Moscas en el hule

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MOSCAS EN EL HULE

Tendría que haberle dado una hostia en su momento.

Las moscas de la tarde se posaban lentas sobre las migas de pan desperdigadas en la mesa. Una avispa con vuelo intermitente se asomó al interior de la terraza con intención de escapar del sol implacable. Verónica la espantó con la servilleta sucia. El calor del mediodía avanzaba implacable al ritmo lento de los ronquidos que provenían del salón.

Si se hubiese levantado y le hubiese devuelto el tortazo… Se giró hacia el salón y vio a su novio dormido en el sofá con la televisión dando los deportes. Las piernas peludas le colgaban casi inertes por encima del reposabrazos. De la boca entreabierta asomaban los dientes oscurecidos por el tabaco encajados entre los gruesos labios ocultos por la barba sin afeitar y descuidada en unos cuantos pelos gruesos y canos. …tal vez su suerte fuese otra.

—He visto en el mercado a la mujer del Bajo D, la del matrimonio con una sola hija. Ahora es cirujana —le había dicho su madre semanas atrás.

Recordó su nombre. Olga. La vio ayer. Era un monstruo. Fea, deformada por la gordura, con cara de hombre de cincuenta años, unos dedos como salchichas capaces de abrir un cuerpo por la mitad, coger en la palma de la mano un corazón defectuoso y cambiarlo por otro mejor, coser con punto de cruz del ombligo a la tráquea y salvar una vida. Al parecer, su marido también era cirujano. Feo y gordo como ella, igual de imprescindible para la sociedad. Seguro que votaron al PP, pensó. Muchos profesores también lo hicieron, pensó. Y luego les bajaron el sueldo. Y la echaron a la calle. Después volvieron a bajarles el sueldo. Luego les llenaron las clases con más chicos. Y después, les bajaron el sueldo una vez más, pensó. Y entonces los profesores se echaron a la calle para protestar. Los médicos también, pensó. Se preguntó si Olga habría salido a la calle a protestar o si se habría quedado en el sofá tranquilamente. Menuda cirujana. La atropelló con la bicicleta. Y Verónica fue tan pusilánime que no se levantó y por tanto no le dio una hostia con todas sus ganas. En lugar de eso, se quedó un rato tirada en el suelo con los patines puestos, con la rueda gigante de la bicicleta de Olga casi encima. Así se quedaron quietas un buen rato, mirándose a los ojos con el sol cayendo sobre sus cabezas, Olga desde el sillín de su bicicleta inmensa, una BH de paseo azul oscura, y Verónica desde el suelo sentada de culo. ¿Cuántos años tenían? Nueve, o doce, o diecisiete, la edad para que Verónica aún fuese en patines y Olga aún montase en bicicleta. Hoy sería ridículo esperar que dos adolescentes en su misma situación no se matasen a golpes mientras otro lo graba con el móvil y lo sube a Internet. Antes la inocencia duraba más. Pero Olga le tenía miedo, Verónica lo vio en sus ojos. Olga creyó que se levantaría y la tiraría al suelo y allí la patearía hasta que se cansara. Verónica también pensó hacerlo. Y la amiga de Olga que la acompañaba. Y la hija de una prima de la madre de Verónica que patinaba con ella también pensó que se levantaría y le partiría la cara. Pero Verónica, contra todo pronóstico, se quedó sentada, con la rueda de la bicicleta entre las piernas. Y la voz de su padre en la cabeza con una de sus charlas sobre la no violencia y sobre hablar los problemas y sobre un montón de cosas que él nunca hizo porque perdía los nervios enseguida y se ponía a gritar. Su condena fue hacer siempre lo que le decían, la buena de Verónica. Las moscas, dos, bailaban una danza de moscas sobre el hule sacando la trompa para chupar una miga de pan y saltar sobre otra miga o una gotita transparente que resbalaba de la botella de gaseosa. Primero una mosca, luego otra, después de vuelta la primera. Verónica achinó lo ojos para ver más allá del paisaje de montañas y árboles y fincas de paja amarillenta y alguna que otra vaca raquítica con la piel pegada a las costillas. Como en los parajes de Pedro Páramo, pensó, llenos de piedras y de muertos. Pero a ella no le hablaban las voces de los muertos. Le hablaban las voces del pasado, que son como muertos, pensó, como todas aquellas lecturas de la facultad que ahora solo le servían para ver las vacas flacas del pueblo y compararlas con los parajes miserables de Pedro Páramo de Rulfo, la hora amarilla de la siesta como La mala hora de Márquez, la ociosidad del mediodía como El astillero de Onetti, la brutalidad de la vida como un Facundo o una Doña Bárbara que todo lo arrasan y nada los puede detener. Deseó tener un hijo en lugar de tantas lecturas inútiles para sentirse mejor, para que unos bracitos la abrazaran con ternura y le pidieran agua, leche o pan con chocolate, pero enseguida cambió de idea pensando en el futuro que le dejaría. O en el que no le podría dejar. Tal vez su destino dependía de lo que hizo justo aquella mañana, pensó.

Al recibir el último golpe, su vida no tuvo más remedio que convertirse en la masa informe que era hoy. Si le hubiese devuelto el golpe, jamás le hubiese rozado la mala suerte. Ahora seguiría siendo profesora, tendría un sueldo de por vida, una posible jubilación, unos hijos, un marido trabajador. Tantos años estudiando para vivir de sus padres, pensó, en esta indigencia ordenada, sosegada, como si aquí nunca hubiese pasado nada y no tuviese otra salida que echarse la siesta para escapar en lugar de salir a la calle a romper escaparates y matar diputados y robar Mercedes y quemar Cajas de Ahorro, pensó. Pero fue pusilánime en su momento igual que lo es ahora. No le devolvió la hostia pese a que le tenía miedo porque Verónica le tenía más miedo aún, porque Olga la había atropellado con la bicicleta y había roto todas las reglas de no ataque y Verónica no hizo nada porque pensó que si una imbécil como aquella daba el paso y la atropellaba, entonces podría hacer cualquier animalada si ella se vengaba y le daba una hostia. Había intentado olvidar lo que ocurrió ese verano y seguir con su vida. Pero no pudo. Igual que con las lecturas inútiles, siempre rondándole la cabeza como el filete de hígado en el subconsciente de Leopold Bloom, como las acusaciones en El extranjero de Camus, como el hambre en Las uvas de la ira de Steinbeck. La imagen de verse tirada en el suelo con la gigante rueda de la bicicleta entre las piernas, como una violación, volvía de nuevo como un mal chute de Yonki de Burroughs, como otro amante vacío de Numerados de John Rechy, como descender otro círculo del infierno de Dante.

Debería devolverle la hostia ahora, pensó. Ella sabría el porqué. Pero ha pasado demasiado tiempo y ya no tiene sentido, pensó. Sería ridículo pegarle ahora, pensó. Verónica tiene que joderse por no haber sabido reaccionar a tiempo. Aunque Olga haya votado al PP. Debería decirle que ahora es cajera en lugar de profesora por su culpa, y que encima los hijos de puta como ella dicen que debe estar agradecida por haber encontrado trabajo, y darle con todas sus ganas, con el brazo extendido desde atrás, la palma abierta, los nudillos fibrosos esperando el impacto contra su cara gorda y fofa y caída de cirujana de mierda de hospital público que votó al PP para que le bajasen el sueldo e irse por las tardes a trabajar en alguna clínica privada a hacer liposucciones para compensar su sueldo. Porque esa hija de puta no puede ser socialista, pensó. Mucho menos de izquierdas. Pero no estaba segura. Tampoco lo estuvo en su momento. No supo si Olga la había atropellado sin querer o porque quiso hacerle daño. Igual que el PP, pensó. Todavía hay gente que no tiene claro si los recortes son porque no hay más remedio o porque quieren acabar con lo público, pensó. El resultado es el mismo, pensó. Ella había terminado en el suelo con la marca de las ruedas en una pierna y dolor en el culo y la humillación saliéndole por las orejas. Y el país terminará empobrecido y sin poder levantar cabeza nunca más, pensó. Su padre debió hablarle de que la intención no es lo que cuenta. Eso es para abogados y tratadistas. Lo que cuentan son los hechos. Si te atropellan, golpea. Si te arruinan, apedrea. Aunque las consecuencias sean peores. No hay nada más humillante que el primer golpe, pensó. Una vez que lo has recibido, ya nada puede ocurrirte porque ya te ha ocurrido lo peor. Habría que ser como los mineros, pensó. O como los trabajadores de Metro haciendo huelgas salvajes, pensó. Y no como los campesinos de Ana Karenina. Si le hubiese dado aquella hostia, hoy podría rebelarse, incluso en el calor de aquella sobremesa.

Un gallo cantó en el horizonte, porque los gallos cantan cuando les apetece y a veces su canto coincide con el amanecer. Pero solo a veces. En el salón, un largo ronquido despertó al novio de Verónica que cambió de postura y siguió roncando apaciblemente. Sobre el hule, las moscas se limpiaban las patitas. Una vaca raquítica mugió para romper con el vacío que había quedado tras el canto del gallo, como el último suspiro de Aureliano Babilonia al final de Cien años de soledad, como el filo de la hoja de la guillotina que viaja rumbo al Nuevo Continente al inicio de El siglo de las luces de Carpentier, como la caída de párpados de Gustav Aschenbach al final de Muerte en Venecia de Tomas Mann.

Comentarios

  1. Profile photo of

    Felipe Ferrante

    8 septiembre, 2012

    Debo decir Paloma que en esta ocasión te has superado. Veo la larga sombra de Mattera en tu relato…Me refiero a esa construcción entre lo personal y lo universal que transcurre de una forma paralela. Hay grandes ingredientes; Un contundente inicio que invita a seguir leyendo y una reflexión que es inherente a todo ser humano, devolver el golpe, como un desquite, aunque solo sirva para resarcirte y encarar la vida sin la sensación de que aún tienes algo pendiente. Grandes referencias en las que te sobras y dejas claro que si es de literatura de lo que hablamos, pocos te hacen sombra. Tal vez, por decir algo creo que en cierto momento del relato y en general abusas de la palabra “pensó” En resumen un relato que nos incendia al ver reflejado en él nuestro propio estado “pusilánime” ante los atropellos de la vida. Nos incendia al ver nuestra pasividad más vegetal al comprobar que nos lo han ido quitando todo…hasta el derecho al pataleo, el derecho a darte la vuelta y cagarte en la estampa de todos sus muertos. Ojala despierte alguna conciencia.
    Mis felicitaciones por tan buen relato. Un abrazo.

    • Profile photo of Paloma Benavente

      Paloma Benavente

      8 septiembre, 2012

      Epa, Felipe! Gracias por tu comentario. Estaría bien despertar algo, conciencias, siestas, vidas o legañas, pero despertar, aunque sea una misma y solo un ojo. Con lo de pensó, tienes razón; tenía pensado quitar alguno pero la emoción de publicar en Falsaria me borró la buena intención. Le daré un repaso ahora, para que no sobre nada.

      Gracias de nuevo, amigo, amiguete, amigote. Nos merecemos unos gin-tonics fresquetes

  2. Profile photo of Luna.de.lobos

    Luna.de.lobos

    8 septiembre, 2012

    Fascinante, Paloma. Me encanta cómo fundes la rabia hacia una persona con la rabia hacia el mismo sistema… cómo ambos oprimen su persona de un modo tan similar y tan diferente.
    “Le hablaban las voces del pasado, que son como muertos, pensó, como todas aquellas lecturas de la facultad que ahora solo le servían para ver las vacas flacas del pueblo”
    Y mientras tanto, pasa la tarde calurosa y ella sólo piensa.
    Un abrazo!

    • Profile photo of Paloma Benavente

      Paloma Benavente

      8 septiembre, 2012

      Hola, Luna! Gracias por tu comentario, para mí demuestra una lectura profunda de lo que escribo lo que siempre tendré que agradecerte.
      Un saludo, y gracias de nuevo

  3. Profile photo of NicolasMattera

    NicolasMattera

    8 septiembre, 2012

    Gran, gran relato, Paloma. Desde el primer momento en que lo leí supe que el cuento era especial. En mi caso, me ha encantado la terrible abstracción de la vida cuando se va y se va por el retrete de la mierda cotidiana… que hasta la cosa más estúpida, como un golpe con la bici en ese pasado en donde todo era futuro, sirve para reflejarnos la impotencia en la que vivimos, toda eso que nos han metido en la cabeza durante tantos años y que tan bien hemos cumplido: estudiar, trabajar, ser perseverante, buenas personas y, sobre todo, no devolver los golpes para llegar a ese lugar prometido que en realidad nunca existió. Hasta que te das cuenta que todo era mentira, que nos lo han quitado todo, todo… y todo.
    La metáfora del golpe es excelente, es el castigo a nuestras propia incapacidad, a nuestro propio miedo….
    Besos y felicitaciones, de lo mejor que he leido en esta red.

  4. Profile photo of Richard

    Richard

    8 septiembre, 2012

    Hola Paloma.
    Fascinante relato. Es para releerlo pasado un tiempo.
    Se detectan sentimientos profundos, humor, ironía en un cuento narrado en forma brillante.
    Un beso y un voto. El 10.

    • Profile photo of Paloma Benavente

      Paloma Benavente

      8 septiembre, 2012

      ¡Gracias Richard, por tu voto tan a tiempo de mandarme a portada!

      Un saludo, y gracias por leerme

  5. Francisco Farias

    9 septiembre, 2012

    De puta madre, Paloma. Y no tengo nada mas que añadir. Muchas gracias por todas tus cosas. Un saludo y, que coño, y un abrazo.

  6. Profile photo of Maqroll

    Maqroll

    9 septiembre, 2012

    Sin duda merece este cuento la portada, pero también sin duda una revisión profunda. Escribes muy bien, y eso, aunque parezca contradictorio, exige más trabajo de corrección (en un texto malo, lo mejor es no perder el tiempo).
    Pues eso, que es bueno y que hay que trabajarlo. Mi voto.
    Saludos.

    • Profile photo of Paloma Benavente

      Paloma Benavente

      9 septiembre, 2012

      No sé si agradecerte o decirte que no necesito tus migajas. Y siguiendo el tono de generalidad que usas, el texto está suficientemente trabajado. Cuando tengas alguna mejoría en concreto, me la comentas.

      • Profile photo of Maqroll

        Maqroll

        9 septiembre, 2012

        Verás, Paloma, lo primero que no deberías haber necesitado es tildar mi comentario de “migajas”. En él, no digo más que que lo considero merecedor de la portada, que es un buen cuento y que (logicamente en mi opinión, ya que es mi comentario) precisa de una revisión.
        Y mira por dónde, en un comentario anterior tú misma escribes: “Con lo de pensó, tienes razón; tenía pensado quitar alguno pero la emoción de publicar en Falsaria me borró la buena intención. Le daré un repaso ahora, para que no sobre nada”. Es decir, reconoces que, al menos en este aspecto, el texto necesita un repaso. ¿Por qué entonces me respondes así?
        Por supuesto no dudes de que no tienes nada que agradecerme por el hecho de haber comentado o votado este artículo; ni tampoco por el hecho de que como ya dije, me parezca un buen cuento. Pero igual que opino que puedes estar absolutamente segura de que nada has de agradecerme (faltaría más; el agradecimiento es un sentimiento, no un deber, y nadie ha de estar nunca obligado a sentir algo en particular, menos aún si no lo siente), creo que no te vendría nada mal albergar dudas sobre el porqué de tu respuesta.
        En cuanto a tu petición de que “Cuando tengas alguna mejoría en concreto, me la comentas”, pues lo siento, pero no, no tengo “ninguna mejoría en concreto”.
        Saludos.

        • Profile photo of Paloma Benavente

          Paloma Benavente

          9 septiembre, 2012

          Tildo tu comentario de lo que es: cuando uno critica, tiene que decir qué critica. Si me dices que tengo que trabajarlo, dime qué tengo que repasar en concreto para que, al menos, tu comentario no quede como lo que es: palabras vacías. Felipe me ha dicho qué mejorar. Tú no has dicho nada, y luego, además, haces otro comentario para quejarte. Me parece que te has confundido de espacio. Y de tono.

  7. salamandra

    10 septiembre, 2012

    ESTE DIALOGO QUE HE LEÍDO:
    ME RECUERDA UN PENSAMIENTO ESCUCHADO MUCHAS VECES
    EL QUE SABE, HACE
    EN QUE SABE MENOS LAS ENSEÑA
    Y EL QUE NI LAS HACE NI LAS ENSEÑA “LAS CRITICA”
    SALUDOS, PALOMA BENAVENTE.

  8. Profile photo of Lorenzo

    Lorenzo

    11 septiembre, 2012

    Lo que en su momento no haces te arrepentiras para siempre. Muy buen relato Paloma

  9. TAIKU TAO

    14 septiembre, 2012

    ¡Impresionante!

    • Profile photo of Paloma Benavente

      Paloma Benavente

      14 septiembre, 2012

      ¡Gracias, Taiku Tao! Siempre estás ahí y, con una sola palabra y un gesto, me has hecho sonreír de alegría.

  10. Profile photo of marcos-p

    marcos-p

    20 septiembre, 2012

    Paloma; cada vez que te leo me gustas más!!

  11. Profile photo of Enroque

    Enroque

    28 septiembre, 2012

    Creo que es tarde para votar pero igual lo voy a hacer porque te lo mereces!

    • Paloma Benavente

      2 octubre, 2012

      ¡Muchas gracias, Enroque! Nuuuuunca es tarde para un comentario ni para un voto.
      ¡Nos leemos!

  12. Profile photo of Per

    Per

    9 noviembre, 2012

    Imagino que será el primer voto postpublicación, pero es que no te había leído antes y en mi revista en papel te he encontrado. Me ha encantado el relato y agradezco esta red en la que me siento cada día más integrado, tanto, que quisiera saber cómo podría integrame más…

    Recibe mi más sincero saludo, seguimos en contacto,

    Pernando Gaztelu

    http://es.linkedin.com/pub/pernando-gaztelu/5b/289/947

    • Profile photo of Paloma Benavente

      Paloma Benavente

      9 noviembre, 2012

      ¡Muchas gracias, Pernando! Es un comentario que me llega al corazón (y, claro, al orgullo). Yo también te tengo en mi edición de papel (qué ilusión verse ahí, ¿verdad?) y me gustó ver tu cuento de los dos viejitos publicado.

      Un saludo, y gracias por tus palabras y por tu voto!!

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