En el arroyo

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El trino de las golondrinas hacía eco en aquella habitación donde todos los días el sol alumbraba la pared. El rocío trasportaba el dulce aroma a tomillo y hierbabuena que había plantados cerca del arroyo. Aquella triste mañana Isidoro rompió con su vida, solo quedó de él una habitación llena de recuerdos. Fue justo cuando un rayo de sol dibujaba en la pared una bonita mañana de primavera.

Su huesuda mano rozaba los dedos de María, su fiel compañera, con la quién compartió una vida llena de alegrías. Desde que se conocieron hará más de 40 años, en el solitario banco junto a el arroyo. María dejó atrás el mejor compinche y amigo que había tenido nunca, sus lágrimas caían con desconsuelo en la bonita colcha que tejió de joven. Las campanas de la iglesia llamaban al culto a sus feligreses. Su conocido replíqueo se extendía por cada rincón del pueblo, llegando como otra melodía más al alféizar de la ventana.

María peinaba los cabellos de Isidoro cada mañana, le hablaba bajito para que despertara, besaba sus labios ahora fríos y quebradizos. Esos labios que le robaron su primer beso. Dicen que cuando se muere, el órgano de los sentidos que permanece activo unos minutos después de fallecer es el oído. María narró su feliz vida, mientras a lo lejos se oía cantar un gallo y el rumor del agua en el arroyo. Eso fue lo último que Isidoro se llevó, la dulce voz de María con la música de fondo que escuchó desde niño.

A partir de ese día, María baja todas las tardes al viejo banco testigo de su amor; eran solo unos chiquillos, pero su atracción supero todas las barreras. Tocaba con sus torpes manos las letras grabadas en la madera. Ella quería acabar sus días en aquel hermoso lugar, donde veía el agua del arroyo y escuchaba sus secretos. Pasaron un par de años desde que Isidoro abandonara este mundo y María desde entonces acompañada de su gastado bastón bajaba todas las tardes aquel banco solitario.

El otoño llegó frío y María se encontraba mejor que nunca, se sentía joven y fuerte. Estaba convencida que hoy iba a ver a su querido Isidoro. Acompañó a su castigado cuerpo hacía el banco de madera, las hojas salpicaban el camino dando a el recorrido un color cobrizo que endulzaba la vista, se sentó despacio.

Sus manos acariciaron por última vez aquellas eternas iniciales. Fijó su mirada en el arroyo y marchó, justo en el momento que la luz del sol se fundía en la montaña. Se fue agarrada a ese chico moreno que declaró su amor, una tarde como aquella.

 

Comentarios

  1. Profile photo of Mabel

    Mabel

    2 junio, 2015

    ¡Es precioso! Un abrazo Julia y mi voto desde Andalucía

  2. Profile photo of Fenix128

    Fenix128

    3 junio, 2015

    Tierno relato, con la capacidad de dar un significado especial a gestos,momentos y objetos, como el banco. Una buena historia de amor sin precisar de cientos de páginas.

  3. Profile photo of Skuld

    Skuld

    6 junio, 2015

    Muy buen micro, en el que la nostalgia no es síntoma de tristeza. Un abrazo amiga Julia.

  4. Profile photo of dajo

    dajo

    6 junio, 2015

    Amor eterno, de esos que perduran en la eternidad…los más hermosos.
    Abrazo y voto.

  5. Profile photo of Reaper El Chivo

    Reaper El Chivo

    8 junio, 2015

    Precioso micro, compañera, muy emotivo e intenso. Tenga aquí mi voto, un saludo y un nuevo seguidor.

    • Profile photo of Julia.Ojidos

      Julia.Ojidos

      9 junio, 2015

      Muchas gracias por tus palabras, para mi es muy agradable estar en esta magnífica comunidad de pluma y papel. Un abrazo.

  6. Profile photo of Loremac

    Loremac

    9 junio, 2015

    Que imágenes tan mágicas. Plasmas con tu virtuosa pluma!!

  7. Profile photo of Tiscar

    Tiscar

    9 junio, 2015

    Es hermoso . Todos deberiamos tener un banco o un arbol dode grabar los recuerdos del amor juvenir. Me gusta Mi voto y un abrazo

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