Mi colección de momentos

Escrito por
| 325 10 |

    Quisiera que vengas a visitarme al cementerio. Para leerme relatos, ya sabes los que me gustan. Y si no te acuerdas, lees otros: da lo mismo el autor, o aún mejor, te los inventas. Pero necesito que vengas de vez en cuando a hacerme compañía. No quiero estar solo en este lugar. Huele a muerto. El agujero es enorme para algo tan pequeño. Recorres un cuarto a oscuras con las manos abiertas. Papá llora sin ganas, mamá llora tanto que parece llorar de alegría. La nonna está dentro de un recipiente que parece un termo. La radio de la camioneta emite un partido de fútbol, es domingo. Todos vestimos de negro, los niños no. Los operarios, con monos azules, terminan de abrir el boquete en el suelo. Gol, dice uno. Cuatro a cero, dice otro lanzando a la fosa una colilla empapada en saliva. El dolor va por barrios, a ellos el nuestro no les interesa. Ya no recuerdo que ocurrió después. Supongo que enterramos el recipiente donde estaba la nonna, sí, debió de suceder eso, porque nos fuimos todos a casa, entre lápidas y cipreses. Papá y mamá, y las hermanas de papá caminaban apenados, pero solo eso, estaban apenados, y yo me demoré un instante para memorizar el sector y el número de la fosa donde habían enterrado a la nonna. Prometí no olvidarlo nunca, pero ya no lo recuerdo. Juré ir a visitarla, aunque nunca lo he hecho. El partido terminó cinco a cero. Los operarios se montaron en la camioneta. Tranquilísimos, dieron marcha atrás, fumando tabaco negro, dándose golpes de amigos en los hombros, la mar de contentos.

    Caminar en medio de la lluvia, como aquel día que salimos a pasear: papá, mamá, la tía Mercedes…, y acabamos, sin saber muy bien cómo, en la arena mojada de la playa de Fornos. ¿Alguna vez has tragado agua de mar? Aquel día la lluvia se convirtió en tormenta, la tormenta en temporal. Papá se acercó a la orilla, imprudente, no te acerques tanto a la orilla José Francisco, el mar es peligroso, y papá nos miraba y se reía sin escuchar el rumor de la ola que avanzaba y crecía a su espalda, como un Titán, una ola que lo envolvía con su fuerza, con su espuma, y luego regresaba al redil de las olas, derretida, sumisa, sin saber lo que había sucedido. Apareció papá hundido hasta las rodillas en la arena de playa, el jersey de lana chorreando agua salada por los cuatro costados, dilatado, como si fuese un camisón o un disfraz de fantasma. De vuelta a casa, susto, risas, papá con un solo zapato en el coche. Os lo ruego, tened cuidado cuando me metáis en el ataúd. La lámpara que se descuelga del techo porque el cable no puede soportar el peso. Los pies descalzos de Andrea acariciando la alfombra del despacho. La lengua verde, eso decía Teresa: me miraba y me sacaba la lengua muy verde, de tan verde era casi morada. Aquella mañana la ciudad olía a chicle de fresa. Andrea se había encerrado en la terraza. Rehusó la comida, lo intenté varias veces pero él se negaba, pasaron las horas de la melancolía, él solo fumaba sentado en su silla, entre almohadones, el día iba poco a poco apagándose. Tampoco quiso cenar, esquivo, solo fumaba. Meterse en la bañera ardiente, escaldarse la piel, separar mucho los dedos de los pies, da risa. Antes de entrar en casa, cuando yo ya estaba acostada, descorchó una botella de vino italiano, fue lo último que hizo, supongo que brindaría, por la vida, por la muerte, no lo sé, el caso es que hacía mucho frío afuera, y él estaba en la terraza, en camiseta, y bebía vino, y fumaba, lass mich in Ruhe, Teresa! Horas después un vuelo anticipado, de madrugada, ¿Qué ha sucedido, Teresa? Dos rusas, amigas de mi hermana vinieron a buscarme al aeropuerto. Un audi azul, asientos beige, un par de raquetas en el asiento trasero. Conversaban en alemán, con acento eslavo, disfrazadas con ropa deportiva. No hablaban conmigo, y si lo hacían yo no me daba cuenta. Autopistas, bosques misteriosos, lagos como charcos desmantelados por la velocidad, hormigón en los muros, en los edificios, en las nubes, en el cielo. Te doy un abrazo, Teresa. Abrazos para todos, llantos para todos. Silencio. Tras varios tragos de ginebra, la radio, mal sintonizada, parece el canto del muecín llamando a plegaria.

    Me gusta Berlín, y mucho. Me gusta el dramaturgo infiel al régimen de la RDA. Durante el día, por la noche, en turnos, Gerd Wiesler lo vigila, se coloca los auriculares en la cabeza afeitada, peón de ajedrez, escucha conversaciones, teclea la máquina de escribir, informa puntualmente a la Stasi. Me gusta la mujer hermosa que canta melodías hermosas, que vive con el dramaturgo y guarda un secreto. El roce de una brizna de hierba mojada. Ambos están enamorados, mucho. Ella lo traiciona. ¿Puede una mujer traicionar a la persona que ama? Sí, puede, y lo hace. Gerd Wiesler vigila escondido en las profundidades de Berlín. Un día, su vida da un giro, decide moverse como un alfil para salvar al dramaturgo y a la mujer hermosa. ¿Por qué? Quizás por una nueva Alemania, tal vez. Ella cae al suelo, herida, labios vaporosos, una tragedia, quiera dios que no acabe nunca tan hermosa tragedia. Me gusta hollar el suelo a 5.000 metros de altitud. Eso ponía en el cartel allá arriba. Antes, en el camino que zigzaguea la pendiente, hemos dejado docenas de lápidas expuestas a modo de museo. Vidas que no lo son de temerarios escaladores. Llegamos a un remanso, un refugio de madera, pequeño, dentro hace mucho calor. Dos alpinistas italianos, esperanzados, fuertes, muy fuertes, botas con puntas, tazas de café entre sus dedos enlazados, sonrisas, miradas confiadas antes de partir a la cima. Tan arriba escasea el oxígeno. Cuidado, te puedes marear. Carámbanos de hielo en las rocas, cuidado qué resbala. El hielo parece plástico, el perro camina asfixiado a mi lado. Abajo el valle salpicado por sombras que proyectan las nubes que avanzan a velocidad de crucero. La tierra es infinita, volcánica. Mira allí: el Antisana. Y allí: la cumbre del Chimborazo. Tras esas montañas está el Amazonas. Yo no lo veo. Más abajo el Napo con sus meandros y sus delfines rosados.

    Me importa mucho el añil de las paredes del patio, de la casa que tengo en un pueblo. El blanco no lo puedo mirar, deslumbra muchísimo, sobretodo en verano. ¿Te sucede a ti lo mismo? Mejor miro el azul de las paredes, eléctrico, o el blanco, donde da la sombra, o las losas requemadas por el sol, o las piedras del suelo. Por mirar que no quede. La luna resplandece en un cielo que se oculta por momentos. Me gustaría ser capaz de ver el tufo. Yo soy capaz de ver el tufo, cuenta Dionisio, el bodeguero. Prendes una cerilla y te agachas y, si hay tufo a ras de suelo, ¡zas, estás muerto! Pero el tufo es imperceptible, puede estar, o no, tampoco huele, entonces… ¿cómo sabemos cuando hay tufo? Dionisio, se ríe, pero yo sigo sin verlo, el tufo. Estos muchachos, dice, y se ríe, y yo me asusto. A Dionisio le faltan la mayoría de los dientes. Aunque ahora sí huelo. Cierro los ojos, el perfume de Nuria. Solos, en su apartamento de Zagtambide, ya era hora, Nuria. Las horas pasan muy despacio en su habitación. Quiero que el tiempo pase veloz, no me atrevo a tocarla, a Nuria, ella espera, no me desea, probablemente solo quiera sexo. Tumbados en su cama los pechos rebosan la camiseta, asoma impúdica la luz de una sola vela, uf. Qué ojos, verdes o grises, ojos de haber nacido en Bruselas. Las horas marchitan su boca tierna, lamentablemente. Por fin me decido a tocarla. Tengo sueño. Demasiado tarde. Será mejor que te vayas a casa. Si quieres me quedo un rato más. Tengo sueño. ¿Lo has pasado bien? Tengo sueño. Idiota, que eres un idiota. Salgo a la calle, la brisa barre el amanecer. Os agradeceríamos que guardaseis silencio. El tema lo requiere, susurra Chet al micrófono, el rostro fruncido de un viejo comanche. Almost blue… Un cóctel de frutas servido en una copa larga y fría, a mi lado, en una mesita ardiente, junto a la tumbona. A pesar de que tengo los ojos cerrados, a pesar del esfuerzo, la luz atraviesa mis párpados. Lo que debiera ser negro tiene el color de la yema de un huevo. De pronto todo se oscurece, alguien bate la yema en las cuencas de mis ojos, o me he quedado dormido y ya es tarde, no lo sé. El caso es que abro los ojos y sobre mí se cierne una sombra tremenda, diría que es la sombra de un aeroplano. Abro los ojos aún más, hasta rasgarlos, un pelícano planea demasiado bajo, tan tranquilo, sus patas naranjas, es el pájaro más grande que he visto, y huele a sal.

     

     

    Comentarios

    1. Avatar de

      volivar

      20 octubre, 2012

      Josefa Mendoza: he leido esto que has publicado, y la imagen que surge, es la de una bella mujer expresando en su computadora (servidor) sus enorme acervo de cultura, sus grandes conocimientos de las bellas letras… bellas en verdad, emotivas… sorprendentes, bellas.
      Felicidades
      Mi voto
      Volivar

    2. Avatar de Josefa Mendoza

      Josefa Mendoza

      21 octubre, 2012

      Volivar, de nuevo consigues sonrojarme con tus palabras. Aunque no creo merecer tal reconocimiento, viniendo de tí, lo acepto. Gracias.

    3. Avatar de Richard

      Richard

      21 octubre, 2012

      Hola Josefa.
      Estoy totalmente asombrado por el cuento.
      Es un torbellino de recuerdos, entrelazados y narrados de forma magnífica.
      Un beso y un gran voto.

    4. Avatar de Josefa Mendoza

      Josefa Mendoza

      21 octubre, 2012

      Hola Richard. Gracias por tu voto y por tu apoyo. Espero seguir asombrándote durante 1000 años más. Un abrazo.

    5. Avatar de PedroGda

      PedroGda

      21 octubre, 2012

      Me ha gustado mucho. Me queda la sensación de que entre lineas hay muchas cosas y eso requiere de una nueva lectura más atenta y quizás de lecturas de otras cosas tuyas. Es un placer leerte. Ese ritmo pausado y distante que imprimes a la narración es muy atractivo y creo que le da un valor especial al texto. Seguiré averiguándolo. Felicidades y voto.

      • Avatar de Josefa Mendoza

        Josefa Mendoza

        21 octubre, 2012

        Hola Pedro. Las palabras que dedicas a mi texto hacen que esta noche duerma feliz. Y más, si cómo dices, disfrutas de su lectura. Gracias.

    6. Avatar de Per

      Per

      22 octubre, 2012

      Muy buenos elementos, bien entrerlazados y encaramados. Me ha gustado la técnica. Saludos.

      • Avatar de Josefa Mendoza

        Josefa Mendoza

        22 octubre, 2012

        Muchas gracias Pernando por tu crítica del texto. Intentaremos seguir mejorando. Saludos.

    7. Avatar de csmateos

      csmateos

      24 octubre, 2012

      Cuánta riqueza literaria coleccionada en tus momentos. Me impresionaste, eso me ayuda a seguir creciendo, o intentarlo al menos, como escritor. Mi voto.

      • Avatar de Josefa Mendoza

        Josefa Mendoza

        25 octubre, 2012

        Mateos. Gracias por tu comentario y tu apoyo. Espero podamos seguir compartiendo la lectura de algún que otro texto.

    Escribir un comentario