El hombre del piano

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    Eran las nueve de un sábado, cuando una hoja de otoño moría en lo más alto de su enredado hogar, dejando llevar su cuerpo inerte por la fría brisa a ratos suave, a ratos violenta, mientras todas las luces de los edificios la iluminaban y a la vez la bañaban en sombras. Bajo mis pies acabó su cadáver, entre la suela y el asfalto recién encharcado, por un cielo que no dejaba de llorar. Mi mirada bajó hasta la hoja, que su verde veía marchitar, se secaba la vida que hasta entonces, color le había dado a la ciudad. La gente mientras tanto en la acera, ajena a la tragedia no dejaba de caminar, arrastrando bajo sus pies estelas, de lamentos que nadie podía escuchar. Una luz apareció de repente, esa que las almas viene a buscar y las lleva a un lugar donde no existe el mal y el licor suena a felicidad.

    Bajé puntual las escaleras del bar, guiado por los colores del Neón y ocupé mi puesto frente al piano, el cual una noche más acaricié. Mientras afinaba las notas que harían reír o llorar, escuché a mi espalda las puertas, seguido de unos pasos que no se lograban acompasar, era el anciano que vivía en la calle y que moría en la barra del bar.

    Me pidió una suave melodía que le ayudase a olvidar mientras sus manos viejas el aire tocaban al son de un Gin&Tónic al que parecía hacer el amor, mirándolo con deseo y añoranza, con miedo y ganas de acabar.

    La noche tan solo comenzaba y dos cadáveres ya podía cantar, pero la marcha fúnebre de mi piano las almas tan solo pretendía alegrar. Y mientras el viejo sin nombre vendía su alma al alcohol, el bar se empezó a llenar, los dueños entre cañas se frotaban las manos mientras servían una ronda más.

    Las historias comenzaron a sucederse a la vez que mi voz se comenzaba a secar, pegué un trago de cerveza y la voz y el oído afiné. Escuché a John, el que está tras la barra, oí esa voz que solo se oye con el alma y mientras me invitaba a otra ronda no dejaba de pensar que aunque fuera rápido con las bromas, el querría estar en otro lugar.

    Me ensordecían los gritos sordos de la gente que llenaba el bar, miles de historias cruzadas todas distintas pero a la vez todas con algo similar y las peticiones de nuevas canciones volaban sobre el escenario que se convertía en mi hogar.

    Cántanos una canción al piano, tus melodías venimos a escuchar, esta noche haz que sintamos, que vale la pena reír o llorar”-, esa petición que estremece y que yo debo cumplir, ejecutando una sentencia en la milla verde de quienes son felices y los que desean morir.

    La camarera, Joy, me acerca otro vaso que me ayude a tragar y bajo mis notas deja escapar sus lamentos y lágrimas de los sueños que lejos parecen estar. Me dice que “eso” la está matando mientras la tristeza su sonrisa logra arrebatar, sería una estrella de cine si pudiera salir de este lugar. Y grito más fuerte en cada canción, quiero que todos la puedan escuchar y descubran que allí están unidos, rodeados por más de una soledad.

    En un descanso me pongo en pie y camino por el bar, saludando a propios y extraños, fijándome en lo que me rodea, imaginando letras sobre el papel. Y Paul aparece en su esquina, cubierto por un manto de tenebrosas sombras y bajo la luz de su cigarro, descubro que su novela está a punto de acabar. Me acerco discreto entre la oscuridad e intento observar la firma con la que concluye la historia, en la que las gracias al pianista da.

    Una sensación que hasta entonces parecía no poder vibrar, lo hizo en el interior de mi estómago y la emoción me vino a embargar. Corrí rápido al piano y me puse a tocar, mientras las notas sonaban con las gracias comencé a cantar, “son un gran público para un sábado” y miré al gerente del bar, que me decía con su mirada que toda esa gente me había venido a ver a mi, porque son mis melodías las que bien les hace sentir y logran olvidar por un instante, los malos momentos que han tenido que vivir, o al menos les doy un respiro para levantarse y seguir. Así que los cadáveres resucitan, en la noche otoñal mientras el alcohol y mis melodías recorren la barra del bar, agradecidos depositan monedas en mi frágil y rayado frasco de cristal mientras hago que suene el piano como el pasacalles de un carnaval, cantando con un micrófono que huele a cerveza, la misma que mi voz calienta y a mi alma logra entonar.

    La gente se va marchando, dejando penas y alegrías atrás, preparados para dar por concluido un día que mañana volverá a comenzar, con nuevas penas y alegrías que nombre a la vida le dan. Mientras yo me doy media vuelta, subo las escaleras del bar, tras de mí el Neón se apaga y las calles desnudas están, limpias como si estuviesen recién colocadas, acunadas por la luz lunar despojada de los vestidos que las nubes hacía unas horas le proporcionó. Caminando hasta mi casa con las manos en el hogar de mis bolsillos, en mi mente no dejo apuntar las historias que la noche me ha brindado convirtiéndolas en melodías que algún día alguien podrá escuchar.

    Comentarios

    1. Avatar de Richard

      Richard

      16 octubre, 2012

      Hola Leumas.
      Una prosa sumamente poética.
      Me gustó mucho la historia.
      Saludos y voto.

      • Avatar de LeumasRut

        LeumasRut

        16 octubre, 2012

        Muchas gracias, este es el primer comentario que recibo y lo acojo con mucha ilusión. Nos leemos y espero que te sigan gustando mis escritos Richard. Saludos.

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