La pálida

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El mecanismo de la máquina de escribir, incapaz de seguir su ritmo, ha dicho basta.

En los fondos de la antigua fábrica de telas, en una vivienda alta y angosta, situada en el cuarto piso, tercera letra de la Rue Martell, Julio no sabe qué demonios le ocurre al cacharro. Es como si hubiesen patinado los rodamientos del bastidor que soporta el entramado de teclas. Theodor W. Adorno, adormilado en un cojín, no se despierta. Carol descansa en la alcoba. Las noches templadas de septiembre son ya un esbozo cuando la brisa se cuela por la ventana abierta y juguetea con los papeles juntados en el escritorio.

Julio, barbiluengo, púgil, observa la trompeta de Louis Amstrong en la fotografía pinchada al pizarrón con una tachuela. Es ya pasada medianoche y anda cansado después del último trago de vodka. Aún así se revuelve en la silla y saca decidido una estilográfica del cajón del escritorio. La calibra con el ceño, la mira como si no le perteneciera, se ajusta el cuello del jersey, arranca una hoja del cajón y escribe una carta a su amiga Alejandra[1]Mi querida, tu carta de julio me llega en setiembre, espero que entre tanto estés ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; el mío es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de…[2]

Sin aviso previo, la Parker resbala entre sus dedazos, piruetea por el escritorio y cae al suelo, donde rebota para terminar asomándose al vacío que le ofrece la ventana abierta. Julio comprende el motivo de semejante comportamiento. Incapacitado para reflexionar sobre el ánimo de la pluma, desecha la idea prematura de suicidio. Pero la estilográfica ya se ha precipitado al vacío. Se salva del estallido contra el asfalto al golpearse con las ramas de una azalea que adorna el bistró de la esquina. Julio se asoma al balcón y respira la noche de París mientras vigila la huída de la Parker.

Apenas queda algún paseante por las calles escasamente iluminadas. La boca del metro tiene la reja asegurada con candado y varias vueltas de cadena, con lo que queda impedido el acceso a los intestinos de la ciudad. La Parker se decide a rodar por la rue Château d’Eau. Enfila con valentía el Canal de San Martín y alcanza los puentes de hierro y gloria napoleónica, donde trota la orilla del canal bajo la penumbra de los jardines. Es en ese sector del distrito diez, en ese punto que no aparece en los mapas de turismo, donde la estilográfica se recrea en uno de los encuentros de Oliveira con la Maga. Atrás queda el bulevar. Al fondo, tras la primera línea de apartamentos, brota el murmullo de la noche.

La frescura del canal barre las esclusas y arrincona a la Parker contra el muro de piedra que se vuelca en la escalinata y se encamina sin demora a la plaza Général Beuret. Allí alcanza los alrededores del Sena. Sobrevuela la Ile de la Cité como una libélula, y es en esa vieja plaza donde asoma la pálida, entre nubes, adversa a un fondo de estrellas y de muerte, enorme, a cada rato más grande y más pálida. La estilográfica se entretiene girando como una peonza, sin saber, clavando en  el pavimento la punta cónica, garabateando a escasos metros de la Bastilla palabras que se unen en frases: Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza, y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte.

(Siendo niña, Alejandra había vomitado melancolía, desquiciante locura al escuchar voces en algún lugar del corazón. Infierno, último hotel, penúltima parada, el tiempo se consume, tic-tac…, y se entretiene lamiéndose los pechos. La vida le había quedado grande desde que anduvo entretenida en el hallazgo de su sexo, incubando la certeza de que la existencia es cruel, cuando ya era una anciana y las flores se marchitaban en sus manos. Mientras le daba dentelladas a una realidad que se le escapaba cada día; todo eso siendo tan joven.)

Son ya las dos de la madrugada cuando Julio se derrumba en la silla y grita un lamento que atraviesa el océano: ¡subversión!, vocifera, ¡subversión!, oíste mi bicho. Las nubes, alteradas por la emergencia de una ambulancia, arropan, allá en lo alto, a la pálida. Entonces la noche se hace más noche. Dime tú, que aprendiste a vivirla, que es la oscuridad sino un estallido de melancolía, con lo que conlleva, sin ser inconveniente para que la Parker continúe desplazándose por el mapa, por el bulevar Saint Michelle, dejando los Jardines de Luxemburgo atrás a su derecha. Alejada de la exuberancia, se detiene para reflexionar, para permanecer atenta a los suspiros que aletean en el laberinto de almas y de tumbas y de mausoleos que nutren el cementerio de Montparnasse, donde Aurora y Julio yacen juntos.

Entonces la Parker invoca a la camaradería del oficio: Vicente, Octavio, Julito; el tufo a vino en Pippo, las noches de sobredosis, las largas jornadas en precario, los mismos tangos, las mismas perras palabras. Cómo olvidar aquellos desayunos bien entrada la madrugada. Julio puñetea la mesa, chirrían las patas del mobiliario, masculla la cerrazón de la Pizarnik. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.

Un escalofrío recorre la Parker desde la punta al capuchón. La tinta resucita insomnios, desbocadas euforias, noches que son cuatro días, quien dice cuatro sabe que son cinco. Desanda el bulevar haciendo suya la llamada de teléfono a las tres de la madrugada a una Alejandra ineficaz para la confrontación que musita a su amigo Fernando Noy: decíle a Julio que no estoy, que salí, que ahora vuelvo, o simplemente: decíle que acabo de salir… porque todavía… no los encontré[3].

La Bastilla se ha quedado en su lugar y avanza la Parker sin darse vuelta a despedirse, siquiera a mirar por última vez a la pálida, sin entender el motivo por el que anda afligida. Dobla una esquina, gira a la derecha para continuar por la rue Archives. Finalmente desemboca en el bulevar Saint Martin, donde 50 pastillas de Seconal se entremezclan con los jugos digestivos bien adentro en el saco del estómago; donde se llega a escuchar el sonido de una pieza de rock; donde rompe un solo de batería; el último alarido de Janis. Mientras la Pizarnik anda apresada en un suéter de hombre que ya no está.

Aunque finalmente sea el amanecer que busca desperezarse en el interior de un cuarto piso, letra tercera de la rue Martell, donde Julio da la última estocada al folio: Escribime, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

 

 

[1] Alejandra Pizarnik vivió en París entre 1960 y 1964. Allí conoció a Julio Cortázar, quien se convirtió para ella en una suerte de protector. Los últimos años de Pizarnik fueron muy difíciles: constantes depresiones y dos tentativas de suicido, en 1970 y 1972. Finalmente en septiembre de ese año se mató con una sobredosis de seconal sódico. Tenía 36 años. La carta de Cortázar, fechada un año antes del suicidio de la autora de El infierno musical, hace alusión a sus cada vez más frecuentes internaciones en neuropsiquiátricos.

[2] Sólo te acepto viva. Carta de Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik. París, 9 de setiembre de 1971.  

[3] Desde el primer momento los unió la pasión por Rimbaud, por Janis Joplin, por la literatura… Cortázar admiraba su labor poética y se convirtió en algo así como su ángel protector, al punto de entregarle los manuscritos de Rayuela para que ella ganara algo de dinero pasándoselos a máquina. Sin embargo, según relata la docente universitaria, crítica literaria y traductora Cristina Piña en su libro Alejandra Pizarnik, Cortázar esperó en vano la transcripción y, finalmente, tuvo que recuperar los manuscritos.

Comentarios

  1. Profile photo of VIMON

    VIMON

    7 septiembre, 2012

    Desde que inicie la lectura de tu relato me recordaste a Cortazar. Escribes parecido y usas expresiones que el utilizaba mucho, ademas de haberse pasado la vida (emocional) entre Paris y Buenos Aires. Muy emblematico el correr de la pluma. Y quien es la palida, la pluma o Alejandra? Bienvenida y mi voto.

  2. Josefa Mendoza

    7 septiembre, 2012

    Gracias VIMON por tu comentario y por recordarte un poquito a Cortázar, un lujo. En realidad “la pálida” es la luna que asoma entre las nubes en la noche de París. Releeré el texto para ver si no queda del todo claro.

  3. Profile photo of

    volivar

    8 septiembre, 2012

    Josefa Mendoza: anoche (del día 7 de septiembre) te puse mi comentario; decía que para mí la luna era la pálida; veo que por alguna causa no se publico; ahora vuelvo a comentar, esperando que sí te des cuenta de que en mí tienes otro lector que admira tu trabajo.
    Volivar

    • Profile photo of Josefa Mendoza

      Josefa Mendoza

      8 septiembre, 2012

      Gracias por el comentario volivar. He leído alguno de tus relatos, he visto que eres un pez grande en este océano. Dame tiempo a asimilar tu trabajo. Solo entonces empezaré a disfrutarlo.

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