Sin honores

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Antes de que la cosa se pusiese grave Daniel llevaba en su maletín todo lo necesario. En la clínica no faltaba tampoco de nada y podía permitirse el lujo de disponer de material de calidad. Poco a poco las existencias fueron menguando y Daniel terminó por empezar a reponerlas con dinero de su bolsillo. No podía presentarse ante sus pacientes sin vendas, sin analgésicos, sin nada. Con un maletín vacío de figurante. Recordaba con amargura su juramento hipócratico, en el que se comprometía a anteponer la salud de sus pacientes ante cualquier consideración. Ahora la misma palabra “juramento hipócratico”, se le antojaba de doble sentido, tan parecida a “hipócrita” le resultaba! Atrás quedaban sus sueños de estudiante. Su  admiración hacia el gran padre de la medicina que fue Hipócrates en su día. Cada noche, cuando llegaba a casa y abrazaba a su pequeño de tres años, Oscar, no podía  dejar de pensar en todos los niños cuyo único derecho era el de malvivir.

-No puedo recetarle las tiras de control glucémico, Juan. Pero es conveniente que se siga haciendo los controles como hasta ahora.-Dice a uno de sus pacientes más antiguos.

-La doctora que le sustituyó a usted la semana pasada, me dijo que no era necesario hacerse más de un perfil glucémico a la semana…

Daniel aprieta las mandíbulas, mientras mira la hora en su portátil.

-Es posible, Juan, pero yo te aconsejo que sigamos con los controles como hasta ahora.

-Verá usted, doctor, es que…mi pensión es pequeña, no da para mucho…

Daniel coge aire. Piensa que tendrá que dejar de fumar en algún momento.

-No sé, Juan, quítatelo de otra cosa. Deja el tabaco, por ejemplo, que no te beneficia nada en tu caso.

-Mire doctor, usted perdone pero, si no puedo comer por la diabetes ni beber y ahora tampoco voy a poder fumar…Para qué quiero mirarme el maldito azúcar? Qué quiere que le diga, don Daniel, prefiero el tabaco.

-Y qué quieres que te diga yo, Juan, si no te miras. Al menos sigue con el régimen.

-Eso siempre, doctor, usted bien lo sabe…

Daniel baja la escalera apresuradamente. Al llegar al rellano le llega la voz de Claudia, desde la ventanilla de citas:

-No, no, eso era antes. Ahora las consultas ginecológicas son cada tres años. Su médico de cabecera se lo confirmará…

Daniel piensa que es viernes, que hoy no trabaja en la privada por la tarde y puede llevar a su mujer y a Oscar al espectáculo del “Rey León”. Le rugen las tripas. Son las dos. Una buena hora para comer. Cuando sale por la puerta oye, sin pretenderlo, una conversación entre dos técnicos de ambulancia:

-A ver si hoy no me toca pringar como ayer…no veas cómo me quedó la ambulancia…

-Es que en las medicalizadas tiene que venir la enfermera, no se puede mandar al paciente sólo…

-Ya, y menos mal que tenía suficiente rollo para limpiar…

Daniel enciende un cigarrillo mientras saca las llaves del coche. Mientras exhala el humo vuelve a mirar el reloj. “El maldito tabaco me va a matar” piensa a la vez que siente que ya se le ha quitado el hambre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Patxi-Hinojosa

    Patxi-Hinojosa

    26 noviembre, 2014

    Buen relato, querida amiga Manoli, que refleja tanto las miserias cotidianas como los mecanismos de cada cual para sobreponerse a ellas. Me ha gustado mucho. Mi voto y un fuerte abrazo.

  2. Imagen de perfil de VIMON

    VIMON

    26 noviembre, 2014

    Buen relato, Manoli. Saludos y mi voto.

  3. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    26 noviembre, 2014

    ¡Me encanta! Manoli. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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