El coleccionista de sombras

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I

Encontré en mi camino a un pobre hombre un día. Compartí con él unos cuantos nubarrones de sombras que llevaba conmigo. Me llamó poderosamente la atención puesto que siempre anduve compartiendo mis nubarrones de sombras con cuantos se me cruzaran, pero debo admitirlo, no con mucho éxito. Algunas veces lo hacía intencionalmente pero en otras oportunidades ni me daba cuenta.

Pero este hombre las aceptó muy amablemente; eso fue extraño. Pero lo más extraño aún fue cuando me dijo:

–          ¿Tienes algunas más que te sobren?

No me había sucedido esto antes. En cuanto a mis nubarrones de sombras propiamente los tenía de diversas formas y tamaños. Algunos eran suaves y livianos a los que cariñosamente los llamaba “Light”; otros más bien oscuros y pesados. Algunos de bolsillos que podía llevarlos adonde quiera y otros inamovibles del tamaño de un galpón. Demás está decir que casi nadie estaba interesado en ellos. Sin embargo algunos desvelados reparaban en ellos quizás para incluirlos en su repertorio de historias que contaban o tal vez para darles tonos a sus propias perspectivas. Por otra parte era lo único que yo tenía y casi siempre fui una persona que le gustaba compartir.

Mayormente entre amigos las sacábamos a relucir y a ponderar sus matices oscuros y lúgubres; es decir, en realidad tratábamos de compartirlos, los unos con los otros, como cambiando figuritas. Pero al momento de volver a casa cada uno volvía con lo que había llevado. Debo reconocer que algunas mujeres que conocí, y hoy entiendo que quizás por cortesía o lástima, o más aun, por ese instinto maternal que muchas de ellas aun hoy poseen, aceptaron algunos de mis nubarrones; pero con el paso del tiempo ya no los soportaban más, ellas se iban por su lado y yo volvía a quedarme solo con todos ellos.

Sin embargo este hombre (…¡y para colmo hombre!) amablemente me dio las gracias y me dijo:

–          ¡Perdón! – interrumpió – ¿Tienes algunas más que te sobren?.

–          ¡Sí! … Eh … ¡No! – confuso – ¿Más? ¡Sí! … Tengo mucho más de lo que Usted puede imaginar.

–          ¿En serio?, ¡interesante! – dijo con cierta curiosidad.

Me preguntó si mis nubarrones de sombras eran las resultantes proyectada a causa de alguna fuente de luz o simplemente estaban allí por ser lo que eran (¡¿Qué…?!) fruncí el ceño desconcertado y le dije:

–          ¡No lo sé! ¡Son solo sombras! ¿No creo que tenga mucha importancia?

–          Por supuesto que no – sonriendo – …pero ¿desde cuándo las tienes?

Sus preguntas verdaderamente me sorprendían mucho ¿Por qué tanto interés? ¡Bueno… está bien! No todos las aceptaban, casi nadie en realidad, pero eran ¡solo sombras!, por otro lado ¿Quién no tiene un buen stock de sombras consigo? ¡Este hombre no era como los demás!

–          Bueno! creo que algunas las encontré en mi camino – continué – y otras …no sé! …¡algo me dice que las cree yo mismo! El problemas es que – llevándome las manos al mentón tratando hacer memoria – …que ya no recuerdo cual es cual y pensándolo bien – reflexivo – algunas creo haberlas heredado.

–          ¡Una herencia!. Toda familia siempre deja una herencia – a lo que agregó muy entusiasta – Están muy bonitas ¡Gracias!

–          ¡De nnn … ada! – ¿?

II

A esas alturas ya estaba bastante nervioso, nadie había pasado tanto tiempo conmigo hablando de lo mismo y menos de mis nubarrones de sombras. Por supuesto me agarró apuro de irme ya que este señor aparentemente no tenía nada mejor que hacer que escucharme. Yo no tenía mucho que hacer como siempre pero esta situación era tan diferente que empecé a sentirme más inseguro que nunca. Siempre andaba con prisa y corriendo de aquí para allá pero en realidad no tenía otro lugar donde ir o llegar que no sea a mi casa y a mi copiosa colección de nubarrones de sombras.

– Bueno! – interrumpí – debo continuar.

– ¡Que pena! – dijo el hombre con paz en su semblante – Fue un placer conocerte y espero volver a verte y si no te molesta con algún otro nubarrón que me quieras regalar. – (¿?)

Tenía ganas de irme y mi cerebro me lo confirmaba con total convicción pero mi curiosidad era mucho más grande que nosotros dos. Respetuosamente, intrigado y expectante le dije:

–          ¿Que hará con lo que compartí con Usted?

–          ¡Bien! – como que estaba esperando la pregunta – las guardaré entre las cosas que son de mayor importancia para mí.

–          ¿De mayor importancia? – interrumpí. Estaba maravillado por sus palabras y actitud y hasta creí por un momento que me estaba tomando el pelo. Entonces agregué:

– ¿Cómo es eso? … Digo …en realidad ¡nunca nadie ha guardado algo de lo que regalo, y menos mis sombras, entre sus cosas de mayor importancia! – y antes de que amague respuesta dije:

– Perdone la impertinencia, pero… ¿Qué otras cosas guarda Usted allí? – Sonriente dijo:

–          ¡Gracias por preguntar! – y agachando un poco la cabeza – ¡Todos lo hacen!

–          ¿Bueno entonces no es raro para Usted? – interrumpí impacientemente – ¡Dígame!

–          ¡Si claro! ¡Seré sincero! Tengo una mansión bastante amplia y confortable y en ella tengo un pequeño lugar reservado para estas cosas.

–          ¿A que se refiere con “estas cosas”? – interrumpí. Amablemente agregó:

–          ¡Las colecciono! …

–          ¿O sea que no es la primera ni la última? – increpé con los ojos bien abiertos.

–          ¡Así es! … Pero hay un pequeño detalle.

–          ¿Pequeño detalle? – interrumpí inconscientemente.

–          Si pero uno muy pequeño para mí que casi creo no vale la pena contárselo.

–          ¡No, no si lo escucho! ¡Adelante! – casi desesperado.

–          Bien – dijo el hombre con parsimonia – las acomodo en un orden casi estricto por matiz, tamaño, fecha y lo principal por nombre de los que me lo regalaron – yo estaba con la boca abierta – Pero al poco tiempo de almacenarlas … –  y se me acerca un poco bajando  la voz – … ellas ¡dejan de ser sombras!

–          ¡¿Qué?! – grité incrédulo y al darme cuenta de mi exabrupto – Lo siento ¿Cómo es eso? ¿En que se convierten?

–          ¡En nubes blancas!

–          ¿Nubes blancas? – más incrédulo aún.

–          ¡Tersas y suaves!

–          ¿Y mis nubarrones? – casi decepcionado.

–          No se apresure. ¡Son ellos! Son sus nubarrones de sombras pero yo los colecciono para pintarlos de blanco.

–          ¡Sí, pero…! – totalmente confundido. Apoyando su mano en mi hombro dijo:

–          ¿Sabes? Yo sin tu ayuda no podría hacer esto. Sin tu ayuda no tendría yo mi gran colección de nubes blancas.

–          ¡Tersas y suaves! – acoté como un autómata.

–          Así es! Yo solo las convierto, pero en realidad eres tu el que las crea, o en el caso de herencia el que me las cede. Por otra parte el día en que me visite podrá disfrutar de todas ellas porque seguirán siendo suyas y podrá apreciar cuantos matices y reflejos de los más variados y cálidos se puede lograr con un poco de luz – Yo estaba estupefacto.

III

Asentí levemente con la cabeza como si hubiese entendido algo. Bajé la mirada y me alejé lentamente sin mirar hacia atrás. El hombre sonriente quedó solo y viendo alejarme; pero no sé por qué extraño mecanismo mis sentimientos me decían que el que había quedado solo otra vez era Yo.

De camino a casa pensé en todo lo ocurrido. Más que buscar una respuesta del por qué hacía eso con mis nubarrones de sombra me preguntaba ¿Qué sentiría al hacerlo? ¿Quién era? Porque si era un pintor no era de los conocidos ¿sería un pintor obsesionado y frustrado? Con cada cuadra caminada hacia casa más y más quería saber más, pero pensé que de interesarme cada vez más podría volverme ingrato con mis nubarrones de sombra.

Entré en silencio para no despertarlos. Como siempre no encendí ninguna luz para no encandilarlos. En la penumbra de mi casa los contemplé con tristeza y hasta con un poco de lástima. Tanto tiempo conmigo. Tan fieles y siempre allí. Por otro lado ese hombre y su voz retumbando en mi mente: “Seguirán siendo suyas y podrá apreciar cuantos matices y reflejos de los más variados y cálidos se puede lograr con un poco de luz.”

A decir verdad esos nubarrones de sombra era todo lo que yo tenía, es más, era yo mismo reflejado en ellos pero hacía ya un tiempo que había reparado en tanta monocromía. Estaba como inquieto y toda esa noche no pude dormir. Tampoco la siguiente, y aun la otra. Mis nubarrones descansaban como si nada pero pude notar que los más grandes y oscuros parecían estar iguales o peores que yo. Muy inquietos. ¿Sería la posibilidad de llegar a ser blancos? Sentí muy dentro mío que valdría la pena intentarlo y que si estaba desconforme y le pedía a ese hombre que me los devolviera él lo iba hacer sin problema. ¡Pude saber eso! … pero no sé cómo.

A la tercera noche pude dormir un poco y decidido temprano en la mañana cargué con todos mis nubarrones de sombras, del más grande al más chico y salí en la dirección que me había indicado aquel hombre. El camino se hacía tedioso por la carga que llevaba, para colmo, algunos nubarrones estaban más inquietos que nunca.

Un buen amigo me encontró descansando un poco a la vera del camino y me preguntó adonde iba con todo eso. Le conté entusiasta y animado casi con lujo de detalle todo lo que me había ocurrido y …! Casi con pena en los ojos me dijo en un tono fraternal:

–          ¡Por favor!… No creas en todas las pavadas que te dicen… – me miró como buscando comprensión de mi parte – hay gente muy mala; dicen aceptarte como eres pero cuando querés acordarte estás cambiando un montón de cosas. Cosas que las personas que realmente te queremos las aceptamos. ¡Porque forman parte de vos! ¡Cosas que te hacen ser vos! ¿Me entendés? Por otra parte sabés muy bien que no soporto la gente con falta de carácter – y acomodándome el pelo y el cuello de camisa agregó – No te conviertas en una de ellas – y se alejo mientras volteaba para recordarme – ¡Te quiero mucho!…

Quedé desencajado… Me sentí ridículo… Una persona falto de carácter y ¡por supuesto!, un decepcionador de “amigos”.

A estas alturas mis nubarrones ya me pesaban más que bastante. Reparé que la distancia de regreso a casa era mucho mayor que a la mansión de este hombre. Me sentí completamente solo. A lo lejos se perdía mi “amigo” que se percató de mi situación pero que su atención solo me hizo sentir como si yo estuviera yendo a contramano. Entonces retumbó en mi mente las palabras de aquel hombre: “Yo sin tu ayuda no podría hacer esto… eres tu el que las crea”. Alguien necesitaba lo que yo creaba, o era. Por otra parte estaba convencido hasta ese día que era lo único que tenía para compartir. Y este hombre me los aceptaba.

IV

La puerta se abrió lentamente.

–          ¡Bienvenido! – dijo el amable hombre – ¡sentí que vendrías!

–          Buen día – dije un poco aturdido y temeroso – discúlpeme pero pensando en todo lo que me dijo me traje todo mis nubarrones de sombras y sé que debí haber preguntado primero ¿Cree tener lugar para todo ellos? – el hombre sonrió dulcemente y agregó:

–          En mi casa lo que sobra es lugar – y al hacer un ademán con su mano indicándome el camino pude ver una extraña cicatriz justo en el centro de la palma de su mano – ¡Adelante! Siéntete como en tu casa.

No fue de un día para otro pero me empecé a sentir cómodo allí. Los cambios fueron muy lentos pero ¡me sentía tan bien! Al principio me comentó, que si él lo deseaba podía cambiar mis nubarrones más oscuros a blanco irreconocible sin que nada se lo impidiera pero agregó que si yo permanecía con él y lo ayudaba en el cambio de los colores y matices claros estos iban a permanecer por mucho más tiempo e iban a quedar indelebles sobre cada uno de mis nubarrones de sombras. Por otra parte compartir y ser parte de su obra, aunque mérito suyo, me dijo que también podía ser el mío por mi esfuerzo en aprender los atributos de la luz.

Nunca pude clasificar mis nubarrones ya que me resultaba tedioso pero me bastó saber que debía empezar por los más grandes y oscuros. Con el tiempo me habló de la naturaleza de la sombra y sus matices pero podía notar su entusiasmo y fervor cuando me enseñaba de las bondades y perspectivas de la luz.

Nunca podré olvidar lo que un día este hombre, que con el tiempo resultó ser mi Mejor Amigo, me dijo:

–          “No hay sombra más terrible que aquella que no es la que proyecta un cuerpo frente a La Fuente de luz Intensa”

Fin

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    10 enero, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

    • andres fernando ramirez

      11 enero, 2017

      Gracias! Muy amables!

  2. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    10 enero, 2017

    Una historia interesante, Andrés, con un final, para mí, inesperado.
    Un cordial saludo, y un voto.

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