El reloj que caminaba de puntillas mientras yo dormía

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Mi último reloj acabó contra el suelo, totalmente perdido, por ello necesitaba controlar el tiempo de nuevo, así que decidí ir a aquella tienda y comprarme otro. La relación con mi nuevo amigo de muñeca era básica. Nos limitábamos a mirarnos el uno al otro, sin ningún tipo de implicación emocional. Algunos días me olvidaba completamente de él, no pesaba nada.

Con el tiempo su maquinaria interna fue envejeciendo y sus arrugas afloraron hasta mis oídos.  Mi reloj de muñeca respiraba costosamente, por lo que cada vez que marcaba el paso del maldito segundo, hacía retumbar toda mi habitación. Tac…Tac…Tac…Tac… Al principio pensé que era un maldito narciso, que necesitaba algo, mi calor.

Tac…Tac…Tac…

Su vejez era más acentuada, hasta el punto de eternizar los segundos.

Por las noches no podía dejarlo en la mesita de noche ya que su renqueante movimiento me impedía dormir. Decidí meterlo en el cajón; junto con mis desventuras y desorden, debajo de todos los libros que un día leí, hojas en las que algún día escribiré y cartas que nunca enviaré.

Tac…Tac… Tac…

Las primeras noches surgió efecto y pude dormir. Pero el condenado reloj necesitaba algo, algo que yo no llegaba a alcanzar. Pero a la sexta noche, el reloj alborotaba todas las ideas de mi cajón, convenciéndolas de un no sé qué, revoloteando las noches de su propietario. Aquella noche de Jueves me hice el dormido, pero observaba de soslayo la mesita de noche tambaleándose, mientras el cajón de las ideas se abría tímidamente. Llegué a ver a mi reloj asomando la cabeza, mirando de izquierda a derecha, tosiendo y cojeando. No le quedaría mucho tiempo. Recuerdo también que se acercó a mi oído y me susurró: “Es el vértigo del desconocer, es la sangre que ya me abandona”. Tras esto, emprendió camino hacia la ventana. Tras él, todos los elementos del cajón le seguían, en un sepulcral silencio y orden. Aquella noche lloré, pero aún desconozco el motivo.

Tac…

Que me tachen de loco. Pero mi reloj huyó con mi todo.

Tras su salida, me levanté de la cama corriendo y acto seguido cerré la ventana. Cogí el único folio que me quedaba en el cajón. Pegué el trozo de papel en el cristal, con una frase que daba al exterior, rezando:”Me pesa más el tiempo con el reloj puesto”.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    31 octubre, 2015

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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