El cerro, la meseta y el fuerte

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ENSAYO

EL CERRO, LA MESETA Y EL FUERTE

Una aproximación crítica a la mitología y misterios del cerro Uritorco y la meseta de Somuncurá

 

Por

Fernando Jorge Soto Roland*

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

Desde fines de la década de 1970, y a lo largo de los primeros nueve años de la siguiente, en la ciudad de Capilla del Monte (Córdoba, Argentina) se fue gestando, primero dentro de un grupo reducido de personas y más tarde a nivel público (nacional e internacionalmente), la creencia de que en las inmediaciones del cerro Uritorco existía una ciudad perdida, intraterrena, a la que empezaron a denominar ERKS.

A partir de entonces toda una serie de teorías, por demás especulativas y místicas, coparon la escena. Se difundieron rápidamente gracias a ciertas publicaciones y en poco tiempo sentaron las bases del actual turismo esotérico de la región y la emergencia de lo que parece ser un nuevo culto New Age, multitudinario y redituable.

A medida que el tema se volvía conocido gracias a ciertos programas sensacionalistas de TV, los esotéricos de turno enarbolaron sus débiles títulos de sabios y lanzaron al mundo explicaciones de lo más estrambóticas; en las que no vacilaron relacionar al Uritorco (y su ciudad bajo tierra) con la poco conocida meseta patagónica de Somuncurá, el Tíbet, la mítica Shambala (capital de la aún más onírica Agharta) y, algo más tarde, con seres provenientes del espacio exterior.

Pero eso no fue todo. A los alienígenas se les sumaron intraterrestres inmateriales (seres de luz), entidades de otras dimensiones, duendes, elfos y hasta fantasmas; sin olvidar, por cierto, a aquellos pseudos antropólogos e historiados que no dudaron en conectar el pasado de esa bucólica región cordobesa con vikingos, tribus germánicas de neto origen ario, templarios que protegían el Santo Grial y, como no podían faltar, fantásticas expediciones nazis en América Latina buscando objetos de poder que les permitieran a Hitler dominar el mundo.

Todo este fárrago de delirios y llanas mentiras sin fundamentos no fueron atendidos, como era de prever, por el mundo académico; pero no faltaron singulares personajes que se abocaron de lleno en alimentar la idea. Fueron ellos los que pretendieron darle a la problemática ciertos visos de seriedad científica (sin saber en realidad cómo funciona la ciencia). No lo consiguieron. Por el contrario, elevaron el dislate a un nivel que cualquier mente medianamente racional rechazaría por delirante y una absoluta falta de pruebas.

Pero no importó cuán descabelladas hayan sido (y sean) sus explicaciones, o autorizados los sabios que las sostienen. Querían creer. Y a pesar de que nada eso era real, creyeron.

No interesó el infantilismo de las extrañas relaciones que se establecieron, ni el sustrato de pensamiento mágico que se advierte a simple vista en los dichos de esos autores, que esgrimieron (y esgrimen) con aires de superioridad intelectual la creencia.

Pero a pesar de toda esa seriedad fingida, el asunto resulta interesante; especialmente desde la perspectiva que hoy nos da la historia de mentalidades y el análisis del imaginario contemporáneo, posible gracias a la psicología social.

Como sabemos, las cosas que nunca existieron también tienen su historia. Sorprende la energía y recursos que se han invertido buscándolas. Nuestro continente es, al respecto, muy rico. Desde los días de la conquista de América (siglos XV y XVI) lugares ficticios, producto de la afiebrada imaginación de la expansión ultramarina, tales como El Dorado, la Ciudad de los Césares, el Paititi, el Reino de Omagua, la Fuente de la Eterna Juventud, entre otros, impulsaron la exploración y reconocimiento de inmensas áreas geográficas, sin las cuales no se hubieran logrado los conocimientos antropológicos, históricos y geográficos que se consiguieron.

Estamos, pues, en presencia de los llamados mitos movilizadores de conquista que, como siempre ocurre, evolucionaron con el tiempo, adquiriendo significados variados según las épocas y lugares.

¿Qué tipo de intereses guiaron esas búsquedas? ¿Qué pensaban esos exploradores? ¿Qué aparato ideológico/cosmovisional cargaban en sus espaldas para perseguir semejantes quimeras? ¿Cuánto de todo aquello se mantiene vigente hoy día dentro del grupo de creyentes en ERKS y demás historias citadas?

¿Es acaso todo esto un mero culto al misterio? ¿Tiene únicamente un fin crematístico o hay algo más allá de los intereses materiales?

Éstas y otras cuestiones son las que trataremos de desentrañar en el presente trabajo.

De eso se trata: explicar cómo es posible y porqué estas creencias permanecen vigentes a principios del siglo XXI; qué hay en el fondo de todo esto y cómo, desde una perspectiva histórica honesta, se puede comprender el asunto.

Ojalá lo hayamos conseguirlo.

 

FJSR

Buenos Aires, 2015


PARTE 1

EL CERRO

 Secretos y grupos secretos que se mueven en secreto, fuera del alcance de la vista del mortal común y corriente, sobran dentro del mundo del esoterismo.

Fundaciones, asociaciones, cenáculos de estudio, logias, prioratos, órdenes y hermandades son los principales protagonistas de ese sustrato oculto que, como en todos los países, existen en la Argentina sin que mucha gente lo sepa. Es lo más parecido a una novela de Dan Brown, aunque en ciertos casos mucho más peligroso porque constituyen grupos reales, integrados por individuos reales que esgrimen pensamientos y proyectos que suelen atentar contra los ideales racionalistas de la Modernidad, en especial contra la democracia participativa, la libertad y el igualitarismo. Tal vez por eso se cuidan de no asomar mucho la cabeza. Prefieren las sombras y, en lo posible, el anonimato, que es desde donde desarrollan, sin consecuencias inmediatas, sus propuestas, en muchos casos abiertamente racistas y antisemitas; tanto como sus marcadas inclinaciones aristocratizantes, mesiánicas, milenaristas, incluso pro-nazi y fascistas.

Es en este universo cerrado, repleto de secretismos y sabios que arrastran a grandes masas acríticas hacia creencias delirantes y prácticas rituales por demás extrañas y sincréticas, en donde se forjaron las dos historias que trataremos en este trabajo: la del cerro Uritorco, en Capilla del Monte (Córdoba) y la de la meseta de Somuncurá en la provincia Río Negro y Neuquén.

Todo parece indicar que han hecho bien su trabajo. Sus ideas se colaron y prosperaron fuera de los núcleos originarios, arrastrando a cientos de personas y empresas dedicadas al turismo; quienes inocentemente y de manera subliminal, difunden concepciones, proyectos e ideologías para nada inocuas.

Se han camuflado muy bien.

Disimularon con cuentos y leyendas inventadas (que a la postre terminaron creyéndoselas) otros dislates más oscuros, que por lo general parten de una literatura esotérica de derecha que enmascara  concepciones imperialistas, nacionalismo tradicional extremo y racismo. Representan la veta mística del conservadurismo reaccionario. Por eso no es de extrañar que muchos de sus miembros provengan de las clases medias altas, cultas, que siempre han sido el semillero predilecto en donde germinan las más desquiciadas teorías y de donde salen los energúmenos que las difunden.

Por lo general, sus gurús son amantes de las sociedades orgánicas. De las jerarquías, del orden y de la seguridad que sólo la obediencia puede dar. Sueñan con ello y creen que constituyen las bases de un Nuevo Orden, cuyo origen no dudan en ubicar en una Edad Media idealizada y a la que, nostalgiosamente, quieren volver de la mano de entidades extrañas. Un verdadero paquete ideológico en el que se mezclan extraterrestres, seres de luz, ovnis, entidades elementales, ciudades perdidas y templarios protectores del Grial marchando a paso de ganso.

Como ya dijimos en un artículo anterior, es ése un mundo de sabios e iluminados en los que la duda no tiene cabida, ni los cuestionamientos o repreguntas encuentran eco. Lo que el maestro dice no se discute. Él es la autoridad máxima. El guía. El caudillo lúcido que conduce sin ser cuestionado, porque su palabra es sagrada. Intocable. Irrefutable. Inmaculada. Por eso sólo cabe seguirla, obedecerla. Absorber sus verdades reveladas, ya que ellos sí saben lo que hacen. Conocen el camino. Han sido preparados para eso. Y no importa cuán quimérico sea el sendero. Cuanto más ilógico y descabellado se presente, cuantas menos contradicciones se planteen y mayor sea la credulidad de los acólitos, más seguros están de alcanzar la salvación.

Para estos peregrinos del delirio el resto del mundo vive en el error y la ignorancia. Alejados de las verdades sagradas, de los mensajes cósmicos, que sólo ellos pueden interpretar y de los que son depositarios. Como cerebros de un organismo vivo (así conciben a la sociedad), se sienten los rectores naturales de una Nueva Era que se avecina irremediablemente. Y a la espera de ese momento se ven obligados a no mostrarse demasiado, a conformar grupos cerrados en donde retroalimentarse mutuamente con sus fantásticas ideas conspirativas; para, cuando así los dispongan los Hermanos Superiores, tomar el mundo por asalto.

El conspiracionismo está a la orden del día. La información se escamotea. Las supuestas pruebas siempre están a buen recaudo, inaccesibles, escondidas en recónditas cámaras subterráneas o en manos de cuidadores celosos que darían su vida para que no se revelaran al vulgo. Por esto, y otras cosas, se sienten perseguidos, censurados, por lo que llaman la ciencia y la historia oficial. Engendros intelectuales que no hacen más que criticarlos y relegarlos al absurdo.

Frente a esta supuesta conspiración de los grandes poderes políticos y académicos, ellos resisten desde protegidos fortines ideológicos que toman heterogéneas formas y contenidos; que van desde publicaciones clandestinas en las hacen conocer sus coloridas y más arriesgadas teorías (por lo general revistas trimestrales o sin fechas fijas de distribución), ediciones de autor (libros de tirada muy limitada) que hacen circular en ámbitos aún más pequeños o conferencias muy selectivas (realizadas en casas particulares o sitios especialmente alquilados para ese efecto) en los cuales transmiten sus secretas doctrinas, haciendo uso de un lenguaje críptico, engorroso, que mezcla todo con todo, pero que en el fondo no suele decir nada.

La ciencia (oficial) y la razón (occidental), lejanas a los ideales trascendentes y metafísicos, son sus principales contrincantes. Armas esgrimidas por el enemigo, a los que se acusa de las más terribles calamidades que sufre el mundo. Por eso las niegan y combaten, sumergiéndose en un universo alternativo que, sin contención de ningún tipo, desarrolla el pensamiento mágico llevándolo a niveles inimaginables de delirio; y que nos hacen pensar que, en el fondo, se esconden problemas patológicos o psiquiátricos dignos de tratados en un consultorio.

Como veremos, allí, en el mundo de los míticos, esotéricos y metafísicos, todo, absolutamente todo, es posible. Incluso la existencia de una ciudad perdida y subterránea en las cercanías del cerro Uritorco.

 

 

EL EMISARIO QUE VINO DEL TÍBET

 

Corrían los últimos años de la década de 1970 y Argentina, bajo un estado de sitio permanente, sufría, desde marzo de 1976, la peor de todas las dictaduras militares de su historia. En medio de aquel contexto de terror, sangre y plomo, un controvertido médico de supuesto origen griego iniciaba,  desde su singular consultorio de la avenida Callao 1541, en pleno Barrio Norte de Buenos Aires, el reclutamiento de quienes iban a convertirse en sus admirados discípulos. Acólitos de un culto que iba tomando forma y que, contrastando con el contexto político del país, buscaba centrarse en valores profundamente espirituales, metafísicos, humanitarios y universales.

Nadie podía suponer por entonces que se estaban plantando las bases del actual fenómeno del Uritorco; y que toda una ciudad de la provincia de Córdoba, Capilla del Monte, iba a recibir el impacto, convirtiéndose en la meca esotérica de América Latina.

¿Quién era Acoglanis? ¿Por qué lo hemos caracterizado como controvertido? ¿En qué consistieron sus enseñanzas y quiénes fueron sus seguidores? ¿Por qué el presente éxito turístico de Capilla del Monte le debe tanto a este extraño personaje?

Vayamos por parte.

 

Ángel Cristo Acoglanis hizo de toda su vida un gran misterio, y sus discípulos se encargaron de adornarlo, exagerarlo y difundirlo, al punto de convertir al Maestro, tras su muerte, en un verdadero mártir. No sólo no se sabe de dónde Acoglanis sacó sus singulares prácticas rituales (a las arrastró a decenas de persona), sino que tampoco se conoce el origen de sus místicas teorías; que terminaron dando nacimiento a la etérea, perdida e intraterrena ciudad de ERKS.

Pero no está demás aclarar que no fue el único.

Gurús de ese tipo han surgido en distintas partes del mundo y con resultados similares. En Brasil, por ejemplo, tenemos a un personaje que, desde fines de la década de 1960, fue el responsable de un culto esotérico que ha tenido un largo aliento.

Udo Óscar Luckner (así se llamaba) arribó al Brasil en 1968 buscando datos acerca de la misteriosa desaparición del famoso explorador inglés Percy Harrison Fawcett.[1] Estaba obsesionado con el explorador y sus locas teorías sobre la Atlántida. Por ese motivo se instaló en la región de las Sierras del Roncador, al norte de Barra do Garças (zona en la Fawcett había desaparecido en 1925). Al poco tiempo develó “al mundo” una experiencia personal sorprendente, que dejó a muchos con la boca abierta (por lo incongruente) y a otros, convertidos en ciegos acólitos, que consideraron a este risueño personaje sueco, como una especie de nuevo Mesías.

Según el propio Udo Óscar Luckner, mientras recorría las mencionadas sierras brasileñas se topó con una entrada secreta a través de la cual tuvo acceso a “las profundidades de la tierra” y a una ciudad subterránea en que la encontró seres superiores, portadores de un gran avance espiritual y tecnológico. Esta raza de misteriosos dirigentes sería la encargada de tutelar el destino de los hombres e impartir sus sabias enseñanzas a través de iluminados que, como él mismo, les servían de mensajeros.[2] Con tal objetivo, fundó un singular culto. Una secta cuyo centro de operaciones era el Monasterio Teúrgico de Roncador, al pie de dichos cerros, y cuya misión no sería otra que la de difundir la esotérica sapiencia de los intraterrestres, con los que (supuestamente) Fawcett habría entrado en contacto en 1925.[3] Al igual que Acoglanis, Luckner se transformó en un Maestro, respetado e idolatrado hasta el día de hoy.

Pero Acoglanis no sólo guardó silencio sobre el origen sus singulares enseñanzas públicas. Toda su vida está coloreada de sospechas y mentiras, incluso su propia nacionalidad.

Según él mismo afirmaba (y sus seguidores repitieron al hartazgo) era médico y nacido en Grecia, en donde había pasado su infancia y hecho parte de sus estudios secundarios; pero, debido a cuestiones políticas, se había visto obligado a exiliarse durante un tiempo en Albania (según unos y en India según otros), antes de partir hacia el Tíbet.[4]

Dos de sus seguidores, Ricardo González y Roberto Villamil, transcribieron los dichos de Acoglanis de este modo:

 

Su familia decide enviarlo a Cachemira (…) donde tenía un tío de buena posición económica. Grecia había estado ocupada por el ejército alemán, que, al retirarse, permitió la feroz lucha de los grupos de partisanos, en su mayoría de formación comunista, que luchaban por hacerse del poder en la desintegrada nación. La familia Acoglanis no comulgaba con esas ideas, razón por la cual deciden enviarlo al exterior para preservarlo. (…) En 1950 llega a la India y luego de instalarse en Cachemira con su tío decide seguir medicina. Para ello se inscribió en la Universidad y, como el tío tenía relaciones con monjes budistas, Ángel accedió (un tiempo más tarde) marchar con ellos al Tíbet”.[5]

 

Pero, tal como señala el escritor Guillermo J. Dangel: “Fue en esa mudanza en que había perdido el diploma y los documentos.”[6] Todo muy conveniente, claro, si lo que se pretende era ocultar su identidad.

Una vez instalado en el Tíbet, habría ingresado a un monasterio en Lhasa, iniciándose junto con los monjes del lugar en la mistérica medicina religiosa tibetana; y guiado por los sabios de la montaña, habría conocido los secretos médicos que, tiempo más tarde, lo hicieran popular en Buenos Aires.

Hacia los años ’60 ya había llegado a nuestro país, instalándose en la ciudad de Ramallo (provincia de Bueno Aires), en donde tuvo dos hijos. Pero no duró mucho tiempo en el lugar. Se mudó a la localidad de La Falda (Córdoba), donde se volvió a casar y tener un nuevo hijo, que falleció siendo bebé. Divorciado por segunda vez, se trasladó al norte cordobés y en Serrezuela compró un campo dedicándose a la actividad ganadera. Finalmente, y tras entablar relación sentimental con una nueva pareja, se vuelve a mudar a Villa Allende (Córdoba), que fuera el pueblo en donde estableció sus aposentos definitivos y tuviera cinco hijos más. Allí practicó acupuntura, osteopatía y quiropraxia con gran éxito Tiempo después, tras abrir su consultorio en Capital Federal, visitaría Villa Allende sólo los fines de semana para estar con sus seres  queridos y realizar sus excursiones por Los terrones y Capilla del Monte.[7]

En Buenos Aires, sus técnicas se volvieron famosas en poco tiempo y la lista de pacientes creció, tanto en número como en calidad. Cuentan que Acoglanis atendía al mismísimo presidente de Paraguay, el dictador perpetuo Alfredo Stroessner, “(…) que se enorgullecía en tenerlo como médico de cabecera.[8] Pero no todos tenían la misma opinión, especialmente en el gremio de los médicos. La mayoría siempre lo juzgó con desconfianza. Lo miraron de soslayo y dudaron que efectivamente hubiera conseguido su matrícula en la facultad. Pero las técnicas de Acoglanis parecían surtir efecto entre los enfermos. Todo indicaba que era una excelente quiropráctico y sabía cómo realizar ajustes en los músculos y huesos de la espalda, quitando el malestar y el dolor. No fueron pocos los “colegas” que siguieron llamándolo doctor, aún manteniendo sospechas fundadas respeto de su educación formal universitaria. Otros, en cambio, no dudaron en ver en Acoglanis un excelente médico. Tal es el caso del reconocido pediatra Florencio Escardó, con el que llegó a tener  una amistad muy personal, duradera y sincera.

Pero hay que considerar un punto. Escardó tuvo, hacia el final de su vida, una marcada veta de inclinación esotérica, llegando a publicar en el diario La Nación un artículo titulado El Niño y los Ovnis; francamente interesante por el nivel de delirio conspirativo, errores y prejuicios históricos que maneja en sus párrafos.

 

Los que sucede con los ovnis es un ejemplo paradigmático. Todo autoriza a aceptar que intereses complejos y oscuros traban la posibilidad de una actitud abierta y sana frente al fenómeno ovni y que no es por rigor científico que se pone en sistemática duda su naturaleza y origen, por el contrario, una copiosísima información científica (digo científica y no técnica) obliga a reconocer su presencia como un fenómeno constante desde las edades más remotas y todas las culturas han dejado documentos de la conciencia que el hombre ha tenido de astronautas y astronaves; aplicar un juicio actual al fenómeno equivale a suponer que los egipcios fueron más atrasados que nosotros porque no conocieron la licuadora. (…) Pienso que los docentes están obligados a exponer a sus alumnos una ordenada documentación de los testimonios que reposan en escritos y documentos y que, hasta el momento, no tienen el menor lugar en los planes docentes, el  camino más corto es llevar regularmente a los estudiantes al cine a ver y analizar películas documentales como Recuerdos del Futuro y otras no documentales pero que abordan con alto espíritu problemas de relación del hombre con el cosmos y de su destino en la tierra si se sigue cultivando el actual estilo de destrucción ecológica; sería también adecuado hacerles comentar párrafos del libros como los de Däniken, Berlit, Hansen o Bergier, para no citar sino unos pocos y accesibles. Pero ello será vana labor si al mismo tiempo no se infunde al niño y al joven un abierto espíritu de hermandad cósmica y se ofrece la idea de que quienes viene o pueden venir en las naves no son ni invasores ni enemigos, sino  hermanos más evolucionados en cumplimiento de altas y necesaria misiones (…) ”. [9]

 

Nadie puede poner en duda la extraordinaria capacidad que como médico tuvo Escardó. Pero como dice el dicho: “Al César lo que del César”. Ningún historiador profesional consideraría sus consejos, a no ser para rescatar y señalar los errores que se barajan cada vez que se ponen en el tablero de la historia humana a los mentados extraterrestres. Pero de todo ello hablaremos más adelante.

Sea por motivo que fuere (empatía, amistad, influencia mutuas), Escardó ayudó mucho a Acoglanis (incluso, tras la muerte del quiropráctico, siguió manteniendo con la viuda una sostenida relación amistosa). Nunca refirió o dejó entrever que era un chanta. Todo lo contrario. Confiaba en las habilidades del “griego” al punto de elevar un pedido a la Facultad de Medicina de la UBA para que se formara un tribunal médico y evaluara a Acoglanis, para que así pudiera revalidar su título académico (extraviado en la mudanza antes citada).

Esta solicitud hecha por Escardó está consignada explícitamente en el libro escrito por dos “contactados”, y seguidores de Acoglanis.[10]

 

“Escardó era muy amigo y a su vez paciente de Ángel. En afán de ayudar a Acoglanis –su amigo- y hacer justicia con su situación curricular, le formó una mesa examinadora con notables de la medicina, para reconocerle su título de médico que no había podido revalidar en el país.”[11]

 

Pero lo que no dicen es que Acoglanis, en las dos oportunidades en las que el tribunal se conformó para evaluarlo, no se presentó. Se excusó aduciendo que estaba ocupado atendiendo urgencias.[12] Por ende, el paso definitorio que lo hubiera calificado como médico nunca se concretó, y las dudas se mantienen hasta hoy.[13]

Por otro lado, respecto de su verdadera nacionalidad también hay profundos y confusos baches de información. Al carecer de documentación fehaciente  que certifique su origen griego, todo hace suponer que ese dato también era falso. Incluso hay referencias de que Acoglanis había sido expulsado de la sociedad helénica de Córdoba al comprobarse que no era efectivamente griego, sino oriundo del pueblo de Ramallo.[14] Si datos como esos fueron tergiversados, es muy posible que el viaje al Tíbet también haya sido producto de su imaginación. Por supuesto, no hay, más allá de las declaraciones que él mismo hiciera en vida, pruebas que sustenten esos dichos.

Como es de notar, las imposturas y las mentiras parecerían acumularse cuanto más nos adentramos en su historia. Claro que, para aquellos que lo creyeron y consideraron un iluminado maestro, todos los cuestionamientos y dudas que surgen entorno a Acoglanis no son más que calumnias o el producto de una operación de desprestigio orquestada por oscuras organizaciones secretas que pretenden mantener en la ignorancia a la raza humana, impidiendo que se conozca no sólo la existencia de extra e intraterrestres, sino los fluidos contactos que ciertos hombres superiores mantienen con ellos desde hace años. Toda persona que esté medianamente familiarizada sobre la delirante mitología contemporánea de los ovnis habrá escuchado hablar de los famosos Hombres de Negro (Men in Black), quienes, “como todo el mundo sabe”, han amenazado, incluso asesinado, a testigos presenciales de ovnis, en especial después del supuesto plato volador que cayó en Roswell, Nuevo México (EE.UU.) en 1947.

Todo un mundo de tinieblas y organismos secretos atentan contra la verdad, imponiendo otra que los creyentes llaman, despectivamente, “oficial”. La conspiración mundial está en marcha y no hay nada que se pueda hacer contra ella. Absolutamente nada. Quien cree en conspiraciones, dijo Jorge Halperín, no necesita pruebas de ningún tipo. Estamos en el universo de la pura creencia.

 

Ángel Cristo Acoglanis murió asesinado por uno de sus discípulos y amigo personal, a los 63 años de edad, el 19 de abril de 1989, en su consultorio de la avenida Callao de Buenos Aires. Su victimario no era otro que Rubén Antonio, esposo de la socia de Acoglanis en la consultaría alternativa que regenteaban y hermano del conocido financista multimillonario (amigo íntimo de Juan Perón), Jorge Antonio.

El asesino, quien le pegó siete balazos en presencia de una secretaria y varios pacientes que estaban en la sala de espera, expresó al entregarse de inmediato a la policía, que se sentía aliviado por haber matado a un brujo. Y eso fue todo. Claro que la hagiografía panegírica en torno al griego convirtió este luctuoso episodio policial en parte de una operación oculta, que involucraría a altos funcionarios del estado. Es así como la jueza que llevó el expediente de la causa fue sospechada, dando paso a decenas de especulaciones dignas de un episodio de los X-Files.

Lo cierto es que Rubén Antonio fue declarado inimputable y, tras apenas un año de estar recluido en una clínica psiquiátrica del barrio de Saavedra, fue dado de alta y trasladado a un lujoso departamento de la Recoleta en donde vivió libremente hasta el 28 de julio de 1993, fecha en la que se suicidó tirándose desde la terraza del edificio.

Estas dos muertes trágicas inflamaron la imaginación de los acólitos.

¿Qué escondía el médico griego? ¿Qué perseguía Rubén Antonio? ¿Cuál fue el móvil del crimen? ¿Acaso lo asesinó porque Acoglanis mantenía una relación extramatrimonial con la esposa de Antonio? ¿O fue una mera cuestión de deudas?

Estas hipótesis se esgrimieron en los diarios de la época. Pero eran cuestiones demasiado sórdidas y terrenales. A los seguidores del médico no les bastaron. Algo superior tenía estar tejiéndose detrás del crimen. ¿Una conspiración para ocultar los secretos de Erks? Muchos ni lo dudaron. Incluso hasta el día de hoy siguen diciendo que algo se esconde detrás de ese común y corriente asesinato. Muy típico dentro del mundo de los afectos al misterio y los enigmas.[15]

Lo cierto es que Acoglanis terminó sus días trágicamente y sus restos trasladados al cementerio de Capilla del Monte, donde fueron inhumanos. Allí descansan bajo una lápida en la que no figura su nombre y apellido, sino otro, diferente al que le dieran sus padres: Sarumah.

Será éste nombre el que nos lleve a conocer las curiosas ceremonias que Acoglanis organizó a los pies del Uritorco.

 

 

RITUALES EN LAS SIERRAS

 

Todo aquel que conozca la región de Los Terrones, vecina a la ciudad de Capilla del Monte, sabe de lo impactante que son sus paisajes. De sus gigantescas formaciones pétreas y de las miles de pareidolia que somos capaces de imaginar observando las irregularidades que la erosión hídrica y eólica han producido a lo largo de los siglos.[16] Es el escenario perfecto para desarrollar la imaginación y no es casual que los tours turísticos actuales exploten eso al máximo, estimulando al viajero a ver “rostros”, “animales” y “objetos” de todo tipo “tallados” por nuestras mentes en las sierras.

Fue en este sitio donde, hacia finales de la década de 1970, Ángel Acoglanis se reunía con sus seguidores para contactarse con los misteriosos habitantes de la ciudad intraterrena de Erks; urbe que parece haber sido producto de su propia inventiva y de la que no se tiene referencia antes de que el médico griego hiciera referencia a ella.

¿Qué es Erks? ¿En qué consistieron las ceremonias que presidía Acoglanis? ¿Quién era Sarumah? ¿Qué se perseguía con toda esa parafernalia esotérico-mística? ¿Dónde está plasmado todo este delirio?

Vayamos por parte.

 

Hay en Capilla del Monte un hotel que, en el hipotético caso que se diera la imposición mundial de los credos New Age, bien podría llegar a equipararse con el establo de Belén; ya que en sus instalaciones tomó forma definitiva lo que podríamos considerar un nuevo culto: el de Erks y los supuestos Hermanos Superiores que la habitan.

Muchas localidades de Córdoba parecen haber sido signadas a nacer bajo las sombras de un hotel. Es algo común en enclaves turísticos. Tal es el caso del Eden Hotel (así, sin acento), erigido en 1898, varios años antes que sugiera la ciudad de La Falda; o el Gran Hotel Viena de Miramar de Ansenuza, levantado a principios de la década de 1940, y que, si bien no fue el germen del balneario cordobés de Mar Chiquita (sí lo fue el Hotel Mira-Mar), le dio a la región un impulso turístico considerable.

En Capilla del Monte ese privilegio lo tiene el legendario Hotel Roma, ámbito de reunión de Acoglanis y sus discípulos cuando la ciudad todavía era un pueblo y no se había convertido en la Meca esotérica de America latina que es hoy.

Si bien es cierto que otros hoteles, mas tradicionales y antiguos, colocaron a la esta zona serrana dentro del mapa turístico argentino (por ejemplo el viejo Hotel Capilla del Monte, frente a la plaza principal), el Hotel Roma tiene un aura muy especial (no podía ser de otro modo) por ser el conventículo que reunió a los primeros grupos esotéricos que se acercaron a esas sierras. Y Ángel Acoglanis fue el pionero. Después desfilaron por sus instalaciones relevantes místicos y oviniólogos, sabios del ambiente, como Pedro Romaniuk, Guillermo Terrera y Fabio Zerpa entre otros. Mucho le debe la ciudad a este singular hotel. Si no hubiera sido por El Roma (como lo llaman casi con cariño) es probable que Capilla del Monte siguiera siendo el típico pueblito serrano, con su “Sendero de las Cabras” para ascender al Uritorco, y no la sede del Festival Alienígena del mes de febrero, con la misma trocha anterior pero rebautizada como el “Sendero de los Peregrinos Cósmicos”.[17]

 

Desde el Hotel Roma partían las caravanas de autos y camionetas, no bien empezaba a bajar el sol, con dirección a Los Terrones. El “guía griego” encabezaba el grupo de elegidos y, tras llegar al sitio convenido, cuando las estrellas titilaban sobre sus cabezas, ellos, los expedicionarios, organizados en semicírculo en la cima del cerro, iniciaban su tan particular ceremonia.

En ese momento Acoglanis, vistiendo una túnica blanca y presidiendo la reunión, empezaba a entonar un extraño cántico (mantra), en un idioma que él decía era desconocido en la Tierra, y que llamaba Irdín, “la lengua que hablan las inteligencias superiores”.[18] Claro que esas estrofas (que no tienen sentido alguno, como es lógico) no eran cánticos al azar.[19] Para los creyentes, el mantra en realidad constituía una invocación a las estrellas y los seres de luz que habitaban en Erks. Pero quien la pronunciaba no era en realidad Acoglanis. Para entonces, el “médico” había canalizado a una entidad de la ciudad subterránea que era quien hablaba a través de él: Sarumah.

Y así, poseído por ese “ser cósmico” y “tras pedir permiso a los hermanos superiores para que se manifestaran”, empezaba el espectáculo.

 

“(…) Una majestuosa coreografía de luces comenzaban a aparecer y desaparecer. No había dudas de que se estaba entablando un diálogo o comunicación. Nos dan la bienvenida, decía satisfecho Acoglanis. Las esferas descendían del cielo, rodeaban la montaña, los árboles y la vegetación del lugar en una manifestación fantástica que, en la mayoría de los casos, motivaban que muchos de los presentes rompieran en llantos de emoción y otros cayeran desmayados al piso de la montaña.”[20]

 

“Las luces se acercaban a nosotros casi rozándonos… Y corrían por el cielo de aquí para allá. Iluminaban los árboles, la plataforma donde estábamos parados y la silueta de la montaña que estaba frente a nosotros. (…) Conciente  de nuestra alteración, Acoglanis (Sarumah) nos explicó el significado de las luces y el significado de la ciudad intraterrena de Erks, enclave que está invisible a las miradas indiscretas y solo se materializa en determinadas circunstancias. En el lugar, nos dijo, conviven aproximadamente 18.000 seres, entre ellos los ancianos sabios de las estrellas, cuya existencia no puede calcularse en el tiempo conocido por los humanos. Erks (Encuentro de Remanentes Kósmicos Siderales) es uno de los lugares donde se concentra toda la información vital del planeta y su relación con el universo circundante”. [21]

 

“En contadísimas ocasiones, en medio del despliegue de luces que rodeaban el lugar donde se encontraban los invitados, de la profundidad del valle comenzaban a emanar rayos de luz de distintos colores y en forma mágica: se materializaba la ciudad de Erks…”.[22]

 

Terminada esta especie de sesión espiritista tan particular, se subían a los autos y regresaban a Capilla del Monte, donde continuaban las clases teóricas del Maestro Sarumah en el Hotel Roma.

Entre 1981 y 1989 los cursos, charlas y visitas nocturnas a Los Terrones se sucedieron periódicamente y Acoglanis, poniendo todas sus energías en el tema, no sólo se convirtió en un contactado famoso dentro del ambiente esotérico sino también en un reverenciado teórico cuyo legado quedó pasmado en una serie de panfletos de reducida circulación, conocidos como Los Diarios de Erks (hoy de fácil acceso por Internet, pero de muy difícil consulta en los años en que fueron escritos).[23]

Los Diarios en realidad no son más que una larga serie de incoherencias, argumentos irracionales y fantasías que parecen salidos de una mente decididamente esquizofrénica, producto de una mezcolanza bien propia de la New Age que terminó fascinando a decenas de personas, muchas de las cuales, con el tiempo, agregaron conceptos e ideas de sus propias cosechas. Tal es el caso de Trigueirinho, un automentado metafísico brasileño que se encargó de difundir mundialmente la existencia de la ciudad subterránea del Uritorco en uno de sus libros, Erks. Mundo Interno (1989); que escribiera por pedido y consejo del propio Acoglanis/Sarumah antes de morir (dicen que él mismo le entregó todo el material necesario para la redacción del trabajo).

La mélange es por momentos lisa y llanamente incomprensible. Un atajo de dislates inimaginables del que daremos cuenta brevemente, a fin de ilustrar los excéntricos conceptos que se transmitían y que, según los creyentes, “sólo los iniciados pueden entender cabalmente”.

 

Erks (Encuentro de Remanentes Kósmicos Siderales) es una ciudad no-humana ubicada en el corazón lítico del Uritorco. Un sitio de congregación de seres de otros mundos cuya misión no es otra que la de difundir enseñanzas espirituales a los terrícolas. Una especie de centro de entrenamiento del que saldrán los iniciados que sobrevivirán a la hecatombe final por venir.

Acoglanis la llamaba La Ciudad de la Flama Azul y aseguraba que las luces que aparecían en Los Terrones y en el cerro Uritorco eran naves voladoras intraterrestres y, en otras ocasiones, entidades cósmicas evolucionadas que habían alcanzado un nivel de inmaterialidad que los señalaba como seres mucho más avanzados que nosotros, a los que llamaba Hermanos Superiores (a uno de ellos, Sarumah, era a quien Acoglanis canalizaba).

El médico griego afirmaba haber visitado Erks y no le tembló la mano al sentenciar que la ciudad tenía una antigüedad de 21.000 años, ni al describir los templos, calles y edificios que levantaban en ella; o las conexiones subterráneas que la ligaban y a otras muchas ciudades intraterrenas desperdigadas por el mundo.

La tecnología ¿erksiana? es un capítulo aparte y también fue descripta por Sarumah/Acoglanis.

 

“La ciudad que visité, conocida por muchos como Erks,(…) existe un modelo de armonía solar, construida por seres superiores de otros sistemas, desconocidas por nuestras leyes. Ellos se desplazan sin ningún apoyo dentro del templo de la esfera dorada, asistidos por el sacerdote Nagualkhuma.[24]

 

Y agrega:

 

“He visitado una especie de usina-laboratorio, donde se procesa la energía que se obtiene del éter; esta energía se condensa hasta producir con ellas varillas que son las que se utilizan como combustible, para la iluminación del reino”.[25]

 

Finaliza indicando:

 

“También conocí las máquina del tiempo, donde se procesan los datos de las personas; en este caso el mío, por el sistema de espejo que fue dando mis huellas a través del tiempo”.[26]

 

Dicen que “para muestra basta un botón”. [27] Creemos que las referencias citadas son prueba cabal de este dicho popular.

¿Qué más agregar?[28]

 

En ese corpus teórico, transmitido como si se tratara de una revelación divina, los fenómenos paranormales se mezclaron con elementos de religiones extrañas, con misteriosas razas antediluvianas, civilizaciones perdidas en escondidos centros de poder, culturas intraterrestres, hinduismo, budismo, chamanismo y, como no podían faltar, continentes desaparecidos (Atlántida, Lemuria, Mu). Como producto de esta mezcolanza, elaboraron (sustentados en la Teosofía) una doctrina secreta y universal que sólo los iniciados en el tema podían conocer.[29] Convertidos en preclaros guías espirituales, ellos serían los nuevos elegidos para guiar a la humanidad hacia una nueva era de conocimiento y humanitarismo, lejos de cualquier sendero racional proveniente de occidente.

El deseo de encontrar un espacio virgen, aislado, puro, esencia inmaculada de la alteridad absoluta, más allá de las geografías exploradas de nuestro planeta, condujo a muchos (desde los días en que los conquistadores buscaban el Paraíso Terrenal) a encontrar imaginariamente reservorios de pureza, sapiencia y humanismo prístino, incluso debajo de la tierra. Y cuando la geografía física, reconocida y explorada, resultó no ser tan maravillosa, entró en vigencia la quimera de las dimensiones paralelas o portales interdimencionales, detrás de los cuales no sólo se perpetúan “bibliotecas secretas” sino también Hermanos Superiores que, más allá del bien y del mal, dirigen a escondidas los destinos conspirativos de toda la humanidad.

 

La muerte de Acoglanis en 1989 no puso fin a esta corriente, ni fue el único profeta de Erks. Hubo otro, tan excéntrico en sus juicios como el médico griego. Se llama Alfredo Di Prinzio y es el responsable de haber traducido a un lenguaje más corriente y llano los textos (incongruentes por momentos) que dejara su maestro y amigo.[30]

También él adoptó un “nombre cósmico”: Kuthuma; y de igual forma que muchos otros afirma haber recibido un “llamado interior” que lo convocaba a Los Terrones y al Uritorco. Una vez allí, tras conocer en persona a Acoglanis, la vida de Di Prinzio dio un vuelco fenomenal, según dijo en un reportaje realizado en Italia (país en el que actualmente vive). Por otra parte, en esa misma entrevista dio una nueva versión sobre la vida del griego. Datos biográficos que confunden aún más su ya turbia historia y nos asienta en la hipótesis de la mentira y el encubrimiento. En su versión, Di Prinzio equipara (¿o confunde?) los sucesos de la vida de Acoglanis con los de otro personaje emblemático, del que hablaremos más adelante, llamado Orfelio Ulises Herrera (quien, según comentan, también anduvo aprendiendo secretos por el Tíbet). Asimismo, el ítalo-argentino deja asentado claramente un aspecto poco explicado hasta ahora: el de las ideas milenaristas que se desgajan de las historias de Erks.

En su libro, G. Dangel, las explicita claramente citando parte del reportaje que le hicieran a Di Prinzio en Italia.

 

“Ellos (los habitantes de Erks) vienen a nosotros a través de la energía de luz, ya que todo es energía y esa es la mejor manera de interactuar con nosotros. A su vez están en contacto con entidades extraterrestres en el mismo nivel de desarrollo y espíritu. Todas las inteligencias están enfocando hacia un único objetivo: ayudar a la Tierra durante el cierre de un ciclo de evolución y la apertura de uno nuevo, para ayudar a la humanidad”.[31]

 

Para Di Prinzio/Kuthuma, cuando ese momento nos alcance, muchos seres humanos serán rescatados por los habitantes subterráneos de Erks y llevados a las profundidades de la Tierra para ponerlos a salvo, en tanto que sus colegas extraterrestres se dedicaran de lleno a limpiar y poner en orden la superficie del planeta.

¿Sorprendido?

Pues el asunto no termina allí. Kuthuma desarrolla también una historia alternativa de la humanidad.

Obviando todos los estudios históricos y antropológicos (tanto físicos como culturales) de los últimos 100 años, afirma (sin que le tiemble la pera) que nuestra especie, la Homo Sapiens-Sapiens, es el producto de una intervención realizada por alienígenas; y que una primera humanidad se ha extinguido hace milenios por causa de una mala administración de los recursos del planeta.

Como puede notarse, las influencias del célebre hotelero suizo, Erich von Däniken, devenido en sabelotodo durante la década de los ’70, gracias a su delirante best Sellers (Recuerdos del Futuro), ha hecho mella en muchas cabezas. Y ni qué hablar de las malas interpretaciones de la cosmovisión maya o de las modernas leyendas que circulan respecto de los ovnis.

Con relación a esto último, Di Prinzio, concentrándose en nuestra época, no sólo entrevera a intra y extraterrestres en una competencia que parece salida de una película de Star Wars, sino que vuelca su sapiencia en estudiar el pacto secreto que (como todos sabemos) existe entre el gobierno estadounidense y “los ET grises”.

 

Basta por ahora.

Con todo lo expuesto, cualquier persona medianamente formada puede darse cuenta de los supuestos de los cuales parten todos estos “sabios” y hacia qué público están orientados.

Todo es un sinsentido de cabo a rabo.

Claro que lo interesante (y preocupante) del tema son las causas que llevan a que estos discursos tengan cabida, oyentes y, lo que es peor, creyentes.

Nada, absolutamente nada, de todo esto es cierto. No existe una sola prueba, ni un solo indicio, que nos lleve a tener siquiera una duda razonable.[32]

La única manera de entender estos delirios pseudo-históricos es considerar el discurso de los gurús del Uritorco como parte de un nuevo culto en el que la fe lleva las de ganar y el amor, la compasión y ayuda divina ya no vienen de un Dios (solar, lunar, o del cuerpo celeste que fuera) sino de seres superiores (Hermanos Superiores) provenientes del espacio exterior, interior o extradimensional, según los casos.

 

Ahora sí podemos ya conectar la temática tratada con otro hecho, acaecido tres años antes del asesinato de Acoglanis, y que sería el acelerador que llevó a Capilla del Monte a ser lo que es hoy: la Capital Nacional del fenómeno ovni.

 

 

ENCUENTROS CERCANOS

 

Corría el mes de enero de 1986 cuando apareció.

Sorpresivamente, algunos vecinos de Capilla del Monte observaron claramente una “huella” delineada sobre una de las laderas del cerro El Pajarillo, anexo al Uritorco, y se desató la locura.[33]

En plena primavera alfonsinista, cuando la democracia daba su primeros y timoratos pasos tras ocho años de dictadura feroz, los extraterrestres parecieron interesarse por aquel rincón de Córdoba al punto de aterrizar en sus sierras, desencadenando un fenómeno de carácter social sumamente interesante y que dura hasta hoy.

Casi de inmediato, y a instancias de los medios masivos de comunicación, la marca o huella ovalada que se perfilaba en el cerro fue interpretado como el resultado del descenso de un ovni en el valle de Punilla.

Como en tantas otras ocasiones, la televisión y los periódicos sensacionalistas se sumaron al fraude y lo popularizaron de tal modo que nadie quedó ajeno al asunto. De todas las notas publicadas o emitidas, las del Canal 9 de Buenos Aires fueron las más famosas y de mayor repercusión. De la mano de su reportero estrella y su camarógrafo, Nuevediario alcanzó topes de rating insospechados (47 puntos) y todas las noches el país entero se convocó frente a las pantallas de TV para ser testigo de las bizarras aventuras del periodista José de Zer y su inefable escudero, el camarógrafo Chango, persiguiendo aliens en las serranías cordobesas.[34]

Nadie imaginó por entonces las perdurables consecuencias de aquellos informes de periodismo-ficción. Ni siquiera los habitantes de Capilla del Monte que, al principio y según consignara muchos años después Carlos “el Chango” Torres, no tomaron el tema con buen ánimo. Que la localidad empezara a ser famosa por cuestiones tan poco convencionales no cayó nada simpático. El país entero comentaba el tema con una sonrisa irónica e incrédula. Se estaba a un paso del ridículo y, según se dice, del ridículo no se regresa jamás. A casi 30 años de aquellos bizarros sucesos muchos los seguimos recordando con la misma ironía e suspicacia de entonces. Pero en el proceso, el status de toda la localidad cambió y Capilla del Monte se convirtió en un polo turístico alternativo, esotérico, de fama mundial. Miles de visitantes dejaron el ridículo a un lado. Lo reformularon. Lo cargaron de historias rimbombantes, teorías conspirativas, espiritualismo y delirios New Age, transformando esas serranías en el escenario ideal de sucesos extraordinarios, en donde todo era posible: desde el avistaje programado de ovnis (entendiendo el término como “naves de otros planetas”) hasta el contacto con entidades energéticas (luces inteligentes) que protegen secretos inconfesables y auguran un Apocalipsis del que saldrán con vida sólo unos pocos iluminados. No faltaron, incluso, los que sostuvieron que en la región estaba el Santo Grial y que desde allí la humanidad se regeneraría al entrar en una nueva época de luz. Y así, lo que al principio fue visto con despecho se terminó convirtiendo en un filón de oro cuya veta inagotable llega hasta hoy.

Capilla del Monte se hizo famosa y no se tardó mucho para que legiones de alucinados acudieran a ella tratando de develar y seguir alimentando sus misterios. En poco tiempo, el negocio floreció y los ventajeros de siempre tomaron parte en la ganancias convirtiendo al cerro Uritorco en un centro energético desde donde la humanidad iba a regenerarse espiritualmente, en contacto con “nuestros Hermanos Superiores del espacio exterior” (e interior), como hemos visto.

 

Alguna vez se dijo que cuanto más grande es la mentira más fácil de creer es. Éste es un buen ejemplo de ello. Cuanto más incongruentes e irracionales son las historias que circulan por la zona, mayor es el número de adeptos.

Ejércitos de personas acuden anualmente a la ciudad en busca de experiencias paranormales. Y las encuentran al módico precio que fijan los guías turísticos y baqueanos locales. Hay que reconocer que al menos con José de Zer el asunto era gratis. Bastaba con prender la TV. Pero, ¿quién era José de Zer? Las nuevas generaciones no lo conocieron. Y aunque el sensacionalismo no murió con él, sí perdió el aire lúdico que supo imprimirle con verdadera maestría.

De Zer, con su voz ronca y agitada ha pasado a la historia de la televisión argentina. Es sin duda un capítulo interesante y revelador de cómo algunos hacen periodismo sin que la verdad importe, o cómo esa profesión puede ser la gran catalizadora de rumores y leyendas, tan perdurables como entrañables.

El Uritorco y sus misteriosas entidades le deben mucho al tipo de periodismo practicado por José de Zer. Aunque hoy día la mayoría lo oculte y no quieran ver en sus intervenciones gran parte del origen del éxito esotérico del pueblo.

 

Sin él es muy probable que la huella del cerro se hubiera perdido en las primeras semanas de febrero de 1986 entre noticias de accidentes automovilísticos, algún ahogado de la costa atlántica o la separación de una pareja del ambiente televisivo”.[35]

 

El Uritorco, Erks y todos sus espejismos derivados, no son más que productos (mercancías) que se venden a un colectivo de personas que creen cualquier cosa aduciendo tener la “mente abierta” y una visión espiritualista (absolutamente acrítica).

De todo eso se alimenta la mitología de Capilla del Monte.

También de ocultar información

 

Dentro del gremio de los investigadores de ovnis sobrevuela la idea, asumida como cierta por la mayoría, de que existe una conspiración mundial que busca ocultar los datos que confirmarían la presencia de extraterrestre entre nosotros. La leyenda de los Hombres de Negro (que como vimos se exportó también al tema Erks, al punto de sugerir que Acoglanis había sido asesinado por ellos) es la que mejor resume el asunto.

Pero el encubrimiento no se detiene en esos hombres de oscuro. Lo que se omite es que los creyentes y defensores de la existencia de hombrecitos verdes también hacen lo mismo. Y lo peor de todo es que de eso sí hay evidencias.

Desde el momento mismo en que se asumió que un ovni era el responsable de dejar una marca o huella en las laderas del cerro El Pajarillo (la quemazón tenía unos 110 metros de largo por 57 de ancho), hubieron voces e investigadores que criticaron y desmintieron los hechos. Pero de ello no se habla hoy en Capilla del Monte. Hacerlo sería transformarse en un hereje; en un traidor a los intereses turísticos del pueblo o, en última instancia, en un agente secreto de alguna potencia mundial interesado en mantener todo en secreto.

Es difícil ir en contra de una creencia.

Aún quienes en apariencia parecen ser personas racionales (y me refiero a periodistas e indagadores del tema), el esoterismo de honda raíz mágico-delirante lo invade todo. Bajo el rótulo de investigadores o especialistas, una legión de diabólicos (como llama a los creyentes Umberto Eco, en su novela El Péndulo de Foucault)[36] pululan por todos los medios masivos (radio, televisión y diarios) difundiendo la palabra que le da de comer a Capilla del Monte, desde enero de 1986.

Incluso, a partir de los primeros años de la década de 2010, la municipalidad de la ciudad, cooptada por políticos que adhieren a estas creencias, pretende darle al tema ovni y a las energías del Uritorco, un cariz oficial que buscó (y busca) ejercer un mayor control sobre la razón de ser del turismo esotérico.

No hay en el fondo una intensión sincera por conocer la verdad, sino el deseo de explotar, aprovechar y sacar ventajas económicas de los dislates, errores y exageraciones que hacen de Capilla del Monte una verdadera Jerusalén del delirio.

Tardó poco más de veinte años el municipio en reconocer la importancia que el Uritorco cósmico tiene en el desarrollo de la ciudad. Más vale tarde que nunca, dirán los investigadores, que reconocen los beneficios adquiridos cuando el Estado municipal tomó parte en el asunto, inclinándose del lado de ellos.

Era la autoridad que faltaba en el currículum vitae.[37]

Una vez oficializado el disparate éste cambia su estatus ontológico y “por decreto” adquiere una seriedad nunca antes reconocida. Suficiente para seguir alimentando la leyenda.

En el fondo está el capital. El único Santo Grial que mantiene el circo en marcha.

Pero a pesar de todo esto, las voces e investigaciones disidentes existieron desde el principio.

Que las taparan y omitieran es arena de otro costal.

 

 

ENCUBRIMIENTOS

 

En 1996, a diez años de la supuesta aparición del ovni en las laderas de El Pajarillo, Alejandro Agostinelli, reconocido periodista e impulsor del ya desaparecido CAIRP (Centro Argentino para la Investigación y Refutación de la Pseudociencia) volvió a publicar un artículo que, con agregados interesantes, reproducía las conclusiones a las que había llegado en 1986, tras realizar un viaje exploratorio a Capilla del Monte, a pocos meses de producirse el extraño fenómeno.

Esos dos trabajos bien podrían haber puesto fin a toda la historia de los extraterrestres en la zona del Uritorco. Pero no fue así. El producto de esa investigación (resultado de entrevistas a testigos, autoridades municipales, vecinos y una incursión a la huela misma) tuvo una muy corta difusión. El paso del tiempo y los intereses creados en el norte de Córdoba la opacaron. Dejó de ser citada por los guías turísticos que usufructúan del misterio, y las hipótesis descabelladas terminaron imponiéndose en el imaginario local (y más allá). Tampoco los libros sobre el tema, publicados en los últimos años (citados en este artículo), hacen referencia a las terrenales conclusiones de Agostinelli; quien para muchos debe haber sido la encarnación del hereje más peligroso que se pueda uno imaginar. Un fundamentalista de la razón que venía a negar un hecho, para ellos, contundente. Una amenaza que ponía en peligro el aparato turístico desplegado desde mediados de la década de 1980.

No era (ni es) conveniente difundir esas ideas. Por ende, los partidarios de la hipótesis extraterrestre encubrieron esos trabajos con la esperanza de que la gente los olvidara.

Fue lo que ocurrió.

Hoy en Capilla del Monte (y por mas que la oferta turística esté un tanto más orientada hacia los paradigmas de la New Age, ecologismo, misticismo y espiritualismo) los escritos de Agostinelli parecerían estar incluidos en el Index de los libros prohibidos. Ya sea por convencimiento o intereses de otro tipo (materiales, por supuesto), los refractarios a sus ideas (y pruebas) consideran más “lógico” creer que seres de luz, ociosos hermanos superiores o extraterrestres oriundos del otro lado de la galaxia viniendo a dejar huellas sin sentido en las laderas de los cerros, que a pensar en un mero fraude. O, siendo más benevolentes, en un error.

Aún corriendo el riesgo de ser incluidos en ese herético Index, resumiremos las conclusiones a las que Agostinelli llegó hace ya casi 30 años.

 

En enero de 1986 el municipio de Capilla del Monte estaba gobernado por la Unión Cívica Radical (UCR) y tanto su intendente, Diego Sez, como el Secretario de Gobierno, Jorge Suárez, contribuyeron mucho (conciente o inconcientemente, según distintas versiones) en la instalación del tema extraterrestre en la región. Ellos fueron los responsables del comunicado oficial que daba cuenta de la presencia de un ovni en El Pajarillo, tras una incursión al sitio de la “huella” y entrevistar a los supuestos testigos que, en la noche anterior a que la marca apareciera, dijeron haber visto una luz roja y poderosa en las inmediaciones del cerro.

Con fecha 27 de enero de 1986 la conclusión oficial de la Municipalidad fue la siguiente:

 

“Ya que no encontramos explicación válida para esta quemazón tan atípica, esto nos confirmaría que se podría haber producido el descenso de una nave ovni.”[38]

 

Si bien los verbos estaban en condicional, la confirmación (proveniente de un órgano de gubernativo) fue impactante para los creyentes. Al menos un gobierno municipal, “oficializaba” a los ovnis.

Pero esta conclusión apresurada se basó, inicialmente, en los testimonios de un niño de 11 años (Gabriel Gómez), quien fuera el único responsable de dar los detalles de un avistaje que, con el paso del tiempo y de acuerdo a las indagaciones de Agostinelli y periodistas del diario La Voz del Interior, cambiaron.[39]

Todo indica que el muchacho fue inducido por los ovniólogos aficionados a decir lo que dijo. Sus primeras declaraciones no coinciden con las posteriores, a las que agregó desplazamientos por el cielo, luces blancas y “ventanitas”. Por otro lado, Gabriel Gómez no le dio trascendencia a la luz hasta que fue visitado por el intendente, el secretario y un diputado provincial.[40]

Otro punto importante a consignar es que el chico y su abuela (propietaria de la casa de campo en la estaban la noche del 9 de enero de 1986) vieron la luz a la altura del cerro Aspero (así lo indicó la investigación in situ) que se ubica a unos 15 kilómetros de El Pajarillo; por lo que la “huella” y la inicial luz roja (estática en la primer versión) no guardan relación alguna.[41]

Pero eso no importó. La prensa sensacionalista y los ovniólogos hicieron que coincidieran. Y todavía hoy se sigue repitiendo la historia.

¿Hubo intencionalidad en inventar todo?

Agostinelli publicó en varias ocasiones lo que Jorge Suárez (Secretario de Gobierno) le reveló en una entrevista.

 

“Por mi olfato no se me escapaba que manejábamos un detonante tremendo para la captación del turismo, y había que reafirmarlo responsablemente… ¿Qué hubiera sido de nosotros si no hubiera aparecido la huella? Creo que Capilla del Monte no tendría la pujanza que tiene ahora. Todo lo de ahora se lo debemos a la huella de El Pajarillo...”.[42]

 

Tiempo después, y fuera de la función pública, Suárez se volcó de lleno a investigar la presencia de extra e intra terrestres en la región. Fundó el CIO (Centro de Investigación Ovni) y se convirtió en un cruzado de la causa. Organizó congresos de ovnilogía en Capilla del Monte y se convirtió, sin duda, en uno de los principales promotores del misterio del Uritorco, colocando a la ciudad en el mapa mundial. Mucho le debe Capilla a ese vecino.

Su participación en todo el asunto llevó a que fuera considerado por algunos como el perpetrador de todo el fraude (y después creerse sus propias mentiras).

Otro grupo que alimentó la leyenda fue el IPEC (Instituto Planificador de Encuentros Cercanos), cuyos excéntricos miembros estaban en la zona cercana a El Pajarillo unos días antes  de que apareciera la huella de pasto quemado.[43]

¿Qué buscaban? Según sus líderes: la puerta de entrada a la ciudad subterránea; y para ello habían organizado una expedición a la que bautizaron con el rimbombante nombre de Operación Erks. Como era de esperar, diarios y revistas sensacionalistas se hicieron eco de ese singular proyecto y el IPEC tuvo su cuarto de hora en los medios, incluso antes de que la huella apareciera.

De acuerdo a lo que más tarde testimoniaron, los expedicionarios fueron los primeros en llegar al sitio y con voz firme sentenciaron que la marca no podía haber sido producida por un incendio ya que, in situ, ellos habían encontrado dentro de de la marca animalitos e insectos deshidratados.

Como bien señala Agostinelli, jamás presentaron los resultados de laboratorio que prometieron dar a la opinión pública. Por ende, no hay pruebas de que ello haya sido cierto.[44]

De todos modos, el hallazgo de bichos en un extraño estado de conservación en el sitio, se lo disputa al IPEC el ya nombrado periodista José de Zer.

En un reportaje del año 2002, su camarógrafo y cómplice (el Chango Torres) confesó:

 

“Una mañana, mientras tomaba un café en el centro de Carlos Paz, De Zer descubrió en el diario local una noticia: “Uia… mirá: una mancha”, le dijo al Chango. Era una foto de unos pastizales quemados que parecían la huella de un plato volador. “Podemos ir a verlo, ¿no?”, dijo. Era la punta del iceberg que no terminaría de derretirse hasta hoy. “Fuimos al lugar, encontramos la marca y José dijo: ‘¿Cómo la podemos encarar?’. Nos sentamos y armamos un pequeño libreto para pensar lo que teníamos que hacer.”
–¿Inventaron todo?
–La mancha era real. Pero todo lo demás era pura ficción. Una mancha es una mancha, pero no se encuentra una mancha así todos los días. Así que nos fuimos al camino. Como era verano, había un montón de cascarudos muertos y secos. Agarramos algunos y los tiramos en la ruta. Entonces me dijo: “Voy a entrar y decir ‘Hay bichos disecados’”.
Esa semana los televisores estallaron. “Nuevediario” midió 45 puntos de rating anunciando posible vida extraterrestre en un cerro cordobés hasta entonces ignoto: el Uritorco.”[45]

 

Pero si, como dijo el Chango Torres, la mancha era real: ¿cómo se produjo?

Los ufólogos de turno y el gobierno municipal no dudaron demasiado: la huella/marca se había producido por un intenso calor proveniente desde arriba (lógicamente, desde una nave extraterrestre) dejando en el suelo del cerro una forma elipsoidal, de contornos perfectamente definidos.

Pero los hechos verificados por Agostinelli desmienten los dichos.

En primer lugar, los contornos no eran para nada definidos, sino difusos. Tampoco su forma era la de un óvalo perfecto y la mancha se diluida con dirección Norte, es decir hacia la cima del cerro. Por otro lado, dentro de la huella había un rastro muy sugestivo: una marca con forma de “V” (de unos 40 metros) que indicaría el sitio exacto donde podría haber impactado el rayo que originó la fogata.[46]

Por otra parte, el análisis hechos sobre las cañas y paja brava que crecían en el interior de la huella demostró que el calor no vino desde arriba, sino que la vegetación se encontraba calcinada sólo en una de sus caras (la que se orientaba hacia el sur del cerro), no afectando el calor la cara contraria. En pocas palabras: el incendio había venido desde uno de los costados. El fuego se originó en la parte sur y propagó hacia la cima. Por la madrugada, una llovizna (confirmada por lugareños) lo apagó.

La teoría del incendio producto de un rayo suena bien. Es posible y probable.

Pero el asunto no terminó ahí.

En el artículo publicado en 1996, Agostinelli entrevistó a un vecino de Capilla del Monte quien, bajo el pseudónimo O.O., aseguró ser el artífice y responsable de la huella. Confesó que él, junto con tres peones y el apoyo de tres comerciantes de la ciudad, habían hecho la marca de El Pajarillo con un soplete de acetileno, durante la noche del 9 de enero; y que lo que perseguían era lo mismo que Jorge Suárez: recuperar el turismo perdido.[47]

El problema, en este caso, es que la única prueba que hay al respecto es el testimonio que diera O.O.; desconociéndose quiénes eran los peones y los empresarios que colaboraron en el fraude. Claro que, como ningún secreto se guarda por mucho tiempo, en noviembre de 2011 Agostinelli reveló finalmente la identidad del supuesto perpetrador. Su nombre era Roberto Basso, un dirigente del Partido Justicialista (PJ), ya fallecido.[48]

Como era obvio, los creyentes en ovnis (tanto los moderados como los más fanatizados) le saltaron al periodista a la yugular, negando que Basso haya podido hacer lo que dijo que hizo. Los más ortodoxos continuaron afirmando que esa noche de enero un plato volador extraterrestre se había acercado al cerro lo suficiente como para dejar la marca en el pasto quemado. Los más heterodoxos (muchos actualmente inclinados hacia cuestiones místicas y espirituales, no tanto a los ovnis) formularon hipótesis que iban desde un spot poderosísimo de luz, perteneciente a una productora que filmaba en el lugar, pasando por el derrame de líquidos incendiarios desde un helicóptero, hasta la instalación de una mallado de alambre con un pequeño pararrayos (que, como es de prever, al recibir el impacto de la centella, fulminó el alambre y dejó todo el pasto quemado).

Pero tampoco hay evidencias de todo esto.

Finalmente, los dichos de Luis Bartolli, Jefe de Bomberos de Capilla del Monte por aquellos ochentosos días, dejan entreabierta la posibilidad de un fraude al declarar que lo que más le extrañaba era que, cuando apareció la marca, nadie (del municipio, se entiende) lo convocó a investigar las causas del incendio (como lo hacían en todos los demás casos).[49] Y el asunto se archivó rápidamente.

 

Frente a toda esta batería de explicaciones posibles y probables, los defensores del discurso ovni sacaron (y siguen sacando) de la manga dos sucesos con los cuales pretendieron zanjar la discusión, inclinando a balanza hacía el lado misterioso de la cuestión.

El primerote ellos tiene que ver con un segundo incendio natural desencadenado en El Pajarillo un año después (1987) y que afectó a todo el cerro. Claro que, en esta oportunidad, la única zona que no se vio afectada por el fuego fue (¡Oh, misterio!) la huella que apareciera en el ’86. Este hecho desató la cadena una vez más y los teóricos de turno quisieron ver en ello la prueba “irrefutable” de que una extraña energía/ radiación residual estaba enquistada en “la marca”.

¿Por qué no se quemó también ella en el ’87? ¿Ante que misterioso fenómeno estaban? ¿Qué habían dejado los extraterrestres el año anterior?

Estas preguntas tuvieron oportunamente una respuesta del jefe de bomberos de Capilla del Monte. Pero también fue encubierta.

Según el funcionario de entonces, el fuego no entró en la huella por dos motivos: (1) porque ya estaba quemado y/o (2) porque toda la superficie estaba tapizada por brotes de pasto verde, poco propicio para acoger el calor y las llamas.[50]

El otro suceso extraño tiene que ver con un sauce ubicado en el predio de la casa de los Gómez, testigos de “la  luz” aquella noche del 9 de enero del ’86. La tradición local cuenta que el árbol se secó a poco de haber ocurrido el fenómeno. ¿Disecado por los ET y sus radiaciones?

Considerar como prueba de la presencia de seres de otras galaxias un simple árbol seco es demasiado.[51]

Como bien adujo una bióloga, “No sería la primera vez que un sauce se enferma repentinamente”.[52]

 

Como puede verse, en la góndola de las ofertas hay más de una explicación a la hora de elegir respuesta respecto de qué pudo haber pasado ese 9 de enero de 1986 en El Pajarillo; y todas sin tener que recurrir a la presencia de hombrecitos verdes o pirómanos Hermanos Superiores del centro de la Tierra.

Lo más interesante de todo esto fueron, pues, las elecciones que se tomaron y los motivos las guiaron.

Es claro que eso habla más de nosotros, los terrícolas, que de los marcianos.

Emil Cioran dijo una vez: “La ironía es lo que me salva de la Iglesia”.

Tenía razón.

Tal vez por eso los “diabólicos” la detestan tanto.

 

LOS CABALLEROS ARIOS DEL URITORCO

 

Los mitos crecen ante la falta de datos. Como dijo el historiador Hugh Trevor-Roper, “son el triunfo de la credulidad sobre la evidencia”. Efectivamente, se alimentan del vacío que dejan los archivos incompletos, agigantándose y perdurando en el tiempo gracias a los enormes agujeros negros que tiene el conocimiento histórico.

Los mitos[53] y la deshonestidad intelectual se hermanan en la construcción de historias que devienen en realidades cuando se las repite una y otra vez. En tanto la crítica no tenga el mismo espacio que tienen las fantasías y los delirios (mucho más redituables, por cierto), la mitología anclará en la opinión pública. He ahí la fuerza de las falacias y su perdurabilidad.

Pero cuando esas falacias se dicen con lenguaje académico, mechando datos ciertos con inventos, construyendo un jerigonza que nadie entiende pero aparentemente está muy bien dicha, y se mezcla la Biblia con el calefón en una mélange sin sentido, frente a una audiencia que sólo se ha formado leyendo El Libro Gordo de Petete, la cosa se vuelve más complicada e interesante al mismo tiempo.

La misteriosa ciudad de Erks tiene, por supuesto, a sus sabios. Hombres preparados que, a través de sus escritos esotéricos, pretendieron darle a la temática un tono académico rozando lo antropológico, lo sociológico, lo histórico, pero llenando los huecos de conocimiento con invenciones y una carga ideológica bastante pesada (y peligrosa), que terminaron acercándolos al discurso a-científico de los “diabólicos” más imaginativos.

 

Desde mediados de la década de 1980, coincidentemente con el retorno de la democracia y la llegada al poder de un radicalismo (UCR), que por entonces tenía claras intenciones progresistas, ciertos grupos esotéricos de ultraderecha, guiados por el convencimiento de ser la vanguardia iluminada de la Patria, empezaron a publicar libritos de limitada circulación (generalmente editados por el propio autor o su grupo cercano), que reflejaban la idea, la necesidad según ellos, de “reestablecer el equilibrio y la justicia en la Tierra”.

No es casual que esta interpretación orgánica de la sociedad, casi de corte medieval, jerárquica y católica, autoritaria, militarista, no igualitarista y antidemocrática, floreciera en el seno de agrupaciones explícitamente filo-nazis que, como esotéricos que decían ser, trajeron a colación leyendas originadas en la Alta Edad Media, como es el caso concreto del Santo Grial. Uno de los símbolos más claros de la añorada restauración conservadora en Argentina.

No era para menos.

Concomitante con la democratización de la cultura política argentina en transición, los poderosos de antaño sintieron miedo. Sus viejos privilegios empezaban a ser cuestionados y sus crímenes (eufemísticamente llamados excesos) enjuiciados en tribunales civiles. Nunca había ocurrido una cosa así. Ya no se sentían seguros ni cómodos, por lo que no faltaron los que se pintaron las caras para detener el proceso. El equilibrio de antaño se corroía. El orden, la religión, la familia. Habían perdido efectivamente el poder y, aunque una porción del mismo lo conservó durante un tiempo (mucho más largo que el deseado), no iban a resignarse fácilmente. Presentaron batalla. Y en ese enfrentamiento todas lar armas fueron válida, incluso las místico-esotéricas. Los llamados objetos de poder. Los bastones de mando. Las reliquias del pasado que venían en auxilio de los privilegios perdidos. Y si para ello había que tergiversar el pasado histórico con mentiras y delirios, bienvenidas sean las falacias y los dislates teóricos.

Entonces, una vez más, tal como había acontecido en la Alemania del NSDAP, acá en Argentina, aunque de manera desprolija y sin la participación del Estado, empezaron a pulular teorías difusionistas que hablaban de una Raza Superior Antiquísima, blanca (aria), justa y sabia, que había poblado, controlado y enseñado las bases de la civilización  a los pueblos precolombinos.

Racismo, xenofobia, antisemitismo y delirios arianistas, disfrazados de misterios y enigmas del universo, iniciaron una lenta pero efectiva colonización de conciencias. Y las sociedades originarias, subestimadas, disminuidas a meras tribus de salvajes ignorantes, se convirtieron en conglomerados inútiles que, por sí mismos, habían sido incapaces de desarrollar el avance tecnológico, cultural y espiritual, sin el apoyo (directo o indirecto) de esos hombre blancos, venidos de allende los mares, varios siglos antes que Colón.

Ignoradas intencionalmente por una ciencia oficial, conspirativa y mentirosa según el discurso esotérico en ciernes, todas y cada una de esas antiguas migraciones habían sido ocultadas al común de los mortales. Sólo ellos, la crema y nata de la intelectualidad vernácula, guiados en principio por la intuición, la canalización telepática de información y una desinteresada búsqueda de la Verdad (para ellos siempre con mayúsculas) eran los únicos capaces de revelar a las minorías preparadas ese mensaje.

El grado de manifiesta hipocresía era alarmante. Algunos mintieron concientemente, a sabiendas de estar rescribiendo la historia a partir de falsos presupuestos e interpretaciones que no se apoyaban en ninguna prueba, sino en fantasías de cuño propio. Otros en cambio, verdaderos mitómanos patológicos, terminaron creyéndose sus propios delirios y, aprovechando la ignorancia de mucha gente en la materia, levantaron una andamiaje de relaciones y “hechos” que nunca habían ocurrido.

Viejas mentiras nacidas en cenáculos místicos del siglo XIX, especialmente aquellas que venían de las entrañas mismas de la Escuela Teosófica, pasaron por el tamiz de ese “nacionalismo esotérico” que tan bien describe en su libro Hernán Brienza.[54] El refrito tuvo éxito dentro de grupos cerrados (casi sectarios); y, retroalimentado sin crítica alguna en esas pequeñas células de elegidos, creció y terminó instalándose en la sociedad hasta el día de hoy.

El atractivo de esa rebeldía intelectual se confundió con la estupidez. Pero no importó. Los argumentos más increíbles les resultaron plausibles y así, fantasía y realidad se confundieron de tal modo, que fue posible imaginar la llegada de vikingos a Bolivia, a Paraguay y Brasil, o templarios a Capilla del Monte y la Patagonia, buscando el mítico Santo Grial.[55]

Como era de esperar, aparecieron nuevos héroes y mártires intelectuales. Hombres incomprendidos que a fuerza de tensón buscaron despabilar a la humanidad, sacrificando su vida al anonimato. Acoglanis puede ser considerado uno de ellos.

Pero en este desfile de sabios y autoridades ocultas no fue el único. Hubo otros. Uno en particular, nombrado en páginas anteriores, cuya vida también estuvo llena de sucesos improbables y se hizo pública en la década de 1980 a través de un libro de esoterismo.

Su nombre era Orfelio Ulises Herrera.

 

Es sintomático advertir cómo en determinados ámbitos surge siempre la necesidad de inventar sabios para justificar dichos y hechos que carecen de fundamento lógico o son falsos. La falacia del experto funciona a la perfección. Sus voces bastan para sentenciar lapidariamente Verdades universales aún sin tener ninguna prueba en la que apoyarse. El testimonio basta. La palabra revelada es suficiente. De ahí la inclinación de exhibir títulos, curriculum vitae o habilidades como señal de sapiencia, sin importar si lo que “los sabios” esgrimen son o no disparates. Es notable el tiempo que los “diabólicos” invierten en estos menesteres.

Es lo que, de alguna manera, ocurrió con Ángel Acoglanis.

También con el mencionado Orfelio Ulises.

Son casos parecidos, aunque con una diferencia clara: de Orfelio Ulises sólo tenemos referencias a partir de un texto esotérico escrito por el abogado Guillermo Alfredo Terrera que, en pocas palabras, fue quien lo lanzó a la palestra. Sólo por su testimonio sabemos de la existencia y extraordinarias cualidades que ese “Gran Maestro Hermético”. [56]

En el libro de Terrera, Wolfram Eschenbach, Parsifal, Orfelio Ulises-Leyenda y Metafísica, y en una síntesis del mismo realizada por otro conspicuo miembro del esoterismo nacionalista argentino, Fernando Fluguerto Martí[57] se consignan los siguientes datos sobre el personaje, que resumimos seguidamente (en condicional, como podrá observarse).

Orfelio Ulises Herrera habría nacido en una estancia cercana a la ciudad de San Carlos de Bolívar, provincia de Buenos Aires, en 1887. A sus 26 años (de los cuales no hemos encontrado absolutamente ni un solo dato) viaja a Shambhala, en el corazón de Tíbet, donde permanecerá ocho años (desde 1913 a 1923) recibiendo el “Conocimiento Hermético” de parte de los sabios monjes de la región. Cumplido el curso, habría sido enviado a misionar a nuestro continente, recalando primero en México y, desde allí, tras siete años de peregrinaje, se fue a Chile (“para estudiar –dice Martí- el conocimiento de los proto-arios”. Del país trasandino habría pasado a nuestra provincia de Córdoba con una nueva orden (que le dieran telepáticamente): encontrar el sagrado Bastón de Mando de los comechingones. Objeto de poder que habría hallado finalmente en 1934 y que conservaría hasta 1948, año en el que se lo traspasara al abogado Guillermo Terrera, último depositario conocido del tan importante objeto.[58]

Convengamos que de este poderoso maestro poco más es lo que se sabe. Pero lo que se dice saber de él es en verdad inverosímil.

En primer lugar, la ciudad de Shambhala jamás existió. Ni en el Tíbet, ni el desierto de Gobi, ni en ningún lado. Es una urbe imaginaria que los esoteristas consideran la sede donde se puede conocer la voluntad Dios y en la que reside el Rey del Mundo, un supuesto monarca que, adelantándose al actual proceso globalización, gobernaría el planeta entero desde las sombras, desarrollando arduos trabajos en pos de la evolución espiritual de la humanidad. No cualquiera puede entrar a ese lugar. Hay que tener un nivel “vibracional” especial. Tan especial como el que se requiere para entrar en Erks, ciudad con la que comparte otro aspecto: ambas son urbes subterráneas (intreterrenas, suena mejor).[59]

 

Allí se encuentra un mundo oculto
Allí se encuentra un mundo oculto, 

misterioso, desconocido y prohibido.
Donde habitan entidades con tecnologías más allá de nuestra comprensión,
Y el conocimiento se mantuvo oculto para nosotros en esta otra dimensión. 

¿Será revelada alguna vez la verdad?
Las fuerzas terrestres de poder y codicia deben ser para siempre selladas,
El conocimiento prohibido para ejercer la guerra.

Cuando la humanidad aprenda,
A utilizar los conocimientos adquiridos en estas tierras extrañas.
Para el beneficio de la humanidad,
entonces encontraremos la entrada a es mundo.”[60]

 

 

Convengamos que estas referencias vuelven el viaje de Orfelio a Shambhala extremadamente dudoso e improbable (por no decir imposible, evitando que los “mente-amplias” nos critiquen). Es un dislate que no merece ningún otro comentario (al menos en este trabajo).

Pero no es todo.

Tenemos también que referirnos al objeto sagrado que el bolivarense nativo encontrara al pie del cerro Uritorco: el Bastón de Mando de los comechingones.

¿Qué nos dice el místico abogado Terrera y sus discípulos al respecto?

En este punto el salto fuera de la realidad es descomunal; pero muy interesante por las conexiones que podemos hallar con otros dislates; no tan inocentes como la de esa simple piedra.

 

Todos los “diabólicos” coinciden en afirmar que el Bastón de Mando de los Comechingones era (es) un cetro sacrosanto de enorme poder, no sólo simbólico sino bien concreto y real. Un objeto con el cual era posible actuar directamente sobre la realidad.

Una antena para comunicarse con la divinidad”, dicen unos. “Un canal directo con los Hermanos Superiores”, sostienen otros. “La llave definitiva para entrar en los reinos subterráneos”, afirman los creyentes de Erks. Y como si todo eso fuera poco, el bastón le daría, a quien lo poseyera, el poder necesario para liberar y dominar el mundo.

¿Megalomanía? ¿Delirios de grandeza? ¿Fantasías milenaristas?

¿Cabe alguna duda al respecto?

Así todo, decenas de personas con formación académica creyeron (y creen) en todo esto (compitiendo incluso por poseer el bastón). Claro indicio de que un titulo universitario no significa nada, o muy poco, cuando las quimeras invaden la forma que se tiene de ver el mundo. Una forma muy particular, por cierto.

Sin más referencias documentales que el libro de Guillermo Terrera, la tradición cuenta (¡Oh grandiosa tradición!) que el bastón había sido buscado por distintas potencias extranjeras, aunque sin éxito alguno. Sólo el bueno de Orfelio Ulises lo habría conseguido “desenterrándolo (…) del escondite en el cual había permanecido oculto durante siglos: el cerro Uritorco.”[61] Pero el cetro lítico no venía solo: “Apareció junto a otros dos objetos, una piedra circular parecida a un moledor (conana) y un tercero (un trono de piedra) que el descubridor quiso se quedara en el lugar.”[62]

Cuenta Terrera que “El Bastón auténtico [porque hay que aclarar que se hicieron copias para proteger el verdadero (¡?)] fue encontrado (…) partido en tres trozos de 43, 40 y 28 centímetros y que mide 1,11 metros de longitud y 4 centímetros de diámetro. Pesa algo más de 4,5 kilogramos. Esculpido en basalto negro, el pulido de la piedra fue datado en más de 8000 años, lo que desconcierta a historiadores y arqueólogo.”[63]

Y claro que desconcierta. Aunque a esta altura del partido, los exagerados 8000 años de antigüedad, es lo de menos. Lo que perturba realmente es el nivel de credulidad que gira en torno de semejante falacia, en especial cuando leemos respecto del origen de tremenda reliquia.

De acuerdo con lo expuesto por Terrera, los comechingones, aborígenes que se ubicaban en la región de la actual provincia de Córdoba antes de la llegada de los europeos en el siglo XVI, eran sus poseedores originales. No es mucho lo que se sabe de este pueblo. Las crónicas españolas son escasas y, cuando hacen referencia a ellos, destacan una característica física: eran indios que usaban barba. Cosa rara en el mundo precolombino, en el que las caras lampiñas eran la regla. De estos rasgos, y de la ausencia de información, se agarrará Terrera para imaginar una historia paralela en la que los comechingones devinieron en un pueblo de origen nórdico, de una altura por encima de lo normal, barbados, de piel clara y rubia.

¡Por fin llegamos a los indios blancos!

 

Toda persona que haya estado alguna vez en las selvas sudamericanas podrá reconocer que decenas de leyendas referidas a tribus misteriosas, tienen clara vigencia aún hoy. En las selvas de Perú, Bolivia o Brasil se comenta a diario sobre la aparición (siempre esporádica) de “indios blancos, rubios y con ojos claros”, miembros de una perdida tribu no catalogada, que buscan constantemente mantenerse aislados de la civilización. Los rumores se acumulan, se difunden en las tertulias celebradas alrededor de las cervezas nocturnas y, en esas condiciones, los “indios blancos” cobran una realidad muy difícil de ser negada.  Se les adjudican poderes fuera de lo común; vestimentas que no concuerdan con el estereotipo del silvícola tradicional y, últimamente, un elevadísimo grado de espiritualidad que los acerca más a los iluminados gurús de la New Age, que los degenerados politeístas de las crónicas españolas del siglo XVII.[64]

Cuando los europeos se desplazaron por el mundo, en momentos de la última gran expansión imperialista (fines del siglo pasado y principios del XX), creando colonias y explorando regiones hasta entonces intransitadas por occidentales, supieron recopilar extraños informes sobre aborígenes de piel muy clara, habitando rincones que el sentido común jamás hubiera considerado propicios para el desarrollo de comunidades blancas. El mito del indio rubio se propagó como una mancha de aceite por los cinco continentes y no tardaron en ser considerados los responsables de las más magníficas obras arquitectónicas de la antigüedad. Ya sea  en África, Asia o América, la raza blanca se endosó todo aquel pasado que, a ojos de un explorador europeo, resultaba admirable.

Este argumento posee una dosis peligrosamente oculta de racismo. Expliquemos, brevemente, porqué.

Cuando, en el siglo XIX, el auge de la arqueología, y el interés por las antiguas civilizaciones orientales o precolombinas, empujaron a los estudiosos europeos a abandonar sus ciudades y trasladarse a los rincones más extraños del planeta para practicar in situ sus investigaciones, se llevaron la gran sorpresa de toparse con testimonios culturales que jamás habían imaginado. El régimen colonial les abría las puertas a nuevos mercados, a más y variadas materias primas, pero también a un pasado totalmente ignorado y que no encajaba con los prejuicios del hombre culto, burgués y europeo de entonces.

Las ruinas egipcias, mayas e incaicas que salían a la superficie, tras siglos de olvido, no parecían concordar con la situación social de los países en las que se levantaban. Regiones pobres, dependientes, con un sistema educativo deficiente o inexistente, como así también una tecnología por completo importada de Europa, habían poseído en el pasado antecesores maravillosamente creativos y con una disposición técnica que sus descendientes contemporáneos habían perdido u olvidado. ¿Cómo era posible que “simples indios o negros” pudieran haber construido obras de arquitectura e ingeniería tan fabulosas? ¿Cómo adjudicarles a sociedades semisalvajes logros tan magníficos en el campo de las artes? No cabía otra explicación que ésta: sus constructores eran miembros de una raza desaparecida, superior y, por supuesto, blanca.

Así, pues, fenicios y romanos, cartagineses y griegos, vikingos o atlantes, habrían difundido sus legados culturales por todo el mundo, enseñando, a los pobres salvajes, métodos y técnicas que luego éstos olvidarían para siempre. Estas teorías difusionistas fueron muy convenientes para los colonizadores europeos de los siglos XIX y XX, puesto que con ellas creaban un precedente histórico para la ocupación y explotación imperialista. Si se fijaba un origen extranjero (“blanco”) a los monumentos arqueológicos que se encontraban, se legitimaba y justificaba la apropiación de ricas regiones del planeta. “Nosotros, los blancos, hemos estado primero aquí. Les hemos enseñado todo y ustedes lo perdieron. Aquí estamos, nuevamente, para civilizarlos”. Ninguna sociedad cobriza o negra era considerada capaz, por sí misma, de alcanzar un nivel de civilización y progreso propio del hombre blanco. Racismo puro.

Por lo tanto, los rumores sobre “indios rubios” venían a confirmar los postulados del imaginario racista que analizamos (por más que los mismos exploradores o arqueólogos no fueran conscientes del arraigado prejuicio que cargaban).

Misioneros y censistas; cazadores y exploradores; aventureros y contrabandistas, sean del grupo étnico que sean (indios, blancos, mestizos, mulatos, negros), continúan (actualmente) denunciando avistamientos de indios rubios que, como las sombras de la selva, pasan y desaparecen, sin saberse nunca a dónde van.

Pero no es todo.

Volviendo al Bastón de Mando de los comechingones, y teniendo en cuenta las consideraciones anteriores, es lógico que dentro de ese esquema ideológico se afirmara, como lo aseveró el abogado Guillermo Terrera, que no habían sido esos “indios” los verdaderos fabricantes del bastón, sino un dios.

El dios de dioses: Vultán o Wotan, deidad de origen nórdico asociado a Odín.

 

¿Indios blancos al pie del Uritorco? ¿Dioses nórdicos recorriendo América, trayendo los fundamentos de la civilización? ¿Milenarias culturas, altamente tecnificadas y con un elevado conocimiento espiritual, en los orígenes mismos de nuestro continente? ¿Simbología germánica en las antiquísimas ruinas precolombinas? ¿Textos medievales que anuncian una primigenia expansión de arios por todos lados?

Éstos y otros delirios racistas son los que sobrevuelan, conciente o inconcientemente, muchas de las afirmaciones y “teorías” que se siguen repitiendo con relación a la historia del Uritorco y la Meseta de Somuncurá, de la que hablaremos en breve.

No hay nada inocente en todo ello.

La ideología se filtra con ponzoña por las grietas abiertas de la historia. La ignorancia y escasez de datos ha abierto, y siguen abriendo posibilidades infinitas a la hora de imaginar e inventar el relleno con el que esos huecos son tapados.

Fantasías peligrosas.

Delirios que persiguen objetivos claros.

Credulidad y locuras que terminan siendo creídas e instaladas en el imaginario de millones.

Romanticismo y aventuras filo-nazis que pasan inadvertidas, mezcladas con el emergente discurso neoconservador de espiritualismo New Age.

Esto es lo que ocurre cuando las quiméricas especulaciones terminan convirtiéndose en “hechos comprobados” y nadie cuestiona nada, dejando que la “estúpida importancia” de los discursos, expresados con seriedad y voz grave, impere sin más.

Pero los dichos del esoterismo argentino, y el de otros tantos que lo imitaron, no son nada originales. Hay antecedentes, como ya hemos visto, en el pensamiento e imaginario imperialista europeo del siglo XIX; ambos fortalecidos y justificados académicamente a partir del brote de nacionalismo autoritario que se dio en Alemania, durante los años del nazismo. Y un acontecimiento es el que marca el “momento fuerte” de todo esto: la creación, a mediados de la década de 1930, de una organización conocida con el extenso nombre de Deutsche Ahnenerbe, Studiengesellschaft für Geistesurgeschchte (Herencia Ancestral Alemana, Sociedad para el estudio de la Historia de las Ideas Primitivas) o simplemente “Ahnenerbe”.

 

Cuando el 1 de julio de 1935, Heinrich Himmler, jefe de las temibles SS, inauguró este instituto, lo que perseguía era fundar un espacio de prestigio dedicado a crear mitos, distorsionar la verdad y generar evidencias falsas, tergiversando la historia y la arqueología, para respaldar las ideas expansionistas y raciales de su Führer, Adolf Hitler.[65]

La Ahnenerbe se convirtió de ese modo en un reducto de mentirosos bien pagados cuya meta sería transmitir a la opinión pública, a través de libros, revistas, congresos, exposiciones y filmes, los resultados de esos hallazgos tan reveladores. Para ello, Himmler reunió a estudiosos y académicos de prestigio dentro de Alemania, generalmente profesionales ambiciosos y sin escrúpulos que buscaban escalar posición dentro de la sociedad y del Partido, sin importarles la verdad. Eran nazis oportunistas. Aunque, claro está, también estaban aquellos convencidos de las falsedades que transmitían. Ambos grupos, eran concientes de una frase que, tiempo después, en 1948, George Orwell escribió: “Quien controla el pasado, domina el presenta”. Es lo que Himmler, la Ahnenerbe y todo su ejército de místicos, historiadores, arqueólogos, folcloristas y biólogos pretendieron hacer, con un lamentable éxito.

 

Karl-María Wiligut. Este austríaco, nacido en 1866, hijo de un ex combatiente de la Primera Guerra Mundial y heredero del odio hacia la republica de Weimar, el Tratado de Versalles y la democracia, se enroló en un grupo paramilitar de ultraderecha siendo muy joven. Tras un matrimonio frustrado y una denuncia por incesto fue internado en un manicomio. En 1927 lo dieron de alta y empezó frecuentar ámbitos esotéricos donde hizo público sus supuestas capacidades para canalizar lo que denominaba el antiguo conocimiento de los antepasados. Siendo una persona de gran verborragia y carisma, se rodeó de mediocres que llegaron a considerarlo un sabio y en 1933 conoció personalmente a Himmler, quien quedó impresionado por sus ideas y le pidió ayuda para encontrar un lugar apropiado donde instalar el cuartel general de las SS. Según cuentan, Wiligut le recomendó (tras una canalización) un sitio en particular; según él, en donde se había librado, en épocas del decadente imperio romano, una batalla en la que un caudillo germano había vencido a las legiones romanas. Ello bastó para que Himmler (admirador de lo germánico y de la raza nórdica) comprara en ese lugar (Westfalia) el castillo de Wewelsburg, construido en el siglo XIII, e incorporara a las SS a su consultor místico quien desde ese instante se hizo llamar Weisthor (Weis es sabio, Thor es el dios del martillo). Wiligut decía que su familia remontaba el linaje al esa mítica deidad (hijo de Odín/Wotan).

Pero no le basó un asesor como Wiligut.

El primer presidente de la Ahnenerbe fue un especialista en prehistoria cuya capacidad de comunicación era más que amplia. Se llamaba Hermann Wirth. Un tipo encantador, convincente y elocuente, que estaba convencidísimo de haber descubierto una antigua escritura sagrada, según él la más antigua del mundo, con la que (sostenía) iba a descubrir y comprender a la ancestral religión aria practicada por una civilización nórdica perdida en el Atlántico Norte, que Himmler y otros delirantes peligrosos estaban buscando.

Estas ideas le cayeron muy bien al jefe de las SS, aunque no por mucho tiempo. En 1937 (dos años después de su nombramiento) Himmler le pidió la renuncia. El motivo: Hitler no era muy afecto a las leyendas germánica sino a las griegas y romanas, y Wirth lo que buscaba era desplazar al catolicismo y al protestantismo para instalar (a futuro) esa religión que supuestamente había hallado. Políticamente eso no era conveniente. El Führer no podía ponerse en contra de esas dos instituciones y presionó a Himmler para que lo echara.

Es sintomático notar que, el pensamiento de Wirth, entronca con los delirios místico-esotéricos de los que hemos venido hablando respecto del Uritorco.

Wirth era un convencido de que la vida urbana prostituía el alma de la gente, creía que el nuevo hombre debía volver al campo y recuperar el pasado, abrevando en las tradiciones populares las cuales eran la entrada al conocimiento verdadero. El tema es que, para cuando Wirth lanzó su teoría sobre la escritura aria más antigua del mundo, ya se sabía a ciencia cierta que la egipcia y la mesopotámica (con 4000 años de antigüedad) eran efectivamente las más viejas y que no existían evidencias que probaran la teoría del presidente de la Ahnenerbe. Como si eso fuera poco, afirmaba que esa raza nórdica había evolucionado en el ártico y que era descendiente de los antiguos habitantes de la Atlántida; y en lo personal, perjuraba que poseía capacidades telepáticas y era clarividente.

Como puede observarse, la cabeza de la Ahnenerbe comulgaba con toda una serie de ideas imposibles, cercanas a los delirios teóricos de Acoglanis y Terrera.

La falta de originalidad de los esotéricos vernáculos también se advierte al hacer un punteo de las creencias sostenidas por el Dr. Walter Wüst, quien desde febrero de 1937 se convirtió en el nuevo presidente de la institución.

Wüst no era un nazi convencido. Se hizo nazi por conveniencia. Su puesto le dio poder e influencias. Fue un difusionista acérrimo, interesado también es la mítica raza nórdica en la que creía se había originado toda la civilización. Sostenía con vehemencia que desde Europa, esto arios blancos, valeroso, inteligentes, bien formados, habían emigrado primero a Irán, después Afganistán y finalmente la India; y que el libro sagrado hindú, escrito en sánscrito, el Rig-Veda, era un documento de la raza nórdica.

Los eruditos reunidos en la Ahnenerbe también comulgaban con estas fantasías.

Uno de ellos, el arquitecto Edmund Kiss, afirmaba haber localizado una antiquísima colonia nórdica en el actual territorio de Bolivia. Concretamente en las ruinas de Tiahuanaco.

Para él, el yacimiento tenía una antigüedad de más de un millón de años [¡?], y para sostener esa locura partía de una teoría cataclísmica que hablaba de cinco lunas anteriores a la nuestra estrellándose contra la Tierra y borrando todas evidencias de esa primigenia civilización aria en la que soñaba. Sólo dos lugares habían resultado a salvo: el Tíbet y los Andes bolivianos. Por ende, las ruinas de Tiahuanaco, con su Puerta del Sol y demás esculturas decorando sus edificios, eran para Kiss pruebas de la existencia de arios en el altiplano hacía miles y miles de años.

Así pues, guiada por estas ideas locas, la Ahnenerbe organizó ocho expediciones documentadas  y probadas históricamente. Tal vez la mas famosa sea la practicada en 1938 al Tíbet y de la cual hay profusa evidencia desde que (en 1970) de encontraron los archivos y filmaciones oficiales.

Las teorías difusionistas, que explican el origen ario de todas las civilizaciones del mundo, tuvieron éxito en muchos ámbitos, incluso en personas que llegaron a creer que los comechingones eran de origen nórdico. Después, sí, vinieron sus epígonos menos despiertos, repitiendo los mismos prejuicios, levantando las mismas banderas raciales, pero mezclando todo con ovnis, extraterrestres, intraterrestres, hermandades blancas y energías misteriosas.

Hay pocas cosas nuevas bajo el sol.

Todo se recicla.

Aún los dislates.

 

 

PALABRAS FINALES DE LA PRIMERA PARTE

 

Como hemos podido ver, la historia de Capilla del Monte tiene un antes y un después del mes de enero de 1986. Las enseñanzas de Acoglanis, sus mensajes místicos y crípticos en torno a la ciudad de Erks y, posteriormente, la aparición de la “huella” en el cerro El Pajarillo, cambiaron todo. No sólo la manera de concebir la oferta turística y sus atractivos locales (antes El Zapato, hoy el Uritorco), sino también la composición social y el imaginario del pueblo. Actualmente, Capilla del Monte tiene una población no originaria mayor en un 50 % (o más) a los nacidos y criados (NYC) en el lugar. Las migraciones internas hacia Capilla, desde mediados de la década 1980 generó el surgimiento de los “nuevos capillenses”, en su mayoría instalados en el pueblo en busca de tranquilidad, seguridad y revelaciones espirituales y esotéricas (ya sea que éstas vengan de Erks o del espacio exterior).[66]

Este fenómeno sociológico terminó por cooptar no sólo al conglomerado comercial (restaurantes, hoteles, hosterías, etc., que viven y explotan el misterio) sino también a las autoridades municipales.

Hoy Capilla del Monte, Meca místico-esotérica de la Argentina, tiene de sí misma una mirada muy diferente a la de antes. Ha reinventado el significado simbólico de su atractivos y el imaginario  imperante. Tal es el caso del cerro Uritorco (Cerro de los loros), ignorado hasta la década de 1980 y convertido hoy en el principal polo de atracción de la región.[67]

 

 

PARTE 2

LA MESETA Y EL FUERTE

 

En enero de 2015, motivados por las muchas preguntas que surgieron en Capilla del Monte respecto de la ilusoria ciudad de Erks y su ejército de divagantes defensores, decidimos dejarnos llevar por los rumores y falsas teorías vigentes y viajar al sur de país, más concretamente a la Patagonia; región que, por sí misma, arrastra un antiguo bagaje de historias imaginarias, tanto fantásticas (en las que se incluyen gnomos y monstruos lacustres) como pseudo-históricas (aquellas que hablan de un Adolf Hitler de tour por Bariloche, Villa La Angostura y zonas aledañas).

El sur siempre exaltó las fantasías.

Sus planicies infinitas, la monotonía del paisaje, el viento, el aislamiento y la sensación de soledad, lo han convertido en un destino exótico para millones de personas (especialmente extranjeros). Muchos lo han comparado con la superficie lunar, y hay zonas que lo parecen. Pero la ciudad a la que nos dirigimos poco tiene de selenita.

Las Grutas, levantada a orillas del golfo de San Matías, es un balneario joven que hace sólo poco más de diez años apenas figuraba en el mapa turístico argentino; y hoy se ha convertido en un polo de atracción de primer nivel, en el que se mezclan, en dosis exactas, la belleza de sus playas y extraordinarias pleamares (que alcanzan hasta los 10 y 11 metros en momentos extraordinarios), la nueva infraestructura hotelera y de servicios (bares, restaurantes, galerías y negocios) y, por supuesto, sus maravillosas, románticas e improbables historias que nos hablan de naufragios, gente perdida en el mar, nazis recalando secretamente en sus costas, misteriosos y evanescentes submarinos alemanes, templarios medievales, neo-templarios actuales y, como si todo eso fuera poco, el santo Grial.

¿Pero qué relaciones hay entre Capilla del Monte, Erks y este alejado punto austral?

Muchas más de las que el lector pueda imaginar racionalmente.

 

 

LOS ÚLTIMOS CRUZADOS

 

Cuando las llamadas “pruebas” de la existencia de Erks (y todo el universo que gira a su alrededor) pasan de un creyente a otro suelen darse transmutaciones muy interesantes. Los juicios previos y los delirios más desatinados, incorporados como parte de la realidad histórica (es decir, objetiva), moldean las evidencias a gusto y piacere, estableciendo relaciones inauditas que ellos, los “diabólicos”, suelen denominar conexiones metafísicas.

En ese contexto tan laxo y maleable, todo es reinterpretado (absolutamente todo) y la ideología, forzando los hechos, los encajona dentro del dogma difusionista rescribiendo la Historia completa de la humanidad, tal y como lo hizo la Ahnenerbe en los años ’30 y ’40.

Nos vemos así sumergidos en el ámbito puro de las creencias; y todo lo que podría ser cierto pasa a serlo. De hecho, se intenta por todos los medios de confirmar que lo que se cree es verdadero, y cuantas más personas entran en el juego, mayor es el convencimiento. Es casi una cuestión acumulativa.

La realidad, distorsionada, adopta reglas propias. Se puede ir en contra de todo lo que se sabe sin que a nadie le tiemble la pera y la anormal tendencia a observar conexiones y señales por todos lados (trastorno psíquico llamado apofenia) conduce a ideaciones mágica incontrolables, que son la base de todo el pensamiento conspirativo.

De esta conjunción de factores y síntomas patológicos, nacen las rocambolescas explicaciones y teorías que nos hablan de la superioridad aria, del expansionismo nórdico por todo el planeta, de las ciudades subterráneas interconectadas por cavernas, de la Atlántida, Lemuria, el continente perdido de Mu y demás quimeras, en las que se apoyan los discursos esotéricos desde el siglo XIX a la fecha.

En nuestro país, tal como lo hemos indicado en páginas anteriores, uno de los principales responsables de la difusión de estas ideas fue el policía y abogado Guillermo Alfredo Terrera, un exótico personaje que, amén de hombre de Derecho, decía ser antropólogo, sociólogo y tradicionalista. Ocupó varias cátedras en la Universidad de Córdoba y de Buenos Aires por las décadas de 1950 y 1960 y fue autor de numerosos libros de carácter esotérico, por medio de los cuales instaló en el imaginario de sus seguidores interpretaciones muy personales respecto de Erks y la historia del norte cordobés, llegando a sostener que en la zona se encontraba escondido el mismísimo Santo Grial. También fue el creador de la excéntrica Escuela Hermética de las Antípodas y heredero, como el mismo relatara, del famoso Bastón de Mando de los Comechingones. Detrás de sus incongruentes conjeturas partieron muchos otros, reinterpretando sus dichos y generando una nueva mitología que perdura hasta el día de hoy.[68]

Hagamos un rápido repaso de sus sesudas presunciones para poder entender el nexo que se generó entre el Uritorco y la misteriosa meseta de Somuncurá.

 

De acuerdo con Terrera, la presencia de representantes de la “raza nórdica” en la zona de Capilla del Monte no se limitó sólo a los altos, rubios y barbados comechingones, sino también a las incursiones realizadas por un “caballero hiperbóreo europeo” llamado Parsifal; quien, contrariamente a lo que se cree (decía el místico) era de origen alemán y no galés.[69] Será este gallardo miembro de la germanidad el que trajera a estas latitudes sudamericanas, nada más ni nada menos, que la copa en la que José de Arimatea acopiara “la sangre energizada de Jesucristo”. El motivo de semejante mudanza transoceánica en el siglo XIII (doscientos años antes de Colón), no sería otro que el de juntar al Grial con otras dos poderosas reliquias: el Bastón de Mando y la Cruz Gamada (svástica), que estarían  esperando en un cerro muy especial de unas lejanas sierras llamadas Viarava y Charaba, ambas localizadas en Argentum, región que era a su vez parte de un continente llamado Armórica.

Según Terrera, el objetivo ultimo de ese extraño maridaje de objetos sagrados no sería otro que el de concentrar y dominar toda la sabiduría y poder espiritual de los Superiores Hermanos Blancos de la antigüedad y dar, así, el gran paso a una nueva era.

Los rasgos milenaristas expresados en el argumento son más que claros. Pero ¿qué costaba decir que el Grial estaba en el Uritorco? Nada. Sólo había que dar el paso. Y terrera lo dio. Tenía lo que necesitaba: mucha imaginación, lápiz y papel. ¿De qué otro modo se podía, sino, ligar a la provincia de Córdoba con un texto escrito en Alemania, hacia los años 1200 d.C., por un poeta de la región de Turingia?

No siempre es sencillo encontrar lógica donde no la hay. Pero en este universo de posibilidades infinitas todo es factible.

Terrera afirmó que toda la historia estaba reflejada en el libro Parzifal escrito por un noble caballero y poeta épico llamado Wolfram von Eschenbach.

Alemán de nacimiento, Eschenbach vivió entre 1170 y 1220, terminando de escribir esta versión germana del mito del Grial (que no transcurre, como en otras versiones, en Inglaterra sino en el sur de Alemania) hacia el año 1215. Es una típica novela de caballería, llena de aventuras y mística católica en la que los viajes son claros símbolos de superación espiritual y el Grial la meta última a alcanzar.

En sus libros y conferencias, Terrera exponía la siguiente y reveladora cita del Parzifal de Eschenbach:

“En qué lejana cordillera podrá encontrar/ a la escondida Piedra de la Sabiduría Ancestral/ que mencionan los versos de los veinte ancianos, de la isla Blanca y la Estrella Polar/ Sobre la Montaña del Sol con su triángulo de Luz! Surge la presencia negra del Bastón Austral, en la Armórica antigua que en el sur está./ Sólo Parsifal el ángel, por los mares irá/ con los tres caballeros del número impar/ en la Nave Sagrada y con el Vaso del Santo Grial/ por el Atlántico Océano un largo viaje realizará/ hasta las puertas secretas de un silencioso país/ que Argentum se llama y así siempre será/…. (…)  Oculto lo mantuvieron en Viarava los Dioses de la Tierra/ en un Monte Sagrado de la innombrable Viarava/ donde Vultán le otorgara su mágico destino”.[70]

Pero hay un problema.

El párrafo anterior no existe en la obra mencionada. No hay una sola línea, ni una palabra, que haga suponer la existencia de Argentum, Viarava y Armórica. Tal como lo revelara Gustavo Fernández en Los Templarios en América, la referencia bibliográfica de la que se extrae la historia es un invento de Terrera. [71]

“En efecto, Terrera mintió descaradamente, o deliró patológicamente, al adjudicar a los bardos medievales este texto apócrifo. Y se pone en evidencia en la introducción de su propio libro Parsifal, Wolfram von Eschenbach y Orfelio Ulises cuando escribe: ‘(…) como es sabido es imposible conseguir en Argentina y en castellano la obra de Eschenbach’. Claro, escribió eso a principios de 1980. Nada auguraba Internet. Y con Internet algunas cosas cambian. Ahora si tenemos a nuestra disposición y en Castellano la obra del alemán.”[72]

 

Pero no se quedó  ahí.

En un libro posterior, El Valle de los Espíritus (1989), Terrera sostuvo que el Grial estaba en la Patagonia y no faltaron los discípulos que se encolumnaron detrás de la idea, organizando expediciones (viajes en realidad) en busca de la sacra reliquia por la zona de San Antonio Oeste, Las Grutas y la meseta de Somuncurá, en las provincias de Río Negro y Neuquén. Se autodenominaron el Grupo Delphos y, como Terrera, apoyaron sus elucubraciones en un texto escrito hacia 1205, titulado Perlesvaus (de autor anónimo).[73] Con ese libro en mano justificaron la búsqueda y así cobró nueva forma la leyenda de la presencia de templarios en la Patagonia.

Pero los ecos de Erks, de Acoglanis y del abogado Terrera, se dejaron oír también en las ventosas latitudes del sur argentino, decorando el nuevo relato con ciudades y túneles subterráneos, energías misteriosas, puertas dimensionales, seres inmortales y gnomos. Un cóctel perfecto. Una nueva fantasía pseudo histórica que arrastró a más de un romántico de derecha. Porque una cosa hay que aclarar: detrás de estas fábulas seguía asomándose la sombra de la svástica, el tradicionalismo y el integrismo ultracatólico de corte nacionalista.

 

Para Terrera no había duda respecto de la ubicación del Grial: estaba en una zona llamada El Bajo del Gualicho, una salina cercana a la ciudad de Las Grutas (Río Negro) en donde sería posible encontrar la puerta de ingreso (un túnel) que conduciría a una caverna subterránea en la que el Grial permanecería custodiado por un templario inmortal (¡?).

Más tarde el Grupo Delphos agregaría nuevos condimentos esotéricos al asunto.

Claro que esta fantasía tenía un antecedente teórico de apariencia más académica, y ligado de manera bien directa a la organización Ahnenerbe de Himmler y sus intentos por tergiversar la historia con fines ideológicos y políticos.

 

En la década de 1970, un peligroso delirante de origen francés, llamado Jacques de Mahieu, lanzó una loca teoría, sin sustento alguno y basada en suposiciones derivadas de sus propios deseos difusionistas, que señalaba la presencia de vikingos en América del sur y su posterior contacto con caballeros templarios.

Mahieu fue un reconocido criminal de guerra, colaboracionista de los nazis al momento de la invasión de Francia en 1940 y veterano de la División Carlomagno de las Waffen-SS. Al derrumbarse el régimen nazi en 1945, huyó para la Argentina, siendo uno de los primeros en hacerlo en avión, el 22 de agosto de 1946.

Según Uki Goñi, mantuvo estrechas relaciones con Perón[74]. Ocupó el cargo de secretario en la Escuela Superior de Conducción Peronista y varias cátedras en la Universidad de Buenos Aires, durante los años ’50 (incluso tras la caída del gobierno justicialista)[75]. Más tarde, en la década de 1960 dirigió algunas unidades básicas del partido y, antes de morir en 1989, apoyó la candidatura de Menem.

Pero, ¿qué decía Jacques de Mahieu?

 

Enemigo de las ideas de la Revolución Francesa y la Ilustración, contrario a la razón, a la lógica y sostenedor de ideas racistas, Mahieu bosquejó una historia sin sustento alguno; apoyándose sólo en su capacidad de oratoria y convencimiento. Un verdadero sofista capaz de poner la palabra en función de la mentira. Un ejemplo acabado de lo que hemos denominado la falacia del experto.[76]

Sucintamente, afirmaba que los vikingos habían llegado a México hacia el año 967 d.C. y gobernado al pueblo de los toltecas.[77] Tras un tiempo en Mesoamrica habrían seguido su camino expansivo hacia el sur del continente, llegando a ser los iniciadores de la civilización de Tiahuanaco, en Bolivia (¡?). Allí habrían encontrado minas de plata en la localidad de Porco, que empezaron a exportar hacia Europa vía Brasil (Porto Santo), previo paso por el Cerro Porá (Paraguay) en donde la convertían en lingotes.[78]

Ya en el viejo mundo, hacia el siglo XII, más exactamente en el puerto de Dieppe (circa 1150), habrían tenido contacto con los templarios, con quienes pactaron un intercambio: plata americana por tecnología. Así púes, la orden del temple (una verdadera y poderos multinacional medieval) entregó el conocimiento del manejo de la piedra, con el que los vikingos levantaron la extraordinaria ciudad del altiplano boliviano; y ellos, inundaron Europa con el metal precioso.

El Puerto de la Rochelle, secreto  fortificado (sigue Mahieu) era el punto de entrada y salida de la plata americana; y de allí salieron siglos más tarde los barcos templarios que huían de la persecución que sobre ellos había lanzado, en 1307, el rey de Francia Felipe El Hermoso y el Papa. Ese año, diecisiete barcos templarios (llevando sus archivos, riquezas y reliquias) cruzaron a México. Se establecen en Tenochtitlán, capital de la confederación azteca, manteniéndose autónomos del tlatoani (jefe local) y reconstruyendo la orden. Levantaron iglesias y la cruz se impuso como símbolo en Centroamérica. Incluso Mahieu creía detectar palabras francesas en el libro sagrado del Popol-Vuh (¡?). En tanto, los vikingos de Tiahuanaco habían sido destruidos en 1267.[79]

El estudioso de las SS en el exilio veía la influencia templaria y germana por todas partes. Y esta insensatez la elucubró sin pruebas y a partir de lecturas e interpretaciones erróneas. Veía lo que quería ver.

Pero, ¿qué pasó, entonces, con los templarios de América del Sur?

Sencillo (cuando se inventa, todo es sencillo): al ser monjes y mantener una vida monástica, no se mezclaron con los locales. Le huyeron a los placeres de la carne y así, el grupo se fue extinguiendo hasta desaparecer.[80]

Era una fantasía relativamente bien contada, capaz de alimentar la de otros algunos años después.

Convertido en autoridad académica, Jacques de Mahieu, abrió las puertas para que los templarios terminaran siendo detectados en regiones más australes; como Río Negro y Neuquén, en la Patagonia argentina.

 

 

LAS MESETAS, LOS CERROS Y EL HOMBRE

 

A unos 50 kilómetros de Las Grutas (Río Negro), después de atravesar restingas, arenales y dunas de relativa altura, el viajero, bien pertrechado de agua, protector solar y sombrero para combatir en verano los impiadosos rayos del sol, puede arribar, en camiones del ejército adaptados al turismo-aventura, a los pies de una imponente meseta, árida y aislada,  que se eleva a muy pocos metros de la costa del Golfo de San Matías.

Desde los días en que Justo José de Urquiza presidía el país, se la conoce bajo el nombre de Fuerte Argentino. Tiene una altura algo superior a los 110 metros, una longitud de 1800 metros y es parte de las estribaciones de la inmensa meseta de Somuncurá, un macizo de 27.000 kilómetros cuadrados que se extiende, desolado y frío, en las actuales provincias de Río Negro y Neuquén.

Vista desde el mar semeja una isla que convoca la atención de todos. Neblinosa, regular, recortada contra el cielo que le hace de fondo y el océano de base, inspira curiosidad y misterio. Y no es para menos. Como el cerro Uritorco en Córdoba, el Fuerte Argentino rompe con la monotonía del paisaje y se yergue ante nuestros ojos despertando mil preguntas.

 

No hubo sociedad en la antigüedad que no adorara, de un modo u otro, a las montañas. El culto a las alturas, debidamente comprobado en el Viejo y en el Nuevo Mundo, es una constante que se repite cada vez que nos interesamos por las creencias y cosmovisiones del pasado.

Desde el monte Olimpo, residencia de los dioses de la Grecia Clásica, hasta los cerros divinizados de las culturas andinas, conocidos con el nombre genérico de “Apus” (Señores), sin olvidar el monte Merú de los hindúes; el Haraberazaiti de los iranios; el Tabor de los israelitas o el Himingborj de los germanos —sólo por nombrar unos pocos—, la montaña ejerció en el ser humano una fascinación reverencial que, seguramente, deriva del valor que las sociedades teocéntricas le atribuían a sus componentes principales: altura, verticalidad, masa y forma.

En general la montaña, la meseta, el cerro, están relacionados simbólicamente con la “elevación interna y espiritual“, “la meditación“, “la comunión con los santos y los dioses“. Caminar hacia la cumbre implica un rito de iniciación en el que lo meramente humano se contagia de sacralidad a medida que se asciende. Arriba, en la cima, la comunicación con los dioses era factible y, seguramente, ese fue el motivo por el que Moisés gastó sus sandalias para recibir las Tablas de la Ley.[81]

Del mismo modo, la verticalidad estaba identificada con el “eje del mundo” (Axis Mundis), convirtiendo a la montaña—tal como lo explicara Mircea Eliade— en el punto más alto de laTierra y ombligo del planeta; lugar en el que —según centenares de mitos— dio comienzo la Creación.

Por otro lado, su tamaño y grandiosidad quedó asociado a lo perenne, a lo que no cambia, a lo que siempre “es“; sueño de eternidad y trascendencia que muchas sociedades intentaron reeditar al construir sus propias montañas-artificiales; tales como los zigurats mesopotámicos, las pirámides egipcias, los teocalis de México o las construcciones piramidales de los mayas.

La montaña siguió inspirando respeto sagrado a lo largo de miles de años, pero en algún momento posterior a la declinación del imperio romano —muy especialmente durante la Edad Media— Occidente olvidó los cerros, haciéndolos a un lado en sus creencias y desatendiendo la curiosidad que éstos podían despertar.

Recién a partir de mediados del siglo XVIII ese desinterés desapareció y fue el movimiento ilustrado el encargado de volver a convertir la montaña en objeto de estudio, y no de adoración. Las riquezas minerales y forestales, el interés por medir la humedad atmosférica, el deseo de conocer certificadamente la altitud y la búsqueda de respuestas al enigma de la formación de la Tierra, hicieron que las altas cumbres fueran exorcizadas por los científicos y pasaran a ser un capítulo más de la Historia Natural, tan en boga entonces.

 

Es notable observar cómo, antes del siglo XVIII, sólo en contadísimas ocasiones los estudiosos se dirigieron a la montaña. No había interés por ellas, pero, a poco de redescubrirse su potencial teórico-iluminista, ese interés empezó a mutar buscando no sólo la desencantada mirada del científico, sino la emoción, el sobresalto y el sentimentalismo. Ese fue el aporte que hicieron los romanticismos.

Johann Wolgang Goethe (1749-1832), Horace Bénedict de Saussure (1740-1799) y Alexander von Humboldt (1769-1859) fueron los precursores de esa nueva forma de observar la montaña; rescatando en ella el “alma” perdida de la naturaleza y renovando el interés por las alturas, ahora asociadas a la idea de libertad y evasión.

Cada uno de estos autores combinó en sus escritos ciencia y emoción, exactitud y arrebato, ante una montaña que empezó a ser adjetivada como “sublime”.

En carta a Goethe, Humboldt le escribió el 3 de enero de 1810:

 

“A la naturaleza hay que sentirla; quien sólo ve y abstrae puede pasar una vida analizando plantas y animales, creyendo describir una naturaleza que, sin embargo, le será eternamente ajena”.

 

La influencia del insigne naturalista y viajero alemán fue enorme, tanto en América como en Europa. Su deseo por reproducir en pinturas la intensidad de las experiencias vividas, elevó el sentimiento al mismo sitial en el que estaba el conocimiento. La “cientificación del arte“, cuyo objetivo sería instruir y estimular, empezó un largo recorrido que terminó en la estilización y la “geografía estética“.

Arte y ciencia se daban la mano y, en ese encuentro, el ángulo epistemológico de Occidente ante la montaña cambió.

La unión mística con el paisaje conllevó una nueva relación del hombre con el entorno. La fuerza de los elementos, la imponente masa terrestre y su grandilocuencia frente al ser humano, llevó a que no sólo se las midiera, sino se las admirara con nuevos ojos; quedando el hombre sometido a sus misterios y prohibida accesibilidad.

La montaña, después de siglos, volvió a tener un carácter cuasi-sagrado. Y los viajeros románticos se encargaron por difundirlo a través de libros de viajes, pinturas, poemas y mentiras.

 

 

EL FUERTE ARGENTINO

 

Fernando Fluguerto Martí no sólo era ingeniero, divulgador de la historia no-oficial expuesta por Mahieu respecto de los templarios, sino también un nacionalista esotérico, buen relator y presidente, líder intelectual y creador de  la Fundación o Grupo Delphos. Él mismo decía ser discípulo del gran Guillermo Terrera y creía encarnar la persona indicada que debía heredar, tras la muerte del abogado en 1998, el famoso Bastón de Mando de los comechingones. Cosa que no ocurrió y que se encargó de reprochar en cuanta entrevista dio para la televisión.[82]

De acuerdo a las investigaciones realizadas por Hernán Brienza[83] y Raúl Kolmann[84], Martí comulgaba, antes de fallecer en 2013, con el ideario de la ultraderecha nacionalista argentina, siendo ferviente seguidor y creyente convencido de los ideales de Julios Evola, un fascista de salón poco conocido; tanto como de un supuesto (y delirante) proyecto que los judíos pergeñaban para invadir y ocupar la Patagonia argentina: el mítico Plan Andinia del imaginario antisemita vernáculo.[85]

Apropósito de ello, Martí escribió:

 

“La Patagonia es la tierra del Santo Grial. Por eso, los enemigos de la humanidad, la Sinagoga de Satán (…), los Hijos del Diablo (…), buscan y persiguen el Grial. De ahí el interés que despierta el suelo de Argentum en los hijos de la noche. De ahí las compras de enormes extensiones de nuestras tierras.”[86]

 

También fue uno de los defensores más acérrimos de la teoría de la presencia templaria en nuestro país. Idea que expuso, con calma oratoria, más de una vez en documentales de televisión controvertidos y bastante poco académicos por sus contenidos (especialmente en el History Channel).

De igual forma que Terrera, Martí y su grupo se apoyaron en textos medievales para autoconvencerse y confirmar (de manera endeble por cierto) que los monjes guerreros del Temple anduvieron dando vueltas por la Patagonia y, hasta su último aliento, sostuvo que en la cima del Fuerte Argentino había existido una construcción (una fortificación) levantada por templarios y proto-templarios (¡?).

El escrito en cuestión era el Perlesvaus o El Alto Libro del Grial, de cuyas páginas Martí rescataba los siguientes versos, a fin de sostener y defender sus ideas.

 

“Perlesvaus se aleja de la tierra de tal modo que ya sólo ve el mar y la nave marcha a gran velocidad…

… La nave ha corrido tanto noche y día, tal y como a Dios le plujo, que llegaron a un castillo en una ínsula de mar. Preguntó a su marinero si sabía qué castillo era aquel.

-En verdad, no lo se, señor, pues hemos corrido tanto que no conozco ni el mar ni las estrellas…

… Se acercaron al castillo y oyeron sonar muy dulcemente cuatro trompetas arriba de las murallas y los que las tocaban iban vestidos de blanco. Se dirigen hacia aquella parte…

… En cuanto la nave tomó puerto debajo del castillo y el mar se retiró de modo que la nave se quedó en tierra seca,…

… Salieron de la nave y luego entraron al castillo por la parte que daba al mar…

… Y ve la fuente más bella y clara que nadie puede contemplar,…

… Uno de los maestros toca tres veces una campana y en la sala aparecieron treinta y tres hombres formando una compañía. Iban vestidos con túnicas blancas y todas llevaban una cruz roja en medio del pecho…

… Allí dentro fueron servidos muy gloriosa y santamente. Perlesvaus se complace más en mirarles que en comer…

… En cuanto se descubrió la entrada al foso, salieron de allí los gritos más terribles y dolorosos jamás oídos…

… Si no juráis que regresareis en cuanto veáis la nave con la vela cruzada por la cruz roja…

… Y encuentra su nave dispuesta y oyó sonar las trompetas a su partida igual que a su llegada. Entra en la nave y se izan las velas. Se aleja de la tierra…”[87]

 

En pocas palabras, Martí creía que, huyendo de una Europa que les resultaba por demás hostil, un barco templario navegó noche y día hacia el sur, cambiando de hemisferio (de ahí que el navegante desconociera el  cielo) trayendo el Grial a una zona con amplias mareas, identificada como el Golfo de San Matías, en Río Negro.[88] Corría el año de 1307. Y allí, en una isla (que no sería otra que la barda conocida como Fuerte Argentino)[89], habrían sido recibidos por templarios vestidos de blanco y cruces en el pecho.

El análisis que Martí hizo del “Fuerte” fue por demás imaginativo: creyó detectar vestigios de antiguos muelles y denunció hallazgos de restos “arqueológicos”, de los cuales nunca dio cuenta públicamente.[90] El secretismo, una vez más, creaba un muro de misterio imposible de ser atravesado.

Y como si todo eso fuera poco, agregó:

 

Hoy, el Grial está físicamente ubicado en una ciudad subterránea bajo la meseta de Somuncurá, a unos mil metros de profundidad y protegida por miembros de la Orden que tienen contacto con la superficie a través de túneles ascendentes y descendentes”.[91]

 

Ciudades subterráneas, túneles y templarios intraterrestres.

Volvemos a lo mismo de siempre: la tierra y sus recovecos como protectora de misterios insondable.  Somuncurá es a Río Negro lo que el Uritorco a Córdoba.

 

El Grupo Delphos está convencido de que el Grial está América. Más concretamente en nuestro país. Lo aseveran sin titubear. También, sin prueba alguna. Sólo algún que otro indicio, originado en interpretaciones libres e imaginativas de ciertas señales, son las bases en las que se apoyan a la hora de transmitir la historia.[92] Una historia que a poco de avanzar se llena de elementos fantásticos. O mejor dicho, mucho más fantástico que los señalados hasta ahora.[93]

Los buscadores argentinos del Grial sentencian que tras abandonar el Fuerte (hoy Argentino) los templarios ocultaron la preciada reliquia en un sitio clave, secreto, fuera del alcance de los hombres impuros: debajo de la meseta de Somuncurá, sitio al que se accedería a través túneles y galerías inexploradas hasta ahora. Allí, sería posible encontrar un río subterráneo que uniría el océano Atlántico (justo frente al Fuerte) con el Pacífico, y a medio camino, en una ciudad bajo tierra, que identifican como La Ciudad de Los Césares, estaría el Grial custodiado por templarios centenarios en edad. Una comunidad de monjes guerreros, perdidos/escondidos literalmente en la Patagonia, en tanto cuidan la reliquia, no deja de llamar la atención. [VÉASE APENDICE 1]

Por otro lado, aseveran que hay una entrada a ese mundo místico. Una puerta de piedra que estaría ubicada en un enorme macizo rocoso cercano a la pequeña localidad de Telsen (provincia de Chubut), al sur de la meseta de Somuncurá, y que llaman, justamente, “La puerta de Telsen”.[94]

Otra puerta (para muchos dimensional) que conduciría a una nueva y sureña ciudad intraterrena, casi idéntica en todo a los cuentos del Uritorco.

 

 

ERRORES Y MENTIRAS

 

La manipulación, tergiversación y acomodación del pasado con fines ideológicos ha sido una práctica más extendida de lo deseado.

Voluntaria e involuntariamente, errores y mentiras, exageraciones e interpretaciones falsas, se acumulan por doquier construyendo una historia paralela (no-oficial, dicen) por completo deformada, sin base alguna en la realidad, ni en los hecho comprobados. Sus responsables, cual demiurgos poderosos, crean mundos nuevos. Inventan sucesos. Conectan lo inconexo. Toman por ciertas sus propias elucubraciones fantásticas y parten en la búsqueda de cosas y lugares que jamás existieron.

Curiosamente, esa pesquisa termina dándole emoción y sentido a sus vidas, y cuanto más se alejan de la realidad probable, mayor es el impulso y voluntad que invierten en la empresa. Se aprovechan de la ignorancia y de la falta de dato. Rellenan los espacios oscuros con sus iluminados pseudo-descubrimientos y se dejan seducir por sus ideas incoherentes al punto de quedar atrapados en sus propios discursos, de los que no hay vuelta atrás. Imposible es hacerlos cambiar de opinión. El espíritu conspirativo atenta contra todo lo razonable y la lógica se diluye en un mar de conceptos esotéricos, místicos, herméticos, que parecerían retrotraernos a una literatura de tipo medieval, en la que todo es posible y el simbolismo católico, los milagros y sucesos maravillosos ocupan el espacio que, en otros libros, no serían más que un capítulo de la historia del imaginario.

Dejemos el espíritu de aventura para las novelas y filmes y reconozcamos que detrás de toda gran teoría, detrás de todo sabio con ínfulas eruditas, no hay más que un tipo en camiseta.

Controlemos nuestros deseos de emoción. Desacralicemos a las autoridades. Examinemos las pruebas y rebatamos las afirmaciones obispales  que rehúsan la discusión crítica. Preguntémonos si lo que se nos comunica es creíble. Descubramos los supuestos y prejuicios en los que se basan los argumentos y evitemos creer en corazonadas y conocimientos revelados. Toleremos la incertidumbre y huyamos de la fantasía a la hora de completar el rompecabezas que está inconcluso; porque, recordemos siempre que la carga de la prueba recae en quien propone una afirmación y que las afirmaciones extraordinarias requieren de pruebas extraordinarias.

Con respecto a la presencia de templarios en la Patagonia y en el Fuerte Argentino deberíamos decir que todo el cuento está fundado en falacias y errores. Tal vez los visos históricos que se mechan en el relato vuelvan más creíble todo, especialmente si se lo compara con el del Uritorco y Capilla del Monte (mucho más orientado hacia lo místico). En el sur escasean las energías misteriosas, los seres de luz interdimensionales, los ovnis, la telepatía y los herméticos mensajes de la Hermandad Blanca. Pero tampoco se quedan atrás. Inventaron tradiciones, reinterpretaron los datos la geología, exageraron los hallazgos arqueológicos y también vieron cosas donde no las había.

En un trabajo crítico muy bien documentado, un vecino de la ciudad rionegrina de San Antonio Oeste (cuna del Grial patagónico), Marc Pesaresi, ha rebatido con suficiencia cada uno de los supuestos expuestos por Martí y su grupo de seguidores.

Resumamos, pues, las conclusiones de Pesaresi. [95]

En primer término es mentira que exista una tradición templaria en la región. Nadie nunca antes habló de templarios trasladando cálices sagrados por la Patagonia. No existe tradición oral alguna que refiera esos hechos. Todo es un injerto de los años ’90 y el jardinero principal fue el grupo de Martí.

En segundo lugar, no existen restos arqueológicos de ningún tipo en la meseta. No hay rastros de fuerte, de murallas, de tejas. No hay nada que insinúe la presencia de los monjes soldados del Temple en estas latitudes.

Tampoco hay descendencia alguna de esos supuestos europeos precolombinos.

En cuarto término, no hay caballos europeos sino desde 1536, que fue cuando Pedro de Mendoza los trajo por primera vez. No hubo caballos templarios vagando por las planicies argentinas antes de la llegada de los españoles.

En quinto lugar, es falso que la barda donde se levantara el supuesto fuerte haya sido hacia 1307 una isla. Los estudios geológicos demuestran que el nivel del mar no bajó desde entonces. Todo lo contrario: desde hace 250 años sube. Poco, pero sube.

Y finalmente, la meseta es una altiplanicie árida, seca, imposible de habitar y menos que menos apropiada para levantar un fuerte. No tiene agua potable. Hasta 1973 el tema del agua fue un problema grave para los rionegrinos.

 

Sorprende que empresas de divulgación internacional (aparentemente científicas), editores y comentaristas varios, no tengan en cuentan todos estos aspectos a la hora de exponer este y otros temas. Aunque, pensándolo dos veces, no debería sorprendernos demasiado. Es comprensible que así sea. Si le quitaran a la historia las falacias, repetidas una y otra vez, la historia misma se desvanecería o perdería, sin más, la preciada mercancía, lo único que se pretende vender: el misterio. Tras la credulidad delirante viene el negocio.

En un mundo desencantado, el encanto, que se resumen en las leyendas y rumores, lucha por sobrevivir.

El pensamiento mágico levanta barricadas.

Resiste.

Y lo viene haciendo con éxito.

 

FJSR

Buenos Aires

Marzo 2015

 

 

APÉNDICE 1

 

 

DE TRIBUS Y EXPLORADORES PERDIDOS

 

Las inquietudes y especulaciones que han despertado, y despiertan, las expediciones perdidas son otras de las constantes que se repiten dentro del imaginario de Occidente. Un sentimiento recurrente que, no exento de  morbo, moviliza a la opinión pública y facilita, al ocasional escritor, captar la atención de sus lectores a través de la romantización del drama, y su posterior conversión en aventura. Y es que, generalmente, el escenario de la “atrayente” pérdida no está en el ajetreado mundo urbano en el que la mayoría vivimos. Las expediciones no se pierden en las grandes metrópolis, sino en un marco natural que suele tener como telón de fondo a la selva, la montaña o el desierto; sitios no controlados y en los que toda nuestra tecnología suele convertirse en un adorno inoperante que, si bien ayuda, en muchos de los casos (reales o literarios) termina convirtiéndose en el ajuar funerario de los audaces e inconscientes exploradores.

Ya desde la época de la conquista de América se vienen registrando historias sobres náufragos o huestes perdidas que han alimentado las tramas de inolvidables novelas y películas. La narración de las penalidades y sufrimientos de exploradores desaparecidos han dejado flotar mil y unas interpretaciones sobre la suerte corrida; y en torno a ellos se tejieron rumores y leyendas que terminaron haciendo de muchos incautos, verdaderos héroes. Así, aquel que buscaba lo exótico, al desaparecer, se volvía él mismo, en objeto exótico de otros.

Enrique de Gandía, el brillante historiador argentino que analizara con detenimiento los mitos y leyendas de la conquista americana, escribe:

“En verdad ninguna fantasía humana podrá superar en belleza y en misterio el hechizo que rodea el recuerdo de aquellos náufragos y conquistadores [exploradores, FJSR] olvidados, cuyas voces parecerían llegar desde el fondo de las selvas sombrías y las costas heladas, hasta los oídos de sus hermanos que los buscaban empeñosamente sin poderlos hallar”.[96]

Hombres perdidos en tierras desconocidas. Una conjunción ideal para el imaginario. Una oportunidad más para recrear emocionalmente la tragedia y transformarla en objeto de indagación, especulación y búsqueda. Una constante que adquirió mil rostros y personajes a lo largo del tiempo. Un incentivo extraño a la curiosidad que nace del dolor.

El tópico del explorador perdido despierta una singular atracción debido a las múltiples posibilidades que se encierran en el acto mismo de desaparecer. Quien desaparece no termina de morir del todo y la agónica esperanza de volver a encontrarlo con vida facilita el despliegue de toda una serie de especulaciones que prolongan la presencia del desafortunado viajero más allá de los límites normales del duelo.

Ante la dificultad de resolver el misterio, el explorador desaparecido abre una ventana a “otro mundo”, de lleno imaginario. Un mundo caracterizado, fundamentalmente, por la distancia y el aislamiento, en el cual es posible construir las más fantásticas o realistas hipótesis; ésas que van de la pura y sencilla muerte en manos de aborígenes y animales salvajes, hasta la irresistible fantasía de imaginarlo siendo el rey de un nuevo país en el que ejerce su fuerte personalidad de “hombre blanco”.

En el Amazonas y en el Orinoco, por ejemplo, subsistió largo tiempo la creencia de que por aquellas regiones había españoles perdidos desde hacía muchos años. Esta creencia se viene arrastrando aproximadamente a partir de 1528, cuando, desde Venezuela empezó a divulgarse el rumor de que en lo profundo de las selvas había cristianos perdidos. De igual modo, los naufragios en costas americanas generaron comentarios semejantes, y la imaginación, que nunca olvidó a aquellos desafortunados viajeros, los supuso con vida pero apartados del mundo, lejos de la civilización y “barbarizados” por el entorno que los devorara.

Se oyó decir también que estaban rodeados de riquezas en maravillosas ciudades perdidas, reconstruyendo sociedades ideales y conservando los secretos que tanto habían deseado desvelar. Irónico destino para un explorador y clara mezcla de impotencia y de crítica al mundo del que provenían. Ambivalencia de una situación límite que conserva en sí misma dos posibilidades, repetidas una y otra vez en cientos de mitos y leyendas: la de recuperar el Paraíso Perdido o la de ser prisionero en un infierno terrestre, húmedo, selvático o árido, pero controlado por celosos salvajes pertenecientes a razas desconocidas.

El explorador perdido pega, así, un salto y sale del tiempo. Adquiere, de algún modo, cierto halo de eternidad y su no presencia, producto de un fracaso, se convierte en ejemplo, símbolo y modelo de futuros exploradores. ¿Pulsión de muerte? Es posible, ya que parece no existir mayor impulso para un aventurero que el fracaso de una expedición anterior. Deseo de una muerte romántica; ansias de perdurabilidad, que se sostuvieron activas hasta bien entrado el siglo XX y que todavía se detectan en los marginales exploradores que recorren sitios aislados en nuestros días.

Pero hay un aspecto que las expediciones y exploradores perdidos revelan: la permanente existencia de fronteras abiertas hacia Terras Incógnitas.

Una y otra vez, los mismos argumentos se repiten en diarios de viajes y novelas. Como en los viejos cuentos infantiles, que reiteran constantemente hasta el cansancio idénticas situaciones (que no son lícitas modificar, a menos que se pretenda quitarles el efecto emocional que éstas encierran), cuando se hace referencia a personas desaparecidas en regiones alejadas de la civilización, suele caerse en argumentaciones de este tipo: “Imagine la superficie de la Tierra, reste los océanos, los desiertos, las montañas y las regiones árticas. ¿Qué queda? Un 20 % aproximadamente. Habitamos una quinta parte del planeta y creemos que estamos en todas partes, que no hay espacio para nadie más o que todo está completamente explorado y conocido”.

Suena emocionante, atrayente; el mundo inacabado perdura de algún modo. Los espacios en blanco de los mapas picanean la curiosidad y hacia ellos continúan marchando expediciones, de las que, en muchos casos, jamás recibiremos noticias. Los espacios en blanco (que existen) se transforman, así, en verdaderos agujeros negros. Esa fue la suerte que corrieron muchos exploradores que hoy engrandecen los libros de geografía. Ese es el sendero que transforma a un hombre en leyenda.

Toda exploración en regiones consideradas vírgenes posee distintos momentos de dramatismo, pero no existe instante más sobrecogedor que aquel en el que el expedicionario se topa con alguna sociedad desconocida. Entonces, el “Otro” toma forma concreta, se materializa señalando diferencias, indicando también similitudes y despertando, siempre, sentimientos contradictorios que van de la admiración al desprecio. Todo un arsenal contenido de adjetivos calificativos se desploma sobre la “nueva raza” y, como hemos dicho antes, el imaginario cumple allí una función inevitable. Hombres distintos, creencias incomprendidas, rituales extraños y morfologías condimentadas con mil suposiciones fantásticas, llevan al “indio” a recorrer una escala ontológica que va de lo monstruoso a lo angelical; del caníbal agresivo al “buen salvaje”. Una vieja costumbre que, en América, se arrastra desde los días de Cristóbal Colón. ¿O los templarios?

Aquella persona que estuvo alguna vez en las selvas sudamericanas podrá reconocer que cientos de leyendas, referidas a tribus misteriosas, tienen clara vigencia aún hoy en día. En las selvas de Perú, Bolivia o Brasil se comenta a diario sobre la aparición (siempre esporádica) de “indios blancos, rubios y con ojos claros”, miembros de una perdida tribu no catalogada, que buscan constantemente mantenerse aislados de la civilización. Los rumores se acumulan, se difunden en las tertulias celebradas alrededor de las cervezas nocturnas y, en esas condiciones, los “indios blancos” cobran una realidad muy difícil de ser negada.  Se les adjudican poderes fuera de lo común; vestimentas que no concuerdan con el estereotipo del  silvícola tradicional y, últimamente, un elevadísimo grado de espiritualidad que los acerca más a los iluminados gurús de la New Age, que los degenerados politeístas de las crónicas españolas del siglo XVII[97].

Cuando los europeos se desplazaron por el mundo, en momentos de la última gran expansión imperialista (fines del siglo pasado y principios del XX), creando colonias y explorando regiones hasta entonces intransitadas por occidentales, supieron recopilar extraños informes sobre aborígenes de piel muy clara, habitando rincones que el sentido común jamás hubiera considerado propicios para el desarrollo de comunidades blancas. El mito del indio rubio se propagó como una mancha de aceite por los cinco continentes y no tardaron en ser considerados los responsables de las más magníficas obras arquitectónicas de la antigüedad. Ya sea  en África, Asia o América, la raza blanca se endosó todo aquel pasado que, a ojos de un explorador europeo, resultaba admirable.

Pero no todas las tribus perdidas son blancas y rubias. Están también las negras y enanas (el otro extremo de la escala imaginaria de la alteridad) o aquellas que conservan el más atávico de los primitivismos por ser  caníbales, violentas y completamente peludas. Seres a mitad de camino entre la bestia y el hombre. El verdadero, y tan buscado, “eslabón perdido”.

Las historias sobre hombres salvajes se proyectan en el imaginario desde los más remotos tiempos. Su presencia en la antigua Epopeya de Gilgamesh, bajo la figura de Enkkidu (un semihumano que vive entre las bestias), y datada en el segundo milenio antes de Cristo, es bastante sugerente. Por su parte, la Edad Media tampoco olvidó al hombre salvaje de los bosques y lo representó de cientos de formas distintas haciendo resaltar, en todos los casos, las características paradigmáticas de la bestia con el objeto de confrontarla con el civilizado habitante de la ciudad.

El salvaje es la otra cara de lo urbano, el lado negativo del hombre, lo primitivo, lo instintivo. Su estampa, esculpida en las catedrales europeas desde el siglo XIII, ha podido perdurar hasta nuestros días en leyendas contemporáneas, como las del Yeti o Pie Grande. Su hirsuta figura y sus hábitos, muchas veces nocturnos, lo convierten en un negativo de lo que nosotros somos. Marca contrastes y evidencia, así mismo, el prejuicio racial que se derivó (renovado) de la teoría evolucionista del siglo XIX.

Para el hombre salvaje su ámbito es el bosque, la montaña o la selva, y mantiene con la naturaleza una relación que en mucho se diferencia a la que el occidental tiene desde los tiempos clásicos de Grecia y Roma. Él conservó un íntimo contacto con el reino animal (cuyo destronamiento se inicia en el período Neolítico) sin dejar del todo de pertenecer al universo de lo humano. Representa lo inculto y, por ello, se lo suele ubicar en regiones poco conocidas o exploradas. Simboliza el aspecto bestial del ser humano, su faceta irracional e indomable, motivo por la cual lo transferimos fuera, con el objeto de poder combatirlo con mayor facilidad.

El hombre salvaje del que hablamos (el del imaginario), es, al mismo tiempo, objeto de curiosidad y de legitimación para la tarea “civilizadora” del hombre blanco y su ciencia.

Compleja y confusa, la imagen del salvaje de los bosques, es encontrada en casi todos los continentes, y a pesar de ser un producto típico de la imaginación humana, aguijoneó búsquedas verdaderas hasta la actualidad. Como las ciudades perdidas, los monstruos o los tesoros ocultos, el hombre salvaje encarna la fuerza, la rareza, lo misterioso y lo secreto. Es otro claro ejemplo de que la imaginación y la conducta se prestan mutuo apoyo, ejerciendo una acción conjunta que arrastra a la vivencia de sucesos y lances extraños; en otras palabras, a la aventura.

 

 

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* Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de la UNMdP.

[1] Véase todo lo referido a Fawcett y sus expediciones delirantes en http://lasvocesdebabel.blogspot.com.ar/2013/04/percy-harrison-fawcett.html

[2] Véase al respecto: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/soto_fernando/percy_harrison_fawcett_y_su_delirio.htm

[3] Véase al respeto: http://www.akasico.wanadoo.es/akasico/html/carticulos/67618_3.html

[4] Como puede verse tampoco su periplo en el “exilio” es claro. En tanto que Guillermo Dangel nombra Albania, González y Villamil ni siquiera indican esa escala previa al Tíbet.

[5] González, Ricardo y Villamil, Roberto, Las Luces de ERKs y las Ciudades Subterráneas, Publicaciones Ecis, Buenos Aires, 2012, pp.35-36.

[6] Dangel, Guillermo J., Todo sobre el cerro Uritorco y la ciudad de Erks, Libros de La Tortuga, Buenos Aires, 2012, Pág. 15.

[7] Todos estos datos fueron recogidos por Roberto Villamil, amigo personal y fotógrafo de Acoglanis, pero de los cuales el mismo Villamil dice no tener confirmación alguna. Todo indica que las mudanzas y el ir y venir de un lugar a otro fueron un componente permanente en la neblinosa vida de Acoglanis.

[8] Dangel, G. op.cit. Pág.16.

[9] Véase: Escardó, Florencio, El Niño y los Ovnis. Disponible en Web: http://www.angelfire.com/scifi/etdelsol/archivos/Merkabah/florencioescardo.htm

[10] Nota: En el universo de la ovnilogía, un “contactado” es aquella persona que dice haber tenido (y tener) contacto con entidades extraterrestres, seres de luz o intraterrestres, según los casos. La mitología sostiene que esas comunicaciones pueden ser tanto físicas como telepáticas (¡).

[11] Gonzáles. R. y Villamil, R., op.cit, Pág. 168.

[12] Véase: Dangel, op.cit., Pág. 33.

[13] Nota: Más allá de toda suspicacia, aquellas personas que fueron atendidas por Acoglanis todavía recuerdan el modo en que sanaron sus dolencias tras pasar, literalmente, por sus manos o seguir sus consejos terapéuticos. En enero de 2015, en el pueblo cordobés de San Marcos Sierras (a muy pocos kilómetros de Capilla del Monte), tuvimos oportunidad de conversar con una remisera local de nombre Mabel que aseguró haber conocido a Acoglanis (“Mi maestro”, dijo) y haber sanado de una dolencia “terminal” de riñón (“que se me habían caído de hacer tanto esfuerzo”) después de varias consultas con el controvertido “médico”. Así todo, dijo desconocer la veta mística de Acoglanis y los extraños rituales que practicaba en la zona de Los Terrones. Sólo después de su muerte y del revuelo que se desató en Capilla del Monte, se enteró de lo que parece haber sido un aspecto no demasiado publicitado de sus actividades (a no ser si se era una persona de confianza).

[14] Dangel, G., op.cit., Pág. 84.

[15] Nota: Sobre el asesinato de Acoglanis véase en capítulo 5 del libro de Guillermo Dangel, op cit. pp.43-49.

[16] Pareidolia (derivada etimológicamente del griego eidolon (???????): ‘figura’ o ‘imagen’ y el prefijo para (????): ‘junto a’ o ‘adjunta’) es un fenómeno psicológico donde un estímulo vago y aleatorio (habitualmente una imagen) es percibido erróneamente como una forma reconocible.

[17] Véase: Makic, Mario, “En busca de la ciudad perdida del Uritorco”, capítulo 9, en Cuadernos del camino. De Tierra del Fuego al cometa Halley, Editorial Marea, Buenos Aires, 2005.

[18] González, Ricardo, op.cit., pág. 42.

[19] La invocación, que fuera grabada oportunamente decía lo siguiente: Guama Imanuak/ Guana Igikuna/ Guana Cuatil/ Manuana Iku/ Naguana y Mu/ Eneguna Iuk/ Guana Iguaikuana/ Guana Guanta. ¿Qué significa esto? Sólo Acoglanis lo sabía. Sólo él entendía el idioma Irdín. Un desatino de principio a fin.

[20] Gonzáles R. y Villamil R., op.cit, pág. 43

[21] Ibídem, pág. 165.

[22] Ibídem, pág. 43.

[23]Véase: Los Diarios de Erks, autor Sarumah. Disponible en Web: http://www.erks.org/diarioerks1.htm

[24] Ibídem. Disponible en Web http://www.erks.org/diarioerks1.htm

[25] Ibídem. Disponible en Webhttp://www.erks.org/diarioerks1.htm

[26] Ibídem. Disponible en Webhttp://www.erks.org/diarioerks1.htm

[27] Aquellos que decidan conocer en detalle la delirante cosmovisión imaginada por Acoglanis no tiene más que consultar los “Diarios” arriba citados.

[28] Nota personal:En enero de 2015, mientras recopilaba información para la presente investigación en Capilla del Monte, tuve la oportunidad de contratar, en una conocida oficina de servicios turísticos del centro de la ciudad (y a precio bastante elevado por tratarse de una incursión espiritual), un tour nocturno a lo que llamaban “Las Puertas del Cielo”, un cerro de casi 1500 m.s.n.m. cercano a Los Terrones. El objetivo de la excursión era participar en una ceremonia de “sanación álmica”, en el corazón mismo del lugar en donde Acoglanis había dado origen a toda esta historia. El especialista que comandaba al grupo (de unas trece personas aproximadamente) se presentó como un “contactado” y discípulo de Trigueirinho. No bien hicimos cumbre (jamás olvidaré ese cielo maravilloso tachonado de estrellas titilantes) tendió una gran lona en la que todos nos sentamos en círculo. Acto seguido solicitó que apagáramos todas las linternas y la oscuridad (noche sin luna) nos tragó. Tardamos unos minutos en adaptarnos las tinieblas. Pero nada debíamos temer: el maestro sanador nos guiaba. Entonces, tras tocar lo que supuse era un xilofón (era un cuenco de bronce), y bajo la reververancia del sonido que salió del instrumento, dijo: “Pedimos a los maestros de Erks, nuestros ángeles custodios, que se hagan presentes aquí y ahora. Que descienda una campana de luz de bendición y ampliación de la conciencia para este grupo. Tomamos aire y vamos llenando de luz el corazón”. Acto seguido hizo que nos presentáramos. Me sorprendió que muchos dijeran que habían recibido un mensaje para concurrir a ese lugar. Evidentemente “querían creer”. No pude más que recordar el viejo film Encuentros Cercanos del Tercer Tipo. Entonces el gurú continuó: “Todos saben lo que es Erks. Encuentro de Remanentes Kósmicos Siderales. Ellos son como nosotros, pero sin cuerpos físicos, en otro estado de vibración evolutiva. Estamos ahora en el valle de Erks. Yo podría ahora convocarlos para que aparecieran, pero no lo voy a hacer. No sólo por el susto que se llevarían, sino porque vibratoriamente hay que tener un trabajo previo. Hay que estar preparado. Hay que tener una adecuación vibratoria para que uno se pueda entregar a ese tipo de experiencia.” En la siguiente hora y media habló sobre las experiencias de encarnación de las almas provenientes de ¡Orión! y de cómo cada uno antes nacer elige la familia en la que va a vivir. Obviamente no dejó de referirse a la reencarnación y las vidas anteriores como origen de los traumas. Toda una parafernalia pseudo-psicológica en la todo se mezcla con todo.

Como puede observarse, parte de las experiencias iniciadas por Acoglanis hace ya varias décadas (en lo que nuestro gurú llamó “El Portal de la Transformación”) siguen en pie. Vivas y redituables. (Archivo del autor).

[29] La teosofía o “Sabiduría e los Dioses” fue una sociedad mística fundada (entre otros) por la carismática y desquiciada Helena Petrovna Blavatsky. Madame Blavatsky, como era popularmente conocida, representa uno de los escalones más elevados del delirio esotérico del siglo XIX. Sus múltiples escritos, herméticos y misteriosos, dieron con el tiempo insospechados frutos en el árbol del irracionalismo occidental. Frutos que aún hoy siguen madurando en decenas de sectas, cofradías y grupos, extendidos a lo largo de todo el mundo, cuyas teorías explotan y difunden los iluminados obispos de la New Age. Rusa de origen, esta mujer obesa y de profunda mirada, transitó por cuanta actividad mistérica pueda uno imaginarse. Desde el espiritismo con base en la doctrina de Allan Kardec, hasta la supuesta canalización de información procedente de hermanos superiores que vivían en lo alto del Tíbet, en lo profundo de las selvas e, incluso, en subterráneas ciudades secretas, donde se conservaría el legado sapiencial de los antiguos atlantes (raza, según la iluminada rusa, de hombres superiores que habrían dado origen a todas las altas culturas de la antigüedad, a un lado y otro del océano Atlántico). Con base en estas ideas fundó en 1875 la Sociedad Teosófica, en la que se nuclearon importantes personalidades en torno a teorías de difusionismo cultural y de profunda raigambre racista. Todos ellos contribuyeron a reescribir (sin pruebas y con un estilo libre sorprendente) la historia completa de la humanidad (como lo hicieron, varías décadas más tarde, algunos miembros del partido nazi de Alemania).

[30] Respecto de la continuación de las enseñanzas esotéricas de Acoglanis, muchos cree que sus seguidores, tras el asesinato del gurú, dejaron las cosas en stand by  por temor a las mismas supuestas represalias que debió sufrir el médico griego. Aducen que se instauró un “pacto de silencio” muy difícil de romper y que ninguno de sus acólitos (incluso su viuda) da información de ningún tipo y menos que menos entrevistas (Di Prinzio sería la excepción). En nuestra opinión todo esto es parte del espíritu conspirativo que guía a los creyentes del tema.

[31] Dangel, op.cit. pág.92

[32] Nota: Ahora, si usted quiere tener millones de dudas irrazonables, la podrá encontrar por todos lados y de todos los colores.

[33] Nota: La famosa “huella” o “marca” en El Pajarillo (de la que se ha hablado tanto en los últimos 29 años) era un espacio quemado, de forma ovoide, que fue visto el 10 de enero de 1986, por la mañana y que habría sido hecho por una nave extraterrestre durante la noche anterior, al sobrevolar la zona. Casi de inmediato surgieron tres testigos de ese sobrevuelo misterioso: una abuela, su nieto de 11 años y la madre del mismo. Los “investigadores” locales los interrogaron, siendo el niño la “principal fuente de información”. De sus dichos se derivaron todas las hipótesis que siguen circulando hasta hoy. Véase en Web googleando “El Pajarillo”.

[34] Véase: Artículo El equipo de José. Disponible en Web: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-291-2002-07-28.html

 

[35] Dangel, G., op.cit., Pág. 27.

[36] Véase: Eco, Umberto, El péndulo de Foucault, Editorial Lumen, España, 1989.

[37]Pero a no sorprenderse. Algo similar ocurrió en otras partes del mundo. En Escocia, por ejemplo, los órganos gubernativos municipales han votado leyes/ordenanzas que protegen de cazadores inescrupulosos al mismismo monstruo del Lago Ness (un supuesto plesiosauro, remanente del período jurásico, que todavía nada en sus oscuras aguas); o en algunos territorios de Estados Unidos, que han hecho lo mismo con respecto al famoso Bigfoot (Pie Grande).Leyes que protegen quimeras. No porque la quimera exista objetivamente (sería un despropósito), sino por la cuantiosa suma de dinero que ésta le genera a esas regiones.

[38] Véase: Agostinelli, Alejandro, “…Y los ET nunca vinieron”, en Revista Descubrir, año 6, N°63, octubre de 1996, pág.87.

[39] Véase el excelente artículo de A. Agostinelli publicado en julio de 1986. Disponible en Web: https://es.scribd.com/doc/169291735/Ufo-Press-23-Julio-1986

[40] Ibídem, pág.8: https://es.scribd.com/doc/169291735/Ufo-Press-23-Julio-1986

[41] Ibídem, pág.7 : https://es.scribd.com/doc/169291735/Ufo-Press-23-Julio-1986

[42]Véase: Agostinelli, Alejandro, “La mancha de El Pajarillo: con pecado concebida”. Disponible en Web:http://factorelblog.com/2011/11/14/la-huella-del-cerro-pajarillo-con-pecado-concebida/

[43] Sus miembros afirmaron haber recibido mensajes telepáticos de naves extraterrestre un día antes de que apareciera la huella (¡¡). Entre otras cosas sostienen que en 1907 hubo un combate entre seres extraterrestres en el cruce la ruta 38 y la ruta 17 (camino a Los Terrones y Ongamira) (¡!). Lógicamente eran (¿son?) partidarios de creer que los pueblos originarios “tuvieron relaciones directas con los extraterrestres”.

[44] Ibídem, pág.9 : https://es.scribd.com/doc/169291735/Ufo-Press-23-Julio-1986

[45]Véase reportaje completo. Disponible en Web: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-291-2002-07-28.html

[46] Véase el excelente artículo de A. Agostinelli publicado en julio de 1986, Pág.9. Disponible en Web: https://es.scribd.com/doc/169291735/Ufo-Press-23-Julio-1986

[47]  Agostinelli, Alejandro, “…Y los ET nunca vinieron”, en Revista Descubrir, año 6, N°63, octubre de 1996, pp. 87-88.

[48] Véase en Web artículo: http://factorelblog.com/2011/11/14/la-huella-del-cerro-pajarillo-con-pecado-concebida/

[49] Ibídem.

[50] Llama la atención lo siguiente. En el año 2012, en un reportaje que Alejandro Agostinelli le hiciera al intendente de Capilla del Monte (Gustavo Sez, creyente en los ovnis e hijo del jefe comunal en los días en que apareció la huella), éste aseguró no conocer la hipótesis planteada por el bombero. Véase en Web reportaje: http://factorelblog.com/2013/02/07/festival-alien-2013-el-uritorco-tira-los-platillos-por-la-ventana/

[51] Es de notar que e intendente Gustavo Sez, en la entrevista antes citada, se agarró de la historia del sauce para rebatirle al periodista ciertos comentarios escéptico al respecto.

[52] Agostinelli, op.cit pág. 9. Disponible en Web: https://es.scribd.com/doc/169291735/Ufo-Press-23-Julio-1986

 

[53] Entendidos en el sentido que le dieron los filósofos griegos a partir del siglo V a.C., es decir, como sinónimo de “mentira”, “falacia”, y no bajo la acepción que tiene dentro de la historia de las religiones, “relato sagrado que explica el origen de las cosas”.

[54] Véase: Brienza, Hernán, Los Buscadores del Grial en la Argentina, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2009.

[55] Coincidentemente con los renovados bríos de esos antiguos mitos difusionistas del siglo XIX, el mercado editorial de mediados de la década de1980 empezó a poblar las mesas de novedades de las librerías con un tipo de material bibliográfico que también reciclaba viejas mentiras, está vez de las décadas de 1940 y 1950, referidas a la presencia de nazis en Sudamérica, y más específicamente en Argentina. A partir de entonces, se impuso una tendencia que el historiador Ignacio Klich denomina revisionista (atención con no confuir este término con posturas reivindicativas del régimen nazi) [VÉASE: Klich, Ignacio y Buchricker, Cristian, Argentina y la Europa del Nazismo. Sus Secuelas, Editorial Siglo XXI, Buenos Aires, 2009]. Libros, artículos, reportajes y documentales/ficción se encargaron de volver a instalar la idea de que Argentina había sido, en los años posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial, un nido de nazis en el que empollaron miles y miles de criminales de guerra, entre ellos los más altos jerarcas del caído régimen alemán. Como no podía ser de otra manera, el mito más impactante se revitalizó y no fueron pocos los que con seguridad obispal sentenciaron (y lo siguen haciendo) que el mismísimo Adolf Hitler se había trasladado a nuestro país, deambulando por diferentes rincones de Argentina (la costa patagónica, Bariloche, Mar del Plata, La Falda y Miramar en Córdoba, sin adentrarnos en aquellos que sostienen haberlo visto de tour por España, la Antártida o el Tíbet) [Véase al respecto nuestro trabajo previo Hitler y los Misterios del Gran Hotel Viena. Disponible en Web: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/soto_fernando/hitler_y_los_misterios_del_gran.htm]. Toda esta producción revisionista partió de una serie de prejuicios, ideas y rumores que estuvieron presentes y circularon, como ya dijimos, hacia el final del conflicto, pero que en años posteriores se probaron completamente falsos. El primero de esos supuestos fue la fobia al peronismo. Todos los autores que se inscribieron en esta línea pretendieron denostar con denuncias al régimen de Juan D. Perón, tildándolo casi de un IV Reich latinoamericano, abierto a recibir a cuanto asesino nazi tocara las puertas. Cualquier estudio histórico cierto (y el de Ignacio Klich lo es) relativiza y pone en tela de juicio esta generalización exagerada y falsa. En segundo lugar, los escritores, devenidos en tardíos cazadores de nazis, carecieron (todos) de formación histórica. No eran (no son) historiadores profesionales (por más que se autotitulen de ese modo), sino periodistas; muchos de ellos proclives al sensacionalismo y a las conspiraciones políticas, con una absoluta falta de crítica histórica y sustento documental (basta con hojear la mayoría de ellos para observar la carencia de citas documentales y bibliográficas) [Tal vez sea Uki Goñi el más serio y mejor documentado de todos ellos]. Lo que la mayoría hizo, con mayor o menor éxito, fue repetir falsedades  instaladas en el imaginario de la gente. Así nacieron el perdido tesoro (oro) nazi, las deambulaciones ya citadas de Hitler y su secretario Bormann por el mundo, la llegada de submarinos a las costas de la Patagonia cargando jerarcas en fuga y, finalmente, la presencia de expediciones secretas de nazis en la zona de Capilla del Monte y el Uritorco en pos de objetos de poder. [Ya fuera del campo de este revisionismo periodístico, habría que considerar también esa tendencia que liga a los nazis con ovnis, experimentos parasicológicos, viajes en tiempo y contactos con entidades de otros planetas].

[56] Véase: Terrera, Guillermo, Wolfram Eschenbach, Parsifal, Orfelio Ulises – Leyenda y Metafísica, Tercera edición. Del autor, Buenos Aires, 1991. Y Terrera, Guillermo; Antropología Metafísica. El Bastón de Mando y los Triángulos de Fuerza, Editorial Kier, Buenos Aires, 1987.

[57]Véase. Disponible en Web: http://www.taringa.net/comunidades/literario/1141770/Vida-y-muerte-de-Orfelio-Ulises.html

 

[58] Últimamente, el periodista Jorge Camarassa, en su libro Historias secretas de Córdoba, agregó que Orfelio Ulises vivió largo tiempo en el pueblo de Villa Bustos (Córdoba) dando clases particulares de matemática y reuniendo a sus seguidores en torno a la Escuela Primordial de las Antípodas, grupo esotérico que él mismo fundara y en el que participaba el padre de Guillermo Terrera, desde 1939. De ahí el contacto que posteriormente tuvo con el aún joven abogado devenido en maestro del hermetismo y portador del Bastón de mando hasta el día de su muerte en 1998.

[59] Esta tan singular literatura habla de muchas ciudades intraterrenas desperdigadas por el mundo. El planeta, como diría el inefable Fabio Zerpa, es como un queso gruyere, repleto de cavernas y túneles interconectados en los que parece viven seres un tanto diferentes a nosotros. Un listado de centros intraterrenos o accesos a ellos (seguramente incompleto) debería tener en cuenta a los siguientes: Erks (Córdoba, Argentina), Shambhala (Tíbet), Belukha (Siberia), Monte Horeb (Sinaí), Monte Etna (Italia), Monte Perdido (Pirineos), Montserrat (España), Monte Shasta (California), Culiacán (Mexico), Ciudad Blanca (Honduras), Laguna de Guatavita (Colombia), Roraima (Venezuela), Cueva de Los tayos (Ecuador), Cusco (Perú), Paititi (Selva amazónca peruana), Marcahuasi (Perú), Puerta de Amaru Muru (Bolivia), Sajama (Bolivia), Sierra do Roncador (Brasil), Talampaya (La Rioja, Argentina), Isidris (Mendoza, Argentina), Somuncurá (Patagonia, Argentina).

[60] En Busca  de Shambhala. Disponible en Web: http://www.bibliotecapleyades.net/vida_alien/alien_races11.htm

[61] González, R. y Villamil, R., op.cit, pág. 109

[62] Ibídem, pág. 109.

[63] Ibídem, pp.-109-110.

[64] En un viaje al Perú, realizado en el año 1985, el autor pudo entrar en contacto con un joven cantor ambulante en la ciudad costeña de Nazca (famosa por sus gigantescos geoglifos de la Pampa Colorada) que le refirió una extraña historia sobre “indios blancos” en las selvas cercanas a Iquitos. Relató que “hacía ya unos años” había sufrido una enfermedad a la que ningún médico de Lima le había podido encontrar cura. Estaba perdiendo peso y su salud empeoraba día a día. Sabiendo que se moría, decidió regresar a su pueblo natal, en plena selva. Hacía tiempo que no lo visitaba y en ese viaje, que suponía el último, se encontró con un viejo amigo de la infancia que sorprendido al verlo tan desmejorado, decidió llevarlo a una comunidad aborigen, a varios días de caminata, en donde lo sanarían. El cantor ( que contaría con unos 35 años cuando transmitió esta historia) describió a los indios con unas características sorprendentes: altos, delgados, rubios y extremadamente blancos. Vestían túnicas que resaltaban la bondad que tenían, y poseían, dijo, la capacidad para comunicarse telepáticamente. Permaneció con ellos durante tres meses. Sus cuidados y atenciones, como así también el uso de plantas medicinales desconocidas por los farmacéuticos de las ciudades costeras del Perú, le salvaron la vida. También comentó que estos hombres “superiores” eran protectores de una ciudad perdida, conocida con el nombre de Paititi, y que escasa personas conocían la existencia de esa misteriosa tribu [FJSR].

[65] Sobre la Ahnenerbe no hay demasiados trabajos serios publicados en castellano a no ser la obra de Heather Pringle, El Plan Maestro. Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi [Editorial Debate, Argentina, 2008] y su antecesor, el libro de Michael Kater, Das Ahnenerbe der SS 1935-1939, publicado en 1974. pero a lo largo de la década de 1980 el tema fue cajoneado. Había todavía en actividad muchos ex miembros de la organización trabajado como académicos en universidades de Alemania Occidental y Oriental. Cuando en 1989 cayó el Muro de Berlín, y dos años después el Comunismo soviético, el asunto se reactivó llegándose a organizar un congreso que versaba sobre los Nazis y la Prehistoria, a cuya cabeza estaba el Profesor Achim Leube (académico del lado Este). Kater y Leube encontraron, pues, indicios de las operaciones realizadas por la Ahnenerbe en el exterior. Finalmente Pringle, desenterró casi 1000 documentos originales que han permitido reconstruir parte de las tareas que allí se cumplieron y, aún más interesante, aquellas que NO se habían realizado.

[66] Para conocer en detalle este fenómeno sociológico véase: Otamendi, Alejandro, El turismo místico-esotérico en la zona del Uritorco (Córdoba, Argentina). Síntesis de una perspectiva etnográfica. Disponible en Web:http://revistas.univerciencia.org/turismo/index.php/rbtur/rt/printerFriendly/101/140

[67] Muchos son los que se arrogan la potestad de este enorme cambio. Desde Fabio Zerpa, pasando por Guillermo Terrera, Gustavo Fernández o el IPEC. En todo caso, de lo que no hay controversia, es en el rol fundamental que tuvieron los medios de comunicación en la difusión del asunto. Para algunos el papel que jugó José de Zer (Nuevediario) fue clave; para otros, el periodista Enrique Sdrech (diario Clarín) fue el primigenio auspiciante del fenómeno.

[68]Véase: Fernández, Gustavo, La Mentira filonazi de Guillermo Terrera. Disponible en Web: http://www.bolinfodecarlos.com.ar/270314_templarios.htm

Agostinelli Alejandro. Guillermo Terrera: a dónde va el fundamentalismo mágico. Disponible en Web: http://www.elojoesceptico.com.ar/revistas/eoe05/eoe0508

[69]En las siguientes direcciones Web el lector podrá escuchar partes de dos conferencias que Terrera realizara en Capilla del Monte hacia el año 1994. Es interesante escuchar no sólo lo que dice sino cómo lo dice. Disponible en Web:  http://www.ivoox.com/programa-radio-ovni-del-15-02-2011-prof-guillermo-audios-mp3_rf_536976_1.html y la segunda: http://www.ivoox.com/programa-radio-ovni-del-03-05-2011-prof-guillermo-audios-mp3_rf_641707_1.html

 

 

[70] Citado en Web: http://www.bolinfodecarlos.com.ar/270314_templarios.htm

[71] Ibídem.

[72] El texto completo y traducido al español del Parzifal de Eschenbah. Dispnible en Web: https://drive.google.com/folderview?id=0B1JOCjHNuc90YTNiZTk1NDktMmUzOC00ZTdhLThiZTMtZTAyYTdkNTI4Zjdm&usp=sharing

[73] Anónimo, Perlesvaus o El Alto Libro del Graal, Ediciones de Victoria Cirlot Siruela, Madrid, 1985.

[74] Véase: Goñi, Uki, La Auténtica Odessa, pág. 147.

[75] Se supone que en esos años debió conoce a Guillermo Terrera en el ámbito universitario que compartían.

[76] Véase: Mahieu, Jacques de, La Geografía secreta de América antes de Colón, Editorial Hachete, Buenos Aires, 1974.

[77] Véase: Mahieu, Jacques de, El Gran Viaje del Dios-Sol. Los vikingos en México y en el Perú (967-1532), Editorial Hachete, Buenos Aires, 1981.

[78] Véase: Mahieu, Jacques de, La Agonía del Dios Sol. Los vikingo en el Paraguay, Hachette, Buenos Aires, 1977,

[79] Véase: Mahieu, Jacques de, El Imperio Vikingo de Tiahuanaco, Hachete, Buenos Aires, 1985.

[80] Véase a Jacques de Mahieu disertando estos delirios en https://www.youtube.com/watch?v=goWqtbbmDik

[81] Hoy se sigue buscando lo mismo. La diferencia radica en que Dios ha sido suplantado por extraterrestres.

[82] Según los rumores, el Bastón de Mando lo tienen los hijos de Terrera; quienes lo enterraron en un “lugar seguro” a la espera del momento justo. Otra versión sostiene que uno de los hijos lo puso en venta, pidiendo un millón y medio de dólares. Que se sepa, el Bastón todavía no fue adquirido por nadie.

[83] Brienza, Hernán, Los Buscadores del Santo Grial en Argentina, op.cit.

[84] Kolmann, Raúl, Las Sombras de Hitler. La vida secreta de las bandas neonazis argentina, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2001.

[85] Raúl Kolmann señaló oportunamente a Martí como un asiduo colaborador de la revista El Fortín, dirigida por Marcos Ghío; una publicación de ultraderecha, seguidora de las ideas de Julius Evola, enemiga de la modernidad, de la democracia y promotora del espíritu aristocrático, tanto como el honor y la valentía. Ghío también sostiene que el Grial está en nuestro país.

[86] Ibídem, pág. 28.

[87] Transcripción cita en el libro de Hernán Brienza, op.cit pp. 133-134

[88] El Golfo de San Matías es uno de los pocos lugares del mundo que posee mareas que oscilan de los 9 y 10 metros entre la bajamar y la pleamar. Literalmente la playa entera aparece y desaparece a diario, siendo hoy uno de los atractivos turísticos más destacados del balneario Las Grutas.

[89] Barda es el nombre que los geólogos le dan a las mesetas  aisladas junto al mar.

[90] El Grupo Delphos estuvo trabajando por más de una década en diferentes zonas de la provincia de Río Negro, en donde dicen que hallaron numerosos vestigios de presencia templaria, entre ellos un enorme bloque de piedra de casi un milenio de antigüedad tallado con una cruz y varias tejelas de forma triangular utilizadas para proteger fortalezas que guardan extraña similitud con otras de su tipo ubicadas en el fuerte de Tintagel, sitio en el que habría nacido el rey Arturo, legendario monarca de la Inglaterra medieval cuyo mito estuvo siempre ligado de alguna forma a la historia de los templarios. Nada de esto fue presentado para un estudio serio. Nos quedamos sólo con el comentario que ellos hicieron. Cuando alguien le preguntó a Martí dónde estaba el famoso molde con la cruz templaria dijo: “Guardado en un lugar seguro”. Es todo muy poco serio. Aunque dicho con un tono grave de seria autoridad.

[91]Véase: Alberto, Carlos, Patagonia el confín secreto del Grial. Disponible en Web: http://www.diagonales.com/sociedad/195877-nota-195877-patagonia-el-confin-secreto-del-santo-grial.html

[92] Tumbas galesas con supuestos símbolos templarios en el cementerio de Trelew, aparentes grifos gigantes que representarían runas vikingas en Telsen y demás indicios que no tienen lógica y asidera alguno, más allá de la imaginativa fantasía de quien los interpreta.

[93] Una historia contada por Marti prefigura qué tipo de personas son las conforman e grupo que presidía. Relató el ingeniero que Delphos tiene una ceremonia de iniciación que consiste en pasar una noche entera, a solas, en la cima del Fuerte Argentino. Esa prueba es por demás traumática y peligrosa al punto que muy pocos valientes han podido soportarla. El motivo de semejante dificultad es que por la noche el iniciado es sorprendido y mortificado por ¡gnomos! Sí, leyó bien: gnomos. Además, sostenía que la meseta se defiende sola y que tiende a expulsar a los que no desea lanzándoles truenos y tormentas. Hay que pedir permiso para entrar en ella, decía Marti. A pesar de todos estos delirios, debemos convenir que comparados con los del Uritorco y Capilla del Monte son dislates un poco mas controlados, aunque ya explotados turisticamente como se observa en la pagina de Factbook “Telsen ruta de templarios”.

[94] Hasta hace poco tiempo nadie sabía a ciencia cierta dónde estaba esa bendita puerta de piedra. Según el History Channel (poco confiable por cierto)existe una filmación, descontextuada por completo e imposible de usar como prueba, en la que se observaba una pared de piedra con forma de puerta (“con la apariencia de haber sido cerrada desde adentro”). Eso bastó para que el delirio esotérico se desatara. Es de destacar que por Internet circulan fotos que muestran a varios grupos de personas posando frente a la consabida puerta. ¿Guardarán e secreto por mucho tiempo más o el negocio del turismo local develará el misterio para siempre? Otro seguidor de las teorías del nazi Jacques de Mahieu afirmó haber ubicado la puerta. Véase en Web: http://www.diariocronica.com.ar/80190-descubren-restos-de-presencia-templaria-en-la-provincia.html

[95] Véase: Pesaresi, Marc, Los Templarios en la Patagonia. Disponible en Web : http://patagoniayprotestante.blogspot.com.ar/2011/05/templarios-en-patagonia.html

 

[96] De Gandía, Enrique, Historia Crítica de los Mitos y Leyendas de la Conquista Americana, Centro Difusor del libro, 1946, pp. 251-252.

[97] En un viaje al Perú, realizado en el año 1985, el autor pudo entrar en contacto con un joven cantor ambulante en la ciudad costeña de Nazca (famosa por sus gigantescos geoglifos de la Pampa Colorada) que le refirió una extraña historia sobre “indios blancos” en las selvas cercanas a Iquitos. Relató que “hacía ya unos años” había sufrido una enfermedad a la que ningún médico de Lima le había podido encontrar cura. Estaba perdiendo peso y su salud empeoraba día a día. Sabiendo que se moría, decidió regresar a su pueblo natal, en plena selva. Hacía tiempo que no lo visitaba y en ese viaje, que suponía el último, se encontró con un viejo amigo de la infancia que sorprendido al verlo tan desmejorado, decidió llevarlo a una comunidad aborigen, a varios días de caminata, en donde lo sanarían. El cantor ( que contaría con unos 35 años cuando transmitió esta historia) describió a los indios con unas características sorprendentes: altos, delgados, rubios y extremadamente blancos. Vestían túnicas que resaltaban la bondad que tenían, y poseían, dijo, la capacidad para comunicarse telepáticamente. Permaneció con ellos durante tres meses. Sus cuidados y atenciones, como así también el uso de plantas medicinales desconocidas por los farmacéuticos de las ciudades costeras del perú, le salvaron la vida. También comentó que estos hombres “superiores” eran protectores de una ciudad perdida, conocida con el nombre de Paititi, y que escasa personas conocían la existencia de esa misteriosa tribu [FJSR].

Comentarios

  1. Mabel

    20 marzo, 2015

    El viaje de la naturaleza humana es una gran aventura, en la cual no estamos solos, vivimos rodeados de tantas cosas que no sabemos ciertamente lo que hay más allá. Es la propia Naturaleza y sobre todo las civilizaciones que te ayudan a investigar ciudades escondidas, tesoros ocultos. Esto es una realidad, la búsqueda intensa del ser humano y una fuente de Naturaleza por analizar, investigar científicamente todos los restos que se hayan encontrado y más que habrá. Una Ciudad perdida que todavía está enterrada. Un abrazo y mi voto desde Andalucía.

  2. Wolfgang

    24 marzo, 2015

    Pena que no pudiera leerlo entero, pero lo que leí me gustó. Si se fueron para allá los misterios es que toda Europa la teníamos ya muy conocida y a algún lugar había que ir y fijar lo inexplicable. Lo bueno es que genera turismo jaja.

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