Motivos desplazados a lugares olvidados

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Por algún siniestro motivo, Izan no le dijo nada sobre las actividades que había estado ejerciendo la noche anterior. Es cierto, que él y Paula sólo eran compañeros de piso. Pero después de dos años de convivencia se había tejido entre ellos una sólida amistad.
Habían escondido a la luz del día aquella noche, ahora ya borrosa, en la que él había pasado la noche en vela, ora llorando, ora bebiendo, ora fumando… tratando de liberarse del dolor que le había producido la noticia de su despido. Siempre había sido un hombre ciertamente sensible. Ella había pasado el día fuera, y también la noche. En antítesis con él, ella había salido a celebrar la firma de su contrato indefinido.
Legó ella a casa, con la adrenalina del vodka y del red bull serpenteando entre sus venas, y lo vio allí, sentado en el sofá púrpura que a ella tanto le gustaba. Camino en silencio, hasta sentarse a su lado, y rodeó los hombros de Izan con sus brazos. Él lloró desconsolado sobre el pecho de Paula. Sus lágrimas bañaron el suéter blanco de Paula, y también la piel de sus pechos que quedaba al descubierto. Sujetó el rostro de Izan entre sus manos, y levemente lo levantó hasta que sus ojos se encontraron. De lo que pasó a continuación ninguno había vuelto a hablar, aunque pensaba en ello muy a menudo. Él lanzo sus labios, humedecidos por las lágrimas, hacia los agrietados labios de Paula. Ella contestó complacida, y su lengua vagó rápidamente entre los dientes de Izan. La ropa comenzó a caer como una inesperada lluvia sobre la alfombra, hasta que sus cuerpos completamente desnudos desaparecieron en la oscuridad reinante en el salón.

Se sentó en su cama, algunos de estos recuerdos todavía se revolvían en su mente. Sacó de entre sus pantalones una vieja aunque impecable Smith & Wesson. Abrió el tambor, y lo hizo girar entre sus dedos. Faltaba una bala. Cuidadosamente introdujo su mano izquierda en el bolsillo y sacó una reluciente bala, que encajó con suma excitación en el puesto vacante. Se levantó lentamente de su cama, y con esa misma lentitud se dirigió al espejo que tenía enfrente, sobre la cómoda. Miró firmemente su reflejo, el pelo negro enmarañado, los ojos inyectados en sangre, con unas alarmantes ojeras que los custodiaban, y su piel de un pálido enfermizo. Elevó el cañón hasta situarlo bajo su mentón. Mantuvo esta posición durante diez segundos que parecieron moverse con la lentitud de diez largas y tediosas horas. Sus reflexiones y divagaciones se vieron interrumpidas cuando el reloj marcaba once segundos, la puerta se abrió a sus espaldas. La observó histérico a través del espejo. Sus labios alargaban una sonrisa de oreja a oreja, pero inmediatamente esa sonrisa se trocó en una mueca de terror cuando vio a Izan con el arma bajo su cráneo, y al segundo su cuerpo experimentó una parálisis total cuando él se giró, e hizo cambiar al cañón de objetivo. No tuvo tiempo de suplicar, ni él de dar explicaciones. La bala recién integrada en el tambor de la Smith & Wesson salió despedida para incrustarse entre los ojos grises de Paula.

Comentarios

  1. Profile photo of Claude

    Claude

    1 octubre, 2012

    Me gustan estos finales que, en cierto modo, conmocionan.

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