V de venéreo

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    falsaria1374256110V

    “27”, diría tu cara de muñequita si te preguntaran la edad. Pero tu cuerpo, ese trozo de mármol esculpido por las embestidas de ochenta y tantos falos y dentaduras diferentes, ese tiene la verdad a la vista, expuesta a aquel que le permitas el tiempo suficiente para descifrarla. “29”, dirían tus senos oprimidos contra el sostén de grecas psicodélicas que tanto me puede poner, un artefacto ambiguo que baila sobre la línea fronteriza entre la pícara juventud extravagante y la nostálgica señoría ridícula. “35”, dirían los senos ya desnudos, voluminosos y bamboleantes, ligeramente colgantes, amoldables a los designios más opresivos de mis dedos. “38”, corregirían tus caderas anchas, con signos del estire y afloje que su piel ha soportado tras parir tres veces. “41”, concluirían con la verdad irrefutable tus piernas delgadas, trazadas con las venas nudosas y verdinegras bajo la piel de tus pantorrillas, que para nada concuerdan con tus mejillas rosas.

    Tu rostro miente y sabe esconder bien las arrugas, lo aprendió de tu boca, que miente y sabe esconder tus intenciones. “Ni digas que me amas”, dices cada que se me escapa una mirada encandilada. “Compórtate acorde a tu edad y deja las fantasías para los adolescentes”. Pero no soy un adolescente, aunque el contraste de mis 26 contra tus 41 lo haga parecer así. Tampoco fantaseo con ser el amor de tu vida. Soy tu ochenta y tantos más uno e infantil sería creerme especial. Y no me lo creo, pero me lo hiciste pensar.

    “Quiero que vengas a vivir con nosotras”, refiriéndote a la casa de jardín, alberca y dos pisos que compartes con tus hijas, las más pequeñas. ¿Cómo debería interpretar eso viniendo de la fría y distante Doctora Débora? —Devora Hombres, como la conocen en el hospital.

    Lo tomé de la forma más paciente. Tardé dos semanas en mudar mis cosas, y no me recosté en tu cama hasta haber pasado el último de mis trebejos a la bodega junto a la alberca. Y nunca en los meses que cohabitamos pude sudar tus sábanas. “No. Las niñas están cerca”, siempre, en cualquier lugar de la casa.

    Sí; pero no. Esa es su doctrina, Doctora, y pretende contagiármela. Sí, comparte mis sábanas; pero no intentes si quiera entibiarlas, ni con un beso. Lo cual no era una prohibición de la intimidad, sólo una limitante. El sexo existía —era lo único que la mantenía interesada en mí, estoy seguro— pero estaba reservado para los lugares usuales del circuito de moteles de la ciudad. Al principio me azoté con dudas mudas: ¿Para qué me quería ahí entonces? ¿Qué otro hueco pretendía que le llenara?

    Pensé que quería algo diferente, después de tantos años y tantos hombres por fin sentiría la necesidad de hacer vida con uno. Así que me adapté. Dejé de ser el vividor, el soltero simpático que tenía líos con la prestigiosa doctora, la científica. Entonces fui la pareja. Dejé de lado las parrandas, conseguí un trabajo con rumbo, adopté el rol de buen amigo y protector de las pequeñas. La intención nunca fue convertirme en el padre, ni en el esposo. La intención fue, en cuatro palabras: ser mejor para ustedes.

    Y usted, Doctora, fue testigo fiel de mi cambio de piel. Sus ojos claros me tiraban una mirada inusual cada que le iba con buenas noticias. “¡Me cambiaron de puesto!”, “¡Bivi ya puede andar en bicicleta!”, yo buscaba su aceptación como un perro haciendo trucos por un hueso más flaco que mi autoestima. Y tal cual, como dueña a la mascota, usted me dedicaba su atención mientras durara mi gracia. A veces hasta me regalaba una caricia discreta. Con eso me bastaba, pensaba que con el tiempo iría reblandeciendo su caparazón.

    “¡Mami, mami!”, cuando la recibió la más pequeña de la casa, Maite, aferrándose a sus piernas. “Papi me enseñó a amarrarme las agujetas”. Papi. Dijo papi. Y la piel me cosquilleó como si miles de hormigas me escalaran el cuerpo. “Mira, mira”, le mostró las orejas del conejito en el zapato. “Yo solita. ¿Verdad papi?”. Usted miró con una sonrisa hermosa a su hija, “muy bien Maite. Ve a buscar a Bivi al jardín. Anda princesa”. La niña corrió con un entusiasmo tal que me contagió del orgullo de su logro y sentí mi cola invisible sacudirse de un lado a otro anunciando la felicidad. Entonces vi que ese truco no le había gustado nada a la dueña. Sus ojos me miraban como lupas intentando prenderme en llamas. Perro malo, malo, dijo sin hablar.

    Hacía rato que las cosas con que llegué a su casa vivían en cajas de cartón, esperando a que algún día el truco del perro fuera tirar los restos de su vida pasada. Me fui sólo con mi ropa a cuestas. Las cajas con trebejos se quedaron sobre la banqueta en espera del camión de la basura, con un destino menos incierto que el mío. Eventualmente conseguí un departamento en el centro donde apenas cabíamos yo y mis dudas. ¿Qué hice?, ¿o qué no hice? Su ultimátum me mandó a la calle sin explicación alguna, así que gasté algunos insomnios intentando deducirla. No me deprimí de más y el siguiente mes lo pasé sumergido en el trabajo. Compré una guitarra para entretenerme tocando en el tiempo libre e irla olvidando de a pocos. A decir verdad, extrañaba más convivir con las pequeñas, ayudar a Maite con el cereal, a Bivi con sus tareas, y sus sonrisas llenas de huequitos en donde alguna vez hubo un diente, por donde silbaban cuando decían “¡gracias!” y se me colgaban del cuello.

    “¿Tienes tiempo? Te veo en Chateau a las 10”, avisó, no preguntó en realidad. Y el perro fiel y regañado se arrastró hacia las faldas de su dueña. Cena, sin mucha plática, sin hablar de lo que pasó. “¿Dónde estás viviendo ahora?”, lo primero que diijo al salir del restaurante. Así comenzó su canto de sirena.

    Nos acostamos con el calor de costumbre. Por un rato, ahí encerrados en mis cuatro paredes amarillas, la reconocí como la amante candente del cuarto de motel. Así entendí que no eran los moteles lo que la ponían, era el completo aislamiento, el saberse oculta, donde nadie la reconocería. Así, y sólo así, la Doctora Débora podía ser lo que sus ganas le pedían.

    Pasó una semana y la llamé discretamente tres veces espaciadas. “El número que usted marcó no está disponible…”, las tres veces. No insistí. Entonces, la Doctora llamó. “¿Tienes planes para hoy en la noche?”. Y casi como un ritual acostumbró al perro a un nuevo truco: dar el cuerpo cada diez a quince días sin ningún compromiso ni mayor recompensa que la golosina de un orgasmo tan agrio como el queso disque fino de la cena.

    Sí, acuéstate conmigo; pero no me llames. No me hables en la calle, ni en el súper, ni en el hospital. Resumido: sí, cógeme; pero no te conozco.

    Y bueno, hubiera estado bien. Todo bien. Pero, Doctora Devora, ¿por qué tenía que hablarme de otros? ¿De sus otros? En realidad, ¿por qué de él?, del Doctor, que a todos ojos es mejor que yo. Mejor trabajo; mejor forma; mejor persona. Peor aún, ¿por qué tenía que seguir tirándose conmigo?

    Me he hartado, Doctora Devora Hombres. Estoy harto de cogérmela sin propósito. No creí que fuera posible, pero ya no quiero. Y sé que no puedo dejar de hacerlo. Así que he ideado un plan para hacerle notar mi desprecio. Si sólo le gusta cogerme, sin alimentarme ni tantito el corazón, está bien, cójame, pero habrá consecuencias. Si entiendo mal como funciona la ironía, discúlpeme, no soy tan inteligente como el Doctor. Pero usted es especialista en infecciones, ¿cierto? ¿Qué le parecería si su maltrato y desatención hacia mí se reflejara con un contagio, una de esas enfermedades venéreas? Irónico, ¿entiendo bien?

    Lo he pensado, y mucho. Y me he decidido. Y he intentado. Primero, yendo a buscar el virus vengador en el lugar más obvio: el sexo a granel. Le sorprendería lo especiales que son las prostitutas ante la idea del sexo sin protección. “No, ni por tus tres mil”, más o menos dicen todas las que no me parecen tan repulsivas. No es que sea selecto, Doctora, es que me gustaría disfrutar cada gramo de mi venganza. Desde mi contagio hasta el suyo.

    Como no he podido contagiarme a la vieja usanza y no soportaré más su desdén, he llegado a la conclusión obvia. Le dejo este email programado para enviarse la madrugada del 8 de junio, el último día en que según mis cálculos y su predictibilidad nos veremos. Después del contagio no volveré a gastar un pensamiento, mucho menos un minuto de tiempo aire en usted. Quiero alejarme y dejar de escribirle y llamarle y llorarle en mis ratos flacos, pero quiero dejarle también mi recuerdo, una cicatriz que le cale el orgullo. Así que la respuesta a nuestro problema es sencilla: he visto las muestras de sangre de los pacientes que guarda en su laboratorio, siempre de los más enfermos, para estudios clínicos, según me explicó una vez. Sin falta, cuando la vaya a visitar por sorpresa en el hospital me recibirá como a cualquier desconocido, me reclamará en privado por presentarme así y me dejará a solas en su oficina por un tiempo. Y si recuerdo bien mi biología de secundaria, se llaman enfermedades venéreas porque se transmiten por las venas, ¿qué no? Así que dígame, Doctora Devora Hombres, ¿qué va a pasar cuando a escondidas me inyecte en las venas dos o tres de esos tubos con sangre de sus peores pacientes? ¿Qué va a pasar después, cuando la prestigiosa Doctora Débora se acueste muy quitada de la pena y de la ropa conmigo?

    Comentarios

    1. Avatar de Bicho.Reactor

      Bicho.Reactor

      19 julio, 2013

      Me ha gustado mucho, realmente.
      No sólo la historia, sino como esta escrito.
      Te dejo mi voto.

      • Avatar de Makuro.M.Clavier

        Makuro.M.Clavier

        20 julio, 2013

        Muchas gracias por el voto, y por tu tiempo para leerme.

        Un saludo Bicho.Reactor.

    2. Avatar de

      volivar

      20 julio, 2013

      Makuro: excelente texto. Bonito estilo. Lenguaje claro, preciso, directo al objetivo que te propusiste.
      Mi voto y un saludo desde México
      Volivar (Jorge Martínez

      • Avatar de Makuro.M.Clavier

        Makuro.M.Clavier

        20 julio, 2013

        Confieso que aunque este fue uno de esos que prácticamente se escriben solos, si tuve algunos objetivos en mente, y fueron exactamente esos que describiste: las palabras claras (porque a veces peco de rebuscado, utilizando palabras que yo mismo tengo que buscar en el diccionario), el mensaje preciso, y el final; fue de esos en que lo primero que existió fue el final, y luego todo creció hacia él.

        Gracias por el tiempo de leerme volivar.
        Un saludo, paisano.

    3. Avatar de DavidRubio

      DavidRubio

      21 julio, 2013

      ¡Enorme alegría volver a leerte Makuro!, recuerdo este gran relato de cuando los subiste a Literatura Nova. Sin duda eres un enorme relatista. Saludos

      • Avatar de Makuro.M.Clavier

        Makuro.M.Clavier

        21 julio, 2013

        Hola David!

        Pues sí, después de algunos problemas técnicos con la vida estoy de regreso en esto de las redes literarias.

        Gracias por el voto, y nos estamos leyendo por aquí,

        Saludos,

    4. Avatar de Ale.Mora

      Ale.Mora

      25 julio, 2013

      Aunque ya conozco tus textos y a veces hasta tengo la primicia de leerlos en papel, te lo vuelvo a repetir: es un placer leerte.

      Veo que editaste un poco este, no te puedo decir si esta mejor porque de por si ya era fascinante.

      Un beso.

    5. Avatar de Floresha

      Floresha

      27 julio, 2013

      Eres un maravilloso escritor! Te felicito. Me encanto!

    6. Avatar de Pez.Barra

      Pez.Barra

      27 julio, 2013

      Este tiene una fuerza inmenso en cada párrafo. Creo que los temas de venganza son lo que se te da mejor, los haces ingeniosos y perversos al mismo tiempo.

      Te voto.

      • Avatar de Makuro.M.Clavier

        Makuro.M.Clavier

        27 julio, 2013

        Pues no sé si son los que se me den mejor, la verdad es que salen solos.

        Gracias por pasar.

    7. Avatar de Ninfa.Sonambula

      Ninfa.Sonambula

      28 julio, 2013

      Vine buscando saber más de tu muñeca de vinil y mira, ¡me encontré con una mujer aún más fuerte en esta historia! Te sigo con la esperanza de descubrir más mujeres fuertes en tus historias.

      • Avatar de Makuro.M.Clavier

        Makuro.M.Clavier

        29 julio, 2013

        Creo que habrá algunas más por ahí.

        Gracias por el tiempo de leerme, Ninfa.Sonambula.

    8. Avatar de Fanita

      Fanita

      16 noviembre, 2013

      Me ha gustado mucho aunque no veo yo muy claro lo de contagiarse los dos… El protagonista de la historia se ha cegado, jeje.

      Un beso!

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