El confesionario (parte 1: El Pueblo)

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    Imaginen el clásico pueblito de los Andes: resguardado por grandes montañas, verdes y solitarias, con un río helado y mínimo rodeándolo casi por completo, siempre cubierto de una espesa neblina que hace las veces de una traslúcida cortina blanquecina, lleno de callecitas cortas y angostas, algunas de tierra y otras hechas de grandes piedras grises, repleto de antiguas e inmensas casas, todas de paredes blancas muy deterioradas, en perfecta combinación con las tradicionales tejas rojas, con patios centrales llenos de plantas, amplios cuartos, techos altísimos y muy poca luz a pesar de las grandes ventanas de madera vieja y oscura, que por lo general, siempre están abiertas.

    Con una plaza chiquitica y la típica iglesia de pueblo, aún más antigua que las casitas, con paredes aún más deterioradas y menos blancas, con techos aún más altos, aún menos luz, con ventanas de madera aún más grandes, un altar a punto de caer en mil pedazos, y bancos que rechinan incluso cuando nadie se siente en ellos.

    Como todos los pueblos de los Andes, este escribe sus historias en largas noches y largos días, noches y días que pasan sin mucho que hacer, y por tanto sin mucho que decir. En esencia, eso es todo lo que hay que decir acerca del pueblito, y es que describirlo con lujo de detalles, resultaría tedioso y sumamente aburrido, en cambio, podría ser mucho más interesante hablar de su gente.

    O tal vez no sea tan interesante, porque después de todo la gente del pueblo es gente  normal, nada que no se hubiera visto antes, nada que pueda llamar la atención . Son tan… tan… ¿cómo decirlo? …Tan comunes, tan corrientes, insignificantes podría ser la palabra justa para describirlos. Casi nadie le presta mucha atención a los demás y esto se debe a que casi todos los que ahí viven, llevan exactamente la misma vida aburrida, día tras día, mes tras mes, año tras año.

    Todo esto que acaban de leer en el párrafo anterior, lo diría con seguridad cualquiera de ustedes si llegaran, por cualquier razón, a visitar el pueblito. Conocerían a cada uno de los habitantes, hablarían con uno que otro, los observarían de lejos en sus rutinas diarias, escucharían sus conversaciones y llegarían a la conclusión de que es gente simpática y buena, pero muy insípida.

    Esa es la cuestión, uno de los principales problemas de la humanidad, que siempre nos conformamos con la primera impresión, siempre se está muy apurado o ocupado (aunque en realidad no haya nada que hacer) como para detenernos a ver con más atención, más allá de la superficie.

    Claro que no puede culparse sólo al observador, también es cierto que a la mayoría de la gente le gusta mantener guardadas ciertas cosas de su vida, cosas que no dejan ver y que usualmente se esconden muy bien detrás de sonrisas y conversaciones sin importancia. En fin, lo que a duras penas trato de decir, es que por más que así lo parezca, puedo garantizar que la gente de este clásico pueblito de los Andes no es ni simple, ni aburrida, ni insignificante, ni insípida, y en muchos casos ni siquiera simpática, y hay una persona, solo una, que en realidad conoce todo lo que pasa en la solapada intranquilidad del pequeño pueblo que se esconde detrás de las inmensas montañas verdes, solitarias y frías de los Andes.

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