Errantes (segundo capítulo)

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II. LÁGRIMAS DE ÁNGEL 

-Me debe siete cervezas de barril, caballero. No le estoy intentando estafar –comentaba el camarero del local, ya con desdén tras repetir lo mismo unas quince veces a su embriagado cliente.

-Son tres… -repetía una y otra vez el anciano mientras golpeaba sin fuerzas, con sus enjutos brazos, la barra-. Tres, le digo… -gruñó con un sonido casi ininteligible.

-De acuerdo, dejémoslo en cinco… –dijo resignado el barman.

Esbocé una sonrisa contemplando aquella peculiar aunque habitual escena.

Llevaba una semana viniendo al mismo bar, intentando ver a mi ángel. Por desgracia, desde el triste fallecimiento de su vecino no la había vuelto a ver.

Llevaba ya cuatro horas dentro de aquel antro y ni rastro de ella. Tal vez no la volvería a ver jamás. Me era imposible pensar eso, a pesar de que apenas la conocía. Quitemos el “apenas”. No la conocía. Punto.

Pero al levantarme del taburete dispuesto a marcharme de allí, cansado del ambiente cargado de humo y los cuchicheos de la gente acerca de lo mal que iban las cosas desde que se instauró la República, entró ella.

Aquella noche, un aura melancólica parecía rodearla, pero no mitigó ni un ápice su belleza tan pura y delicada. Con la cabeza baja, cerró la puerta e hizo una graciosa mueca de molestia arrugando su diminuta naricilla. Lo cierto es que los acontecimientos de entonces a nivel económico y social alteraban al pueblo raso, y el local aquella noche era un auténtico caos.

-Ramón, voy a cambiarme. Estoy lista en un minuto–dijo con un hilo de voz al barman que le hizo un gesto de aprobación. Su voz sonó rota. No deseaba preguntarle el motivo del fallecimiento de aquel anciano, sin embargo sí por su estado, pero sabía que no me era posible. Nunca.

Desapareció entre las mesas de madera astilladas y el mal sonido del gramófono, como una sirena se escapa de las desalmadas redes de pesca. Yo me quedé absorto en una conversación tediosa entre dos muchachos acerca de cómo seducir a una señorita, pero supuse que el buen gusto debieron dejárselo en casa aquella noche. Frases sin sentido se agolpaban entre los labios de aquellos dos jóvenes mostrando inconscientemente su gran torpeza e inexperiencia ante el terreno sexual.

De pronto, una canción comenzó a sonar en el gramófono, ahogada tenuemente por los gritos de la muchedumbre beoda y alborotada. Aquella melodía fresca y chispeante no era otra que Walking My Baby Back Home, y su voz, tan dulce y desgarrada, acalló de inmediato a la irritable clientela.

Ahora estaban atónitos observando los delicados movimientos de la joven, que se esmeraba por esbozar una sonrisa osada. Sus ojos tenían un tinte rojizo alrededor, señal inequívoca de largas noches de llanto.

Cuando terminó la actuación, vi una lágrima recorrer su mejilla. Los demás parecieron no percatarse de ese hecho y aplaudieron y alabaron a la cantante, más por su espléndido físico que por el mérito de su voz.

-¡Enseña un poco de pantorrilla, muchacha! –Exclamó uno de los dos jóvenes que anteriormente presumía de ser un Don Juan con su amigo.

-¡Sí, eso! –Secundó su compañero-. ¡Vamos! ¡No seas tímida!

De seguida se unieron los demás, imitando obscenos gestos y profiriendo sucios comentarios a la joven, la cual hizo una sutil y cordial reverencia y se retiró cabizbaja. Mi humor cambió en aquel instante por completo. ¿Cómo podían hablar así a una mujer? ¿Y cómo osaban hacerse llamar caballeros después de soltar semejante sarta de sandeces? ¡Y a mi ángel! Era repugnante.

La joven salió del bar tras despedirse del camarero que estaba limpiando la barra con esmero.

-¡Ángela! –Exclamó el camarero antes de que saliera por la puerta-. Tómate la noche libre mañana, ¿de acuerdo?

¡Ángela! Así se llamaba. La verdad es que no podían haberle puesto mejor nombre.

-Gracias Ramón, pero estoy bien. De veras –añadió amablemente.

-Insisto. Mañana descansa, vete al cine, a bailar… ¡Lo que te plazca! Lo primero de todo es que te recuperes de tan trágico suceso. Sé que el difunto se había portado contigo como un padre, y llevas una semana dedicada a la señora Capelles, lo cual es digno de alabanza, pero también debes mirar por ti.

-Eres muy amable –le dijo abrazándole-. Gracias. La verdad es que me está resultando difícil, y ella está tan sumida en la desgracia…

-Lo sé. A mí me ocurrió lo mismo tras el fallecimiento de mi esposa –la mirada del camarero se quedó clavada en un punto fijo, seguramente recordando los momentos felices al lado de su mujer-. Venga, márchate. Sabes que no me hace gracia que vayas sola por estas calles tan tarde.

Parecían tener una estrecha relación, y no había duda de que Ramón, cómo ella lo había llamado, se preocupaba por su joven empleada. Salí detrás de Ángela con paso apresurado. Las ondas de su cabello brillaban a la luz de las farolas, mecidas por la tenue brisa helada. Iba tarareando una hermosa melodía mientras buscaba algo en su bolso. Sacó un manojo de llaves, que le sirvieron de acompañamiento musical hasta que se detuvo frente a su casa.

Era un edificio típico del barrio, con estrechos balcones con barrotes de hierro forjado. Decidí acompañarla a su piso, pues estaba cansado de vagabundear por las calles solo. De ese modo, tendría compañía, una maravillosa compañía.

Las escaleras que subían hasta el ático donde vivía, eran angostas pero excepcionalmente encantadoras. Me resultaba extraño el hecho de seguir a una dama hasta su casa, entrar en ella, y que ni siquiera se diese cuenta. Pero aún así, el deseo de estar cerca de aquella mujer era más agudo que el sentimiento de culpa por seguirla sin su permiso.

Cuando cerró tras de sí, se deslizó hasta el suelo apoyando su espalda contra la puerta para sumergirse en un mar de lágrimas. Se cubrió la cara con las manos aún enguantadas y permaneció llorando en silencio durante varios intensos y largos minutos. ¡Dios! Estaba hermosa incluso con aquellos churretes provocados por el negro maquillaje de sus ojos.

-Dios mío, ¿a cuántos más me vas a quitar? ¿Cuántos se van a marchar de mi lado? ¿Es que me merezco estar sola siempre? ¿Nunca podré contar con el apoyo ni el cariño de nadie? –preguntaba entre lágrimas.

Cuando recobró la compostura, se incorporó, se quitó el largo abrigo y se alisó la falda.

La vi dirigirse a la cocina mientras yo me quedé observando los altos techos de aquel salón, vestido de muebles de nogal los cuales contenían numerosas fotografías. Hubo una que llamó mi atención.

Era un retrato donde posaban formalmente Ángela y la pareja de ancianos, un hombre de cabello cano, grandes ojos, y para la edad que tenía, muy bien parecido. Lucía una raya vertical que peinaba su corto cabello otorgándole un aspecto de bancario o hombre bien. A su lado derecho, situada su esposa, con una mueca de felicidad que no le cabía en el rostro, de cabello corto y ondulado, y una gran carnosidad bajo su escondida barbilla. Ángela, al lado izquierdo, tan hermosa como siempre, apoyaba ligeramente su cabeza en el hombro del hombre con una frágil y sincera sonrisa.

Me fijé en otro retrato, éste más antiguo, pues era cuando Ángela era niña. Estaba con una muñeca, sentadas ambas en un banco de madera. Llevaba un sencillo vestido a cuadros. Aunque esbocé una sonrisa, un sentimiento de compasión por la dulce chiquilla que posaba alegre en esa fotografía, igual que por la joven que apoyaba la cabeza sobre aquel efímero hombro que en tan intensa desdicha pensaba sumirla, me embargó.

Salió de la cocina con una taza en la mano dando pequeños sorbitos. Olía bien. Era un aroma almizclado, quizás con un ligero toque a vainilla.

Se sentó en el sofá después de encender la pequeña estufa de gas y coger una manta rojiza para cubrirse las piernas. Se había recogido el cabello en una pequeña trenza y espetó en un llanto ahogado. Era llanto de congoja, de sufrimiento y de puro y vasto anhelo. Añoraba su presencia, añoraba su compañía, y por la melancolía de sus palabras, añoraba también el apoyo incondicional y duradero de alguien. ¿Un hombre, quizás? No lo sabía.

-No puedo estar más tiempo así… -susurraba Ángela entre llantos-. No quiero estar sola…

La soledad es horrible cuando es impuesta. Yo lo sabía. La estaba viviendo en mis propias carnes, metafóricamente hablando, por supuesto, pero odiaba ver a aquella frágil criatura sumergida en aquel intenso dolor. Intenté transmitirle todo mi apoyo, mi compañía, pero fue en vano.

Aquella misma semana, recordé que habían dos mujeres de vida alegre conversando a cerca del mundo de los fantasmas y una le decía a la otra que los espíritus tenían la capacidad de transmitir a los vivos un pensamiento o deseo, incluso telepáticamente. Falso. Totalmente falso. Por eso os decía que hay mucho charlatán que se dedica a hablar sin conocimiento de causa y cometen el grave error de propagar sus persuasivas ideas al mundo.

La noche se me hizo eterna. Me quedé observándola en silencio mientras ella caía en un profundo sueño extenuada por la congoja.

Ruidos en el pasillo. Era un pasillo largo y sombrío, como las calles mágicas del Borne, y quizás la misma oscuridad de la noche era la causante de mi incipiente miedo. ¿Podía un fantasma temer a la oscuridad? ¿Podía sugestionarme de tal forma como para creer haber oído algo en la noche? Así que el miedo a lo desconocido ya iba implícito en nosotros, y hasta después de muertos continuamos con él… Sorprendente.

Fue horrible. El simple y mero recuerdo de lo que no vi me aterra. Porque el hecho es que no vi nada. ¡Nada! Pero la imaginación vuela libre y esa sí que es poderosa. Tiene la facultad de asustarte hasta de tu propia sombra, y eso que yo ya no tenía… Decidí hacer frente a aquel miedo, así nunca más la oscuridad volvería a sobrecogerme de tal modo. Caminé por el angosto pasillo y sin mediar palabra me introduje en la habitación de Ángela. Nada. Obviamente estaba vacía.

Contento con eso, con haber superado mi miedo, aunque he de admitir que no del todo, volví al salón con mi ángel. Llegué y me senté a su lado, contemplando su yaciente belleza. Sus ondas doradas cubrían su cara parcialmente mientras sus pestañas reposaban sobre sus grisáceas ojeras. Descansaba ajena a lo que acaba de hacer, y aunque hubiese forma o manera de poder explicárselo, por nada del mundo lo haría. Era una situación vergonzosa, ridícula incluso.

Tardó en llegar el alba, pero cuando lo hizo, fue espectacularmente mágico. Mi ángel sonrió porque los finos rayos de sol jugaban en su cara, como si de pícaras y resplandecientes hadas se tratase. Estiró sus brazos y cubrió con las manos su rostro, antes de frotarse los brazos para entrar en calor.

Era una de esas mañanas soleadas de invierno, donde la brisa parece devolverte las ganas de vivir a pesar de todo lo malo que ocurre en tu vida. Solo que a mí no podría devolverme nada, tan solo la fuerza para continuar a su lado, al lado de Ángela.

 

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