Segundo intento

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    -A pesar de todo, yo creo en el destino- elevas tu cuerpo y caminas despacio hacia el campamento.

    No dices nada pero sé a dónde te diriges. Antes de cualquier guerra, causa o  peligro, decides que esa noche debes pasarla con alguien de tu agrado. Sin duda, irás a la cabaña de Irene.

    Ella te rechazará y tú extenderás tus brazos alrededor de su cintura. Susurrarás palabras a su oído mientras deslizarás tu mano por debajo de su ropa. Encontrarás su abdomen y subirás levemente. Entonces ella ya no tendrá mayor reparo en dejarse hacer. Se deshará de su ropa y te mirará a los ojos. Te besará durante un largo periodo de tiempo, mientras tú te morirás por empezar de una vez. Tu deseo es voraz e insaciable. Lastimas pero te da igual. Eres ajena a todo lo demás. Solo quieres ver de nuevo a Irene rendida ante ti. Después de todo, ella siempre dijo que era mejor que tú.

    Te alistas las ropas mientras agachas tu cabeza y sales de la cabaña de Irene, justo en el mismo instante que los rayos del sol se despeñan contra mis ojos. Es hermoso verte en tu despertar, como estiras cada uno de tus músculos adormecidos, como giras tus caderas y elevas tus talones intentando alcanzar con la punta de tus dedos algún sueño que se te ha escapado. Todavía sigo recostado en el lugar dónde me dejaste anoche, a la espera de que, después de tus ejercicios matutinos, te dignes a venir hasta mí.

    -¿Todavía sigues aquí rezagado?- haces girar tus hombros en círculo lentamente mientras tus huesos se recolocan. Estiras tus brazos y seguidamente el cuello.

    -¿Una mala noche?- sonrío mientras aleteo suavemente. Me gusta levantarme del suelo sin mover ni una pata. A veces creo que es lo mejor de ser dragón.

    Desenvainas la espada y la mueves en mi contra. Primero saltas y la diriges contra mi ala derecha, luego una vez en el suelo con todas tus fuerzas hacia mi corazón. Ruedas por el suelo e incansable arremetes contra mi pata izquierda.

    Es nuestro baile. Lo haces simplemente para que me mueva ágil antes de la preparación. Hoy me siento cansado, así que me elevo lo suficiente para desaparecer de tu rango de ataque. Haces una mueca y descubres tu daga. Sé que la lanzarás en protesta de mi cobardía. Estoy entumecido, eso es todo. Necesito un respiro antes de la lucha.

    -Baja de ahí, maldito idiota- recoges la daga del suelo y la vuelves a colocar en tu tobillo. Apoyas tu peso contra tu espada a modo de bastón  y elevas tu mirada hasta mis ojos- Es  hora de reponer fuerzas y de hablar de cuál va a ser nuestra estrategia.

    Nana camina dubitativa hacia el campamento. Edulcor está en forma pero hay un destello en su mirada que ha hecho que su radar se dispare. No es miedo, sin embargo, es incapaz de discernir de qué se trata.

    El viento sopla más fuerte de lo esperado, de norte a sur, atravesando los árboles y silbando a su paso. Las ropas se mueven libres y es incómodo abrir los ojos. En condiciones pésimas es consciente de que Edulcor hará su mejor trabajo, porque solo bajo presión es capaz de mostrar su potencial, dejando a los demás dragones en verdadera desventaja. Nana se sonríe. Está satisfecha con las condiciones climatológicas aún a sabiendas de que su propio trabajo de dirigir a Edulcor se verá mermado.

    Los dragones se disponen en un corro y hablan animadamente. Edulcor mantiene las distancias y divaga entre sus propios pensamientos. Un regusto ácido se hace presente en su paladar. La lengua dentro de su boca se siente como papel seco. No ha conciliado el sueño y en cuando ha cerrado los ojos sentía pesado su pecho. Se guiaba por su instinto y su piel, sus escamas, las sentía más afiladas que nunca.

    Sentía como sus miradas se clavaban en mi espalda. No hacía falta escuchar sus palabras para saber que me estaban maldiciendo. De un tiempo a esta parte me había convertido en poco menos que un apestado y a sabiendas que no tener ningún aliado en el aire era arriesgado, no me molestaba ni lo más mínimo en limar asperezas.

    Un golpe en mi cabeza me libró de la elucubración en la que me había envuelto. Después un ruido y finalmente noto el peso de su cuerpo encima de mi lomo. Mueve sus piernas con brío, haciendo que mis costados se contraigan y se dilaten.

    -Hoy es un buen día, no lo crees- deja escapar una carcajada mientras el viento hace que viaje hacia donde se encuentran el resto. El eco de su risa me despierta y hace que intente sacudirla hasta que tome tierra.

    Sé que tiene el don de leerme mejor que nadie, pero eso no significa que me comprenda. Quizás le falte juicio o a mí simpleza. Ojalá pudiésemos acercar extremos.

    Nuestras cabezas giran a un tiempo mientras el sonido nos avisaba de que empieza la batalla. Cada uno debe dirigirse a su puesto. Nana me mira y me guiña el ojo. Su cara se ha transformado por completo. Ahora la sé feliz. Son esos los únicos instantes donde su esencia se desborda por completo.

    Hay momentos en los que las miradas dicen más que cualquier gesto o palabra. Antes de empezar siempre me observa. Me clava esa negrura que tiene por ojos y me insta a que vuele más lejos, a que mis sentidos se agudicen más y a que me mantenga en tensión durante todo el vuelo. Todo puede cambiar en cuestión de segundos.

    Antes de empezar cualquier batida, todas las cabezas se reúnen en el punto estipulado y todos los dragones partimos de la parte más alta de la montaña y siempre atentos a las indicaciones de los mismos. Cada uno necesita su propio espacio, cada dragón dueño de un tamaño variable y de unas aptitudes para el vuelo distintas. Hay una ley no escrita que dictamina que si un dragón impide el vuelo a otro o en su defecto, hace que pierda su destreza en el vuelo, será castigado de inmediato. Todos sabemos que nuestras alas penden de un hilo.

    Nana observa atenta los avances de Edulcor. Había sido el primero en alcanzar una altura considerable. Siempre midiendo las distancias con un impecable cálculo. Hoy los dragones se encuentran más revueltos que de costumbre, pensó para sí. No hay demasiado espacio, están demasiado juntos y un temor de que sus alas y sus cuerpos chocasen la invadió. Respiró profundamente y se deshizo de su morralla. Quería centrarse en el embiste, así que ordenó a Edulcor, con unos simples gestos, que se alejase del epicentro del movimiento y que se centrase en la zona noroeste.

    Edulcor parecía desorientado. Un zumbido constante en sus oídos le hacía perder la concentración. A su alrededor solo podía ver a sus compañeros y no tenía margen para poder descender y ver si dicho ruido se debía a la presión o si era algo que habían añadido sus cabezas a modo de preparación. En un instante, empezó a perder altura considerablemente incapaz de equilibrar su peso. Batía las alas tan rápido como podía pero parecía que ese movimiento hacía peor su descenso. Las desplegó y las mantuvo extendidas e intentando que su cuerpo no se girase. No quería herir a nadie. Notaba como el aire que salía de sus alas iba repercutiendo en los otros compañeros. “Si he de caer que sea yo solo”. La pérdida de sus alas significaba para él la muerte en vida. Se desplomó y por fin, rozándose contra ramas de arbustos que iba encontrándose a su paso, divisó el suelo y al instante, lo sintió. Se quedó aturdido y sin respiración. Sentía que un fuerte golpe le había fracturado su ala derecha.

    -Maldita sea- farfulló Nana. Estaba demasiado lejos para llegar corriendo hacia el bosque dónde había aterrizado estrepitosamente Edulcor, así que se veía obligada a coger su caballo. Echó un vistazo a los alrededores pero el caballo que más a mano le quedaba era el de Mather.

    Sabía que Mather me mataría en el instante en que posase mi culo en el caballo, pero al cuerno, lo primero es Edulcor y el tiempo que me tome llegar hasta él puede ser decisivo. Si está herido de gravedad necesito tener en mi mano todo lo que sea posible para curarlo. Como siempre, llevo en mi bolsa las hierbas que Almandra me había indicado que eran imprescindibles para cuidar a un dragón. Es gracioso que posea más conocimientos de ellos que de mí misma. Sé cómo recolocar sus huesos, cómo cuidar sus llagas e incluso cómo inducirles un estado de paz. Es curioso que nunca hubiese utilizado mis técnicas con Edulcor, siempre he dejado que se cuide por sí mismo.

    Ahora, cabalgo encima de este caballo que me lleva a trompicones. El aire se ha hecho más denso y mi saliva sale disparada. El cabello me azota el cuerpo y me sujeto fuertemente a las riendas. Siento que en cualquier instante podría salir disparada. El ritmo y un caballo tan distinto al mío hacen peligroso el viaje. Mantengo mis pies firmes y mis piernas sujetas a su cuerpo. El caballo me siente y responde con bravura. Debería ser suficiente para mantenerme hasta llegar a dónde se encuentre. Voy reduciendo la velocidad a medida que nos introducimos en el bosque. Es peligroso, ramas y todo tipo de animales nos acechan. No solemos irrumpir en esta zona. No es nuestro territorio.

    Bajo del caballo y olisqueo el terreno. El olor de Edulcor es inconfundible y podría rastrearlo a varios kilómetros a la redonda. Ahora puedo sentirlo, pero cierro mis ojos. Aunque sé que se encuentra cerca todavía no logro descifrar a qué dirección tengo que dirigirme. Intento escuchar atentamente con la esperanza de que emita algún sonido, pero no oigo nada salvo grillos. Quizás su sonido interfiera con cualquier otro.

    Comentarios

    1. Avatar de Mabel

      Mabel

      29 julio, 2014

      Un gran Cuento, un abrazo y mi voto desde Andalucía

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