Gajos de naranjas de Jacqueline Cruz, un canto a la libertad y la autonomía

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Hola, Jacqueline. Para comenzar, me gustaría que nos cuentes qué es exactamente Gajos de naranjas.

Gajos de naranjas es una historia de encuentros y desencuentros, contada de manera amena e incluso a ratos con cierta “frivolidad”, pero también, según señaló Montserrat Cano en la presentación de la novela, con reflexiones profundas sobre temas universales como el amor (con todas las comillas que le pondría la protagonista, Sara), la búsqueda de la felicidad y la culpa. Pero es ante todo un canto a la libertad y la autonomía, y una invitación a que dejemos de buscar “medias naranjas” o incluso, obviando el toque paródico del título, “gajos”, porque tod@s (mujeres y hombres) somos ya naranjas enteras.

 

Al leer Gajos de naranjas me pasaron dos cosas muy concretas: la primera es que me enganché enseguida (algo poco común) y la segunda es la forma en que el lector se identifica con Sara y con su mundo, su forma de ser y buscar estar en esta vida. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué crees que Sara es tan íntimamente nuestra, que nos resulta tan fácil entenderla?

Me parece muy interesante que me digas eso. He percibido, por las personas que han leído la novela, que Sara “llega” a l@s lectoras/es incluso cuando no comparten su filosofía vital y su actitud ante las relaciones sexuales o de pareja. Yo creo que se debe a que es una mujer profundamente contradictoria, con unos principios muy claros, pero que constantemente chocan con la realidad que la rodea y a menudo también con sus propias emociones. Una mujer que oscila entre el voluntarismo y el desaliento, entre la autosuficiencia y la necesidad de afecto, entre el rencor y el sentimiento de culpa, entre la valentía y el miedo… Más allá de las características concretas del personaje, que es muy poco convencional, creo que ese tipo de paradojas y luchas interiores las compartimos tod@s.

 

Una de las cosas que fácilmente se detecta en las novelas realistas, es la vaciedad de los diálogos. Y es curioso porque en Gajos de naranjas muchos diálogos parecen anodinos (como suele ser el primer encuentro con un hombre o la conversación con una amiga de toda la vida), pero al transcurrir las líneas uno se da cuenta de que, por el contrario, son diálogos vitales que ilustran la psicología de un personaje o un estado de ánimo. ¿Cómo se escribe sobre la cotidianidad de las cosas? ¿Cómo se sabe cuándo un diálogo, por más trivial que parezca al principio, sirve para construir la trama?

La dificultad a la hora de escribir diálogos es alcanzar un buen equilibrio entre ese componente “anodino” que tienen todos los diálogos de la vida real y el carácter excesivamente explicativo, y por tanto artificioso, de muchos diálogos literarios (en la vida real nadie habla durante “una página entera”). Quizás porque estoy muy influenciada por el cine, me los planteé como diálogos de película, sin olvidar, claro está, las diferencias entre ambas artes. Intenté transmitir algunos de los aspectos cotidianos de la conversación y, al mismo tiempo, ir dosificando dentro de ellos información sobre el pasado de los personajes y sobre los sucesos de la trama que tienen lugar entre las elipsis. ¿Cómo se sabe si se ha logrado ese equilibrio? En mi caso, dejándolos reposar y mirándolos después con ojos de “lectora”, y escribiendo y reescribiendo hasta sentir que contenían sólo lo necesario, sin nada superfluo. Ahora bien, en última instancia es a l@s lectoras/es a quienes les compete determinar si verdaderamente lo he logrado.

 

Está claro que la historia de Sara es la de una mujer de 41 años que evita las relaciones de pareja convencionales, limitándose a entablar relaciones sexuales, a menudo a través de una página de contactos por Internet y en ese sentido es una historia profundamente contemporánea. ¿Representa Sara a una generación de mujeres que han luchado por su independencia y en ese sentido han pagado algún precio?

Yo no diría que representa a toda una generación, ni siquiera a una sola generación. A lo largo de la historia, las mujeres siempre hemos tenido que pagar un alto precio por la independencia. Pienso en dos poemas que cito en la novela, “La loba” de Alfonsina Storni (escrito hace casi un siglo) y “Cabra sola” de Gloria Fuertes (hace casi medio siglo), cuyas hablantes proclaman orgullosamente su autonomía, pero no sin un deje de tristeza, precisamente a causa de ese precio a pagar, que es la incomprensión del entorno y, por consiguiente, la soledad. Y creo que, mientras no se construya una sociedad plenamente igualitaria en términos de género, las mujeres, de todas las edades, seguiremos enfrentándonos a esa disyuntiva entre dependencia y soledad.

 

Al respecto, debajo de esa aparente trama donde se circunscriben las relaciones de Sara con los hombres (y amig@s) hay una lectura profunda de la precariedad de los vínculos humanos en la modernidad, en el sentido en que lo expresa Bauman: «dar cuenta de una sociedad individualista, marcada por el carácter transitorio y volátil de sus relaciones». ¿Lo ves así? ¿Eras consciente de la dificultad de estos vínculos al escribir Gajos de naranjas?

Pues sí y no. No, porque creo que la transitoriedad y volatilidad de las relaciones sexo-amorosas es algo consustancial a ellas, y no necesariamente una consecuencia de nuestra “sociedad individualista”. Al contrario, en ese sentido hemos avanzado, porque en otras épocas las relaciones eran forzosamente permanentes, a menudo con mucho sufrimiento por una o ambas partes. Pero sí, en la medida en que elegí como hilo de conductor los contactos por Internet. Creo que la proliferación de este tipo de páginas, y no sólo las de “búsqueda de pareja”, que son las que aparecen en Gajos, sino también muchas otras dedicadas a actividades lúdicas y culturales, emblematiza la dificultad, en la sociedad contemporánea, y especialmente en las grandes ciudades, para, no ya sólo entablar “vínculos”, sino incluso “contactos”, de manera espontánea. Tal vez por eso le “regalé” a Sara dos amig@s, Gabriela y Jaime, “de toda la vida”, con los que mantiene unos vínculos muy sólidos, por oposición al carácter “líquido” de sus otras relaciones.

 

Otras de las cosas que tanto me han gustado de Gajos de naranjas es la sensación de superación. Pese a todos los esquemas mentales de Sara, termina sumergida en una relación, con Raúl, que, de alguna forma, rompe sus «principios». ¿Qué pasa realmente con Raúl? O mejor dicho, ¿qué representa esta aparición…?

La aparición de Raúl provoca una especie de tsunami en la vida de Sara, que la obliga a cuestionarse tanto sus opiniones sobre las relaciones y los hombres como lo que él llama sus “sacrosantos principios”. Es un tipo de hombre que ella no cree que exista, en el sentido de que, aunque es absorbente y posesivo, como ella piensa que lo son todos, no está tan segura de que ello se deba al simple cómodo deseo de tener a alguien que “lo cuide, lo mime y le lave la ropa”. Por otra parte, le suscita una pasión a diversos niveles, “el emocional, el sensorial y el intelectual”, algo que al parecer, aunque no conozcamos muchos detalles de sus relaciones anteriores, no le ha suscitado ningún otro amante, y ello la obliga también a reflexionar sobre el “amor” y a intentar dilucidar si realmente existe o bien, tal como ella ha sostenido siempre, “no es más que literatura, discurso, el nombre que se da a la dependencia del otro, al miedo a la soledad, a la búsqueda de un interlocutor o testigo de la propia vida, una entelequia, en suma”.

 

Otro de los puntos fuertes de Gajos de naranjas es el equilibrio entre los pasajes eróticos y la trama; nada sobra, no hay artificios al respecto. De hecho, en algún momento (por el tono del libro) es el mismo lector el que pide «meternos en la cama con Sara», ir más allá de la descripción. ¿Cómo es escribir una escena erótica? ¿Cómo se escapa del facilismo del sexo, muy de moda en la literatura «para mujeres» (muchas, muchas comillas…)?

Jaja, me gusta eso de que dan ganas de «meternos en la cama con Sara». No me resultó nada difícil escribir esas escenas y fueron las que menos tuve que retocar y pulir en los sucesivos borradores. Tenía muy claro que quería describir la sexualidad desde una perspectiva femenina (en este caso heterosexual) y prescindiendo de cualquier modelo literario, porque en la mayor parte de los casos el erotismo femenino se sigue describiendo desde el punto de vista masculino, incluso por parte de muchas mujeres, tal vez precisamente por la ausencia de modelos en los que inspirarse. Quería que fuese, además, una sexualidad, citando a Lourdes Ventura, “lúdica y asertiva”, como la que indudablemente vivencian muchas mujeres en la realidad, pero que rara vez vemos representada en la literatura o el cine, donde la sexualidad femenina suele oscilar entre la insatisfacción enfermiza y la promiscuidad patológica. Por último, tenía claro que no quería caer en el “sensacionalismo” propio de esa literatura presuntamente (muy presuntamente, como bien señalas) “para mujeres”, por lo que, aunque intensas y variadas, las experiencias eróticas de Sara son relativamente “convencionales”, en el sentido de que en ningún momento aparecen prácticas sadomasoquistas, ni tríos ni fantasías extravagantes.

 

Metiéndonos en cuestiones más puramente técnicas, Gajos de naranjas parece escrita en primera persona (una especie de flujo de conciencia ordenado); sin embargo, es una tercera persona muy próxima al personaje… Para este tipo de historias intimistas no suele funcionar la tercera persona y sin embargo no es el caso de Gajos… ¿Por qué elegiste esa voz narrativa? ¿No crees que una primera persona profundiza más en la cosmovisión del protagonista? ¿Temiste «quedar pegada» a Sara?

Desde el primer momento me planteé una narración en tercera persona con el foco en Sara, de tal manera que l@s lectoras/es tuvieran las mismas incertidumbres que ella con respecto a lo que piensan y sienten l@s demás. Sin embargo, nunca me planteé utilizar una narradora en primera persona. Creo que, aunque Sara es muy introspectiva, la representación de sus contradicciones en primera persona habría resultado algo forzada o habría requerido un flujo de conciencia mucho más “desordenado” (y por tanto más difícil de escribir). Tampoco las escenas eróticas funcionarían tan bien contadas por un “yo”. Aun metiéndome en su cabeza, yo quería ver a Sara desde fuera, como a través de una cámara, quizás porque la novela tiene un claro componente cinematográfico.

 

Por lo demás, solemos hacer la pregunta de cómo ha sido el proceso creativo de Gajos de naranjas, acaso porque muchos lectores de Falsaria son, a su vez, escritores en potencia.

El germen de la novela fue el deseo de crear un personaje que rompiera con los estereotipos femeninos todavía imperantes en la literatura y el cine, y, sobre todo, de contar las experiencias y los conflictos de una mujer sexualmente libre y emocionalmente independiente.

Escogí los encuentros por Internet como hilo conductor, porque pienso que, como señalé antes y como explica la propia Sara, “radiografían de manera muy certera las relaciones sexo-amorosas en la sociedad actual”, y el encuentro con un hombre en concreto, Raúl, como eje del conflicto. Posteriormente fui construyendo a los personajes secundarios –el propio Raúl, su hija Laura y l@s amig@s de Sara, Gabriela y Jaime (cuidándome mucho, por cierto, de no caer tampoco en estereotipos masculinos)– y les inventé historias y relaciones que pudieran servir de contrapunto a la(s) de Sara.

Antes de empezar a escribir, diseñé la estructura global de la novela, con un primer esbozo de los sucesos y los escenarios de cada capítulo y cada escena, de tal manera que la trama principal y las secundarias estuvieran bien trenzadas y dosificadas.

Ésta fue, claro, la parte fácil. Luego fui escribiendo y retocando cada capítulo (yo escribo en sucesivos, casi infinitos, borradores) y, una vez terminados, hice nuevos sucesivos borradores del conjunto, ajustando detalles y llenando lagunas, pero, sobre todo, podando, podando mucho.

 

Teniendo en cuenta que escribes una literatura moderna (ágil, diálogos largos, capítulos cortos), ¿quiénes son tus referentes literarios? ¿Quién te inspira?

En la concepción del personaje de Sara, tenía presentes a varias poetas, a las cuales cito dentro de la novela, y también a algunas cineastas (Pilar Miró, Dolores Payás y Manane Rodríguez). Sin embargo, tal vez porque me dedico profesionalmente a la filología y me especializo en la literatura escrita por mujeres, a nivel estilístico no tenía ningún referente concreto en mente a la hora de escribir, sino muchos ya interiorizados. Más de una persona me ha dicho que mi novela le recuerda a las de Carmen Martín Gaite –lo cual me halaga enormemente– y es posible que, además de un referente conceptual (su idea de la “búsqueda del interlocutor” citada en el epígrafe), fuera también un referente estilístico “inconsciente”, puesto que admiro su escritura y la he estudiado a fondo.

 

¿Deseas agregar algo más?

Sólo invitar a tod@s l@s lectoras/es a sumergirse en el mundo y los conflictos de Sara, independientemente de su género y generación, porque se trata de una novela para todos los públicos… aunque, eso sí, de dos rombos.

 


Datos de la Autora

  • Nombre: Jacqueline Cruz
  • Género del libro: Novela
  • Nacionalidad: España
  • Bio: Neoyorquina de nacimiento, gallega y cubana por herencia, y canaria de adopción, alma nómada que también vivió en Sevilla y actualmente reside en Madrid, Jacqueline Cruz es profesora universitaria e investigadora especializada en estudios de género. Tiene un Doctorado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y es autora del libro Marginalidad y subversión: Emeterio Gutiérrez Albelo y la vanguardia canaria y de numerosos artículos académicos de crítica literaria, cinematográfica y cultural. Ha coeditado, junto con Barbara Zecchi, el volumen La mujer en la España actual: ¿Evolución o involución? y ha traducido varios libros para la colección “Feminismos” de Cátedra. En la actualidad es profesora de literaturas hispánicas en la Universidad de Nueva York en Madrid, y entre 2006 y 2011 impartió el curso “Género, cine y sociedad”, patrocinado por el Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense de Madrid. También dirige, desde 2011, un Club de Lectura de literatura estadounidense en el Instituto Internacional de España. Gajos de naranjas es su primera incursión en el terreno de la creación literaria.

Gajos de naranjas

Colección: Novela
Páginas: 310
ISBN: 978-84-9076-934-8
Formatos: Tapa blanda: 13,50 €
Tamaños: 15x21cm

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¿Cómo escribe Jacqueline Cruz?

BÚSQUEDAS Y ENCUENTROS

«Empresario del Sector de Cítricos busca medias naranjas para hacer negocios redondos». Después de leer decenas de anuncios de hombres en busca de su «media naranja», a Sara le pareció muy refrescante que el de Benito parodiase el tópico. Y que evitase los demás que tanto abundaban, como «sincero, trabajador y amigo de mis amigos» o «imposible describirse en cuatro líneas». Tampoco incluía, como otros, una detallada lista de sus virtudes e intereses y de los requisitos que debía cumplir su mujer ideal. Era lo bastante sucinto y vago para despertar interés, aunque sin denotar pereza o descuido en la presentación.
Más tarde, en sus dos conversaciones de chat, Benito se había mostrado culto pero no pedante y había bromeado sobre sexo
sin jactancia ni grosería. Todo ello contribuyó a una insólita expectación ante el inminente encuentro con él. Llegó al Tsunami, el bar donde la había citado, con diez minutos de retraso y lo reconoció enseguida gracias a la camiseta naranja que dijo que llevaría. No tenía foto en su página de Búsquedas y Encuentros, y Sara no se la pidió. Nunca lo hacía. Prefería jugar a adivinar
cómo eran sus contactos y luego contrastar esa imagen con la realidad.
El contraste era a veces gigantesco, casi siempre en detrimento del interfecto. En esta ocasión, sin embargo, la impresión fue positiva. Benito era alto y fornido, un poco demasiado rubio para su gusto, pero con unos hermosos ojos claros semiescondidos tras unas gafitas redondas a lo Trotsky, y rondaba los cuarenta y nueve años que indicaba su perfil (al principio de su exploración de ByE había descubierto con asombro que algunos hombres se quitaban hasta diez años). Él también pareció mirarla  probatoriamente.
Sara se sentó y sonrió. Las mesas de mimbre de colores vivos, las paredes cubiertas de telas y tapices en estudiado desorden y la música de fondo (Alfonsina y el mar en versión de Mercedes Sosa) le recordaron su propia casa. Encendió un cigarrillo e inició la conversación siguiendo el guión habitual de esos encuentros:
—Así que ingeniero informático… —dijo, y advirtió de repente que el cabello claro de Benito no era rubio, sino casi blanco.
—Desafortunadamente.
—¿No te gusta? Bueno, si te he de ser sincera, no parece una profesión
apasionante.
—Ni me gusta ni me disgusta. Es sólo un trabajo. —Encogió los hombros—. Supongo que es más interesante el de periodista…
—Podría serlo —replicó Sara, observando extrañada cómo él doblaba su posavasos de cartón y se agachaba para colocarlo debajo de una de las tambaleantes patas de la mesa—, pero sólo hago reportajes free-lance sin demasiado interés.
—¿Para qué medio?
—Para el mejor postor.
—Ya —rió tras las gafas—. ¿No serás de esos presuntos periodistas que hacen sesudos debates sobre los polvos o no polvos, las rupturas o no rupturas de los famosos?
—Digamos que me vendo, pero no caigo tan bajo. —Hizo una exagerada mueca de horror.
—¿Entonces?
—Bah, cosillas locales. Pequeñas historias.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Patxi-Hinojosa

    Patxi-Hinojosa

    7 abril, 2015

    Muchas gracias a Falsaria por presentarnos a Jacqueline Cruz y su “Gajos de naranjas”, que tan buena pinta tiene.

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