No era raro que ella tuviera los pies frios. A él le encantaba, que entre risas, ella buscara los suyos para calentárselos.
En mitad de la noche, él se acercó. Tenía los pies congelados. Gélidos. Encendió la lámpara de la mesita de noche y vio el frasco de neurolépticos. Vacío. Como él.




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