Retrato de una pintora ciega

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      Mientras estoy aquí, de pie, en esta fría sala del juzgado de lo penal, todo me parece ilusorio. Los actos delictivos que me atribuyen son ahora vapor condensado en mi memoria. Oigo las palabras del fiscal, pero  su voz no alcanza a penetrar la neblina con la que he cubierto los hechos. Yo estoy fuera, me he elevado sobre las brumas; y desde aquí, observo sin comprender.

     Sé que me obligarán a descender, a adentrarme en la espesura y enfrentarme a los hechos punibles. No es mi intención mentir, he encubierto la realidad para  protegerme momentáneamente; para protegerla a ella, a esa mujer a la que observo desde aquí arriba. Aunque ella no es yo; pero entonces, ¿quién soy yo? No escucho respuesta alguna. Aquí, prendida en el aire, siento que el tiempo se desgarra, se estira en direcciones opuestas desmembrándome. Y desde las oquedades más recónditas de mi ser surge un grito desesperado: ¿quién eres? ¿Dónde estás?, dime, ¿dónde estás?

 

                                                                         ***   ***   ***

     Te hablo a ti, a la persona que quise ser. Presiento que estás ahí acurrucada, como un pétalo asustado al llegar la noche. Me pregunto dónde te perdí la pista.

     Estás junto a mí mientras el sol se inclina despojando a las casas blancas  de su  tostado maquillaje, antes de retirarse a dormir. Huele a aire fresco y  a leña quemada. Corremos llenas de entusiasmo con nuestro lienzo bajo el brazo.  Ligeras, como el vuelo de la garza que acabamos de pintar bebiendo de su reflejo en las aguas anaranjadas del lago.

     Soy joven. La vida se despliega como una palmera de hojas verdes que curvándose en múltiples direcciones nos invita a deslizarnos por sus sensuales ondulaciones; con sus ribetes rojos, sus frutos dorados.

     Soy joven, sí, pero ya sé cuál es mi propósito en la vida. Y tú todavía estás conmigo; aún no te he perdido. Crepitas por mi ser avivando mis sentidos, esparciéndome en mil chispas sobre los objetos. Al penetrarlos me invade el éxtasis. Es entonces cuando puedo pintarlos, cuando los poseo por dentro y ellos a mí.

     Todavía creo en el ser humano. Aún no he visto la planicie de su alma con sus bordes ásperos y punzantes, como las flechas de una verja de hierro. La descubriré más tarde; ahora,  no es tiempo aún, aún no es tiempo.

    De momento, tú estás aquí conmigo. Correteamos por las calles del pueblo desquiciando a los adoquines con nuestras insolentes zancadas. La luz de las farolas dibuja sombras grises sobre la cal de la pared de mi casa. Los ruidos diurnos se van desvaneciendo en la infinitud de la noche. No todos: ora se escucha el  golpe de una puerta que se cierra, ora, en la lejanía, un auto ahoga un último suspiro de alivio al llegar al hogar.

     Mis padres nos esperan. Él sentado a la mesa; ella apurando los últimos preparativos en la cocina. Se oye el tintineo de los vasos, un chasquido del armario al cerrarse; después, el estallido brusco de las burbujas de aceite hirviendo. Adoro los sonidos ancestrales que reinan tras las paredes de los hogares generación tras generación. Al caer la noche, cuando un muro de silencio se alza entre nosotros y el mundo, se tornan sutiles, tímidos, respetuosos; son el   cálido abrazo de la noche antes de empujarnos al olvido.

     Sin embargo, hoy quiero que enmudezcan, quiero que mi madre se detenga, que el mundo entero se detenga y me preste atención. Necesito liberar con urgencia esta inmensa fuerza vital que me posee y que tiembla atrapada entre láminas de dudas y miedo: «papá, mamá, esta es mi obra», anuncio orgullosa.

«Es precioso, Paula», las palabras débiles de mi madre levitan brevemente en la estancia antes de esfumarse sin dejar rastro. Su levedad confina la renuncia de millones de mujeres. No quiero ser como ella, quiero que mi voz se oiga contundente, vigorosa. Deseo expresarme a través de mis cuadros, ser alguien… Ser.

     Las lisonjas de mi madre son trémulas, pudorosas, ingrávidas: no me bastan. No a mí, que ansío ser su opuesto. Anhelo la aprobación poderosa de mi padre. Si él me aprueba, mi energía brincará por el universo, resplandeceré. Por eso, contengo el aliento y aguardo el veredicto paterno. «No está mal», observa, concediéndome dos segundos antes de volver a depositar la vista sobre su plato. Las láminas  de dudas y miedo baten fuertemente en mi interior y entre   sacudidas noto como mi energía vital escapa; mi espíritu se ovilla derrotado. Ser se me antoja algo utópico, y es ahora, en este momento, cuando siento un miedo visceral a perderte…seas quien seas.

 

                                                                 ***   ***   ***

      Ha llegado el momento. La pregunta del fiscal retumba entre las paredes del saco amniótico tras el que me protejo. Su fuerza poderosa  me arrastra de vuelta a la inhóspita sala como un burdo pedrusco atado a mi cuerpo. «Paula Garay, ¿mató usted a su marido?». No sé qué contestar. Estoy muy confusa. Paula  se me antoja ahora una intrusa sin rostro. ¿Quién soy?, ¿dónde estoy?… ¿Dónde estás?

 

                                                                   ***   ***   ***

      Te hablo a ti, y en tanto que te hablo veo tus rasgos delicados danzando sobre las ondas verdes del lago. Nos miramos fijamente como si fuéramos extrañas. Me desconcierta verte sin ojos —la cuenca de tus ojos verdes ha sido reemplazada por el verdor líquido del agua—. Retendré esta imagen para pintarte más tarde. Será el retrato  de una pintora ciega y ojos de ondas de agua verde. Ojalá este momento se eternizara y no nos perdiéramos nunca de vista.

     Si las sombras de mi sino no se obstinaran en  desdibujarte,  nada de lo que va a suceder, sucedería y yo nunca traspasaría este umbral sin retorno. Cuando quede sola ante la verdura de esta basta superficie, la tragedia se consumará y ya solo podré pintar la oscuridad.

      La brisa electriza mi piel húmeda y el sol vierte anillos dorados sobre la superficie del agua. De vez en cuando un soplo de viento azota las hojas de los árboles reclinados en la orilla, que, perezosas, se quejan siseando al unísono.  Una familia de patos avanza, extraños al transcurrir del tiempo, a la llegada inevitable del momento atroz en las vidas ajenas; sólo existe  el ondular pacífico del agua bajo sus cuerpos, la calidez acogedora de los rayos del sol arropando sus plumas

      Mi momento atroz se acerca.

     La bestia negra dormita al abrigo invisible del tiempo. Tarde o temprano la asaltará el hambre, despertará, se agazapará a la espera del instante exacto y lanzará sus garras afiladas sobre la desprevenida presa. Mi bestia  acecha.

     Mientras escurro mi melena rubia le oigo llegar, el agua se abre a su paso recogiéndose en rizos sobre sí misma y estalla en  borbollones. El sonido metálico, apresurado, fatigoso, me sobresalta y me doy la vuelta. Se me acerca adentrándose en el lago; levanto la mano y le saludo; ambos sonreímos. Creo que me alegro de que esté aquí, aunque su presencia quebranta mi intimidad. Esta inesperada atención que me prodiga araña en mí muescas de esperanza. Sí, y una incipiente sensación de felicidad. Y timidez. No sé qué decir, así que me doy la vuelta y espero su llegada; el instante se resolverá por si mismo, los instantes siempre se resuelven por sí mismos.

    Es la última vez que te veré, tú imagen borrosa plasmada  en las aguas tibias del lago, y a tus ojos de ondas de agua verde.  Ahora la imagen de él se superpone a la tuya, te borra, te anula. Ni siquiera puedo decirte adiós.

    Su abrazo me confunde. Aunque todavía creo en el ser humano, por eso le correspondo esperanzada. Mi abrazo es tímido e inseguro, como todo lo incipiente, lo desacostumbrado. Me tambaleo entre ráfagas de ilusión y culpabilidad: quizá no debí dudar de su amor.

     Mi confusión aumenta a medida que percibo como su aliento se agita. Mis músculos se aflojan, se descomponen como traviesas carcomidas; una cortina de acero se desploma sobre mi mente; quizá sea algo semejante a la muerte. La bestia ha sacado sus garras, se ha abalanzado sobre mí. Sus miembros manosean mi  cuerpo desfallecido. Un rayo de sol atraviesa mis ojos y por un instante atisbo su rostro deforme.  Corrientes de adrenalina se disparan ahora en mi cuerpo estimulando mis músculos adormecidos. Me revuelvo;  intento rasgar su piel mientras él me desgarra por dentro. Forcejeamos en direcciones opuestas. Finalmente me libera, pero ya es tarde. Ya no se pueden recomponer los pedazos.

      Él te ha quebrado en mil fragmentos; ahora, ya no sabré encontrarte.

      La bestia cesó el ataque.  Ahora, seré yo la bestia; ahora, pintaré la oscuridad.

 

                                                                   ***   ***   ***

 «Paula Garay, ¿mató usted a su marido?». Mi intención no es mentir, pero cómo evitarlo. Si lo niego, afirmaré mi verdad. Si lo afirmo, la estaré negando.  Mi verdad, no la suya. Mi verdad me pertenece, yace hundida en el abismo de mi alma atormentada y ahí deberá permanecer.

     «Sí, yo lo maté». Mi voz ha sonado con claridad. Su firmeza y convicción me han sobrecogido. La he liberado, he liberado a Paula. No importa haber matado una vez o más. Sólo la primera cuenta, sólo la primera pesa como centurias de ignominias. Mi segunda vez no fue dolorosa. Al contrario, fue la culminación de mi obra.

 

                                                                      ***   ***   ***

       Pinto convulsivamente, no he vuelto al lago. No pinto paisajes, ni objetos, ni vida: pinto oscuridad.

       Ella inspira ahora el horror de mi lienzo. La trazo con los ojos del  odio. Es mi odio quien pinta, no yo. Retuerzo la comisura de sus labios hacia abajo, en negro, sello la boca con pinceladas transversales, también negras. Es una boca que no habla. Inyecto sus ojos en sangre, doloridos; los hundo en la carne de un rostro pardo. El pelo, una maraña de pesados y fríos alambres plateados, tortura el rostro infame. Mis manos, exaltadas, trazan órbitas nigérrimas a la altura del corazón engullido por el abismo.  Pinto la imagen de mi madre merodeando por la casa, con la cabeza gacha, mascullando monosílabos ininteligibles, observando el horror de nuestras vidas, impasible. Mientras nuestras almas escapan aspiradas por un pozo infernal.

     Ya no existen los sonidos de la noche, sólo el rugido del abismo succionando todo.

 

      La penumbra de mi habitación está impregnada de protones de terror. En la oscuridad, la puerta se abre. Un halo de luz procedente del pasillo recorta la figura de la bestia noche tras noche. Es inmensa, abominable. Y mientras mi madre merodea por la casa musitando monosílabos, las garras de la bestia despedazan mi carne, quebrantan mi cuerpo; y los fétidos soplidos de su  aliento descomponen y pudren  mi alma.

      He decidido acabar con mi madre, y acabaré también con su bestia negra. Curiosamente la odio más a ella. La mataré. La desdibujaré, así no tendré que pintar más su oscuridad.

     He leído que el arsénico, administrado de a poco, provoca la muerte en cuestión de días. Me dará tiempo a acostumbrarme. Pensaré que es un proceso natural. Será lo mejor para ambas. Se borrará su mueca y el rojode los ojos, no habrá agujero negro ni corazón que succionar. Vivir sin corazón no es justo para nadie. Las dos seremos liberadas.

     La imagen de mi cuadro ha ido cobrando vida día a día, curiosamente se ha hecho real para enfrentarse a la muerte. Ver a la criatura de mi cuadro retorcerse de dolor se me antoja algo mágico. Yo la cree en mi mente, la plasmé sobre el lienzo y ahora está aquí, ante mí, de carne y hueso.
Siento una mezcla de miedo y placer al pasar un paño húmedo sobre las brasas de sus ojos, al aliviar la sudoración pegajosa del rostro púrpura y hundido. Mimo a mi criatura como una madre benevolente. Soy su Dios, yo le he dado vida. Ahora le doy la muerte.

    Tras la muerte de mamá quedamos solos la bestia y yo —ya no soy capaz de llamarle padre—. He ocupado el lugar de mi madre y al hacerlo se han precipitado sobre mí todos sus atributos,  poseyéndome como un espíritu en pena que se aferra a la vida. La pesada ancla de su sumisión yace sumergida, atada a mis pies, en aguas túrbidas y abismales, me es imposible soltarme, nadar hasta la otra orilla, convertirme en su opuesto; los cristales quebradizos que conforman su debilidad se desploman en astillas sobre mi piel, miles de punzadas cercenándome el cuerpo. Es su venganza. Ha lanzado sus redes desde el más allá con el propósito de perpetuarse; para evitar que mate a su bestia y así condenarme a las tinieblas.  Los monstruos no debemos ver la luz.

     Ahora lo entiendo todo, aunque no sepa explicarlo: la bestia sigue despedazándome, engulléndome a cachitos, día tras día, noche tras noche, y, mientras tanto, yo merodeo por la casa con la cabeza gacha, mascullando monosílabos ininteligibles, pintando, pintando monstruos en la oscuridad.

                                                                     ***   ***   ***

     «Sí, yo lo maté. Maté a mi marido», he oído mi voz resonar en la sala palmariamente, sin matices de arrepentimiento. Ya no necesito protección. No tengo miedo. Estoy dispuesta a todo. Fue mi segundo asesinato, el primero permanecerá sepultado en los  pantanos que inundan mi mente.

 

                                                                       ***   ***   ***

      Soy una pintora de éxito.  El mundo me cree una mujer feliz. Ama la abyección de mis pinturas. El horror y el mundo se aman y se odian, se odian y se aman, así ha sido a lo largo de los tiempos, lo mismo que una ola que rompe sobre  otra absorbiéndola y luego se recoge hacia atrás suavemente, como una caricia inesperada que pidiera perdón.

     Tengo dos hijas de cinco y tres años. He logrado mi sueño, he conseguido que mi voz se oiga a lo largo y ancho del planeta: contundente. Y, sin embargo, vivo dando saltos como un pez aterrorizado, atrapado en una red asfixiante que manos asesinas lanzan desde otros mundos: las manos de mi madre.

     El mundo ama mi ignominia y la aprueba. También él, mi padre —la bestia—, también él ama el horror de mi arte. Él es mi fuente de inspiración.

 

                                                                         ***   ***   ***

      Mientras confieso ante le juez, la muralla radial que apresaba los engendros se desmorona. Sus perversos rostros se alargan difuminándose al escurrirse entre las múltiples grietas. Ya no hay nada que temer. Quizá ahora salgas de tu escondite entre las húmedas sinuosidades del agua y pueda mirarme de nuevo en tus ojos de ondas de agua verde.

     « ¿Cómo sucedieron los hechos? ¿Qué ocurrió el sábado 20 de enero de 2011? »

 

                                                                         ***   ***   ***

      Dejé que las niñas lo vieran, se lo merecían. Ellas son la tabla salvadora  que  la vida me tiende:

     Estoy en el salón. Torrentes de luz me iluminan pero yo no la veo, los rayos se retraen asustados al roce con mi piel, no se aventuran donde danzan las tinieblas.
Mis ojos se quedaron flotando en aquel lago de mi niñez, soy una pintora ciega. Los colores de mis lienzos nacen de la opacidad, titilan atormentados tras la vacuidad de mi retina, suplicando la existencia. Sin embargo, hoy no titilan. Aquí estoy, frente a mi lienzo, arando mis entrañas, intentando fracturar  capas embrutecidas en busca del horror definitivo. Hace meses que esta escena se repite. Los colores no titilan, los pedruscos alojados en  mis tripas forman bloques impenetrables. Nada sube, nada fluye, la inmundicia yace enquistada. Y mientras tanto él reposa ahí, dormitando sobre el sofá, recobrando fuerzas para perpetrar la próxima embestida. Las niñas juegan delante del televisor, a medio metro de su padre, de su abuelo. Mis hijas, mis hermanas —nada de esto deberá salir a la luz —, ellas son mi última esperanza. Antes de que la bestia extienda sus garras sobre ellas, las salvaré. Y, puesto que la bestia ya no me inspira, la mataré.

     La idea ha asaltado mi ser con la vehemencia de una llamarada cuyo intenso fulgor disipa por completo la oscuridad. Alumbrada al fin, corro a la cocina en busca de un cuchillo. El acero emana un frescor que no recordaba desde los días del lago. El brillo del sol, al chocar contra la fría superficie, rebota impresionado y  expulsa dagas doradas que traspasan el aire. Veo su luz.  Fascinada, sin poder apartar la vista del inmaculado metal que empuña mi mano, me aproximo a mi presa. Es mi momento; el éxtasis me posee. Me arrodillo tras  él en este instante sagrado, voy a consumar mi obra de arte definitiva, reunirá los colores de la luz y de las tinieblas. Levanto la esplendorosa superficie acerada, la suspendo brevemente sobre el cuello de la bestia, dejo que su luminosidad me penetre. Mi brazo baila seducido por el fulgor argentado. Con el sensual ondular de una serpiente atravieso su piel limpiamente. La calidez de sus fluidos me conmueve, no la esperaba. Un río de rubíes brota de su cuello manando por mis brazos: su belleza me enaltece. Los gritos de las niñas proclaman la culminación de  mi obra. Me siento gloriosamente  exhausta, pero no debo parar. Los colores están tan vivos… pintaré toda la escena, el mundo la amará.

 

                                                                         ***   ***   ***

      En el juicio alegué malos tratos. No me importa estar encerrada, ninguna cárcel  es tan oscura como mi vida. Pero sigo sin encontrarte, no sé por qué no vuelves ahora que los monstruos se han ido. Te pintaré, así quizá regreses; te pintaré tal como te recuerdo aquel lejano día, tu rostro reflejado en la superficie del agua, la cuenca de tus ojos verdes reemplazada por el verdor líquido del lago. Será el retrato de una pintora ciega y ojos de ondas de agua verde.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de escritorfrustrado

    escritorfrustrado

    22 julio, 2015

    Un cuento espectacular! Las descripciones, tanto físicas como psicológicas, los análisis de los pensamientos de la pintora, son realmente sublimes! Mis más sinceras felicitaciones! Muchas gracias por deleitarnos con tus hermosas letras!

  2. Imagen de perfil de VIMON

    VIMON

    22 julio, 2015

    Excelente relato, profundo y muy bien escrito. Felicitaciones y mi voto.

  3. Imagen de perfil de claudia.serra

    claudia.serra

    22 julio, 2015

    Esto es fantástico, densísimo, brillante. Chapeau!!! Para leerlo y releerlo varias veces. Voto rotundo y saludos cordiales!!!

  4. Imagen de perfil de Manger

    Manger

    22 julio, 2015

    Excelente cuento, amiga Crónicas; posees una muy buena prosa y las descripciones llevan en volandas al lector de la mano. Un valioso descubrimiento; sigo tus pasos, con tu permiso. Un abrazo.

  5. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    22 julio, 2015

    No debería de haber malos tratos, todos somos seres humanos, con esperanzas, deseos y también frustraciones, pero la vida se encarga de darnos un duro golpe que no los hace pasar mal. Son esas líneas que aunque el tiempo pase, no se podrán olvidar, pero el tiempo lo cura todo y cada cosa o acción la pone en su lugar. Un abrazo Celia y mi voto desde Andalucía.

  6. Imagen de perfil de Eva.Franco

    Eva.Franco

    22 julio, 2015

    Increíble la forma como manejaste la personalidad del personaje. Muy bien llevada, a lo largo del relato, enfrentado sus miedos, sus confusiones y finalmente su realidad. Realidad de muchas mujeres, que ha sido víctimas de la violencia. He trabajado sobre eso, y a tanto que decir, y tan por hacer.
    Mi voto.

  7. Imagen de perfil de dajo

    dajo

    23 julio, 2015

    Un profundo drama propio de Sofocles, aunque la tragedia planteada por el, específicamente en Edipo Rey es netamente ficción y discutible en otra oportunidad. Aquí en este texto, la situación es: la realidad nefasta de muchas hijas, sobrinas, etc que desafortunadamente se topan con uno de esos engendros de almas deformes. Al ser un tema tan complejo pero a la vez común has sabido suavizarlo con una prosa muy oportuna y elegante.
    Celia te felicito y tienes un merecido voto que creo te llevará a la portada.
    Un abrazo y nos seguimos leyendo.

  8. Imagen de perfil de Crónicas.de.una.española.en.Viena

    Crónicas.de.una.española.en.Viena

    23 julio, 2015

    Uff, estoy conmovida por vuestros comentarios y profundamente agradecida de todo corazón. Disculpad si no tardo en entrar , voy leyéndoos a todos ( tengo visita de España esta semana 🙂
    Mil gracias de todo corazón!!!
    Un gran abrazo
    Celia

  9. Imagen de perfil de gus-fito

    gus-fito

    24 julio, 2015

    ami-guita sos sabrosa muy sabrosa
    me dejaste azucarado mis sentimientos,
    tanto suspenso y unas cualidades que le das a tus
    personajes,un relato lleno de miedo, ternura
    mucho dolor. Fuertemente apegado ala realidad
    un besico de algodón y un aluvión de votos………

  10. Imagen de perfil de SALAMANDRA

    SALAMANDRA

    28 julio, 2015

    Confieso que no soy muy afecto a leer cuentos sin embargo tu personalidad me hizo buscar tu obra;
    quiero decirte que no me arrepiento. Te seguiré leyendo.
    Saludos desde México, donde quiera que estés.

  11. Imagen de perfil de

    yhdral

    29 julio, 2015

    Fascinante!

  12. Imagen de perfil de Julia.Ojidos

    Julia.Ojidos

    29 julio, 2015

    Estupenda historia, una verdadera guerra de sentimientos y actuaciones. Un fuerte abrazo y por supuesto mi voto desde Madrid.

  13. Imagen de perfil de Manoli.Vicente.Fernández

    Manoli.Vicente.Fernández

    31 julio, 2015

    Una buena caracterización del personaje, que daría para mucho a la hora de estudiarla. Los pensamientos se repiten tal y como pasa cuando estos son obsesivos. Encantada de leerte. Un saludo.

  14. Imagen de perfil de Pipeline

    Pipeline

    1 agosto, 2015

    Estupenda historia, plena de claroscuros y matices. Nada fácil, ni por el tema (esa historia horrible de abusos, ¿estamos hablando de un monstruo, un padre-abuelo, verdad?) ni por la forma (creo que la poesía y el lirismo de muchas imágenes quizá diluye algo el terror que emana de la historia, supongo que era tu intención). Felicidades Celia, me ha impactado.
    Suerte con tu aventura vienesa-literaria.

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