Las tribulaciones de un hombre corriente (I)

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Tarde de domingo. Para ser preciso, si se atiende al estado anímico, se aproxima inexorable el lunes. Antonio piensa en la semana laboral con escaso entusiasmo y deja escapar una mueca de fastidio. Y aunque quiere abstraerse de esa oprimente cercanía, no consigue espantar los nubarrones que con reiteración  ensombrecen su semblante.

Permanece indolente, medio tumbado en el sofá, dejándose llevar, ajeno a los niños que gritan y corretean por la casa. Antonio, con esos ruidos esporádicos, no logra sumergirse en sus lacerantes pensamientos. Busca un plan alternativo para salir de la paranoia en que se ha convertido su existencia, pero hasta ahora su fatigoso esfuerzo no ha fructificado. Ponles un DVD, reclama de pronto a Lucinda con escasa convicción. Sin embargo, su mujer enfrascada en la lectura de una novela, parece no escuchar o bien desestima la petición. Ella se concentra con facilidad. Se evade del entorno. Parece que nada la molesta o simula que nada le molesta, tal vez para evitarse cualquier acción.

No tarda en retornar a la senda del pesimismo. Piensa en el tiempo de obligada permanencia en la oficina desarrollando una actividad cuya utilidad desconoce, que ignora si reporta un mínimo beneficio. Intenta desechar la idea de que es un entretenimiento que le encomiendan por dejadez, porque no se ocupan en encontrarle alternativa o porque no hay alternativa posible.

No oye a los niños. No sabe cuándo dejó de oírlos. Perdió el sentido del tiempo. Quizá Lucinda atendiera la sugerencia. En cualquier caso, como están silenciosos, no hay necesidad de insistir. Además, Lucinda se tiñó el pelo por la mañana y no es conveniente tentar la suerte. Cuando Lucinda se tiñe el pelo se le agría el humor. Se encierra en el cuarto de baño y allí permanece una o dos horas despotricando sin parar, quizá por lo engorroso de la tarea o tal vez porque, al mirarse fijamente al espejo, observe que los años no pasan en balde, que dejan huella, o quizá porque con tanto mejunje se sienta artificial. En alguna ocasión sugirió que se lo hiciera teñir por profesionales, o sea, en la peluquería, pero se puso hecha una furia, seguramente para no hacer evidente ante los demás la inevitable huella del tiempo.

Mira el reloj que tiene frente a sí. Marca las seis y veinte. De pronto recuerda que tiene que limpiar los zapatos. Tiene por costumbre, aprovechando la inercia de la actividad, hacerlo cuando vuelve a casa. Llega y, sin darse un respiro, se cambia de ropa y prepara la del día siguiente; después, toma el zapatero, extiende los útiles en el suelo de la terraza y se dispone a lustrar los zapatos. Quita el polvo, extiende con parsimonia y homogeneidad el betún y, finalmente, tras una pausa, los abrillanta con un postrer cepillado. Pero el pasado viernes lo olvidó. No recuerda que ocurrió, qué otra cosa se interpuso en su habitual inercia, qué le hizo olvidarse de cepillar y abrillantar los zapatos… Si lo hubiera hecho, se habría dicho, ya está, y todo un fin de semana por delante para ociar. Dicho así, todo un fin de semana, parece una eternidad, pero lo cierto es que se percibe cortísimo y, a la vez, paradójicamente largo. Sí, esto tiene una explicación sencilla. Permanecer en la oficina durante cinco jornadas a razón de ocho horas diarias, resulta  sencillamente deprimente. Y deprimentes son las horas del fin de semana, sin nada que hacer o nada que querer hacer, impregnado del clima doméstico y, sin duda, del ritmo abúlico de la semana laboral.

Es hora de levantarse y ponerse manos a la obra, piensa. Le incomoda acometer la mínima acción, pero no puede presentarse en la oficina con los zapatos polvorientos, no quedaría bien. No recibiría observaciones directas, pero algunos empleados verían sus zapatos sucios, mirarían de soslayo y pensarían mal acerca de su aseo.  Aunque no sea determinante, la gente tiende a establecer relaciones ilógicas, por ejemplo, entre lo que se ofrece a la vista y lo que va oculto, y se tiende a construir frívolamente una imagen del individuo que cuesta cambiar. No, decididamente, no causaría buena impresión.

Lucinda sigue inmersa en la novela. En realidad puede que no lea una novela, sino que estudie un libro de texto con vistas a alguna sesuda oposición. Cualquiera sabe con qué fin. Es un libro de pastas duras y de dimensiones al menos treinta por quince, aunque el formato no sea concluyente para que se trate o no de un libro de texto.

Los niños continúan apaciguados y reducidos en su habitación.

Por  aburrimiento o desidia presiona el botón de encendido del televisor. Televisan un partido de fútbol. Observa la evolución. Los jugadores son bastante malos o los equipos son bastante malos, no dan una a derechas, no consiguen trenzar alguna jugada que atrape,  que emerja la tensión emocional. El partido se debate en el centro del campo con imprecisiones por ambos bandos, como si se tratara de niños en lugar de profesionales. Pero son profesionales, lo intuye, hombres jóvenes, pero alejados ya de la adolescencia. Sin embargo, juegan como adolescentes. Sí, eso es, si obvias sus caras, si sólo sigues las trayectorias erráticas del balón, de los lanzamientos, de los pases  que casi nunca llegan a buen fin, se diría que es un partido entre aficionados que televisan para cubrir tiempos de programación. Duda. Lee los rótulos sobreimpresionados y concluye que son equipos profesionales, de la primera división. Últimamente el fútbol le aburre, no lo encuentra atractivo. Carece de impacto emocional.

 

*Del libro de relatos “Algo que contar” 2011     T.H.Merino

Comentarios

  1. Profile photo of

    volivar

    29 septiembre, 2012

    T.H.Merino: qué bien describes lo aburrido que con gran frecuencia resultan los fines de semana, y sumándole el hastío de los días laborales recientes, hasta un partido de fútbol jugado por profesionales nos provoca tedio. Excelente narración, y te felicito.
    He leído todo, o casi todo, lo que publicas en esta red, y me parecen obras maestras.
    Te felicito
    Mi voto
    Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México

  2. Profile photo of T.H.Merino

    T.H.Merino

    29 septiembre, 2012

    Apreciado Jorge:
    Agradezco esas estimulantes palabras que, se confiese o no, constituyen un poderoso acicate para continuar esa lucha solitaria que conforma el acto de escribir —creativo o no—.
    Abusando de esa manifiesta generosidad hacia mis textos, me permito invitarte —una invitación, por supuesto, sin compromiso— a la lectura de la segunda parte de este relato, donde, en mi parcial opinión, la figura del protagonista queda redondeada y el fondo del asunto definido.
    Gracias de nuevo, y añadir, que, en todo caso, la consideración y seguimiento de escritos es mutua.
    Un abrazo,
    T.H.Merino

  3. Profile photo of Richard

    Richard

    29 septiembre, 2012

    Hola T.H.
    Es magnífico.
    Las sensaciones y sentimientos de Antonio están tan bien resueltos que comenzás a sentir el mismo agobio, el mismo tedio.
    Y “el partido de fútbol” es genial.
    Abrazo y voto amigo.

  4. Profile photo of T.H.Merino

    T.H.Merino

    30 septiembre, 2012

    Gracias, apreciado Richard, por esas manifestaciones que recibo con mucho agrado.
    Mi afecto y amistad,
    T.H.Merino

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