Plaguicidas

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    En los buenos tiempos, de tanto en tanto, algún científico salía por la tele diciendo que las cucarachas sobrevivirían incluso al impacto de un asteroide. Resultó ser cierto. Después de la lluvia de bombas se las veía por todas partes. No era solo que hubieran resistido. Más bien parecían haberse multiplicado, apropiándose del paisaje. Anidaban entre las ruinas, en los motores de los coches desvencijados, dentro de los árboles muertos. Caminaban por el asfalto o el polvo a cualquier hora del día o de la noche. Y, por supuesto,no habían renunciado a sus viejas costumbres: las cocinas, los cuartos de baño, la inagotable fuente de recursos que para ellas siempre ha sido y será el ser humano mientras dure.

    Así que al cabo de un par de años, cuando los que quedábamos empezamos a reaccionar, hubo quien vio el negocio. Un día un hombre vino a casa a ofrecer sus servicios. Nos desinsectaría la casa a cambio de un puñado de cosas básicas de las que teníamos de sobra en el sótano. Dijimos que sí. Supongo que queríamos volver a la normalidad. Supongo que queríamos volver a vivir en el sitio limpio y confortable que una vez había sido nuestra casa. O al menos creer por un tiempo que era posible. No lo sé exactamente. El caso es que le dijimos que sí y él dijo que vendría al día siguiente a las ocho de la mañana.

    Fue puntual. Le llevó hasta el mediodía envolver la casa en una lona plastificada de color amarillo. Resaltaba como una gigantesca yema de huevo contra el horizonte desvaído. Nosotros dedicamos ese tiempo a sacar a lo que había sido el jardín los utensilios que habíamos acordado en pago, así como la comida, la ropa y cualquier cosa que se pudiera contaminar aún más. El colchón también. Lo dejamos todo entre las malas hierbas, a una distancia prudencial de la casa. A eso de las dos de la tarde el hombre se nos acercó, miró el cielo y dijo que era hora de empezar a fumigar. En los primeros años del invierno nuclear anochecía aún más temprano que ahora. Lo vimos entrar en la casa mientras se ajustaba la máscara. Abrimos un par de latas de atún y nos las comimos oyendo el shhh-shhh intermitente de la pistola fumigadora, viendo cómo las cucarachas más listas de nuestra casa conseguían escapar de aquella trampa mortal y correteaban aturdidas hacia algún nuevo estercolero.

    Cuando el hombre volvió al mundo exterior miró los trastos que habíamos sacado de la casa y se extrañó al no ver una tienda de campaña ni un par de sacos de dormir. Después volvió a levantar la vista hacia el cielo. No había mucho que ver aparte del resplandor mortecino de la luna allí a la izquierda, brillando con la indiferencia que dan los eones en el lado bueno de la inamovible capa de nubes ácidas. En cuestión de una hora helará, dijo el hombre, como si no lo supiéramos. Hasta nos ofreció el sofá de su casa. Gracias, no se preocupe, le contestamos. Cogió sus cosas y se alejó hacia el oeste hasta desaparecer en la oscuridad. Suerte, le oímos decir desde el interior de la noche.

    Pero no era eso lo que necesitábamos. Ambos lo sabíamos. Y tampoco acabar con las cucarachas que se las habían ingeniado para sobrevivir en los rincones y rendijas de nuestra casa. El compuesto químico con el que aquel hombre había rociado nuestro dormitorio no serviría para purificarlo. El viento sopló entonces un poco más fuerte, como todos los días a esa hora. Y como todos los días a esa hora el aire se llenó de un olor a ceniza vieja y nueva al mismo tiempo. Había quien decía que al otro lado del mar la cosa había sido mucho peor. Que millones de personas y animales y plantas seguían allí, calcinados en los parques, oficinas, iglesias y centros comerciales, desmigajándose lentamente al ritmo del viento que cada noche nos anunciaba la inminente salida de la aurora radiactiva. Ella se tumbó en el colchón sucio para verla en su esplendor. Yo me senté a su lado. Le rocé la mano. La retiró. Al poco asomaron los primeros destellos por el cielo del norte. Verdes, violetas, azules y rojos, como los tentáculos de un pulpo monstruoso que creciera en el vientre de las nubes. Uno no podía dejar de maravillarse ante el espectáculo aunque ya lo hubiera visto casi mil noches. Era increíble. Tan increíble como haber sobrevivido juntos al apocalipsis. Tanto como intentar adaptarse a una era de muerte y miseria preocupándose por eliminar las cucarachas de nuestra casa. Casi tanto como tener que pedirle perdón ahora, en medio del fin del mundo, por algo que ocurrió una noche de otra vida y casi de otro planeta, antes de que pulsaran el Reset, con una mujer cuyo nombre ni siquiera recordaba.

    Comentarios

    1. Avatar de VIMON

      VIMON

      10 octubre, 2012

      Excelente relato, Ivan, en el campo maravilloso de la ciencia-ficción. Un saludo y mi voto.

    2. Avatar de Iván.Rojo

      Iván.Rojo

      10 octubre, 2012

      Te agradezco la lectura, el voto y el comentario, Vimon. Un saludo.

    3. Avatar de

      volivar

      10 octubre, 2012

      Ivanrojo: he leído con atención y temor tu relato… y me ha quedado la preocupación de que lo que nos narras es posible, inminentemente posible.
      Mi voto
      Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo,Michoacán, México

      • Avatar de Iván.Rojo

        Iván.Rojo

        10 octubre, 2012

        Puede que sí, Volivar, o puede que nunca veamos auroras boreales radiactivas. Muchas gracias.

    4. Avatar de Mabel

      Mabel

      29 septiembre, 2013

      Muy bueno el relato. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

    5. Avatar de CHARIS.CAVERA

      CHARIS.CAVERA

      30 septiembre, 2013

      Muy bueno, Iván. Me gusta mucho como has descrito la situación.
      Felicidades y el voto.
      un saludo.

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