Pensamientos profundos

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Hacía horas que el resto de habitantes de la ciudad, el país y la parte a oscuras del mundo dormía soñando sus sueños grandes o pequeños. Él llevaba días sin dar más que alguna cabezada suelta y en el peor momento. Como esa misma mañana, sobre el teclado del ordenador de la oficina, presionando con la ceja izquierda la tecla Supr.

Ahora, sentado en el umbral de la casa con la puerta abierta para que le llegara el dolor solidario de Micah P. cantando en el reproductor, echaba la ceniza del cigarro en la lata de cerveza que acababa de apurar. Y en lo último que pensaba era en el expediente que le habían abierto en el trabajo.

Su mente tampoco hacía la menor concesión a la grandeza del cielo de una noche de verano sin luna. Clareaba por el este. Las estrellas aún se hacían fuertes en el intenso azul oscuro del oeste. Y era esa hora en que incluso en la noche más pegajosa de julio el calor parece conceder un respiro a los animales de sangre caliente. Pero él ni siquiera reparó en la agradable brisa que se le coló por el faldón de la camisa enfriando el sudor de su espalda.

Se limitaba a mirar la tierra que tenía inmediatamente delante. La tierra que rodeaba la casa y que tan solo ocho días antes habían removido, rastrillado, surcado y otras muchas acciones pertenecientes al mismo campo semántico y que jamás habría imaginado poner en práctica. Se limitaba a mirar y a intentar digerir lo absurdo que puede llegar a ser el final de las historias que se cuentan solas, sin guión. Por ejemplo una casa cercada por lo que ahora bien podría parecer una excavación arqueológica de la que solo se extraerían los restos ruinosos de un pasado esplendoroso.

Pero, por alguna razón que ya carecía de importancia –si es que alguna vez la había

tenido-, ocho días antes ambos tenían claro que era fundamental para su futuro adecentar el terreno y plantar en él centenares de pensamientos azules, amarillos y granates. Así que los dos se habían tirado todo aquel día de hace ocho días rebozados en la tierra, cavando, abonando, haciendo en unos puntos pequeños hoyos y en otros pequeños montículos que parecían las tripas terrosas de los primeros. Acabaron el trabajo cuando el sol se ponía, cuando la tierra era roja y parecía mucho más viva que ahora.

-Mañana los plantaremos –había dicho alguno de los dos, no lo recordaba con exactitud.

Tampoco recordaba quien mencionó algo sobre lo genial de despertarse todos los días en medio de una explosión de colores.

Pero al día siguiente no había habido mañana. El día siguiente amaneció siendo solamente el día 0 de una nueva era. Una nueva era de polvo en las fotos y mortajas en los armarios por la que se había arrastrado ya una semana, la peor de su vida, teniendo la sensación de no haber avanzado ni un centímetro. Una sensación que en este momento, insomne ante el paisaje agujereado por algo parecido a un bombardeo, daba paso a la escalofriante sospecha de que jamás avanzaría.

Se imaginó entrando y saliendo de la casa durante años haciendo el esfuerzo consciente de esquivar los baches. Recordándolo todo cada vez que tuviera que rectificar la trayectoria de sus pies para evitar un montón o un socavón. Y de golpe sintió instalarse en su interior el cansancio acumulado de una montaña de tiempo que no había hecho más que empezar.

En ese instante a Hinson le dio por animarse un poco a su espalda. Empezó a cantar en

el mp3 más fuerte, más rápido, con más rabia que pena. Rasgaba el banjo y repetía sin cesar algo sobre cavar una tumba bajo la luz de la luna. Su inglés le daba para entender una orden tan sencilla.

Y casi sin pensarlo se vio sin luna en lo alto pero con la pala en la mano, cavando, cavando y cavando un agujero lo bastante ancho y profundo como para arrojar en él un par de álbumes de fotos, los regalos de ocho cumpleaños, los sudarios de los armarios y la ropa interior del segundo cajón empezando por abajo. Ni siquiera desfalleció cuando cayó en la cuenta de que no estaría de más agrandar el agujero para hacer caber en su interior el colchón de toda una vida.

El sol estaba ya en el centro del cielo cuando acabó de sellar la tumba. Las cigarras chirriaban. Hacía muchísimo calor, pero él se contentó con percibirlo muy tenuemente e intuir que al día siguiente sería capaz de apreciarlo un poco más. Se secó el sudor de la frente y dedicó un rato a rellenar los huecos en los que un día se supuso que iban a florecer los pensamientos.

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