Entrevista a Martín Romanella, autor de ‘¡Oiga bien!’

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Buenos días, Martín. Tu carrera profesional se centra en el mundo audiovisual, donde ejerces como director y guionista de cine. Sin embargo, ahora nos sorprendes con ¡Oiga bien!, tu primer libro de relatos. ¿Cuál es su línea general? ¿De qué nos hablan los relatos?

¡Oiga bien! agrupa una serie de relatos sitiados en un futuro incierto donde los personajes prefieren no escuchar lo que realmente se les está diciendo, no reconocen lo que les está pasando y viven unas circunstancias con dosis de fracaso, de que algo malo va a pasar…

Los relatos entran por instantes en lo que estos habitantes piensan o querrían expresar frente a situaciones límites, aunque al final opten por su propia disolución en el paisaje.

 

Como buen guionista, condensas de forma admirable el dramatismo, las acciones, los giros… Pero ¿qué te ha resultado más complicado al escribir este libro? ¿Has dejado algún relato fuera?

Supongo que escribir relatos no me resulta complejo. Lo que mas me ha costado ha sido autojuzgarme frente al valor de la palabra. Cuando uno tiene entre manos una novela o un guion donde existen un desarrollo extenso, premisas psicológicas, la búsqueda de las falsas verdades morales y debilidades que empujan a los personajes, no se siente tan agudo como cuando en una página hay que condensar todo.

También las campañas publicitarias tienen algo de microrrelatos, pues son guiones de una página. Creo que eso me ayuda a saber que cada segundo cuenta. En el caso de los relatos, la palabra es la que cuenta. Es muy fácil pensar «esto es una basura, podría estar contado de mejor manera».

He dejado relatos fuera porque los consideraba inacabados o porque no formaban parte del universo que une el resto de las historias. Siempre se quedan cosas fuera en cualquier proceso creativo.

Les dejo un link para que entiendan de lo que hablo con respecto al tiempo en lo visual.

http://www.argentinacine.com/martin-romanella-reel/

 

¡Oiga bien! ha sido publicado por la editorial Caligrama, la cual te otorgó el sello Talento Caligrama. ¿Cómo te sentiste al contar con el apoyo de una editorial? ¿Qué significó este reconocimiento?

Necesitaría que pase más tiempo para evaluar el proceso con perspectiva. Me he sentido apoyado por la editorial, siempre es bueno tener el consejo de personas que transitan diariamente este oficio. Los editores han sido concretos y respetuosos. He podido trabajar en la ilustración de la portada con la artista Eva Vázquez, todo un regalo. Como Caligrama es del grupo Penguin Random House el sello Talento abre la posibilidad de que se fijen en ti los mas tradicionales de este grupo, como Alfaguara o Debolsillo. Pero son muy realistas, no te prometen nada.

 

Algunos relatos incluidos en ¡Oiga bien! son parte de una pieza audiovisual titulada Ciudades dormitorio, la cual fue premiada en el Festival de Rotterdam, uno de los cinco más importantes de Europa. ¿Podrías hablarnos de esta obra?

Es un drama-thriller. Trata sobre la escasez de agua potable en un futuro cercano, sobre las maniobras corruptas de un administrador para conservar este bien vital y el envenenamiento de casi cinco mil personas a través de las tuberías que descubre por casualidad un censor.

Cuando comienzas a escribir, pasas por distintas inspiraciones. A veces, son fotos, pinturas, música, algo que te pasa un día… En este caso, como forma de entender el espacio donde sucedía la acción, empecé a escribir relatos que ahora están en este libro en su mayor parte.

 

A parte de Rotterdam, tus trabajos se han alzado con el triunfo en Berlín, en el Independent Film Project (IFP), en Londres (LIA) y en el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA). ¿Qué es lo más positivo que guardas de estas experiencias? ¿Dónde está el secreto de una buena historia a tu parecer?

Cuando a Woody Allen le preguntaron esto mismo, contestó que, si supiera el secreto, no tendría tantas pelis malas entre buenas. No creo que exista un secreto ni que las cosas buenas sean buenas porque llevaron tiempo y dedicación, mientras que las que no triunfaron fue por desencanto o poco trabajo. A veces sale y otras no.

Los premios sorprenden y resultan inexplicables algunas veces. Primero, está la idea. Luego, la escritura. Después, uno entiende que lo que realmente importa es la reescritura y la reescritura de la reescritura. Y, más tarde, se da cuenta de que la clave es la distribución y el trabajo en redes sociales. Cuando uno llega al final del proceso, al menos yo, está hasta las narices de lo que estuvo trabajando. Si un premio llega, es un buen empujón; uno tiende a pensar «bueno, quizás no soy tan malo» y, durante las próximas noches, se anima a fantasear con ser el héroe de algo. No creo que exista un secreto. Un autor se mete en el trance de la escritura y en ese momento está él, su momento concreto, su pasado y esas páginas. Si de casualidad convence a un jurado o a cientos de lectores, es una buena palmada en la espalda.

 

¿Cómo ha influido tu experiencia en el cine a la hora de construir los relatos que dan vida a ¡Oiga bien!?

¡Oiga Bien! tiene mucho de postales, de momentos estáticos que sugieren y significan distintas cosas según quien los mire. Estos relatos son minimalistas en cuanto al lenguaje utilizado, simples. Está lo que sucede y ya, como en el cine.

 

Al ser guionista, pasar del cine a la literatura parece una evolución lógica. De hecho, ambas artes parten de la misma esencia y se retroalimentan. Pero ¿qué te impulsó a dar el salto de una a otra? ¿Por qué empezar por un libro de relatos y no con otro género?

Un guion de cine y una obra en prosa son muy distintas en su desarrollo. Casi diría que usas una parte distinta del cerebro. En principio, un guion es un documento de 120 paginas, cantidad de páginas parecida a una novela, cuya finalidad es convencer a personas —productores, actores, distribuidores— de que vale la pena meterse en el proyecto. Luego, se convierte en una herramienta que ayuda al director a entender de dónde viene o a dónde va cada escena. Los actores interpretarán a los personajes, cambiarán lo que está escrito. El valor literario del guion termina allí para dar nacimiento a la obra audiovisual. Es una parte de la obra, no la obra en sí misma.

Novela, relatos… La palabra cuenta, tiene valor. Me gusta la idea de Stephen King que explica una especie de proceso telepático: uno escribe aquí, alguien lo lee allí y lo imagina en otro lugar. Existe el pasado, lo que el personaje piensa y lo que siente. Todo está escrito. No hay que pensar cuál sería la acción visual necesaria para que una audiencia descodifique eso mismo.

Para mí, intercalar guion, novela o relatos produce alivio y, como dices, retroalimenta. El guion agiliza mucho la experiencia de cómo estructurar un relato. La novela le saca el ancla a la imaginación, ya que no tiene que ir al grano, como sucede en lo audiovisual.

Sin olvidar que, al escribir un guion, hay que entender que lo escrito cuesta dinero. Eso limita y uno termina adaptando su escritura. En una novela, escribir “En una galaxia cercana…implica la creación de esa imagen en nuestra cabeza; leyendo un guion, lo que ve el productor en su cabeza son miles de euros en postproducción y efectos especiales.

 

¿Un consejo para los artistas, jóvenes y no tan jóvenes, que aún luchan por alcanzar su sueño?

No tengo ningún consejo porque yo no he alcanzado el mío. Supongo que ser dedicados, metódicos o caóticos, lo que sea que se necesite para llegar al final de la obra. Que manejen el pesimismo y el optimismo con inteligencia porque en el camino hay mas obstáculos que en el PAC-MAN. Es sano sacarse las ideas de encima, es bueno aprender a meterse en cosas que sepamos que son posibles de terminar para darles un cierre y seguir con la próxima. Al menos para mí.

 

¿Qué trabajos podremos conocer próximamente? ¿En qué proyectos estás trabajando?

He terminado a principios de año el guion de un largometraje, está en la última ronda para los laboratorios de guion del Sundance Film Festival 2018. Está basado en la vida de Jim Pratzer, primer piloto ciego de la aviación comercial americana y en cómo supero la miseria material y la oposición del sindicato de pilotos por ese sueño que parecía imposible. Este guion ha acabado con una estructura muy interesante y pretendo novelarlo porque es una historia de vida que vale la pena leer.

Y ahora estoy escribiendo El asombrado, una novela de género fantástico cuya acción transcurre en 1969, año en que el hombre pisa la luna. Un sexagenario con una sombra de 129 metros, sombrerero de día, embaucador de noche, escapa de un ejército de paramilitares que lo buscan por fraude en la confección de sus gorros de batalla. Se muda continuamente a ciudades donde crea distintas personalidades con el fin de que, cuando su esposa dormida desde hace siete años despierte, encuentre a su hombre soñado y no al que estaba por dejar la noche del accidente que la puso en coma.

 

Datos del autor

  • Nombre: Martín Romanella.
  • Género: relatos cortos.
  • Bio: Martín Romanella (Buenos Aires, 1972) es guionista y director de cine. Estudió Cinematografía en la Universidad de Nueva York (NYU), Universidad de Buenos Aires, y es miembro activo desde el 2013 de la Directors Guild of America (DGA). Sus guiones –Candela (1998), Funeral Etiquette (2004), Bedroom City (2006), Duck Generation (2008), Keema (2010), I am Your Only (2014) y Spinner (2017)– han recibido premios de diversos festivales internacionales, como el de Berlín, Rotterdam, Independent Film Project (IFP), el LIA en Londres o el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA). ¡Oiga bien! es su primer libro de relatos publicado en formato digital y de papel.

Libro: ¡Oiga bien!

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