que nos ofrece la soledad en lo despoblado) para pasar las horas nocturnas antes de que llegue el sueño. Eres un gran escritor, amigo.
    Mi voto
    Volivar

  3. Profile photo of Paloma Benavente

    Paloma Benavente

    8 septiembre, 2012

    Qué bien escribes. Me atrapa la descripción del frío, de la dureza del invierno, por ende de la soledad. Casi casi (como gusto personal) habría detenido más el tiempo en la primera parte, con el viejo, con esa sensación de último contacto humano.
    MI saludo y mi voto, un placer haberte descubierto

  4. Profile photo of Richard

    Richard

    8 septiembre, 2012

    Hola T.H.
    Es excelente.
    Logras que visualice al eremita y su entorno.
    Y se me vino a la mente “El ermitaño” de Lobsang Rampa.
    Abrazo y voto.

  5. Profile photo of T.H.Merino

    T.H.Merino

    9 septiembre, 2012

    Un placer, Paloma, intercambiar opiniones. Enriquecedor comentario; imagino que, en aquel momento, mi objetivo era conseguir, con la máxima economía de palabras, un destello.
    Muchas gracias.
    T.H.Merino

  6. Profile photo of T.H.Merino

    T.H.Merino

    9 septiembre, 2012

    Gracias, Richard, por tu lectura y comentario. Desconocía esa obra de Lobsang Rampa; ya la he descargado y no tardaré en leerla. Gracias de nuevo por esa aportación. Recibe mi afecto. T.H.Merino

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