La profesora

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Estaba sentado en mi pupitre mientras las clases universitarias se sucedían delante de mis ojos. Mi cerebro hacía oídos sordos a lo que la profesora decía. Cabeceaba de sueño y estaba marginado. Las bancadas de mi alrededor estaban vacías y el resto llenas. Para no ser mal educado con la profesora me quedé mirándola e hice que atendía. Hoy venía muy guapa. Tendría unos cuarenta. Cabello moreno y largo, bella cara, no muy maquillada, un busto generoso y prominente, bonitas caderas, buenas piernas e iba vestida con un vestido de flores que cuando se daba la vuelta remarcaba su precioso culo maduro. Estaba excitándome. Cada palabra que exhalaba, cada movimiento que hacía, cada mirada que lanzaba hacia el lugar en el que estaba sentado hacía que sintiera cada vez más excitación.

Yo era un simple estudiante de universidad de 18 años, feo, con barriga y con cierta tendencia a la calvicie. Me gustaba la cerveza y escuchar rock n’ roll. Las drogas más allá del alcohol no las tocaba, pero respetaba a todo aquel que las tomara. Allá ellos. En cuanto a las mujeres, no me prodigaba en amigas, y por lo tanto, menos en novias.

La profesora taconeaba de una manera sugerente. Su caminar era sinuoso y erotizante. De vez en cuando, cuando me daba la sensación de que no miraba, clavaba mi vista en el límite de su minifalda, imaginando como sería lo que había detrás. Y cada vez que se daba la vuelta me quedaba mirando como un pasmarote el marcado en el vestido de su culo.

Me noté totalmente erecto. Bajé la mano a mi entrepierna, y sin que nadie se diera cuenta metí la mano en mis pantalones y me cogí la verga. Estaba tan excitado que con sólo cogerme la polla y frotando el glande podía correrme. Lo hice. Froté unos treinta segundos y me corrí dentro del pantalón. Dejé el semen como pude dentro del pantalón, pegándolo yo mismo en la parte interior de los calzoncillos. Subí la mano a mi cara y el leve olor a semen me embriagaba. Al cabo de un rato me comenzó a dar asco y puse la mano en el pupitre.

Esperé pacientemente a que terminara la clase. La siguiente la pasé incómodo con la sensación del semen fresco en mis pantalones. Y en la otra ya se secó.

Al acabar las clases decidí visitar a la profesora en los despachos, en el tercer piso. Subí las escaleras y ví multitud de chicas, pero ninguna con la clase ni el erotismo de la profesora. Caras tristes y traumadas que no superaban a la profesora, radiante y risueña.

Llegué a la puerta de su despacho. Me atenazaron los nervios y a la vez una tímida erección comenzó a generarse en mi entrepierna. Batí la puerta y esa belleza me abrió. “¿Qué quieres?”, me dijo con su dulce voz, algo aspera. Le dije que necesitaba ayuda con unos ejercicios de la asignatura y que me aclarara un par de dudas que tenía del temario. Me hizo entrar y sentarme en una silla, justo delante de ella. Preparó un par de cosas y comenzó a ayudarme. Mientras ella explicaba yo me quedaba atontado con sus labios. Estaban maquillados con un color rojo intenso. “Calienta braguetas”, pensé. Al cabo de un rato, con disimulo, miraba sus pechos, firmes y bellos, embutidos en un escote a punto de estallar. Buscó unas cosas en un archivador agachada de espaldas a mí, mientras yo clavaba mi mirada sobre su culo. Deseé saltarla encima, pero ese no era el momento. Se acercó de nuevo a mí y me siguió explicando. Noté el perfume que llevaba. Era agradable. Tenía ganas de agarrarla y perderme en esa gran masa de gloriosa carne. Sentía ganas de partirla en dos. No pude contenerme más y me lancé a sus labios. La besé ardientemente. Intentaba defenderse y quitarse mis labios de encima, pero yo la podía.

La tiré contra la mesa. Subí su falda y cogí sus bragas. Las bajé y vi el potorro que tenía, parecía poco firme, pero me gustaba. Ataqué con mi boca un rato. Ella gritaba y me golpeaba, pero suave, no tenía fuerza. Bloqueé sus brazos con los míos y saqué mi verga. No sin esfuerzo, se la metí en el coño y comencé a bombear. Estaba alucinando, y muy salido. Mientras la violaba, besaba sus labios y nadaba entre su pelo. Me corrí a los pocos minutos. Los gritos llamaron la atención de unos alumnos que pasaban cerca. Abrieron la puerta y me arrancaron de la profesora. No me importó. Ya había acabado lo que quería. Al salir, de fondo escuchaba los lloros de la profesora. En el fondo, yo lo sentía. Iré a la cárcel. Pero al menos me la tiré.

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