Inferno d.C. (II Capítulo)

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-Debbie, soy Marcus. Te he dejado tres mensajes de voz, bueno, con éste cuatro. Eres una mujer ocupada, de modo que… Bueno, da igual. Llámame cuando puedas, ¿de acuerdo? Es importante. Un abrazo.

Marcus colgó el teléfono tras dejar aquel mensaje en el contestador de Deborah, su ex-mujer.

-¿Aún no puede localizarla? –preguntó la doctora removiendo su café en la taza.

-Estará trabajando…

-Son más de las seis, Marcus. ¿Está seguro de que trabaja hasta tan tarde?

-No lo sé… Tal vez no esté de humor para escuchar mis excusas…

-Pero ya sabe lo que decía Mike en la carta… Debe avisar a la gente que le importe. ¿Y si se lo comenta en otro mensaje? Estoy segura de que cuando lo escuche, se pondrá en contacto usted.

-¡Claro! –ironizó-. Le diré: “Hey, Debbie. Un grupo de desquiciados mentales, los mismos que guardan un importantísimo secreto acerca del inminente fin del mundo, han matado a un amigo mío. Antes de morir me sugirió que te avisara…”. ¿Algo así insinúa que haga, doctora?

Sue agachó la cabeza, contuvo un suspiro, y tragó su creciente ira con un sorbo de café.

-Lo siento… -musitó arrepentido Marcus-. Perdóneme, tan sólo estoy algo nervioso…

-Lo entiendo. No pasa nada… -sonrió forzadamente-. Estoy segura de que estarán bien y podrá hablar con ellos muy pronto –suspiró y cambió de tema-. Dígame, Marcus, ¿ya tiene dónde alojarse estos días aquí, en Charlottesville?

-Me alojaré dónde siempre, en mi furgoneta. No se preocupe por mí. Si me dejase estacionar en su calle sería fantástico; así estaría a un par de minutos para llegar hasta usted en caso de que ocurriera algo.

-No pienso dejar que duerma en mi calle…

-Está bien… ¿Y qué tal la Avenida Grady? Cuando veníamos hacia aquí me ha parecido  ver que era bastante tranquila…

-Me refiero a que no va a dormir en su sucia furgoneta –dijo-, y no se ofenda… Este sofá se convierte en cama, puede quedarse aquí, si lo desea. Mi salón no es una suite del Plaza, pero es mejor que dormir en un asiento delantero con manchas de Kétchup. ¿Qué me dice, Marcus?

-Muchas gracias, Sue, pero no quiero convertirme en una molestia ni turbarle su intimidad…

-No es molestia alguna. Lo que sería un gran incordio es tener a un componente de mi equipo cabeceando en las reuniones…

-No va a aceptar un “no” por respuesta, ¿verdad?

-Soy muy cabezota, señor Engel –dijo negando con la cabeza-. Venga, vamos. En una hora hemos quedado en el observatorio con Edward.

En aquel preciso momento, el teléfono de Sue comenzó a vibrar en su bolsillo.

-Es Ed –dijo a Marcus antes de descolgar-. ¿Ed? Dime.

-Sue, acaba de llamarme Warren. Lo he notado muy alterado.

-Warren siempre está alterado –bromeó.

-Sue, escúchame –la voz del doctor tomó un aire más tosco y serio-. Estaba verdaderamente raro, créeme. No parecía él…

-Pero, ¿qué te ha dicho? –ahora Sue estaba algo nerviosa.

-En sí no ha dicho gran cosa. Entre balbuceos y susurros he podido entenderle algo acerca de un deber, una obligación que tenía que cumplir… Estaba asustado, hablaba en voz baja, como si no quisiera que alguien escuchara nuestra conversación. Conozco a Warren, Sue, y el hombre que me acaba de llamar no era él, no actuaba como él ni hablaba como él. Estaba aterrado.

-¿Intentas decirme que se está volviendo loco?

-Intento decirte que creo que está en problemas, sí, pero de los gordos. O eso o nuestro querido compañero ha comenzado a automedicarse con algún tipo de psicotrópico.

-Deberíamos ir a verle, pues.

-Voy de camino. ¿Tú y el señor Engel vais a venir?

-Sí, ahora mismo salimos de casa –dijo cogiendo su chaqueta e indicándole a Marcus que cogiese sus llaves-. Espero que no sea nada grave. Nos vemos allí. Por cierto, Ed –dijo antes de colgar-, ¿la abuela de Warren estaba pasando unos días en su casa, verdad?

-Sí, ¿por qué me haces esa pregunta?

-Por nada –dijo al fin tras unos segundos de incómodo silencio-. Simple curiosidad…

Warren Tale era el tercer componente del equipo de investigación del doctor Palmer. Era una joven promesa dentro del campo de la bioquímica con tan sólo veintiocho años. Tenía un carácter alegre y jovial, con tendencia a exagerar todo de cuanto se refería. Hacía apenas un año que había acabado su carrera, y sin duda, fue el mejor de su promoción. Sin embargo, su look le había cerrado muchas puertas, pues era uno de aquellos jovenzuelos de aspecto oscuro, tal vez siniestro, que llevaba camisetas de grupos de rock y cadenas en sus vaqueros. Solía llevar pintadas las uñas de negro y a menudo se dibujaba una fina línea del mismo color bajo sus ojos. A simple vista, nadie diría que poseía una de las mentes más eruditas y observadoras de todo el condado.

Cogieron la camioneta de Marcus y condujeron hasta la Avenida Madison, detrás del Washington Park, dónde vivía el chico. El coche del doctor Palmer ya estaba aparcado en la entrada.

Sue se apresuró en salir del vehículo y Marcus la siguió con paso acelerado. La puerta de la entrada estaba entornada; un escalofrío recorrió el cuerpo de la joven doctora que avanzaba ahora con paso sigiloso por la pequeña escalinata.

Marcus se adelantó y acabó de abrir por completo la puerta en silencio.

Susurros y frases entrecortadas se  podían escuchar a medida que iban avanzando hacia el interior de aquella sombría vivienda, la cual se hallaba a oscuras excepto por la tenue luz amarillenta que parecía proceder del comedor, donde suponían que se encontraban Palmer y el chico.

-Tranquilo, hijo. Suelta eso… -la voz de Palmer sonaba agotada, desvalida.

Fue entonces cuando corrieron hacia el salón-comedor. La escena que contemplaban sus ojos rozaba el surrealismo: Edward Palmer estaba de pie, de espaldas a ellos, con una herida a la altura de sus riñones; el joven Warren, con rostro desencajado y lágrimas en sus mejillas, lo amenazaba con un cuchillo de grandes proporciones.

-Tú no lo entiendes… Debo hacerlo -decía Warren sin soltar el arma.

El suelo estaba cubierto casi en su totalidad por un gran charco de sangre; cuando Sue se percató de ello, no dudó en retirar a su fiel mentor con el fin de que su agresor no pudiera volver a herirle.

-Deja el cuchillo, chico… -dijo Marcus con voz serena acercándose a él-. La policía estará en camino y no querrás ser un asesino cuando eso ocurra, ¿verdad?

-¡Tengo que matarle, maldita sea! ¡Tendría que acabar con todos vosotros como he acabado con ella! –gritó enfurecido sin cesar de llorar.

Sus lágrimas se mezclaban con la pintura de sus ojos, añadiendo un tinte de desvarío a una escena ya de por sí insana.

-Dios mío… -musitó Sue temiéndose lo peor.

-No te lo diré una tercera vez: pon el puto cuchillo en el suelo– amenazó Marcus a Warren, protegiendo a Edward.

El joven se empeñaba en avanzar hacia el doctor para asestarle el golpe mortal con aquel cuchillo.

-¡Sue! ¿Dónde va? –exclamó alterado Marcus viendo que la doctora se apartó de ellos e iniciaba una acelerada búsqueda por todos los recovecos de la casa.

Marcus no se lo pensó dos veces; aprovechó un momento de debilidad en el que el agresor comenzó a llorar, colérico, mientras se autoinfligía profundos cortes en sus brazos con el cuchillo, y se abalanzó impetuoso sobre él, derribándolo en el acto.

-¡Señor Engel! –Exclamó el doctor Palmer, que estaba sentado en el suelo y apoyado en la pared mientras se cubría la herida con la mano-. ¡Tenga cuidado, está fuera de sí!

Un forcejeo que duró apenas dos minutos puso fin a la extraña situación en la que se hallaban, pues Warren era demasiado enclenque como para enfrentarse durante mucho más tiempo al climatólogo.

Marcus consiguió quitarle el arma con el que amenazaba, y le ató las manos a su espalda con unas improvisadas esposas, hechas con un trozo de tela de su misma camiseta.

-Sue… -susurró al ver que la doctora aún no había regresado de su viaje por la lúgubre vivienda.

Se levantó de un salto y fue a buscarla, dejando a Warren inmovilizado y a Edward tendido en el suelo. Entró en la última habitación de la casa que le quedaba por revisar y halló a la doctora frente a una cama, sollozando. Dirigió su mirada hacia donde estaba mirando fijamente Sue y contempló el cuerpo de una anciana totalmente inerte; la habían cosido a puñaladas. Marcus, al ver el estado en el que se hallaba la joven doctora, que no podía apartar su horrorizada mirada del cadáver, se puso frente a ella y la abrazó con todas sus fuerzas, haciendo que hundiese la cabeza en su hombro para evitarle ver la execrable escena.

-Era su abuela, Marcus… -susurró mientras empapaba la camiseta de éste con sus lágrimas.

-Tranquila, salgamos de aquí –dijo retirándola de la habitación y volviendo al lado de Palmer.

El cuerpo de la policía apareció en un abrir y cerrar de ojos, llevándose consigo a Warren, bajo la atenta y despreciativa mirada de Sue, que no daba crédito a lo que le había pasado a su amigo.

Al poco tiempo, llegó la ambulancia para llevarse a Edward.

-Me pondré bien, Sue –decía el doctor mientras lo introducían dentro de la ambulancia en la camilla-. Tan sólo es un rasguño…

-Claro que te pondrás bien –contestó secándose las lágrimas que resbalaban por sus mejillas-. Mañana a primera hora, iré a verte.

-Cuide de ella en mi ausencia, Engel –dijo con una amenaza encubierta antes de que cerraran las puertas del vehículo.

De camino a casa de la doctora, y tras algunos intentos fallidos de Marcus al intentar que las lágrimas de ésta cesaran, encendió la radio. La noticia que estaban retransmitiendo en la cadena local les heló la sangre.

“-…desde las seis de la tarde se han registrado once casos de asesinato en la ciudad de Charlottesville, cuatro de ellos dentro de una misma familia. ¿Alguien puede decirme qué narices le está ocurriendo a este país, Robert?

-Ni la más remota idea, Charlie. Lo único que puedo añadir es que parece ser que la gente se empeña en superar al bueno de Manson… Realmente, compañero, esto cada vez se pone más feo.  

-Increíble lo que acaba de llegar a nuestro correo electrónico, queridos radioyentes… Dos nuevos y alarmantes casos; el primero de ellos se acaba de producir en la Avenida Madison. Un joven de unos treinta años ha asesinado a su abuela a puñalada limpia.

-¿A su abuelita, Charlie?

-Como lo oyes. La pobre anciana estaba durmiendo y…”

-Apague la radio, Marcus –le dijo Sue.

Éste lo hizo de inmediato.

-¿Se encuentra bien?

-Realmente no. Verá –prosiguió la doctora-, tú no conocías a Warren, pero no es el típico que acaba haciendo algo así, ¿sabe? Estoy asustada.

-Todo esto debe tener una explicación…

-Sí, y seguramente estaba en las páginas que sustrajeron de la carta de su amigo.

Al llegar a casa de la doctora, Marcus tuvo que llevarla en brazos, pues ésta se había quedado dormida durante el trayecto como consecuencia de su llanto. Sigilosamente, la introdujo en la cama y él se quedó en el salón viendo los aburridos programas matutinos hasta que el sueño le venció.

A la mañana siguiente, ambos se dirigieron al hospital a ver al doctor Palmer.

-¿Cómo lo ha visto? –le preguntó Marcus al salir de la habitación.

-Estoy segura de que se pondrá bien. Es un hombre muy fuerte.

-De eso estoy seguro…

-No he tenido la oportunidad de agradecerle lo que hizo ayer, Marcus. Gracias –dijo mientras bajaba las escaleras del edificio que daban a la calle.

-Solamente hice lo que tenía que hacer…

-La actitud que mostró ayer tanto conmigo como con mi amigo es digna de elogio, de veras. No debería ser tan humilde…

-Bueno, bien es cierto que soy un negociador nato y poseo un pronto acerbo que haría temblar a cualquier maleante. Soy como se dice un guerrero de nuestros tiempos… -bromeó.

-Creo que ya es suficiente, señor Engel –dijo riendo.

-¿Qué va a hacer con respecto a Warren?

-Aún no lo sé. De momento lo tienen detenido pero no sé si Ed querrá presentar cargos contra él.

-Me refería a usted…

-Warren es un buen chico, créame. No haré nada al respecto hasta que halle el origen de todo esto. Creo que lo que le pasó tiene mucho que ver con esta ola de crímenes…

Paseando de vuelta hacia la camioneta, bajo las numerosas ventanas del gigantesco hospital, algo impactó fuertemente y a gran velocidad justo delante de ellos, a escasos dos metros. El corazón de Sue latía tan rápido que creyó que se le iba a salir del pecho. Tuvo suerte al estar junto a Marcus, pues fue él quien impidió que Sue fuera aplastada literalmente por el objeto contundente que cayó de una de las ventanas del hospital, haciendo inmediatamente añicos el cristal.

Cuando se quisieron dar cuenta, dicho objeto no era tal, pues se trataba de un hombre. Ambos, al igual que todos los que se encontraban en la calle y pudieron ver lo sucedido, miraron atónitos hacia arriba, intentando hallar el lugar desde donde se había producido su caída. Asomado a una de las ventanas del quinto piso, había un hombre, que a juzgar por su atuendo era uno de los médicos del hospital.

-¡Dios mío! –Exclamó Sue escondiendo el rostro en el torso de Marcus.

-¿Pero qué cojones…? –musitó él viendo cómo un grupo de sanitarios intentaban movilizar al doctor en cuestión.

Los presentes no tardaron en comentar que no se había tratado de un suicidio, si no de un asesinato en toda regla. El médico, al parecer, en un ataque de furia y locura descontrolada, tal y cómo le había pasado a Warren la noche anterior, había arrojado a uno de los pacientes a vacío, provocando su inminente muerte.

-Salgamos de aquí –dijo Marcus llevándose de allí a Sue hacia la camioneta que estaba estacionada a escasos metros de allí.

La doctora no se pudo contener y miró el cuerpo que yacía sin vida, al cual ya estaban comenzando a cubrir para alejarlo de la mirada indiscreta de la multitud.

-Marcus, ¿ha visto eso? ¡Dígame qué narices le está pasando a todo el mundo!

La respiración del hombre se aceleraba cada vez más en una mueca de contención e ira. Cuando entraron en el vehículo, introdujo las llaves sin arrancarlo y se limitó a quedarse pensativo, meditabundo tal vez, intentando pensar con claridad. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? Ni él mismo lograba hallar una respuesta lógica.

Sue se sentó a su lado, cerró la puerta y se abrochó el cinturón de seguridad. No se atrevía ni a mirarlo, pues desprendía ira por cada poro de su piel.

-¡Maldita sea! –rugió dando un puñetazo al volante.

La doctora se sobresaltó por el golpe y miró estupefacta a Marcus, que parecía avergonzado por su reacción. En vez de calmar a la mujer que tenía al lado, se había dejado llevar por completo por los nervios y el miedo.

-Lo siento –se disculpó sin mirarla-. Es que no sé qué demonios hacer, Sue. No sé hacia dónde lleva esto.

-Al fin.

Sue fue escueta en palabras, pero dijo lo que él no se atrevía a mencionar.

Marcus tenía muchas cosas que perder si ese fuera el desenlace. Pensaba en Shawn.

-Debemos de pensar en algo antes de que sea demasiado tarde… -dijo-. No he venido a Virginia para quedarme de brazos cruzados.

Llegaron a casa de Sue, donde guardaba la mayoría de sus apuntes y conjeturas de la investigación con Palmer. Agradeció haber cogido hasta el último dosier que había en el observatorio la noche anterior.

-Veamos –dijo Sue-, podemos descartar que esto tenga que ver con el cambio climático, ¿cierto? -Marcus asintió-. Bien, pues deberíamos intentar encontrar a las personas que mataron a su amigo. Ellos estarán metidos en todo este embrollo.

-Tal vez tan sólo sean secuaces.

-Estoy segura de eso, pero menos es nada. Intente recordar, Engel. ¿Le habló Mike alguna vez acerca de que tuviera algún enemigo? –Marcus negó de inmediato con la cabeza-. ¿Alguien que supiera lo que él sospechaba? ¿Alguien que estuviera al corriente de lo que estaba pasando o que al menos mostrara un mínimo interés por esto?

El hombre se quedó pensativo mientras negaba para sí.

-Intente hacer memoria. Es lo único a lo que nos podemos agarrar ahora.

-Estoy pensando, Sue… -en su tono de voz se percibía el cansancio.

-Bueno, pues entonces deberíamos plantearnos comenzar a buscar por otro lugar…

-No, espere –exclamó mientras los ojos de la doctora se iluminaban de esperanza-. Recuerdo que hacía pocas semanas, antes de recibir la carta, me habló acerca de un foro. Era un foro científico en la red…

-Vaya, no hay duda de que su amigo era una persona muy ocupada… -ironizó-. Lo siento –dijo al ver que Marcus no había cogido la broma con gusto-, continúe.

-En ese foro se trataban diversos temas en los que, de una manera u otra, la ciencia está involucrada, desde medicina hasta discusiones de tipo teosófico e incluso paranormal, siempre rebatiendo desde una postura científica todo lo que estas “pseudociéncias”, por llamarlas de algún modo,  defienden. Se llamaba algo así como Cognitio Scientiae.

-Entiendo…

-El caso es que me comentó que había una persona que mostraba un especial interés en lo referente al tema que tenemos entre manos. Este individuo prácticamente bombardeaba a mensajes privados a Mike, preguntándole siempre acerca de lo mismo. Quería saber sobre nuestras investigaciones en la Antártida, así como los mensajes que nos iban llegando de la NASA y la ESA. Por lo que Mike me contó, este tipo no era lo que se diría un erudito en el tema; seguramente, sería un freak informático, uno de esos gilipollas que se pasan el día en el ordenador, comiendo patatas rancias de bolsa y poniéndose ciego a marihuana. Un simple curioso, nada más.

-Tal vez sabía más de lo que hacía ver… Ya sabe, Marcus, que en esto de las redes sociales no se sabe nunca quién miente y quién dice la verdad.

-Tal vez… -dijo pensativo mientras se acariciaba el mentón con el pulgar-. ¿Me deja su portátil, Sue?

-Claro… Está ahí, sobre la mesa.

Cogieron el ordenador que yacía inactivo sobre la mesa del comedor y Marcus, tras abrir el buscador de internet, y sin ánimo de desvelar su propósito a la doctora, entró en el foro dónde su amigo Mike solía perder las horas en busca de nuevas opiniones y teorías.

-¿Y cómo vas a saber quién demonios es ese tipo? ¿Sabes al menos su alias?

-No… Pero sé el email de Mike, de modo que podemos acceder a su cuenta. Mike, hermano, es por el bien de la humanidad… -dijo introduciendo el email.

-Te pide contraseña.

-Fácil… -Tecleó “Killedbydeath”-. En la base ya tenía la misma contraseña. Una vez, en confianza me dijo que tenía la misma contraseña casi para todo.

-¿Asesinado por la muerte? –preguntó la doctora.

-Era su tema favorito –dijo esbozando una sonrisa en los labios.

-¡Ha entrado, Marcus! –exclamó Sue arrancándolo del nostálgico recuerdo de su amigo.

-Sí –titubeó-. Veamos, vayamos a ver los mensajes privados. ¿Cómo no? Galileo… –dijo al ver que ese era el alias de Mike en el foro-. ¿Y quién demonios eres tú, amigo? –preguntó retóricamente al ver la ristra de mensajes que tenía de un tal Jean Bodin.

-El primer mensaje es de hace únicamente tres meses…

Marcus se apresuró a leer en voz alta lo que decía el mensaje:

“Buenas Galileo,

Te he estado leyendo por el foro desde hace unas semanas. Me ha parecido muy interesante tu punto de vista acerca de los cambios que está sufriendo el planeta. Dime, ¿cómo es que sabes tanto de este tema?

Un saludo,

Jean Bodin”

-¿Qué le contestó Mike? –preguntó Sue intrigada.

“¿Qué tal, Mr. Bodin?

Primero de todo, quería agradecerte el hecho de tomarte la molestia de leerme (a veces necesito verter, ya sea en la red o en un trozo de papel en blanco, todo lo que ronda por mi cabeza, y últimamente lo único que la habita es la preocupación por los tiempos que corren). No sé si, como dicen algunos, el fin está cerca, pero lo que es seguro es que nada es por azar, ni nuestra alocada climatología, ni la enorme crisis mundial. Nada.

Respondiendo a tu pregunta, sé de este tema porque me dedico a ello. Estuve diecisiete meses en una base de la Antártida y fue dónde comencé a cavilar acerca de todo lo que se avecina, así cómo lo que ya llevamos tiempo observando a través de los medios de comunicación.

Espero haberte sido de ayuda en algunas cosas. Estamos en contacto.

Galileo”

-Vaya, vaya… Parece ser que el señor Bodin tan sólo quería saca información confidencial… Mire esto.

“Bueno, creo que deberíamos repetir la quedada de ayer. Estuvo realmente interesante todo lo que contaste de los peces gordos que crees que manejan todo el cotarro… Ya sabes, Mike, que debes tener cuidado y no perder toda esa información tan valiosa que me mostraste, podría traerte problemas.”

-¿Mike? ¿Lo ha llamado Mike? –preguntó Marcus.

-Obviamente quedaron… Lo que no sé es por qué Mike compartió esa información que se supone que es tan importante con un tipo de la red.

-No tiene lógica… Mike era muy reservado, cuánto más con un secreto de este calibre.

-¿A usted también le ha sonado amenazante eso de “debes tener cuidado”?

-A decir verdad, me suena raro todo, Sue.

“Jean, ¿qué es lo que exactamente dije ayer? No me acuerdo de nada en absoluto desde que entramos en aquel antro de mala muerte. ¿Qué es lo que te conté?”

-Ahora la que no entiendo nada soy yo… ¿Es posible que Mike fuera tan bebido como para no acordarse de nada?

-¿Suero de la verdad, tal vez?

-No creo… El pentotal sódico se debe administrar vía endovenosa, intramuscular o rectal, y no creo que Mike olvidara eso… Debe haber sido algo que le echaron en la bebida. O eso, o su amigo se iba de la lengua demasiado con dos copas de más –Sue se quedó pensativa, analizando la situación-. Sin embargo, es más que probable que le administraran escopolamina en la bebida.

-¿”Escopola” qué?

-Escopolamina. Es una sustancia que se extrae de algunas plantas, como el beleño blanco o una planta llamada borrachera. Esta droga se administra por vía oral o por vía respiratoria, soplándola en la cara de la persona a la que se va a “hipnotizar”. Y digo hipnotizar porque una de sus propiedades es anular la voluntad de la víctima, haciendo que éste diga la verdad, incluso crea pérdidas de memoria. Si se administra en grandes dosis, puede inducir a la locura e incluso provocar la muerte. Seguramente, debieron aprovechar un descuido de Mike para echárselo en la bebida; eso también explicaría su pérdida de memoria.

-Hijo de puta… -apretó los dientes con tanta furia que chirriaron como si fueran a resquebrajarse en cualquier momento.

-Mire los dos últimos mensajes, Marcus.

“Mira, maldito pirado, deja de bombardearme a mensajes pidiendo información. La última vez te lo advertí, no vuelvas a llamarme, no vuelvas a escribirme, o tomaré medidas legales. Y que sepas que todo lo que sé, todo lo que he descubierto “gracias” a tu ineptitud como siervo de mierda, será difundido para que todo el mundo se entere, ¿de acuerdo? Eso es lo que te mereces tú y toda esa panda de asesinos trajeados a los que sirves.”

“Estimado Mike,

No desearía que me guardases rencor. Yo tan sólo hago mi trabajo, y ya sabes amigo, el trabajo es lo primero. Y yo debo mantener el mío, así como mi vida. Lo siento, chico.

Jean Bodin”

-Este último sí que me suena a amenaza de muerte. ¿Cree que fue ese tal Jean quién lo mató?

-No lo sé, pero me jugaría el cuello a que fue él quien lo arrastró hacia una muerte segura. Este tipo debió poner en alerta a sus compañeros avisando de lo que Mike era conocedor…

-Tal vez tan sólo quería adquirir información acerca de lo que Mike sabía gracias a su profesión y se le fue de las manos… Mike debió preguntar a Jean sobre sus hipótesis sin saber dónde se estaba metiendo.

-Sí, Mike era un gran sonsacador de verdades, él no necesitaba sueros de la verdad para que alguien hablara –sonrió como si rememorara algún hecho pasado.

-Estoy segura de ello… -le devolvió la sonrisa apretando su mano con firmeza, intentando transmitirle confianza y fuerza.

Ambos se miraron dejando que el silencio inundara la estancia. Deseaban tranquilidad y armonía en aquel instante, pero tristemente, era algo que aún no se podían permitir.

-De acuerdo… -dijo Marcus levantándose de la mesa-. Manos a la obra, doctora. Debemos saber quién demonios es Jean Bodin y para quién trabaja.

-Jean Bodin… ¿De qué me suena ese nombre? –musitó reflexiva.

-Lo más probable es que sea un personaje histórico o relacionado con la ciencia… Dudo mucho que fuese su verdadero nombre.

-¡Eso es! ¡Jean Bodin! Recuerdo haber leído acerca de ese tipo en el instituto… ¡Salía en mi libro de historia! Jean Bodin fue uno de los principales partidarios de la inquisición y su quema de brujas. Escribió un libro llamado “De la démonomanie des sorciers”. Jean Bodin era un filósofo, economista y político pro-inquisición, un devoto trastornado que estaba empecinado en borrar todos los indicios de paganismo de la faz de la tierra, así como a los sospechosos de practicar brujería o aquellos impíos que tuvieran la mala fortuna de cruzarse en su camino.

-¿Y cómo narices se pone un tipo un alias religioso en un foro de ciencia?

-Lo malo es que solamente tenemos un nombre falso… Eso no nos será de gran ayuda para seguir el rastro de los asesinos de su amigo.

-Lo sé, pero aún podemos saber su verdadera identidad –Sue lo miró desconcertada-. Tenemos lo único que nos hace falta, la herramienta de búsqueda más efectiva de nuestra era: internet.

Se pasaron toda la tarde indagando en la red en busca de algo que les llevase a la verdadera identidad de aquel que se hacía llamar Jean Bodin. Encontraron algunas referencias historiográficas del verdadero inquisidor, pero su búsqueda parecía inútil para encontrar al sospechoso que les traía de cabeza.

-Esto es una pérdida de tiempo, Marcus… Jamás averiguaremos el nombre de este tipo… Si es listo, nunca habrá volcado en la red su auténtico nombre.

-Si es listo… -susurró Marcus indagando sin parar y abriendo una y otra vez diversas páginas-. Pero no lo es. Mire esto, doctora.

-¿Ha encontrado algo? –preguntó acercándose a la pantalla y poniéndose las gafas.

-Esto es una página de contactos. Al parecer Jean Bodin estaba muy solo… -dijo con sarcasmo.

-¡Lo tenemos! –Exclamó la doctora-. Le tenemos Norman Blomberg.

 

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