El viejo y la india

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Empuja una silla de ruedas en la que va sentado un anciano decrépito y con cara de pocos amigos. Habla solo o quizás le hable a ella, pero ella no lo escucha o hace como que no lo escucha. Ya ha cumplido los treinta años y su piel, negra de revoluciones, delata que este viejo y miserable país no es el suyo. Van caminando por una de las arterias de un barrio obrero, con demasiados parados sentados en los bancos a ver pasar el día. Nadie se gira al verla pasar, a pesar de llevar grabado a fuego en su piel y en sus ojos su pasado amerindio, no es una de esas mulatas de bandera que van dejando un reguero de cuellos rotos a su paso. Ella es bajita, con los ojos muy grandes y viste una falda larga, hasta los tobillos y sandalias marrones. Empuja la silla de ruedas con desgana, ausente. El viejo de vez en cuando refunfuña y tose y escupe al suelo.

Pero ella no está ahí realmente. Ella no está empujando esa silla de ruedas por alguna calle de Vallecas o del Raval o del Zaidín. Ella realmente está en un asado donde su primo, quizás bañándose en la pileta, allá en Rosario, y mateando mientras escucha “Sr Cobranza” de Bersuit Vergarabat, feliz y despreocupada, sin problemas por no tener para pagar la luca y media que vale el alquiler de su departamento. Ella no está aguantando las impertinencias de este viejo, con pinta de cadáver, maleducado y racista, si no que está tomando aguardiente mientras mueve las caderas al compás de una cumbia o preparándole a su negro un sancocho con su choclo y su ají allá en Dosquebradas. Ella no está repitiendo un día tras otro la misma rutina. Ella está paseando por la Colonia Condesa porque va a salir a pistear con las amigas al Barracuda y quizás se entone y se beba unos caballitos de Herradura reposado y pierda la vergüenza y se acerque a aquel grupo de güeros con pinta de fresas para decirles “Qui hubo carnales? Délen, vénganse con nosotras”. Ella está con su madre y sus hermanas, riéndose mientras caminan por La Mariscal, viendo desde la plaza Foch, como el sol muere en aquella falsa frontera entre el Norte y el Sur que es el ecuador.

Pero la verdad, la puta realidad, es que está cuidando, cobrando una miseria, a un viejo al que su familia no quiere. Un viejo que es una carga para sus hijos, que fue un cabrón con ellos y que sólo esperan que muera pronto. Por eso en lugar de ingresarlo en una residencia o preocuparse ellos mismos porque su padre pase sus últimos años de la mejor manera posible, le pagan cuatro cochinos euros a una inmigrante y que ella lo aguante. Un viejo que le ha hecho despertar de su viaje imaginario porque después de bajar un escalón se ha revuelto y le ha escupido en la cara: «Ten más cuidado, india de mierda”. Y ella, que lleva en su sangre la insurgencia y la rebeldía de siglos de lucha, aprieta los dientes y suspira. Y resignada sigue, calle abajo, empujando esa maldita silla de ruedas.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    9 marzo, 2015

    Hay que tener mucha paciencia y tomarlo con calma, porque nos puede pasar a nosotros. Ya sabemos que la mayor desgracia del ser humano se guía por nuestro instinto, tenemos que ser personas y razonar como tal. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

  2. Imagen de perfil de Ekari Victoria

    Ekari Victoria

    10 marzo, 2015

    Que cruel destino, compadezco sus desgracias. Me gustaría pensar que ella puede volver a su tierra y hacer realidad sus deseos. Me has hecho sentir el relato, maravilloso. Mi voto y saludos desde Venezuela.

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