La mujer que se apoyaba en la barra

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    He de admitir que había ofrecido una resistencia heroica. No necesito señalar que, lamentablemente para ella, la lucha había sido encarnizada aunque desigual, mientras forcejeaba por agarrarse con las manos al lavabo, en el esfuerzo había separado y estirado las piernas —el pie izquierdo sin zapato—, en un intento por mantener un equilibrio imposible al empujarse con la puntita de la media en las baldosas escurridizas de la pared, al tensar su cuerpo como si fuera una perturbada dispuesta a lanzarse al vacío por el hueco de la ventana. Dada la contundencia de los golpes, tenía buena parte del rostro desgarrado, la cabellera arrancada a jirones, el semblante salpicado de sangre. En la deformidad de su rostro le asomaban unos ojos congestionados, enloquecidos, y gritaba de dolor al verse la mandíbula desmembrada en el espejo (yo mismo le había embutido el puño en la boca hasta rasparle las paredes de la garganta con los dedos). Su vestido de satén estaba descosido en las sisas y desgajado en el escote. Las tetas, salpicadas con sangre, le asomaban entre la tela rasgada. Con tal fuerza le había apretado el cuello con la mano que, mientras la tenía atrapada por la cintura, ella gruñía y jadeaba como si fuese la cría abandonada de un jabalí, y pateaba el aire y yo podía olerle el sexo que le asomaba en la entrepierna. Tosía al ahogarse en su vómito, y agitaba los brazos en busca de cualquier asidero en el que poder aferrarse a la vida. Para ser mujer su resistencia había sido formidable.

    Pronto comprendí que la lucha iba a prolongarse más de lo necesario, así que la levanté por encima de la cabeza hasta rozar el techo con su espalda. Sus gemidos, su tenacidad habían colmado mi paciencia. Por eso la arrojé a la bañera. El golpe contra la loza sonó más violento de lo esperado. Me acerqué a ella. Sara había perdido el sentido. Adelanté cautelosamente el dedo índice y le toqué la garganta exánime.

    Me incorporé cuando hube verificado que la mujer estaba muerta.

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    «¡Eh, tú!, chico. Mírame. Vamos, mírame…, ¡no tengo todo el día! Maldito camarero, pareciera que no me ha visto».

    «Claro que te ha visto, estúpido, pero tiene miedo. ¿Acaso no ves que está asustado? El muchacho es aprendiz y lleva un buen rato evitándote, a la espera de que sea su compañero quien te atienda».

    «Pero yo quiero que me atienda el muchacho. Tú, chaval, será mejor que me hagas caso o voy a date la mayor paliza que puedas imaginar».

    «Cálmate. Necesitas dominar los nervios. Es importante que lo hagas. Reflexiona sobre lo que te está ocurriendo. ¡Vamos! ¿Qué ocurre con tu vida? Duermes mal en la noche, apenas comes durante el día. Una buena alimentación es fundamental si quieres estar alerta».

    «Muchacho, al menos tráeme una botella de ginebra. ¡Tengo seco el gaznate!»

    «Espera, no te muevas, ¿acaso no sientes lo mismo que yo? Demasiado silencio entre la clientela. Desde que saliste ayer de prisión alguien viene pisándote los talones. Presiento que algo malo va a ocurrirte. Quizás haya francotiradores apostados en las azoteas al otro lado de la calle».

    «Déjame que me asome. No se ve un alma ahí afuera».

    «Puede que el tipo que anda siguiéndote esté entre nosotros. Tal vez sea aquel hombre algo apartado de los demás, que lee una revista. Él puede ser uno de ellos».

    «Te equivocas. La profesión me ha enseñado lo necesario para sobrevivir. Con el paso de los años he desarrollado una inteligencia aguda que me ayuda a desenvolverme con serenidad en momentos de incertidumbre. Créeme, el tipo de la revista es inofensivo».

    «¿Qué me dices de la hermosura que acabo de descubrir sentada junto a la barra? Ella no estaba hace un rato en el taberna».

    «Mira tú por donde, entra una mujer en escena, una criatura hermosa y enigmática acodada a la barra, una dama que se ha colado sin permiso en mi historia. Sin duda la sombra que me presigue es ella».

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    «Supongo que no esperas a nadie. Llevo un rato observándote y no has dejado de mirarme a través del espejo. Permíteme que me siente a tu lado. ¡Dos vasos de ginebra, muchacho! Dos vasos. ¿Oiste? No hay nada como la vehemencia para que los cobardes te hagan caso. Hace un rato no estabas aquí, sentada. Sin embargo, ahora tu precioso culo ocupa la totalidad del taburete. Me gustaría saber cómo demonios has conseguido hacerlo. Quiero decir, puede que haya descuidado un momento la vigilancia… Pero no importa, brindemos por nosotros. Te he visto observarme, a ratos. No serás una de esas sombras que buscan una taberna donde esconderse del mundo. No serás una de esas mujerzuelas que ciñen sus cuerpos en satén y andan a la búsqueda de un lío. Te lo pregunto porque no eres de por aquí. ¿Me permites? Medias de lencería fina adquiridas en una boutique del centro. Fíjate en la delicadeza de este pequeño bolso de cuero. La pregunta correcta es que hace una mujer como tú en un lugar como éste. Muchacho, sírvenos dos bistec: muy hecho para la dama; casi crudo para mi. Y patatas fritas hasta rebosar el plato, y otras dos ginebras».

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    «Apenas has probado la carne. No serás una de esas paranoicas de la comida vegetariana. Me decepcionarías. Hagamos algo que nadie ha hecho por mí desde hace mucho tiempo: ayúdame a comerme un flan. Es fácil. Tan solo tienes que rebobinar hasta llegar a tu infancia, entonces agarras la cucharilla y cortas con ella el trocito de flan que vas a llevarme a la boca. Otra ronda, chico. ¿A qué esperas? Doble de ginebra para la señora. Vamos; no tenemos todo el día.

    »Recuerda cuando eras pequeña y mamá te daba la cena. Ésta por papá…, ésta por mamá… a tu lado sería capaz de devorarlo todo. Dale un trago al vaso, bébetelo todo. Buena chica. Sécate los labios en la servilleta. Más ginebra para la mujer que disfruta de mi compañía. No te olvides de mí, muchacho. Y no me mires como si supieses lo que está bien y lo que no. La señora se aloja conmigo en el hostal que hay al otro lado de la calle. ¿De acuerdo? Yo cuido de ella cuando no se encuentra bien, así que cada uno a lo suyo. ¡Y tú, mujer, deja la cucharilla de una vez! Me pones nervioso. Cuidado con el trago. Ahora no quieras bebértelo todo de una vez».

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    «¿Qué haces en un antro como éste, mujer? ¿Vienes a menudo? ¡Eh!, muchachos, prestad atención: os presento una clienta habitual. Su nombre es Sara. No te sorprendas. Cuando el camarero trajo las bebidas, te llamó por tu nombre. Mi queridísima y angelical y dulce Sara. Aquí estamos tú y yo, disfrutando de unos cuantos tragos. No puedo apartar los ojos de tus muslos cremosos. Eres como una perra en celo. Déjame que comience por acariciarte las rodillas. ¿Te parece bien así? Las mujeres tenéis las rodillas calientes, igual que el corazón. ¿A qué te dedicas, Sara? No hace falta que me respondas. No quiero comprometer tu respuesta; además, aquí todos sabemos a qué te dedicas. Vamos, bebe otro trago. Así, otro poco y nos largamos».

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    «Agárrate de mi brazo. Solo son dos pisos; sesenta peldaños. Veo que meneas el cuerpo como una profesional. Jamás me hubiese arrimado a ti de haberlo sabido, aunque seas la propietaria de un bonito trasero. ¡Qué me lleven los demonios! Demasiado tarde para poder escaparme de tus garras. Ten piedad de mí, ¿me oyes? Hace demasiado tiempo que no lo paso bien con una mujer. Vamos, apóyate en mi brazo. Así que tu nombre es Sara. Bonito nombre. Sara.

    »Aunque en realidad no te llamas Sara, ¿verdad? ¡He dicho que te cojas a mi brazo! No dispongo de todo el día. Debiste elegir otro nombre. ¿Pretendes que me crea que tus padres te pusieron Sara, así, sin más? Es un nombre demasiado fácil para una mujer como tú. Vamos, sube las malditas escaleras o me vas a obligar a llevarte a rastras a la habitación. Casi hemos llegado. Ya falta poco: dos peldaños, el descansillo. Eso es, apóyate en la pared. Espera, voy a sacar las llaves. No te asustes. La luz del descansillo se ha apagado, eso es lo que ha ocurrido. Así que abre bien los ojos. Dicen que la oscuridad afila los sentidos. ¿Notas un ligero picor en los ojos? Ocurre cuando las tinieblas rozan las pupilas sin previo aviso. Cuando diminutas motas galopan en el cielo de la córnea. Tal vez por eso puedo oler tu perfume, tocar con las puntas de los dedos la costura de tus bragas. No me susurres al oído. ¿Acaso te hace gracia lo que digo? ¡No te rías, mujer!, eres una jodida borracha. ¡Verás cuando estemos adentro en la habitación! Vamos…, ¡pasa adentro de una vez! Ponte cómoda y sirve dos tragos».

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    «Veo que puesto en cada copa una buena dosis de vodka . Me gusta que seas valiente. Vamos, acércate a mí, no pretendo hacerte daño, tan solo me gustaría acariciarte. Tócame sí lo deseas. Deja el vaso sobre la mesa. Te necesito despabilada, quiero que estés despierta porque esta tarde yo no te voy a fallar. Aguarda un minuto, voy a poner algo de música. Sinatra. ¿Te gusta Sinatra? El viejo Frank… The lady is a tramp, ¿qué me dices?, ¿te gustaría escucharlo? She gets too hungry… for dinner at eight. Vamos, agárrate a mi cintura. Cuidado, no quiero acabar tirado sobre la moqueta, ¿de acuerdo? Hazlo con suavidad, sin miedo. Tan solo déjate llevar. Doesn’t like crap games…»

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    «Has bebido tanto que el ritmo de los timbales te arrastra al vacío, como si hubiera una corriente marina entre los dos, una fuerza que quiere llevarte lejos de mí, mientras tu cuerpo aletargado apenas susurra algunos pasos de bailarina en la moqueta. Date la vuelta, recógete el pelo en una coleta. Voy a quitarte el vestido. ¡Qué fácil es bajarle la cremallera a una dama! Desabróchame el pantalón, arráncame el cinto, arrójalo por la ventana si lo deseas, podría decirte que te amo un millón de veces, ahora es el momento. Túmbate en la cama. Quiero más de tí. Abre la boca: voy a meterte la lengua hasta el último rincón de tu alma».

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    «¡Puta de mierda! Casi me arrancas la lengua al mordérmela con los dientes. No juegues conmigo; puedo ser peligroso. Está bien, está bien…, sé que no volverás a hacerlo. Confío en ti. Tú también tienes derecho a saborear ciertos placeres. Mírame con atención. Cógeme mi gran polla. Seguro que últimamente no has podido correrte porque a tu marido ya no se le pone dura. Con los otros ocurre lo mismo, demasiadas preocupaciones en el mundo de los hombres buenos. Comprendo tu frustración, pero hay luz al otro lado del túnel. Al final a todos nos llega el Gran Día. Y hoy es tu Gran Día. Siéntete afortunada: todo lo que ves es tuyo. Déjate llevar por el momento. She likes the free… oh, oh, ohhh! Hace años que no me ponía tan caliente. Vas a disfrutar cómo nunca lo has hecho. Apriétame la polla con los muslos, quiero que me duela, sentirla en ebullición, ¿Te gusta, no es cierto? Claro que te gusta… dime que te gusta, sí, sí… that´s why the lady is a tramp! Ábrete las piernas. Quiero que las abras más aún. ¡Vas a conseguir que me corra sin habértela metido, joder!»

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    «Para ser un furcia restriegas el coño con delicadeza. Tal vez sientas compasión por mí; aunque es difícil en tu estado. Y eso hace que me pregunte quién eres en realidad. ¿Por qué has estado siguiéndome durante días, desde que salí de prisión? Vamos, el juego ha llegado a su fin. ¿Para quién trabajas? Estoy limpio, ¿me oyes? Ni tú ni nadie volverá a encerrarme otra vez».

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    «¡Cállate! No quiero ver una lágrima en tus ojos. ¡Ponte las bragas, tápate el cuerpo con el maldito vestido! No deberías haberme mentido. El zapato que no encuentras está debajo de la cama… Vamos, no tengo todo el día. Levántate. Acerquémonos al espejo. Dame un abrazo. ¡Mírate, mujer! Cu cú… ¿qué ves? Una mujer fantasma junto a un hombre malo. Cu cú… ¿qué va a suceder ahora? Oh, eso es lo que ahora mismo vas a descubrir».

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    «¡Muérete puta!»

    «¡Muere de una vez!»

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