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    Me gustaba más cuando hablábamos hasta quedarnos dormidos. Cuando la última conversación del día ingresaba en esa fase morosa en que las frases soñolientas comienzan a hacerse balbuceantes, esporádicas, absurdas. Esa dulce modorra en la que, a una pregunta cualquiera –¿_ya te dormiste_?– sigue el silencio y después, el sereno, monótono ritmo de tu respiración y luego, de pronto, alguna oración sobresaltada e idiota –¡_Vámonos a Máncora_!– procedente de la ignota región de lo no soñado, de aquello que estábamos a punto de soñar. ¿Estaremos aún a tiempo de sentarnos a elaborar un detallado inventario de sueños pendientes? Cambiaría un año entero de madurez profesional por una sola de esas noches frías en que nos acurrucábamos como dos vagabundos a la intemperie del hotel de turno, nos estrechábamos tanto que hasta los brazos se dormían de tanto abrazar, hasta que todo se dormía. Too late, baby. El barco se fue sin nosotros. Guarecido debajo de ti he dormido la mayor cantidad de noches de mi vida, mi traicionera aritmética esta vez no falla: sobre nadie he soñado más que sobre ti. Sobre ti, sobre ti, sobre ti.

    Me gustaba más cuando yo vivía tan lejos y tú me extrañabas y llamabas de larga distancia todas las noches. No sé si te gastabas el sueldo en tarjetas telefónicas o si me marcabas de memoria mi número interminable desde la perfecta intimidad de tu cuarto. Era como si la distancia desdibujara mi identidad, mis facciones, mi ansiedad, mi olor, mi sexo para que –imaginariamente en mis brazos– pudieras sentirte perfectamente tranquila. Si vivía alguna aventura en cualquier lugar era solo para poder contártela más tarde. Si veía alguna película en el cine era solo para conminarte, entusiasmado, a que la vieras. Si, por la tarde, tomaba un café era, en realidad, para poder detallarte si había sido, grande o venti, latte, frappé o caramel macciato. La imposibilidad de verse era la manera ideal de estar tan cerca. Hablarte al oído por horas y horas se convertía entonces en una necesidad biológica, glandular, cardíaca, visceral. Llamar a las tres de la mañana, por el sólo hecho de extrañarte. Esa forma de vivir se volvió parte de mi. Tenía planeado viajar juntos, juntar todo el dinero posible y viajar a cualquier destino. Es absurdo ahora que la vida laboral me sonríe, ya no estés conmigo.

    Lástima que esta idea no se me ocurriera antes: me hubiera gustado morirme confiado en que, a la mañana siguiente, resucitaría en esa espléndida alegría que irradiabas en mis días. En aquellos días –ya remotos y extintos– en que toda la pasión, el amor, los sueños, la risa, la rabia y la melancolía no se habían reducido aún a escribirnos un maldito mensaje al correo electrónico una vez al mes.

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