Alice Bossard: historias de una cibercriminal (2)

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Paseo por el campo

 

Al día siguiente, Sandra y Alice recogieron sus cosas y salieron de la casa. Alice apuntó con el dedo a su pequeño aerodeslizador.

—¿A dónde vamos? —preguntó Sandra.

—A mi pequeño nidito de amor al norte de Rusia. Allí tengo el equipo necesario para… —de pronto, se acercó un hombre. Aparentaba unos sesenta años, y vestía con un oscuro traje. Tenía una expresión absurda en su rostro. Sandra entendió que no era Deblar. Avisó con la mano a Alice de que permaneciera quieta, preparó el phaser oculto del brazo, y dejó que disimuladamente surgiera el dron de vigilancia de su otro brazo. Luego se acercó a aquel hombre.

—¿Le puedo ayudar en algo? —le preguntó, conservando  una cierta distancia.

—Disculpe mi intrusión, señorita Sandra. Me manda Javier Pascual. Me dio el código de seguridad. —El hombre emitió una señal de identificación.

—¿Javier te manda? Tú eres un androide. Es más que evidente.

—Lo soy. Modelo Quantum Computer System QCS-20, a su servicio.

—¿Qué versión?

—Versión B2. —Sandra suspiró.

—Ya lo veo. Javier comprando androides de segunda mano, qué ahorrador. Ahora entiendo lo de la expresión forzada. Le dije que un androide le vendría bien, pero parece que ha ido a por una oferta barata. Necesitas una actualización, amigo.

—Lo sé, pero no consigo que nadie me actualice, y no me puedo actualizar yo a mí mismo. A mí mismo. Mismo a. Amismo. A mí mismo. ¡Mixmo!

—Y también necesitas una revisión de tu sistema de lógica verbal, por lo que veo. Menuda chapuza hicieron con vosotros.

—Sí, muy cierto —comentó el androide con su expresión forzada.

—¿Y por qué te ha enviado Javier?

—Me ha dado un cristal de datos para usted. Contiene unas coordenadas, y otros datos. Y me ha dicho que le diga unas palabras: “volar es genial, pero volar en el Enterprise es algo sin igual”. Es bonito. Rima. Siempre me gustó la poesía. Hace que mis funciones de onda vibren de forma armónica.

—Sí, es maravillosa. —Sandra creyó entender el mensaje de Javier, que obviamente contenía una información bastante evidente. Tomó el cristal, y lo introdujo en su brazo. Leyó la información del cristal, y le dijo al androide:

—De acuerdo, ahora vuelve a la mansión de Javier, y sigue con tu trabajo. Olvida toda esta conversación. ¿Lo has entendido?

—Lo he entendido.

—Ya me pasaré un día por casa de Javier. Yo misma te actualizaré.

—¿Hará eso por mí? —preguntó el androide sorprendido.

—Claro. Me encanta reparar y mejorar androides. De hecho me encantan los androides, son el producto final de la evolución. Venga, vete.

—¡Muchas gracias! —exclamó mientras se alejaba sonriente. Sandra lo miró durante unos instantes. Ella misma era un modelo QCS-60 avanzado, aunque con ciertos refinamientos específicos. Siempre se imaginó lo que hubiese sido ser un modelo básico. Su vida nunca se hubiese complicado tanto, ni tendría esos problemas morales y éticos que no preocupaban a los diseños inferiores. Los QCS-20 eran felices. Quizás la sencillez contenía en su interior la clave de la felicidad.

 

Estaba absorta en sus pensamientos cuánticos, cuando notó una mano en el hombro. Se volvió, y vio a Alice.

—Sandra, tenemos trabajo. ¿Quién era ese tipo?

—Un androide de Javier. Incorpora un mensaje cifrado. Aparte de desearnos suerte, nos ha enviado unas coordenadas. Vamos para allá.

 

Ambas tomaron el aerodeslizador de Alice, y fueron hasta las afueras de Lyon. Las coordenadas les llevaron a un parking. Aparcaron el aerodeslizador en el mismo parking, y se movieron hasta la plaza B-96. Allá, estacionado, se encontraba un vehículo negro, de un diseño particular.

 

—¿Por qué quiere Javier que usemos este aerodeslizador, en lugar del mío? —preguntó Alice extrañada. Sandra recordó el poema.

—Javier me ha enviado una frase en clave: “volar es genial, pero volar en el Enterprise es algo sin igual”. Ahora está claro.

—¿Qué está claro? —preguntó Alice sin entender nada.

—El Enterprise es el portaaviones de Javier, código de buque: CVN-80. Pero también era el prototipo de la nave gravitatoria que usé para ir a aquella estación espacial. Este trasto que tenemos delante es probablemente una evolución de aquella nave gravitatoria. No usa un simple reactor de fusión; lleva incorporado un sistema gravitatorio, probablemente sea el mismo diseño que usé en el portaaviones hace dos años, o incluso quizás más avanzado. ¿Cómo puede alguien dejar una nave tan sofisticada en un simple garaje? Hay que estar loco.

—Bueno, yo no me voy a quejar. Este trasto debe de tener algunas sorpresas. Viniendo de Javier, no cabe esperar otra cosa. —Alice se aproximó a la puerta del aerodeslizador, y automáticamente se abrió.

—Qué mono, me reconoce incluso —comentó Alice.

—Pues vámonos antes de que sea la G.S.A. la que nos reconozca.

—¿Qué quieres decir?

—Que eres Alice Bossard, y sigues en vigilancia. ¿Recuerdas? —Alice alzó los hombros levemente.

—Me dijeron que me dejarían en paz. Y lo han hecho. —Sandra negó con la cabeza.

—¿De verdad les vas a creer?

—No, pero dentro de un rato ya no va a importar. Vamos a meter las narices hasta el fondo, y probablemente me descubran. Desde ese momento, mi vida dejará de ser la de una pacífica joven millonaria de Amiens que…

 

Alice no pudo decir más. Sandra se lanzó contra ella, y la lanzó al suelo, justo cuando una lluvia de balas pasó por encima de las dos. Mientras tanto, el dron de Sandra, que había estado vigilando el área, lanzó un láser de intensidad media a los dos individuos que habían disparado, armados con antiguos fusiles de asalto AK-74. Sin embargo, tuvo que huir al ser perseguido a su vez por dos drones que acompañaban a esos dos individuos.  Sandra se deslizó por el suelo reptando a gran velocidad, transformando su cuerpo para que fuese lo más delgado posible. Mientras Alice les gritaba, Sandra se colocó en una posición lateral, y disparó con el phaser de su brazo a ambos hombres, que cayeron, uno de ellos abatido, y el otro herido. Sandra consiguió entrar en la computadora de los drones, y ordenó la autodestrucción. Los dos drones que les acompañaban huyeron inmediatamente y explotaron en el aire. La escena no había durado más de veinte segundos. Alice fue corriendo hasta Sandra, que recuperó su aspecto normal.

—¿Estás bien? —preguntó Sandra.

—Ya lo creo que no —contestó Alice agitada—. Es verme contigo, y empieza a explotar todo a mi alrededor.

—Muy graciosa —contestó Sandra—. Creía que eras tú la causante de tantos problemas en mi vida. —Ambas se levantaron, y fueron corriendo hasta los dos hombres. Sandra los registró rápidamente. No llevaban documentación, no estaban conectados a la red global de datos, y las identificaciones y ánimas de las armas habían sido limpiadas para evitar poder reconocer su procedencia.  Sandra interrogó al herido.

 

—¿Quién eres y por qué nos habéis atacado?

—Vete al infierno —contestó el hombre.

—Respuesta equivocada —afirmó Sandra, que extrajo un hilo de su dedo, el cual penetró por la nariz del herido sin que este pudiera evitarlo. Alice susurró:

—Siempre se me ponen los pelos de punta al verte hacer eso.

—No me gusta, pero hay varias vidas en juego. Además, no le hará daño. Probablemente.

—¿Probablemente?

—Ahora el dolor inducido no es simplemente una sensación. Puedo simular que sienta diferentes tipos de dolor. Desde una simple muela con caries, hasta el corte de una pierna, un cuchillo en la espalda, o una descarga eléctrica. O una combinación. También puedo alterar su estado anímico para facilitar el interrogatorio.

—Maravilloso —suspiró Alice—. Eres un encanto, Sandra.

—¿De qué habláis? —preguntó el hombre herido.

—De esto. —Sandra activó la fibra neuronal, cuya parte final se había abierto en varios elementos menores, y se había conectado al cerebro, en la zona insular. Activó una sensación de dolor de una herida en la pierna producida por una rotura de fractura abierta. El hombre gritó de dolor.

—¿Vas a hablar? —preguntó Sandra.

—¡Muérete! —gritó él.

—Está entrenado para esto, parece un soldado con formación avanzada —explicó Alice—. No podrás sacarle nada.

—No te rindas tan rápido. —Sandra estimuló varios grupos de neuronas, combinando diferentes simulaciones de heridas, golpes, y fracturas, combinadas con una estimulación psicológica que provocaba una sensación de impotencia y depresión, y de rendición. Aquel hombre se retorció en el suelo. Sandra le advirtió:

—Puedo seguir así durante horas, controlando el dolor y tus sentimientos primarios, sin que llegues a perder la conciencia. Será mejor que hables ya. Soy un androide, y debo cuidar tu vida, pero las vidas de al menos cinco seres humanos pueden depender de tu información. Mi programación exige que obtenga información para salvar esas vidas a cualquier precio. No te mataré. Pero tendré que forzarte a hablar el tiempo que sea necesario. —Aquel hombre comprendió que el androide decía la verdad. Tendría que decirle algo. Y tendría que decirle lo que sabía, porque el androide podría detectar si mentía. No era infalible, pero aquel androide parecía muy avanzado, mucho más de lo que había visto, incluso en los recientes modelos QCS-70. Finalmente, empezó a hablar.

—Mira, androide, como comprenderás, yo solo recibo órdenes, no sé quién ha contratado esta operación. Te puedo dar un contacto que sí lo puede saber. Es un informador. El mejor. No te puedo asegurar que lo sepa. Pero trabaja con información. Es un maestro en eso. Y conste que con esto que estoy diciendo me estoy condenando.

—Nadie sabrá nada —respondió Sandra—. No me interesa que mueras. Solo me interesa que desaparezcas. Vasyl te habría pegado tres tiros. Pero ese no es mi estilo.

—¿Vasyl?

—No importa. Dame ese nombre.

—Le llaman Cano. Es un dibujante, pero eso es solo una tapadera. Es un hombre con docenas de contactos al más alto nivel. —Sandra y Alice se miraron sorprendidas, hasta que Alice susurró:

—Cano otra vez. Está en todas partes ese hombre. Tiene una red de contactos e influencias enorme.

—La tiene —comentó el soldado—. Incluso hasta en el Vaticano. Pero es un hombre muy peligroso. Yo de vosotras tendría cuidado.

—Lo sabemos —contestó Sandra—. Ya hemos tenido alguna experiencia anterior con él. Siempre pide algo a cambio.

—Y dibuja los mejores comics —agregó Alice. Sandra le recriminó:

—¡Alice! ¡No es el momento!

—Sí —afirmó el soldado—. Cano siempre quiere algo a cambio. Puede pedirte la chaqueta, o el secreto más escondido del universo. Nunca lo sabes. Solo os dará la información cuando le deis lo que os pide. Y no tratéis de enfrentaros a él. Sería un suicidio.

—¿Está diciendo la verdad? —preguntó Alice a Sandra.

—Creo que sí. Su nivel psicológico mental es muy bajo. Y no noto fluctuaciones visuales o mentales que pudieran indicar que miente.

—¡Te estoy diciendo lo que sé, androide! —insistió el soldado.

—Es cierto —confirmó Sandra—. Puedes irte. ¿Eres capaz de caminar? —El soldado se levantó lentamente, se tocó la pierna herida, que Sandra había taponado con un compresor de traumatismos controlado por nanobots, capaz de taponar heridas, y coserlas automáticamente.

—Puedo caminar. Gracias por no matarme. Normalmente, estas historias acaban mal para el perdedor. —Alice lo miró desafiante, y respondió:

—Yo no acabo con ninguna vida excepto en caso de extrema necesidad y para salvar a otras vidas. Está escrito así en mi programación. Así que provecha tu día de suerte. La próxima vez podrías acabar como tu compañero.

 

El soldado se fue renqueante, mientras Sandra y Alice tomaban la nave gravitatoria para dirigirse directamente a Ibiza. Al llegar, preguntaron por Cano en su bar, que no era más que una tapadera, y, tras una breve consulta, un par de hombres las acompañaron hasta su estudio. Allí estaba el dibujante e informador más ambicioso y peligroso de la segunda mitad del siglo XXI.

 

—Vaya, nos volvemos a ver —comentó Cano sonriente, mientras terminaba de retocar uno de sus dibujos de Ibosim, su saga de comics. Y añadió, sin dejar de dibujar:

—Sabía que vendríais.  Y me alegro de que lo hayáis hecho. Ibiza no sería lo mismo sin vosotras dos.

—Vaya, está bien informado —afirmó Alice. Fue entonces cuando Cano se volvió, y, mientras limpiaba un pincel, comentó:

—Buscáis a esa gente desaparecida. Y especialmente, a la hija de ese oficial de la marina, esa tal Isabel.

—Increíble. Así es —confirmó Sandra—. Pero ¿cómo?…

—¿Cómo lo sé? La información es mi profesión, Sandra. Yo compro y vendo  información. A cambio de algo, claro.

—¿Y qué será esta vez? —preguntó airada Alice cruzando los brazos—. Porque en la última ocasión, casi me vuelan mi dura cabeza por tu maldita petición.

—Esta vez no —rió Cano con su voz más oscura—. Esta vez no voy a pediros nada a cambio. Os daré la información. Gratis.

—¿Gratis? —preguntó Sandra extrañada—. Eso me preocupa más que cualquier petición que pudieras hacernos, Cano. Tus excentricidades son conocidas en todo el planeta.

—No, no —confirmó Cano—. Aquella misión que os encomendé era compleja. De hecho, no me hubiese extrañado que hubiesen acabado con la vida de las dos. Pero os jugasteis la piel. Y estuvisteis muy cerca de perder la vida. Os debo una, y yo soy un hombre de negocios justo. Os la voy a pagar con esta información, gratis. —Alice comenzó a hablar:

—Vaya, pues…

—Pero con esto quedamos en paz, señoritas —cortó Cano—. Si volvéis otro día, puede que os pida algo que no podáis llevar a cabo. Pero tendréis que hacerlo. Hoy, y ahora, considerad este gesto como una muestra de mi buena gratitud.

 

Cano hizo un gesto con el pincel a uno de los guardias, el cual les entregó un cristal de datos. Sandra lo guardó en su bolsillo del pantalón.

 

—Ahí tenéis la información. Y con eso queda cerrado nuestro trato, y mi favor. Tengo que terminar mi tira de Ibosim y no puedo acompañaros, pero puedo ofreceros una copa por este negocio que hemos cerrado. ¿Queréis tomar algo en el bar? Invita la casa. —Alice contestó:

—Esto… No… La isla es preciosa, pero ya haremos turismo en otra ocasión.

—Como queráis. Os deseo mucha suerte. Os va a hacer falta. Saludos. —Sandra se acercó a Cano, le miró fijamente, y comentó:

—Ahora lo entiendo. —Alice se acercó a su vez a Sandra, y le preguntó:

—¿Qué entiendes, Sandra?

—El intercambio. Cano siempre quiere algo a cambio. Nos ha ofrecido un regalo. Sabemos que este regalo no tiene sentido. Que en realidad no tiene por qué darnos nada. Cano es un ser frío y calculador, nunca ofrece nada si no es a cambio de algo. Pero ahora nos ofrece esta información gratis. —Cano miraba complaciente, mientras limpiaba uno de sus pinceles. Sandra continuó:

—El intercambio es el regalo en sí. Él nos ofrece la información, a cambio de que nosotros sintamos que estamos en deuda con él. De este modo, en el futuro, será el quien podrá pedirnos un favor. Y nos veremos en la obligación moral, y mortal, de no negarnos. Nos está comprando por un buen precio. —Alice miró a Cano, y asintió, mientras este sonreía sobre su bigote. Finalmente, fue Cano quien habló:

—Eres muy perspicaz, Sandra. Me gusta eso. Pero yo no voy a decirte nada más. Tenéis la información. Si no la deseáis, me devolvéis el cristal de datos. Es vuestra última oportunidad. Y no Soy conocido por mi paciencia. —Sandra se mantuvo un momento pensativa, y contestó:

—Estamos en tus manos ahora, Cano. Espero que juegues limpio.

—Yo siempre juego limpio, niña. Si no, no podría llevar este negocio en condiciones. Que disfrutéis de vuestro pequeño rescate. Ya hablaremos.

 

Cano se volvió, y siguió pintando, mientras canturreaba una canción. Ambas salieron del local. Fuera, Sandra analizó el cristal de datos. La información era, cuando menos, muy, muy preocupante. Alice notó que algo grave ocurría. Comenzaba a detectar rápidamente los pequeños gestos del rostro Sandra, y a interpretarlos perfectamente.

 

—Dime qué pasa ahora —preguntó Alice mientras salían del bar que servía de tapadera a Cano. Sandra contestó:

—Las detenciones que se han hecho por parte de la G.S.A. no son al azar, eso está claro. Todos los individuos siguen un patrón genético determinado, en el que ciertas secuencias de nucleótidos han sido alteradas mediante nanobots. Las alteraciones tienen una correspondencia directa con alguna finalidad de investigación desconocida.

—Es decir, que son gente modificada, como yo.

—Más o menos. Pero tú fuiste concebida mediante un ADN humano específico y potenciado. Esta gente fue alterada después de la concepción y el nacimiento. La documentación no lo indica, pero estas secuencias de nucleótidos, por lo que estoy analizando, conllevan que el individuo genere ciertas proteínas y metabolice diversos compuestos orgánicos, y los convierta en agentes de muy diversos tipos.

—Es decir, son laboratorios andantes —aclaró Alice.

—Exacto. Son fábricas naturales de compuestos experimentales. Es increíble. Están usando a seres humanos modificados genéticamente para crear todo tipo de sustancias activas. Con estas modificaciones se pueden crear antibióticos extremadamente potentes, pero también virus letales totalmente irreconocibles por los nanobots, e incluso algunos capaces de destruir directamente a los nanobots. —Alice enarcó las cejas en un claro gesto de asombro.

—¿Virus naturales destruyendo formas artificiales basadas en circuitos lógicos?

—Así es. Y supongo que sabes quién está detrás de estas modificaciones. —Alice asintió.

—Déjame adivinar: laboratorios Genlife, y su conocido lema “sus genes nos importan”.

—Así es. Sin duda, en esta ocasión se han tomado su slogan al pie de la letra.

—¿Cómo se nos pasó esto el año pasado, Sandra?

—Alice, por favor, incluso yo tengo mis limitaciones. Las computadoras cuánticas de la G.S.A. son inviolables.

—Excepto para nuestros… Amigos.

—Sí, pero Deblar no tiene nada que ver en todo esto. Es un asunto estrictamente humano, Alice. De todas formas, nuestro objetivo inmediato ahora es Isabel.

—¿Crees que le harán daño?

—Dado el secretismo de todo esto, me temo que podrían decidir terminar el experimento como trataron de acabar el tuyo. —Alice abrió los ojos en un gesto de sorpresa y preocupación.

—¡Entonces tenemos que actuar ya! ¿Dónde crees que pueden retenerla, a ella y a los demás? —Sandra miró sonriente a Alice, la cual se mantuvo en silencio, intentando no reconocer esa mirada cómplice que le lanzaba Sandra. Finalmente, exclamó:

—¡No, por favor! ¡A esa isla maldita no quiero volver!

—Vamos Alice. Será divertido. ¿No dices siempre eso?

—¡Sí, pero odio esa maldita isla! ¿Por qué la han tenido que llevar all allxxxxxxla cual se mantuvo en silencio, í?

—¿Por qué? Porque es una isla, Alice. Y porque es solitaria, fuera del control de la inmensa mayoría de sistemas de seguimiento del planeta. Además, no es tan malo eso sitio. La última vez que fuiste solo te engañaron, te dispararon, te bombardearon, e intentaron quemarte viva con napalm. No es tan grave.

—Sandra, cada día te estás volviendo más humana.

—Muy graciosa. Vamos ya. Esta nave se mueve por el principio de alteración del campo gravitatorio. No podrán detectarnos si rebajamos la masa de la nave más allá del 40%.

—¿Y qué pasará con nuestra masa? —preguntó Alice preocupada.

—¿No estás siempre preocupada por si engordas? Ahora perderás casi la mitad de tu masa corporal. Vas a estar estupenda.

—Encima sarcástica, cómo odio al que te reprogramó, fuese quien fuese.

 

Tres días más tarde, Sandra y Alice se dirigieron a la isla donde habían tenido el enfrentamiento con la G.S.A. dos años antes, y en la que hubiese perdido la vida, junto al equipo de soldados que la acompañaban, si no hubiese sido por la oportuna intervención de Javier. Le debía la vida, aunque Javier sabía que él le debía mucho a ella. Ambos se admiraban mutuamente, pero no estaban dispuestos a reconocerlo en lo más mínimo.

 

La nave pasó las defensas aéreas de la isla sin problemas. Sandra había detectado las señalas de radar, pero no disponían todavía de radares gravitatorios, por lo que la nave era invisible, o se confundiría con la masa de un grupo de aves de tamaño medio. Eran las dos de la mañana cuando aterrizaron en un punto perdido del sur de la isla. La nave llevaba en su interior dos sencillas bicicletas, que usaron para trasladarse al punto donde se encontraba el complejo de los laboratorios Genlife.

 

—¡Esto es ridículo! —se quejó Alice—. ¿Cómo podemos ir a rescatar a nadie en bicicleta?

—No hacen ruido, no generan calor prácticamente, y son rápidas para cubrir esta distancia —contestó Sandra—. Muchas veces, las soluciones simples son las mejores.

 

Ambas llegaron al complejo. Sandra detectó varias cámaras y drones en la zona. Eran modelos corrientes, con software corriente, ya que cubrir toda aquella área con sistemas avanzados hubiese costado una fortuna, incluso para la G.S.A. Sandra reprogramó los drones para colocarse en situación de automantenimiento, y activó el vídeo de las cámaras, un viejo truco que casi siempre funcionaba, y en que la cámara no emitía lo que captaba, sino lo que había captado. Luego se introdujo por un conducto de aire, estrechando su cuerpo al máximo.

—Se me ponen los pelos de punta cada vez que haces eso —confesó Alice viendo a Sandra minimizar su cuerpo de forma que pudiese caber por la abertura del conducto.

—Vamos Alice, es otro método de adelgazamiento. Démonos prisa. Tenemos unos quince minutos antes de que se den cuenta de que he alterado las cámaras para que emitan una proyección grabada del área que controlan.

 

Sandra pasó al interior del complejo, y abrió la puerta a Alice. Esta se dirigió directamente a una terminal holográfica cercana.

—La seguridad de las computadoras es máxima —advirtió Alice—. Pero creo que puedo romper el cifrado.

—Te juro que no sé cómo lo haces —confesó Sandra.

—¿No eres tú la androide?

—Sí, pero tus modificaciones genéticas van más allá de lo que la ciencia actual puede explicar. Al menos, la ciencia que conocemos. Esa gente de Genlife dispone de avances asombrosos, probablemente obtenidos a base de saltarse diez mil normas, por no hablar de las víctimas que debe de haber provocado. Y, por cierto, ¿Te das cuenta de que con esto se rompe definitivamente tu pacto de no agresión con la G.S.A.?

—Sí, y me alegro. A ellos les interesó finalmente que siguiese viva para conocer mi desarrollo. Además, lo contrario hubiese supuesto destapar sus operaciones en todo el mundo. Pero ahora estoy convencida de que estoy haciendo lo correcto… Ah, ya lo tengo. Nivel tres inferior. Ahí tienen a Isabel, y al resto. Manda la señal.

 

—Sandra lanzó una señal en clave. A unos kilómetros, una luz se encendió. El capitán de navío Javier Pascual, a bordo del CVN-80 Enterprise, ordenó:

—Oficial de cubierta, hemos recibido luz verde. Ordene el inicio de la operación. —El oficial asintió, y pulsó un holograma. Tres aerodeslizadores despegaron de la cubierta del portaaviones, junto a un grupo de cazas de escolta F-39. Varios misiles dron lanzados desde dos destructores destruyeron las defensas principales de la isla, que eran poderosas, pero no para la capacidad de una flota de combate de la Armada. Los aerodeslizadores llegaron a tierra indemnes, y de cada uno de ellos surgieron treinta soldados, que tomaron posiciones.

 

—Sandra, ¿me recibes? Tango Delta Foxtrot Lima 2-3 Bravo.

—Recibido, Javier. Confirmado código de operación.

—Pavlov ya me metió en un lío similar hace doce años. Luego apareces tú y esa tormenta llamada Alice hace dos años y casi me juego la carrera por vosotras. Y ahora volvemos a esta maldita isla, que no me puedo terminar de sacar nunca de encima. Sois una pesadilla. Pero estoy en deuda con vosotras. —Por el comunicador se oyó la voz de Alice.

—¡Me debes otra, Javier!

—Por una vez, Alice, voy a estar de acuerdo contigo. Se trata de Isabel. —Sandra intervino:

—Haríamos cualquier cosa por ella.

—Lo sé. Por eso sé que puedo confiar en vosotras. Siempre que aparecéis me complicáis la vida. Pero sois geniales… Tengo información para vosotras. El equipo SEAL se dirige al objetivo para tomarlo. Habéis hecho un buen trabajo.

—Hemos hecho un excelente trabajo—contestó Alice por el comunicador, mientras Javier asentía divertido—. Con este movimiento, la G.S.A. va a poner precio a mi cabeza de nuevo. Pero debía ayudar a Isabel. Esto lo hago por tu hija, que es maravillosa. No por ti, zoquete. Me necesitabas, Javier. Y eso me encanta.

—Está bien, está bien —contestó Javier—. Tú ganas. Otra vez. ¡Maldita cría maleducada!

 

La base fue tomada rápidamente. Los guardias del laboratorio eran muchos, pero no podía ofrecer resistencia a los SEAL, y se rindieron sin abrir fuego. Dos soldados aparecieron con Isabel. Ella fue corriendo hasta Alice cuando la vio, y la abrazó.

—No sé qué decir —susurró Isabel. Alice sonrió, y contestó.

—No tienes que decir nada. Somos amigas —dijo mirando de reojo a Sandra. Esta intervino:

—¿Te dijeron exactamente qué querían de ti, y de los demás?

—Nos dijeron que éramos el inicio de una nueva era de la humanidad. —Alice enarcó las cejas.

—¿Eso te dijeron? ¿Es que no se cansan de repetir esa canción una y otra vez?

—Bueno, ya hablaremos con calma —añadió Sandra—. Ahora vámonos. Porque me temo que esto es el inicio de un hilo muy largo y con infinitas ramificaciones. La próxima vez no serán tan incautos.

—Puedes estar segura de eso —confirmó Alice. Sandra miró un momento a Alice, y comentó:

—Alice, definitivamente con esto hemos abierto la caja de Pandora.

—Sí, y me alegro. Creo que por fin voy a poder empezar a enseñar los dientes a esos monstruos. Y tengo muchas, muchas ganas de morder. —Javier apareció en ese momento, y abrazó a su hija. Se dijeron algo, y luego él miró a Alice.

—¿Qué vas a morder?

—Tu cuello —contestó ella. Isabel rió mientras Javier contestaba:

—Tan encantadora como siempre. Pero de una cosa puedes estar segura, Alice. Me alegro de estar en tu bando. Porque esas capacidades tuyas dan miedo.

—¿Soy un bicho raro?

—Digamos que eres una cría impetuosa, malcriada, maleducada, y perversa, con unas cualidades asombrosas, y un dominio de la tecnología cuántica inexplicable, además de terca y obstinada. Pero has sacado a mi hija de esto. No lo olvidaré. Nunca. —Alice sonrió, se cruzó de brazos, y contestó:

—Haremos algo, Javier. No volverás a criticar los comics de Ibosim que le paso a Isabel.

—Estoy dispuesto a ceder en muchas cosas, Alice. Pero todo tiene sus límites.

—Todavía no has visto nada, Javier. No has visto absolutamente nada de mí. Ahora empieza la fiesta de verdad. Y va a haber regalos para todos…

Comentarios

  1. Mabel

    23 abril, 2016

    ¡Me encanta! Un abrazo Iñaki y mi voto desde Andalucía

  2. Juan.Nadie

    8 mayo, 2016

    ¡Vaya par de féminas! Interesante la cosa, seguiremos leyendo.
    Un saludo,

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