Samantha

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Fui yo quién le hizo llegar el paquete al fiscal. Iban a hacer trizas a Maron. No creo que mi amigo tuviese nada que ver con lo sucedido, él no es quién ellos pretenden que sea. Hasta donde yo sé, no es un perturbado.

Tan solo estaba trabajando aquella noche, eso lo sé yo, que estaba trabajando. Lo malo son los momentos en que uno lo hace para un revista como Vogue. Eso sí puede llegar a ser un inconveniente, me refiero a cuando todo aquello ocurrió. Sobre todo si hay una menor implicada en el asunto. Pero yo confío en él.

Lo que contiene el paquete aportará luz al caso. Además, Laurence Rittembard —por lo visto así se llama el juez— debe ser un hombre prudente al aceptar el trato de retirar las demás acusaciones (abuso sexual, perversión y sodomía, así como administración de drogas a una menor de trece años). También hay otra circunstancia a tener en cuenta: la familia Gailey está dispuesta a aceptar el trato.

Si le interesa mi opinión, creo que Samantha Gailey, la muchacha, estaba asustada. Por lo que pasó, por lo que hizo. Qué hacía una muchachita de apenas trece años con esos dos trotamundos, a esas horas de la noche en aquella mansión. Por eso, al llegar a casa ya en la mañana improvisó una buena coartada: llamó por teléfono a su mejor amigo. Fue por eso que lo hizo. Por supuesto, la señora Gailey escuchó la conversación.

Pero le va a ir mal en el juicio a la muchacha. Y lo que digo no tiene que ver con que él sea mi amigo; pensaría de igual modo si él no estuviese relacionado con el caso.

Por eso lo hizo la chica.

Lo de llamar por teléfono a un amigo.

Si lee la prensa del 9 de agosto, la noticia no se sostiene. Casi puedes ver como del papel caen las letras al piso. Compruébelo usted mismo. ¿No ve el titular bien grande? Aquí. Lea, ¿qué es lo que dice? ¡Vamos! Todo esto no es sino un guión barato.

Porque van por él. Por ser judío, tal vez por ser francés.

Ayer mismo tuvo que reconocer su culpabilidad por el delito de «tener relaciones sexuales con una mujer distinta que su esposa y menor de dieciocho años». Qué le parece la jugada. Una noticia de tal calibre no pasa desapercibida ante los ojos de la gente. Cuanto menos, el asunto está peliagudo.

Entonces, solo hay un camino posible.

Declararse culpable.

O el sistema te aplasta.

Pero deje que le lea: Con este reconocimiento de culpabilidad el famoso director de películas evitó la celebración de un juicio por la acusación de otros cinco delitos, entre los que se incluyen el drogar y violar a la niña, cuya identidad no ha sido desvelada.

¿Qué me dice ahora? La prensa tenía que cubrir el reportaje, llenar portadas para amedrentar a la población de Los Ángeles, echar carnaza a un pueblo asustado; estremecer al jubilado que sube al autobús en la Quinta cuando va a recoger a su nieto; atemorizar a la madre que despide con un beso a su hijo frente a la puerta de la escuela; intimidar al electricista que trabaja de sol a sol atado a un poste eléctrico en la 59, de eso trata la crónica.

Y lo han logrado, vaya que sí.

¿Sabe una cosa? Maron no tenía enemigos. Ahora sí. Cientos, miles, en este momento puede que los tenga a millones. Todo un estado pendiente de su respiración, a la búsqueda de un resquicio en su inocencia. Toda una ciudad dispuesta a trocearle, a destriparle, a arrojarle a la voracidad de los humanos.

Pero le diré algo. Yo estaba allí. Yo mismo, le digo. ¿No me cree? Aguarde, ya le voy a contar: 9 de agosto, Beverlly Hills, Mullholland Drive. Aquella es buena zona para vivir. Jack siempre ha sido un tipo con clase. Aquella noche no había nadie más en la mansión, excepto Jack, Maron, Samantha y yo. Anjelica no estaba con Jack esa noche. Los tipos de la revista habían contratado a Maron para hacer un reportaje fotográfico a una modelo. Jack acababa de conocer a la muchacha en su última visita a la productora. Impresionado, la invitó a la residencia. Luego llamó por teléfono a Maron. «Cambio de planes, dijo. Déjame que trate con los de Vogue. Tengo una gatita que es un verdadera fiera; ella es la indicada para el reportaje». Jack no tardó en convencer a los de la revista, ellos confiaban en su estrella, también en el buen hacer de Maron. Jack organizó la sesión esa noche en su residencia. Recientemente había adquirido en Europa algunas piezas de estilo barroco que a Maron se le antojaron imprescindibles para aderezar el reportaje.

Llegué a la residencia pasadas las diez, subí la rampa con el auto, aparqué el auto en la curva de gravilla, frente a la fachada principal. Jack salió a recibirme con la copa de vino en la mano. Lo acompañé a través de un largo pasillo hasta un gran salón acristalado donde contemplé el perfil desnudo de Los Ángeles en la noche. Allí me presentó a la muchacha. Estaba sentada en un gran sofá blanco, con los tacones en la mesa. Vestía una faldita de satén y una blusa escotada. Era una muñeca, pura sensualidad con tan solo trece años. Sin mirarme, dijo llamarse Samantha Gailey. Nunca se lo he dicho a Maron, pero ella me trajo el recuerdo de Tate. Rubia, triste, largas piernas, ojos asustados.

Champagne y metaculona. Eso pone aquí. Aquí, déjeme que le señale. Ya le digo que las letras se caen al piso, de lo falso. ¿Sabe qué es eso? Metaculona. Aguarde, yo le voy a enseñar. Sedante, hipnótico. Depresivo general del sistema nervioso… Al menos, eso afirma la chica que tomaron. Un sedante legal usado como droga en las mejores fiestas que pueden organizarse hoy en día en la ciudad.

Y Samantha estaba desnuda. ¿Escuchó lo que dije? Desnuda en el jacuzzi. Y dice que se negó en varias ocasiones. Afirma que fue él quien la obligó a enseñarle los pechos. ¿Qué tiene de malo que una adolescente enseñe los pechos? ¿Y dónde carajo estaba el bueno de Jack? ¿En la tumbona con otra fulana? ¿Y dónde estaba yo? ¿Acaso voy a tener que mandar otro paquete al fiscal para rescatar a Jack?

No, porque Jack no es judío; tampoco es francés.

Astuta esa Gailey. Abuso sexual a una menor tras el uso de drogas. Fíjese en el calibre de esas palabras. Con eso no se juega. Uso de drogas. Perversión. Sodomía. Virgen santa. Hasta yo me asusté cuando lo leí. ¿Acaso tuve delante al demonio y no fui capaz de reconocerlo? No creo que Maron llegue a tanto. Tampoco sé si le agradaría.

Y aquí dice: administración de drogas a una menor de trece años. Si viese usted a mi hija. Catorce años. Después del trabajo, en casa me esperan dos mujeres. Mi hijita se quedó en el pasado, no sé si comprende.

¿Vio a la muchachita en las fotografías? Samantha Gailey, golosa, bella, sorprendente. Yo le vi los ojos a la luz de los flases, entre azules y grises, unos ojos que reían con descaro. Sus manos todavía infantiles, y que decir de la curva de su vientre, fascinante, como de seda.

Habíamos concluido la primera parte del reportaje cuando la muchacha se lanzó a la piscina, sobre las tres y media de la madrugada. El calor era insoportable en las colinas. Yo la vi alumbrada por las luces acuáticas, agitándose en el oleaje, batiendo las piernas. Así estuvo un buen rato. Ella solo quería jugar, ya me entiende. Al salir de la piscina, la faldita se le pegaba a los muslos, chorreando, y se le doblaban las piernas al quitarse los tacones, parada frente a Jack con la blusa entreabierta, y reía, con ese cabello pegándosele a la cara, y no dejaba de reír.

Cualquier hombre vendería su alma por tener una vecina como ella. Ahí está el problema. En la proximidad.

Pero le repito: allí estaba yo. Me pidió que le filmara el making-off, yo era su sombra cuando él le decía, «colócate ahí, frente a ese espejo», y ella se situaba frente al espejo en el zaguán, y él indicaba, «separa las piernas como si fueses la cría recién parida de una gacela», y ella separaba las piernas tumbada en el diván que hay bajo el alero. Y ella abría su boca de estrella menor para devorar otra estrella mayor. «Levanta los brazos», gritaba él, «mueve la mano un poco más», y ella giraba la muñeca como una bailarina, «ponte contra el viento, quiero verte flotar en la noche», y ella, al acodarse en la baranda, asomaba su pecho jugoso, y todos bebíamos champán o ginebra, no lo recuerdo. «No te muevas Samantha, eres una diosa», y yo les seguía, invisible. Al fondo, en la tumbona, un punto incandescente en el rostro de Jack, semidesnudo, borracho como cada noche, Jack es así, con su ginebra, con su fama bien ganada, mientras la brisa pellizcaba el humo, arrastrándolo al lado oscuro de la ciudad.

Por eso le digo que no ocurrió nada.

¿Qué me dice de la heroína? Si la saboreas estás perdido. Maron la detesta. Cualquier hombre sensato la detesta. Yo la detesto. Me pregunto si Samantha la detesta.

Verdaderamente, lo lamento por mi amigo. Primero, lo de Tate; ahora esto. Pero yo le voy a ayudar. Por eso le envié la grabación al fiscal. Porque Maron es mi amigo, y porque yo estuve allí.

Pero hay una cosa que me perturba el sueño. Lea lo que pone aquí: El abogado de la familia de la niña aceptó también el trato, alegando el trauma que supondría para ella el tener que testificar durante el juicio y relatar el incidente del segundo encuentro.

Maron mantuvo una segunda cita con ella, un encuentro oculto hasta que leí la noticia esta mañana en la prensa. Se citaron en otro momento y en otro lugar. ¿Qué me dice a eso? En esa ocasión no fue en Mullholland Drive, tampoco Jack estaba presente, tampoco lo estuve yo. Ese detalle me quita el sueño. Lo que la chica afirma que sucedió en esa segunda cita. Y no me queda más que leer la cabecera y sentarme a esperar:

MAROM SE DECLARA CULPABLE DE SUS ILÍCITAS RELACIONES CON UNA MENOR.

Usted pensará que el motivo es suficiente para dudar. Yo le digo que mi amigo no cometió la fechoría en la que insiste la muchacha. Lo sé porque él es mi amigo, porque si usted lo conoce, verá en sus ojos la mirada asustada de un niño.

Comentarios

  1. Profile photo of VIMON

    VIMON

    10 septiembre, 2012

    Muy buen relato, Josefa, muy bien trabajado. Felicitaciones y mi voto.

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