Delirio entre dos lunas

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  1. Tañido de Campanas

La calle estaba vacía. La luz crepuscular a punto de extinguirse era lentamente sustituida por las luminarias instaladas una tras otra a lo largo de las aceras. Levantada en el cielo hacia el final de la calle, enaltecida sobre el horizonte estaba la luna, con sus primeros rayos de plata cayendo entre la naciente noche. Una figura sombría perturbaba la soledad de la escena; sus pasos daban fin al silencio prolongado. Caminaba de forma lenta, con la mirada dirigida al suelo, sin tener en mente algún lugar como destino. Apenas hace unas horas una lluvia torrencial había caído sobre el pueblo, el agua todavía estaba fluyendo a través de la calle. Pero ahora el cielo se encontraba totalmente despejado.

Desde su llegada al pueblo sólo habían pasado unos cuantos días. No le agradaba el ruido tumultuoso de la ciudad ni los caóticos conglomerados de personas. Decidió retirarse a un lugar más tranquilo, buscando una oportunidad de descanso para poder concentrar sus esfuerzos en la creación de su obra. Tal vez encontraría mayor inspiración en lugares desconocidos, más cercanos a vidas jamás frecuentadas. La pintura era su medio de subsistencia, pero además el talento era prometedor. Plasmar las imágenes sobre los lienzos en blanco era un acto tan natural como utilizar las palabras para describir lo que veía. Tras varios años de exponer sus obras en las más afamadas galerías, había logrado colocarse en una posición económica suficiente para llevar al menos una vida modesta sin preocupaciones. Pero con el tiempo, su oficio antes amado se había convertido en hastío: adaptarse a las rígidas reglas y tendencias, la monotonía de los trabajos encargados por la misma gente presente en las galerías. Ante la prensa anunció su retiro temporal, sin dar mayores detalles de sus intenciones.

Su conocimiento de las calles enredadas de aquel poblado era todavía limitado. No obstante, el lugar era suficientemente pequeño para no perderse de forma tan fácil. La calle por la que transitaba tenía cierto grado de pendiente. Luego de subir apareció ante su vista un pequeño jardín adornado con grandes árboles y unos cuantos asientos esparcidos entre pasillos estrechos. Para ese momento, la luz de la luna dominaba el cielo mientras un aire frío corría entre las calles desoladas. Cerró su abrigo hasta el cuello, para después sentarse en una de las bancas de metal. Observando a su alrededor comenzó a pensar en que el clima tan frío ocasionado por la reciente lluvia tal vez sería la causa de la ausencia de personas ante su vista. Para obtener un poco de calor, sacó un cigarrillo de entre su abrigo y empezó a fumarlo.

Tras unos minutos de perderse en sus pensamientos, distraídos a veces por el vuelo delicado del humo saliendo de su boca, escuchó cerca el llamado de una campana. No le sorprendía escuchar las campanadas ante algún evento religioso durante la noche. Después de todo, en sitios tan pequeños como ese, la religión y las supersticiones tienen un lugar prioritario entre la población. Pero hubo algo que llamó su atención: a pesar de los toques de campana, ninguna persona parecía acudir al evento. Impulsado por la curiosidad se levantó observando a su alrededor. Hacia un extremo del jardín había un callejón en sentido ascendente. Las construcciones aledañas obstaculizaban la vista, pero sobre la imagen de los techos se alzaban un par de torres. Debían pertenecer a la iglesia desde donde provenía el sonido de las campanas.

El estilo de las torres había llamado su atención. Con el objetivo de conocer el recinto completo caminó hacia el callejón. Después de subir por unas angostas escaleras encontró la salida hacia un terreno llano. Frente a él aparecía la construcción religiosa, bañada completamente por la luz lunar. La curiosidad incrementaba cuando observó a su alrededor completamente vacío. ¿Acaso su imaginación le había hecho escuchar el llamado de las campanas? Una reja circundaba el atrio de la iglesia, donde crecían algunos árboles. La puerta de la reja se encontraba abierta, así que decidió entrar. Entre las dos torres había una entrada amplia, coronada por algunas esculturas cuya figura era desconocida entre las luces y sombras de la noche. Repasando cuidadosamente las formas entró sigiloso en el recinto. La única iluminación al interior provenía del fuego tintineante de las velas, acentuada con algunos rayos de la luna infiltrantes por las ventanas. Aunque el lugar no era muy grande, apenas estaba ocupado por las filas de asientos para los asistentes. Caminando hacia el fondo, veía pasar uno a uno los vitrales en las paredes laterales. No conocía las imágenes plasmadas en ellos, a pesar de que varios de sus trabajos habían tenido orígenes religiosos.

Todas las figuras plasmadas en los vitrales tenían una imagen antropomórfica, pero parecían adornarse con características místicas, como alas, ojos adicionales y lenguas de fuego. Hacia el final del pasillo se encontraba el altar principal. Una gigantesca cruz de marfil presidía el lugar sagrado. Pero la cruz, a diferencia de otras iglesias visitadas por él a lo largo del mundo, tenía decoraciones diferentes y ninguna imagen de la crucifixión en ella. En los brazos de la cruz había inscripciones hebreas, junto a palabras latinas: “SOLVE”, del lado derecho y “COAGULA”, del lado izquierdo. El pie tenía esculpidos en relieve de manera secuencial los rostros de un águila, un hombre, un toro y un león. Cada uno de los rostros volteaba a ver puntos diferentes, cubriendo con sus miradas todo el recinto. La cara humana, totalmente inexpresiva, veía fijamente hacia el frente, a la entrada del templo. Tres pares de alas se extendían a los lados, como si los cuatro rostros pertenecieran al mismo cuerpo de una criatura mística o de una naturaleza sagrada. El punto de cruce, a su vez, presentaba una prominente rosa pálida donde los rayos lunares se reflejaban con tanta intensidad que casi parecía emitir luz propia.

En la base de la efigie estaba la mesa del altar. A uno y otro lado, en repisas colocadas como escaleras se encontraban velas encendidas, cada una con extraños símbolos grabados. La parte central estaba ocupada por una gran cantidad de flores: todo tipo, de todos colores. El aroma fresco y agradable ascendía, extendiéndose en la atmósfera luminosa. Toda aquella imagen dejaba una impresión espectacular en el pintor, pues ni en los lugares más folclóricos de Europa había encontrado elementos similares. Ahora, en un pequeño pueblo lejos del continente se alzaba tan peculiar escena.

Guiado por una satisfacción dibujó en su rostro una sonrisa. Había encontrado un sitio perfecto dónde inspirarse para recomenzar con su trabajo. El misticismo y los tintes oscuros de aquel lugar eran lo que había estado buscando. Dando la espalda al altar dirigió su camino hacia la salida, pero fue víctima de una súbita impresión: en la puerta abierta estaba presente una quieta figura humana. La escasa luz penetraba por la espalda del personaje, por lo que una espesa sombra impedía discernir sus características. Al principio turbado por la presencia repentina de esa persona, pronto pudo recuperarse para pronunciar palabra:

-Buenas noches. Escuché las campanadas hace un momento y tuve curiosidad por conocer el lugar. Me disculpo si interrumpo algún tipo de festividad religiosa, pero la construcción me ha dejado sorprendido.

La única respuesta recibida fue un ligero movimiento con la cabeza. Sin comprender, prosiguió con su diálogo.

– ¿Es usted el párroco o sacerdote? Quisiera conocer más acerca de este templo, si me permitiera hablar con usted…

Tras terminar de decir esto se acercó con paso apresurado hasta la figura, todavía inmóvil. Antes de llegar a la puerta, el extraño personaje dio la vuelta para salir al atrio, deteniéndose a la mitad del claro lunar. Extrañado, el pintor lo siguió hasta que a la luz de la luna vio la imagen de espaldas. Adelantándose al interrogatorio del pintor, esta vez el anónimo individuo fue el primero en tomar la palabra, todavía de espaldas.

-Le pido una disculpa. El templo donde acaba de salir tiene una dedicada solemnidad por el silencio. Es necesario que las personas visitantes permanezcan en el mayor silencio posible. Ha de imaginar la fuerza de un voto. ¿Es usted religioso?

-Francamente, no tanto. Suelo visitar este tipo de lugares más bien por apreciar su arte. El estilo arquitectónico, las pinturas y esculturas; todo ese tipo de detalles.

– ¿Apreciar su arte?, ¿la solemnidad religiosa no es un arte para usted? Las imágenes y los símbolos son un estandarte para algo más inmaterial: la fe. ¿Conoce la fuerza con que la imagen de la cruz ha movido incluso imperios enteros? Es lo mismo en materia del espíritu.

-Esas palabras son dignas de su puesto. Me gustaría hacerle preguntas acerca de su congregación o secta.

-Se equivoca, no soy clérigo ni sacerdote. Deambulo con frecuencia por estos lugares, profeso mi propia fe, pero pocas veces formo parte de los ritos o festividades aquí celebradas. Me gusta mucho venir aquí por las noches, cuando el silencio es imperante y se revela la verdad de nuestro culto.

– ¿La verdad? ¿Aquí se profesa algún tipo de religión pequeña, o tal vez, prohibida? ¿a qué se refiere con verdad?

-A la voz de Dios. Pocas personas, incluso entre los devotos, ignoran este significado. Pero no es momento ni lugar para hablar de dogmas y misticismos. Nunca lo había visto por estos lugares. ¿Quién es usted?

-Soy un artista, un pintor. Vengo de un punto muy alejado, apenas estoy conociendo el pueblo. Si me permite presentarme le digo mi nombre: Luis. Me agradaría conocer el suyo, o al menos verle de frente.

Notó una ligera risa surgida de su acompañante. En el momento giró para complacer la petición. La luna iluminó los rasgos de aquel personaje: era apenas un muchacho, su edad debía rondar los 20. El cabello negro ligeramente crecido caía por los lados de su cara y sobre la frente. La piel era extraordinariamente pálida, como si nunca hubiera visto los rayos del sol. Pero la parte más impresionante de su rostro eran sus ojos: un par de grandes figuras plateadas clavaban una penetrante mirada sobre él.

-Puede llamarme Ezequiel.

Con una sonrisa de complacencia extendió su mano, seguido por la respuesta del pintor. El tacto de este muchacho le causó impresión. La suave piel despedía un calor agradable, en contraste con el intenso frío de la noche. En su pensamiento no dejaba de sorprenderle que, a su lado, Ezequiel parecía apenas un niño y sus palabras resonaban ya con una misteriosa profundidad. Recordó la precocidad con que fueron reconocidas sus primeras obras: aquellos años lejanos cuando el lienzo en blanco era un juguete donde plasmar sus fantasías infantiles. Todas las imágenes llenas de pureza, de una verdadera esencia artística inherente a su condición o escuela, vinieron en un segundo a ocupar su mente, en una breve abstracción. Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Ezequiel quiso reanudar la conversación, al verlo perderse momentáneamente en sus reflexiones.

-Hace un momento dijo que escuchó las campanas. ¿Creyó que habría alguna especie de evento en el templo?

-Sí, las escuché. En realidad, vine porque me parecía extraña la ausencia de personas, dado el llamado. De hecho, todavía creo que es extraño, no he visto a nadie además de ti.

-No debería extrañarle. Las campanadas nocturnas no son para atraer a la gente. Algunas noches, después de las 9 se escucha el tañido de las campanas. En ese momento, las personas del pueblo se retiran a sus hogares, para no volver a salir hasta el día siguiente. Es una tradición de los monjes, las noches que ocurre salen en procesión por algunas de las calles. Al parecer en ese rito sólo pueden tener presencia los religiosos.

-Suena un tanto fantasmagórico. Pero tú no regresaste a casa al escuchar el llamado. ¿Profesas o no la religión de este templo?

-Regresar a casa es ambiguo en mi caso. Conozco perfectamente esta religión, pero soy seguidor de mis propias ideas. No obstante, tengo un contacto estrecho con los monjes; digamos que constituyo una excepción para este rito. Pero usted no, así que por favor venga conmigo, antes de que llegue la procesión.

El muchacho se apresuró para tirar del brazo a su interlocutor, alejándolo del recinto. Tras salir del atrio, el pintor seguía por detrás a Ezequiel quien se alejaba con paso rápido. Cruzaron calles, entraron y salieron de callejones, parecía como si atravesaran por un laberinto. En ese momento, el pueblo le parecía no tan pequeño como en un inicio. Ya no podía reconocer los lugares que lo rodeaban o cómo regresar hasta encontrar un sitio familiar. Ezequiel, por su parte, proseguía su caminar sin duda sobre su destino, cambiando de dirección casi sin pensar.

Después de un momento de caminar sin detenerse ni pronunciar una sola palabra, salieron a un campo abierto, donde parecían terminar las casas. Frente a ellos se encontraba el paso de un arroyo, cruzado por un pequeño puente de roca y madera.

-Cruzando el puente está la parte más antigua del pueblo. Algunas de las casas fueron destruidas para volver a construir sobre ellas. Otras fueron restauradas, conservando algunos de sus elementos originales. Pero también hay algunas que siguen en pie, aunque ruinosas y deshabitadas. Tienen la misma antigüedad que el templo, pero el culto lo ha mantenido de pie durante tantos siglos.

-Hemos caminado un largo trayecto para llegar hasta aquí, ¿por qué construir, en sus inicios, un templo tan alejado de la población?

-Venga conmigo.

Ambos se dirigieron hacia el puente. Sobre la superficie de madera, el muchacho le indicó voltear en dirección de donde provenían. Alzándose sobre la colina, ahora tapizada con innumerables casas, veía el gran templo, extendiendo su dominio por todas esas tierras, con un perfil regio y soberbio.

-Es impresionante. Puedes sentir su dominio extendido por todo el lugar. Este culto debió haber tenido gran poder en sus inicios, para monumentar de esta forma su papel entre la gente.

-Las primeras construcciones fueron hechas por los monjes, también en esta parte del pueblo. Mucha simbología sigue viva entre las casas de esta zona, pero para mucha gente son sólo adornos o reliquias de las fachadas. En sus inicios estaba prohibido para la población subir a la colina para ingresar al templo.

-Me causa asombro esa costumbre. ¿Una religión que excluye a sus feligreses? ¿cómo hacían entonces para profesar su fe o llevarla a las personas?

-No estaban excluidos. No podían acceder a los recintos sagrados porque no tenían la iniciación, el sacerdocio. Pero la religión llegaba a ellos. Dentro del templo están resguardados los libros de los monjes. He tenido acceso a ellos y por lo que he visto, el arroyo y la colina eran como un lugar sagrado. La gente, para celebrar los ritos dirigidos por los monjes solía reunirse frente a este puente. No obstante, desconozco mucho de lo que se hacía aquí. Al parecer, esa tradición ahora está extinta.

-Sabes mucho sobre la religión para no ser parte de ella. Tienes acceso incluso a los libros de su biblioteca. ¿Los monjes te lo permiten, o tienes algún permiso? ¿o tal vez eres poseedor de un privilegio, como tu linaje familiar o algo por el estilo?

Ezequiel miraba a su amigo mientras lo abordaba con preguntas, respondiendo con alguna sonrisa misteriosa de vez en cuando. Sin contestar, volteaba en momentos a ver el templo. La curiosidad de Luis crecía y se alimentaba al ver cómo ese niño podía saber tanto y permanecer en silencio. Al final, los brillantes ojos plateados regresaron a posarse en el rostro de Luis.

– ¿Vive lejos de aquí?

– Rento una casa hacia la salida del pueblo. Se encuentra sobre la carretera, es una casa grande. Se reconoce por su gran puerta de metal y el rostro de un querubín esculpido sobre el arco de la entrada.

-La conozco, tiene uno de los jardines más amplios de todo el pueblo. A decir verdad, me fascina ese jardín de la casa. No está muy lejos de aquí y a esta hora los monjes ya deben estar en el templo. Venga conmigo.

Nuevamente, Luis seguía al joven internándose en calles aún desconocidas por él. La conversación y el tacto con Ezequiel le habían parecido agradables, pero sobre todo le atraía la historia de ese extraño culto. En el trayecto pensaba en el muchacho como una buena oportunidad para entablar conversación e investigar acerca de ese tema. Después de un momento llegaron hasta la casa.

-Gracias por mostrarme el camino. Sigo bastante intrigado por todo lo que me has contado. Además de todo, ¡eres tan solo un muchacho! Me has hecho interesarme en ti, acepta una invitación a mi casa, al menos por agradecimiento.

-Me dijo que usted es pintor. Quisiera comprobar por mis ojos su talento, aunque poco sé yo de pintura. Además, el jardín de su casa siempre me ha parecido un lugar encantador. Tenga por seguro que acepto su invitación, vendré a verlo mañana o alguno de estos días.

Tras ingresar a su casa, el pintor no dejaba de pensar en la historia del templo. Apartando las cortinas de una ventana, trató de observar la construcción a través de la colina, pero el aglomerado de viviendas lo impedía. Sin poder dormir, se dirigió a su lugar de trabajo. Un lienzo que había permanecido en blanco durante toda la semana se extendía en el estudio. Tomó un trozo de carboncillo y empezó a bosquejar una imagen: era la cruz alzada en el altar. Los trazos surgían sin detenerse, pero cuando llegó a la representación de la cara del hombre en el pie de la cruz comenzó a ser más delicado. Plasmaba y borraba detalles, cuidaba escrupulosamente las proporciones. Hora tras hora caía al piso una neblina negra de carbón hasta que se asomó por la ventana el primer rayo de sol matutino. Luis se tiró exhausto sobre un sillón de la habitación, cerrando los ojos hasta quedarse dormido. La luz solar iluminaba el rostro que había sido plasmado durante toda la noche. Era el rostro de Ezequiel.

Comentarios

  1. Mabel

    13 marzo, 2018

    Muy buen Cuento. Un abrazo Lucio y mi voto desde Andalucía

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