Fantasmas sobre el papel

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    Un día más las horas de la madrugada pasaban lentamente y ante mi el papel continuaba de blanco impoluto, al igual que mi mente, sin ninguna idea que plasmar con mi pluma. Los plazos se acortaban, debía tener escrito el primer capítulo de mi nuevo libro en tres semanas o el editor retiraría su aportación económica. De nada servían ya los tres premios ganados con mis anteriores obras, el éxito es efímero y las mentes olvidadizas.

    Pero nada de eso importaba ya, mi inspiración murió el mismo día que lo hicieron Meg y mi pequeña Sally. De la misma forma que el tren se llevaba sus vidas en aquel paso a nivel, también se llevó mi inspiración y mi alma. Desde entonces las hojas de mi escritorio, como las de mi propia vida, se quedaron en blanco, y nada era capaz de llenarlas.

    No sé cuanto tiempo llevaba sin dormir, pero por mayor que fuera el cansancio acumulado, no podía cerrar los ojos, pues al hacerlo en mi mente se repetía una y otra vez la misma escena… mi mujer y mi hija dentro del coche, deteniéndose sobre las vías en un paso a nivel sin señalización, que no era visible a esa hora de la noche. Veía a mi mujer pedirle a la pequeña Sally que le pasase su bolso, pues el móvil estaba sonando. Yo la estaba llamando para contarle que querían que escribiera una continuación de mi tercer libro. Y en ese momento una luz cegadora y un ruido ensordecedor se apoderaban del vehículo. Megan, desesperada, intentaba arrancar el coche pero los nervios se lo impidieron. Yo podía oír los gritos y el ruido del tren a través del teléfono. Justo en ese momento despertaba cubierto de sudor y con el corazón a punto de estallar. No podía evitar sentirme culpable de sus muertes, ya que yo fui quien las hizo detenerse.

    Absorto en ese pensamiento me di cuenta de que los primeros rayos de luz del alba atravesaban tímidamente las cortinas de mi despacho. Dejé la pluma sobre el folio en blanco y fui hasta la cocina, preparé un café sólo acompañado por un par de tostadas con aceite. Cuando estaba acabando de desayunar, sonó el timbre; sabía que era John, mi vecino de toda la vida. Le abrí la puerta y me saludó con un abrazo, como hacía cada día desde el accidente. Me preguntó si ya lo tenía todo listo, entonces recordé que hace dos días me convenció para salir a pescar al lago que se encontraba a escasos 50 kilómetros de casa. Le dije que aún tenía que preparar unas cosas, que fuera él primero y que nos veríamos allí. John se marchó despidiéndose con una mirada de complicidad. A toda prisa busqué mi caña y los anzuelos; por primera vez pensé que quizás eso me ayudaría a encontrar la inspiración que me permitiera escribir el primer capitulo de mi libro.

    Salí de casa y metí en el todoterreno la caña de pescar, la caja del cebo y los anzuelos y me puse en marcha hacia el lago. El camino que llevaba al lago era una vía forestal que durante muchos tramos seguía paralela a un riachuelo. Por fin llegué al lugar indicado, John me estaba esperando subido en su pequeña barca. Estuvimos varias horas en el centro del lago, parecía que los peces habían desaparecido de aquellas aguas, pero de repente sentí un fuerte tirón en la caña llegando a tener que pedir ayuda a John. Tras unos intensos minutos de pelea por fin emergió a la superficie un pez enorme. Lo subimos a la barca y nos hicimos algunas fotos con el pez antes de devolverlo a su hábitat. Después de tanto tiempo, había vuelto a sonreír y sabía que en gran parte se lo debía a John. La tarde comenzaba a acentuarse y decidimos volver a casa para que la noche no nos pillase por aquel camino. John se fue primero, no sin antes recordarme la gran pesca que habíamos realizado y pronunciando un “mañana nos vemos”. Vi como se alejaba el coche, y tras disfrutar del bello atardecer del sol sobre el lago, me metí en el todoterreno y partí hacia casa.

    Se me había hecho tarde y la oscuridad se había echado sobre el bosque a la vez que una capa de niebla iba cubriendo poco a poco la visibilidad. Debí reducir la velocidad pero no lo hice, conocía el camino y a esa hora nadie iría en dirección contraria. Pese a llevar las ventanas cerradas podía oír el arguyo del agua a mi izquierda, y mientras pensaba en ello una luz apareció ante mi. Intenté esquivarla y lo logré. El todoterreno quedó detenido a escasos milímetros del riachuelo. El otro coche ya no estaba, y yo solo tenía ganas de llegar a casa así que me puse en marcha, al fin y al cabo no había ocurrido nada.

    Por fin llegué a casa, hacía ya un par de horas que era noche cerrada. Dejé el todoterreno en la entrada y dejé en él todos los aperos de pesca. Estaba tan cansado que subí a la habitación, me metí en la cama y me dispuse a dormir.

    La pesadez en mis párpados no tardó en vencer y quedé sumido en un profundo sueño. De repente estaba en un prado verde, sentado sobre la hierba pero los colores de ese lugar, el azul mucho mas intenso y eléctrico que el del cielo normal como si de un lienzo pintado con témperas se tratase, me indicaba que era un sueño, tenia que serlo, pero allí en ese prado mi dulce Sally corría y saltaba tras las mariposas, con aquella sonrisa contagiosa. Y Meg, mi amada Meg, se encontraba a mi lado recostada sobre mi hombro, mirándome fijamente a los ojos, con esa mezcla de ternura y pasión que era capaz de reflejar el fuego en su mirada. Sus labios se iban acercando lentamente a los míos, cuando de repente una luz intensa convirtió en blanco todos los colores, para con la misma rapidez tornarse todo del negro mas oscuro. Ese mundo estaba desapareciendo, y sobre mi hija y mi mujer brotaba la sangre cubriendo sus rostros, deformándolos y desmembrando sus cuerpos como hizo aquel tren, y justo antes de desaparecer, escuche las voces claras de Meg y Sally diciéndome, -escribe el final-.

    Desperté sobresaltado. Aun era de noche, pero el sueño me había abandonado. Bajé a la cocina a tomar un vaso de leche para conciliar el sueño pero al llegar allí, escuché unos ruidos procedentes de las escaleras, como si alguien subiera por ellas, la puerta de casa estaba abierta. Con sigilo comencé a subir los peldaños, y a mitad de la escalera sentí un fuerte golpe, era la puerta de mi habitación cerrándose…y unos pasos apresurados, a la carrera, bajando por la escalera. Sentí los pasos pasando justo por donde estaba yo, acabar las escaleras y cerrarse de golpe la puerta principal. Estaba sobresaltado por lo que acababa de ocurrir, fuera lo que fuera que había pasado por ahí no era una persona, no al menos una viva. Entré en mi habitación y varios objetos se hallaban caídos en el suelo, como si alguien con un ataque de ira los hubiera tirado de golpe, y sobre mi cama aparecieron dos marcos que antes estaban en el tocador, en uno había una foto de John y mía en una de nuestras aventuras de juventud, en la otra, estábamos los cuatro, Meg, Sally, John y Yo. En ese momento, me vino a la cabeza lo que acababa de soñar unos minutos antes, esa frase… “escribe el final”. Y pensé en Meg… Seguro que había sido ella, dándome un toque de atención y recordándome con aquellas fotos, por quien tenia que volver a escribir.

    Me olvidé de dormir y fui corriendo a mi despacho. De repente en mi cabeza las ideas brotaban a borbotones. Iba a escribir sobre mi sueño, ese mundo de colores pintados, el mundo de los muertos en los sueños, estaba convencido de que todo aquello era una señal para escribir por fin la historia. En ese momento me sentía lleno de energía, como si una fuerza sobrenatural me cargase las pilas y me alentase a escribir sin descanso. Comencé a escribir la historia con mi pluma sobre el papel, que por fin dejaba de ser completamente blanco. Pasaron tres días con sus noches en las que no necesité descanso, ni tan solo me había percatado de lo extraño que era el no saber nada de John desde hacia tantos días, pero supuse que había salido en uno de sus viajes locos o que quizás por fin había ligado y no quería separarse de la chica para que no se le escapase; se puede decir que John no era muy afortunado en amores, lo triste es que tampoco lo era en el juego, pero tenía un corazón tan grande que con él salvaba cualquier situación por cruda que fuera.

    Estaba en un estado tan creativo que no tenía ni hambre, ni sed, ni ganas de ir al baño, pero en la mañana del cuarto día decidí bajar y prepararme el típico café con tostadas. Cuando me disponía a preparar las cosas, advertí que faltaban algunos electrodomésticos. Y de nuevo escuché abrirse la puerta. Esta vez se oyeron más pasos que la última vez. Subí corriendo las escaleras y en mi cuarto faltaba toda la ropa. Parecía como si los fantasmas me quisieran echar de allí. Tan solo se encontraba lo básico para entrar a vivir, sofás, sillones, cama. Entonces salí corriendo hasta mi despacho, y mis temores se confirmaron, lo que había escrito durante esos días, había desaparecido. Pero antes de poder pensar, escuche la sonrisa de una niña corriendo en la buhardilla, y la voz dulce de una mujer que la llamaba, -princesa, no molestes a papá, está ocupado, ven conmigo salgamos fuera-. Pese a no sonar igual mi cabeza no procesaba la información, bajé corriendo las escaleras y salí por la puerta que estaba abierta, pensaba encontrar a mi hija y mi mujer al salir ahí fuera, pensaba que todo aquello podría haber sido solo un mal sueño. Pero la realidad al salir fue muy diferente.

    Aquella mujer, y su hija no eran Meg y Sally. No las conocía de nada, y todo fuera estaba cambiado como si hubieran pasado meses en esos cuatro días, y allí fuera con las chicas estaba John, con la mirada perdida hacia la ventana de mi habitación. En su mano portaba un cartel de “se vende” y en el suelo con una estaca se podía ver uno de “vendido”. La cara de John era triste, como de aquel que siente una gran culpa en su alma, como la que sentía yo por el accidente de mi mujer y mi hija.

    Lo llamé varias veces, pero no me miraba y cuando fui a poner mi mano sobre su hombro, mi mano lo atravesó, de pronto el color desapareció del mundo y a mi mente llegaron unas imágenes. John entrando de noche en mi casa, subiendo apresurado las escaleras, entrando a mi habitación y tirando entre lágrimas los objetos de mi cuarto por el suelo, cogiendo solo los dos marcos de fotos, sentándose en la cama, observando las imágenes y dejándolas allí encima para volver a salir corriendo, yo volvía a estar entonces en las escaleras y esta vez además de los pasos lo vi bajar a toda prisa llorando desgarradamente y cerrando la puerta de la entrada. Y de repente aparecí dentro del todoterreno cuando aquel coche venía de frente, el coche que no aprecié en aquel momento era el de John que volvía porque me había retrasado mucho, yo pensaba que había esquivado el coche pero la realidad fue que mi todoterreno volcó y quedó boca abajo en el riachuelo. John intento salvarme pero era inútil los cristales habían seccionado mi yugular y el agua cubría mi cabeza. Yo estaba muerto y ahora entendía el sueño en el que aparecía mi mujer y mi hija y aquella frase “escribe el final”.

    El mundo volvió a recuperar su color, volvía a estar frente a John. Volví a colocar mi mano sobre su espalda pero esta vez el pudo sentirlo, y le dije,- John, todo esta bien. Sigue tu camino y pinta tu mundo de colores. Gracias a ti volví a vivir y ahora me reuniré con mi Meg y mi Sally-. Una lágrima recorrió el rostro de John y al caer una luz cegadora me cubrió. Cuando mis ojos se recuperaron estaba en aquel prado verde, dibujado con temperas y acuarelas, el cielo azul eléctrico y surrealista. Y a mis espaldas Meg y Sally venían hacia mi con sus pelos danzando con el viento y sentí que aquel final no había sido sino un nuevo comienzo.

    Comentarios

    1. Avatar de halize

      halize

      16 octubre, 2012

      Sencillamente precioso.Me ha encantado.
      Un saludo

      • Avatar de LeumasRut

        LeumasRut

        16 octubre, 2012

        Muchas gracias por tu comentario Halize, espero que me sigas leyendo, me alegra mucho que te haya gustado. Un saludo

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