Sigue corriendo, chaval (autodedicado)

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Corre, chaval, sigue corriendo. No te pares porque esto no ha hecho nada más que comenzar. Si ya me dices que no te quedan fuerzas, mal vamos. Aprieta los puños con fuerza, clávate las uñas en las palmas de las manos y resopla. Échale huevos. Que estás solo y que nadie te va ayudar, nadie va a tenderte la mano. Así que olvídate de eso. Como decía Al Pacino en aquella película: Solo tienes la palabra y tus cojones; nada más.

              Sigue corriendo, chaval, que la vida te ha enseñado los dientes, que le has visto las orejas al lobo y ya sabes de qué va esto. Sabes que como te pares, vas a caer. Que el camino es duro, difícil, lleno de trampas, pero joder, sigue peleando. Que nadie te vea hincar la rodilla, porque si lo haces, las hienas que se esconden a la vera del camino, te clavarán sin compasión alguna sus colmillos. Están esperando para hincarte las garras y darse un festín a tu costa. Sigue corriendo, chaval, que entre las alimañas hay algunas que andan disfrazadas de amigos y esas, créeme, son las peores. Esos hijos de puta son los que más van a disfrutar si caes. Y no le vas a dar ese gustazo.
              Sigue corriendo, chaval, sigue corriendo y peleando. Encaja con rabia la mandíbula y sigue adelante. Pero hazlo por ti y por nadie más. Hazlo por el simple hecho de que sabes y puedes hacerlo. Olvídate de los que corren tu mismo camino. Olvídate de los que te van adelantando porque a ellos los llevan en volandas. A ti no va a ayudarte ni Cristo. Tú tienes que apretar los cojones y seguir, no hay más truco que ese.
              Coge aire y sigue corriendo, cabrón. Aunque no veas la meta, —¡qué cojones, aunque ni siquiera sepas aún cual es la meta!— aquí se trata de correr. De correr, de pelear, de dejarte la piel aunque solo tú creas en ti. Porque si tú dejas de creer en ti, estás muerto, chaval. A parte de ti, sabes que sólo hay unos pocos que jamás te van a fallar: tu familia. A parte de ellos, absolutamente nadie.
              Levántate y sigue corriendo, que los años pasan y las fuerzas se van terminando y tú siempre has llegado tarde a todo: trabajos, mujeres, ciudades. Así que venga, levanta la vista y mira la raya negra del horizonte. Allí donde todo se acaba, es a donde tienes que llegar y tú, chaval, vas a llegar. Vas a llegar por mis santos cojones. Vas a llegar, exhausto, cansado, moribundo y con manchas de sangre de tinta en las manos. Y allí, al final del camino, yo te estaré esperando.
              Pero si no llegas, si es verdad que no puedes más y caes, no pasa nada. No vamos a hacer un drama. Lo intentaste de verdad, chaval, y eso es más de lo que muchos podrán decir en su puta vida. Así que si se colapsan tus pulmones y el aire se niega a entrar, si te arden las entrañas y acabas boqueando como un pez fuera del agua y no te queda otra opción que rendirte, tranquilo. Simplemente date la vuelta, enciéndete un cigarro, mira directamente a los ojos de los buitres y de las hienas, que se lanzarán sin piedad alguna a tu cuello, y simplemente diles: «Venid, hijos de puta, que aquí os estoy esperando».

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