La Machi

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La tarde de la pampa era seca y polvorienta. El viento del norte  levantaba ráfagas que insistían en pegar el polvo a mis pobres pantalones.

Saqué el reloj de mi bolsillo, la cadena relumbró con el sol de la tarde. Eran las seis, todavía faltaba para la llegada del tren que me llevaría de vuelta a Buenos Aires, de vuelta a la civilización.

Miré a mi compañero de banco. Estábamos los dos solos en la vieja estación; parecía mirar un punto fijo en la distancia, me pregunté cómo haría para ni siquiera pestañar. El cabello negro y hasta los hombros mostraban ya algunas canas, su piel parecía cuero curtido por el sol. Llevaba bombacha y los pies enfundados en una especie de calzado de lona del que asomaban los talones agrietados.  A pesar de ello parecía prolijo a juzgar por la camisa de un blanco inmaculado.

Volví a mirar el reloj, la escena parecía irreal, casi me parecía imaginar una postal de la pampa con aquella estación, el atardecer y nosotros dos como personajes antagónicos.

– No se gaste –dijo, y por primera vez pude ver su rostro de frente. Tenía una pequeña cicatriz que le doblaba uno de sus negros ojos  hacia abajo y los labios gruesos- El tren por estos parajes siempre llega hora y media, dos horas tarde.

Su voz era profunda y quedada y su manera de pronunciar las eses era casi indetectable, como si las aspirara.

– ¿Va para Buenos Aires? –pregunté sólo para contestar algo.

-No. Me gusta sentarme aquí  por las tardes –dijo y sus ojos volvieron a mirar el horizonte-  Me gusta mucho… ¿ve eso? –señaló- Me gustan  esos remolinos que forma el viento y crecen y parecen subir pa’rriba hasta que desaparecen.

– Ah –dije, y en ese momento un guarda que estaba durmiendo dentro de la estación salió.

Dio una vuelta por ahí, como si esperase ver el tren. Llevaba el uniforme arrugado y bostezó sonoramente. Al volver a entrar me miró e hizo un gesto con el dedo, como si me llamara. Entré a la pequeña oficina donde el calor era insoportable. “No haga caso…el pobre está medio loco” dijo y volvió a repantigarse en el sillón cerrando os ojos.

Volví a sentarme afuera. El hombre seguía mirando cada remolino que se formaba, de golpe emitió unos ruidos. Lo miré atemorizado hasta comprobar que el sonido era una risa profunda y áspera.

-Le dijo que estoy loco, ¿no?  Se lo dijo porque de gurí yo solía andar con la Machi.

-¿La machi? –repetí curioso.

-La machi…los porteños la describirían como una suerte de curandera, medio bruja sabía ser…

Se acomodó mejor en el asiento y cruzó la pierna como si se preparara para contar su historia favorita.

-No tenía edad, pero sí carácter. Cuando niños apostábamos unas chauchas a ver  quien se llegaba hasta lo de la bruja. Escondidos tras los maizales, la observábamos, pero ella fijaba esos ojos  carbón,  exactos, adonde nos encontrábamos; corríamos alborotados, entonces, la carne de gallina al escuchar su risa cascada, fuerte, que nos seguía.

Encandilado por la leyenda, yo volvía. Me escondía tratando de entrenar mi coraje y la miraba. Era bajita, rápida en sus movimientos, arrugada y marrón. Mezcla de toba y guaraní. Mis amigos me decían “Qué corajudo” y mientras me engatusaban con un falta envido  yo  inventaba historias sobre la magia de la Machi, sobre gualichos y otras hierbas –dijo y el recuerdo le arrancó una sonrisa.

Se quedó callado, como si sopesara alguna información que tal vez no estaba seguro de dar. Miré a la distancia nuevamente pero esta vez deseando que el tren demorara un poco más.

– Señor –lo llamé para sacarlo de su recuerdo- ¿Qué pasó con la Machi?

Me miró y cambió de posición apoyando los antebrazos en las rodillas mientras en su mano daba vueltas una boina vasca.

– Una  tarde vino una mujer, recuerdo que un viento macho se levantó mientras garuaba. La Machi me miró como pa’ prevenirme. “Vienen problemas” me dijo. La doña venía acompañada de un hombre manso y pequeño,  un cuatro de copas… ella, al contrario, cargaba en los ojos una decisión indeclinable, o eso me pareció a mí. Llevaban una especie de bandeja, donde tenían  un pedazo de barro duro, con una huella impresa, una huella humana. Hablaban en susurros, y ante una negativa de la Machi, esa mujer empezó a gesticular y hasta parecía que le cantaba las cuarenta. Me quedé helado, nadie se había atrevido nunca a dirigirse así a la Machi. Después ella  aceptó la bandeja y se fueron.

-¿Quiénes eran? –pregunté.

– Los dueños de esas tierras donde andaba la Machi.

-¿Qué fueron a buscar?

-Lo mismo pregunté yo aquel día –suspiró asintiendo con la cabeza- Desgracia  dijo ella, y me ordenó que me fuera pa´mi rancho, que no era noche esa para andar por ahí. Yo no insistí, había aprendido que cuando la Machi no quería, era imposible escucharla hablar. Había en ella un aire triste, como desamparado aquel día, o eso me pareció a mí. Agarré el pingo y me fui. Pero a la nochecita volví. Volví con viento de frente, ya había aprendido a ocultarme de la Machi. Me arrastré entre el yuyaje y la vi…No se puede imaginar…Tenía el rostro iluminado por el fuego, más marrón que de costumbre, las ancianas arrugas más marcadas. Movía una especie de bastón sobre la bandeja con la huella, decía palabras antiguas, las susurraba con veneración, con respeto, y cada vez que lo pasaba sobre la huella los ojos parecían írsele pa’trás.

Yo quede estaqueado de espanto cuando la Machi levantó la huella con una espátula y la dio vuelta sobre el fuego que crepitó como al recibir grasa de cerdo. Se decía que de entre sus artes, el poder más oscuro que tenía era el de revivir animales muertos dando vuelta sus huellas, pero esta huella, ésta, era humana. Entonces comprendí la atrocidad de los hechos. Fue en ese momento que a la luna se la tragó el cielo, y escuché lamentos de animales que el campo no conocía.

Me moví en mi asiento mientras el sol se ocultaba en ese instante en el horizonte y el viento pareció aumentar, me acerqué porque el hombre había bajado la voz y era casi un murmullo, pero siguió hablando.

– Desde esa noche, el aire enrareció y el ganado comenzó a morir de manera extraña. Los paisanos hablaban de una criatura que atacaba, le comía los carrillos al desafortunado animal, y dejaba el resto pa’ los carroñeros. Unas semanas después, Don Ignacio, el herrero, lo supo esperar, escopeta en mano, escondido en la caja de la camioneta. Ya había perdido dos lecheras, y no había querido perder más así que le disparó.  Dicen que el  cuerpo  parecía tener algo de humano…Después de esto, la Machi nunca volvió a ser la misma, perdió la vista y ya no pudo más leer las huellas para curar animales; pareciera ser que el de arriba le sacó esa habilidad, como para castigarla, o eso me pareció a mí.

En ese momento la sirena del tren me sobresaltó. Ya estaba oscuro y la locomotora nos iluminó encegueciéndome por un momento.

Me paré y busqué en vano al hombre para saludarlo pero había desaparecido.  Tomé mi bolso un poco aturdido, como si hubiese estado durmiendo y de golpe la realidad me hubiera despertado.  Antes de subir al vagón volví a buscarlo con la mirada y me pareció ver en la esquina de la estación al hombre junto a la figura menuda de una mujer, pero la imagen se diluyó junto con el vaho del tren que me llevaba a Buenos Aires.

 

 

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Manger

    Manger

    19 mayo, 2017

    Buen relato, Carmen. Mis cordiales saludos.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    19 mayo, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Carmen y mi voto desde Andalucía

  3. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    19 mayo, 2017

    Excelente historia, Carmen, contada con habilidad y realismo. Por momentos me parecía estar yo sentado en ese banco de la estación, y, por momentos, espiando a la Machi.
    Mi cordial saludo y mi voto.

  4. Imagen de perfil de JGulbert

    JGulbert

    20 mayo, 2017

    Me ha gustado mucho. El ultimo párrafo también me ha hecho a mi volver a la realidad. Un saludo.

  5. Imagen de perfil de Luis

    Luis

    20 mayo, 2017

    Es muy triste lo que narras en tu ”aventura” ferroviaria, Carmen, pero al mismo tiempo, hermoso, como todo cuento que describa las peripecias de una vida unida a un recuerdo insoslayable. Me encantó, mi voto y mi saludo!

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