Una vida propia

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Todas las películas del autobús son una mierda. La idea y ese pensamiento no paraba de dar vueltas a la cabeza de África, que intentaba por todos los medios no perder hilo del tostón, para evitar sobre todo quedarse dormida y aparecer en su destino excesivamente demacrada. Diez horas de viaje con dos transbordos y más de una docena de paradas inútiles terminan reventando literalmente a cualquiera. Le sonaba la cara de aquella actriz, pero ¿de qué?

En ese tipo de preguntas se debatía la joven, que se dirigía a la otra punta del mapa para ver por primera vez y en persona a su padre. ¡Casi nada! Con su mayoría de edad recién estrenada, África se afanaba por ponerle cara a un hombre al que no había visto en su vida, y del que no tenía más referencia que dos viejas y muy desgastadas fotos que su tía Leo guardaba en un cajón de la mesilla de noche. Dicen las malas lenguas que la solterona hermana mayor de su madre había coqueteado con el entonces apuesto Perfecto, que no es que lo fuera, pero por esos caprichos del padrinaje alguien se empeñó en que ese sería el nombre de pila del padre de África.

Pero fue la pequeña, la dulce e inquieta Elvira, la que se llevó al casi perfecto Perfecto, relegando a su hermana Leo a la áspera tarea de vestir santos, eso sí, sin haber podido evitar que alguna vez el galán bailara la danza del pantalón sacado dentro de sus virginales sábanas. Ya se sabe que en tiempo de guerra cualquier agujero es trinchera, y el tal Perfecto debió ser un soldado que padecía el problema de no saber mantener el rifle enfundado y descargado.

Con esas referencias, fruto, por qué no decirlo, de la ciencia de la rumorología, África se encaminaba a los confines casi de la tierra conocida. ¿Quién era aquella actriz? Hasta recordaba la escena, puede que de una serie de televisión. O sería el sueño que la estaba intentando vencer. Decidió pasar de la película y centrarse en el paisaje.

Desolador. Con calma y sin excesivo esfuerzo de atención se podían contabilizar de cabeza los árboles con los que el veloz autobús se iba cruzando en aquella autopista recta que no parecía acabarse nunca. Siete hasta el momento, desde que salió. Y eso que había tenido un ojo puesto en la película. El caso es que el tío también le sonaba; se vio obligada a mirar de nuevo la pantalla cuando escuchó el murmullo general. Era porque se habían besado. ¡Un revuelo en un autobús porque ha habido un beso en la película! África echó un vistazo a su móvil para comprobar dos cosas. Una, que no había retrocedido en el tiempo; seguía siendo 2016. La otra, que como era de esperar la prometida conexión WI-FI no funcionaba.

Con el teléfono en la mano, recibió la vibración de una llamada de comunicante desconocido. África descolgó y respondió temerosa.

– ¿Sí?
– Hola, África -era una voz masculina, potente pero igualmente incompleta-. ¿Eres África? Verás, yo… soy Perfecto, bueno, tu padre.
– Ah, hola -no esperaba que su padre comunicara con ella, era lo pactado-. No sabía que era, que eras quiero decir, tú…
– Bueno, ya -los nervios también se habían apoderado de él-. He conseguido el número y la impaciencia me ha podido. ¿Cómo estás?
– Bien -inicialmente, África fue contundente, aunque matizó después-. Bueno, todo lo bien que se puede estar en un autobús en el medio de la nada, y sabiendo que todavía me quedan como cuatro horas de viaje. ¿Qué quieres? ¿Por qué llamas? Ya habíamos quedado en la estación y…
– Ya, ya… era lo que habíamos dicho, pero ha sido tanto tiempo que necesitaba explicarte. Tengo muchas ganas de que llegues, y que conozcas a tus hermanos, son dos. Te van a caer genial. Yo quiero recuperar el tiempo, África. Y quiero que a partir de ahora nos veamos más a menudo. Te necesito, de verdad, y estoy deseando de que llegues. Lo tenemos todo preparado para estos días. Solo era eso. Por cierto, ¿cómo está tu madre, tu tía?
– Están muy bien, pero ¿podríamos hablar de todo después? Tengo poca batería y…
– Sí, por supuesto. Solo quería saber que estás bien y de camino. Hasta ahora.

África pasó el dedo por encima de la pantalla y cortó la comunicación. Miró a la otra pantalla, la del monitor de televisión, y recordó entonces claramente que aquella actriz era Juliette Binoche, y no la había visto en ninguna serie, sino en Mil veces buenas noches. La recordaba bien, fue el día de su quince cumpleaños. Estuvo en el cine con Luis, su primer gran romance, y entre besos y achuchones apenas vieron un fotograma de la película. También era un petardo, muy dura, aunque mucho mejor que la del autobús. La recordaba bien, porque después hizo el amor con él, y se sintió viva, amada, querida, deseada y envuelta por el primer chico que había conseguido enamorarla. Aquella noche se prometieron que no tomarían prestada la vida de nadie, y se fabricarían una propia.

A los dos meses, Luis ya salía con otra y África empezó su interminable reciclaje de vidas para ver cuál le venía a medida.

Casi arrancó el broche de su bolso y sacó el billete con el plan de viaje y la ruta. Según sus cálculos con los horarios delante, la siguiente parada no debía estar lejos. Media hora de pausa técnica era suficiente para lo que ya había decidido. Se compuso la ropa, se subió las medias y se retocó labios y línea del ojo.

Con impaciencia aguardó a que el autobús pisara el muelle y solicitó al asombrado conductor que le facilitara su maleta con la excusa de poder recuperar sus cosas de higiene femenina. Salió corriendo por la sala de espera de aquella estación desconocida, en una ciudad desconocida, pero en la que iba a comenzar su vida propia, y se abalanzó a la primera taquilla libre que vio.

– ¿Cuál es el próximo autobús que sale y va lejos?
– Dentro de cinco minutos -la taquillera respondió con la severidad de un robot-. Su fin de ruta es Burdeos, línea internacional, pero…
– Deme un billete de ida.
– Setenta y dos euros, veintisiete céntimos. ¿Efectivo?
– Tarjeta, por favor -las manos de la taquillera parecían enganchadas a una máquina, y realizó la gestión con una eficiencia inversamente proporcional a su humanidad-. Gracias. Usted no lo sabe, pero acaba de venderme una vida propia. Me la ha comprado mi padre; la tarjeta es suya.

Ante la estupefacción de la taquillera, África salió corriendo, arrastrando su maleta, pero se detuvo junto al expendedor electrónico de libros. Le llamó la atención la portada de La buena vida, de Álex Rovira. Casi sin mirar el precio lo compró, aprovechando que aún llevaba aquella tarjeta de crédito prestada, como toda su vida anterior, que ya no volvió a sus manos y se quedó dentro de la máquina, como toda esa existencia vacía se quedó en aquella estación. El autobús ya estaba casi en marcha cuando subió a él.

Arrancó y la pantalla también se iluminó, anunciando el destino, la hora de llegada aproximada y la propuesta de cine para el viaje. El entretenimiento que se anunciaba tenía toda la pinta de ser otro ladrillo. Esta vez, África se colocó sus auriculares profundamente dentro de los oídos y eligió su mejor disco de la biblioteca del teléfono. Abrió el libro y empezó a leer:

          CAPÍTULO 1
La vida es bella, ya verás

           “La vida es lo que hacemos de ella”.
(Aforismo Tibetano)

Cerró los ojos, tomó aire y al abrirlos siguió devorando las páginas. Sin árboles que contar, un destino intrigante, nadie esperando y ningún actor reviviendo pasados de otros. Solo una vida nueva, propia, y todo por hacer en ella, absolutamente todo por hacer de ella.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    11 enero, 2017

    Hola, Raúl; me acabo de llevar una nueva sorpresa con tu relato. Me encanta tu estilo, ágil, diáfano, directo. Me gusta tanto el relato como el mensaje que encierra. Seguiré leyéndote; es todo un placer.
    Mi saludo, y un merecido voto.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    11 enero, 2017

    ¡Qué maravilla de historia! Un abrazo Raúl y mi voto desde Andalucía

  3. Imagen de perfil de nonovazquez

    nonovazquez

    19 enero, 2017

    Muchos van a la búsqueda de una vida propia. Encontrarla es lo difícil. Mi voto para ti, granadino 😎

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