La vez que unas berenjenas al escabeche salvaron mi vida

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Debía de tener alrededor de ocho o nueve años y si a algo le tenía miedo era al frasco de berenjenas al escabeche que estaba siempre, sin falta, en la heladera de la casa de mi infancia. Hasta el día de hoy cuando pienso en el olor que soltaban cuando mi viejo las abría para comerlas con una galletita Criollita se me eriza la piel y unas nauseas amagan con hacerme devolver mi última comida. La mañana que las berenjenas al escabeche salvaron mi vida fue en invierno de acá, verano de Asia y Europa. En mi casa se iba a quedar un tío de mi madre, que venía desde Letonia o Lituania y por eso la referencia estacional. Se venía hablando hacía mucho del tema, donde iba a dormir, hasta cuando se iba a quedar, que iba a comer, que nos iba a dejar de regalo por nuestro tan desinteresado hospedaje, entre otros temas. Lo trajo a casa mi viejo desde Ezeiza a eso de las ocho de la mañana y al rato de dejarlo se las tomó. Mi vieja ya se había ido también y llegaba de la oficina donde trabajaba a eso de las tres de la tarde, así que el extranjero quedaba solo en la casa con el boludo que estaba de vacaciones: yo.
Llegaron, me despertaron exclusivamente para saludarlo, como si la presentación no hubiera podido esperar a las doce del mediodía y mi viejo se fue al laburo. El turista no era del todo simpático, y luego de intentar entablar conmigo una conversación acerca de algo que en su idioma me resultaba inentendible y poco interesante se frustró y se tiró a dormir en una cama improvisada con un colchón en el suelo. Obvio en la pieza del boludo que estaba de vacaciones, yo.
Me acuerdo haberme quedado largo rato intentando dormir pero entre el ronquido que hacia el tipo y el frío que tenía en mi cuarto me resultaba imposible. No sé que cuestión de salud tenía, algo le pasaba al hombre con la temperatura por lo que no me dejaban tener prendida la estufa y mi cuarto era un freezer, así que me fui. Ya en el living y con la tele apagada para no despertar al invitado me puse a revisar sus cosas, que las había dejado sobre la mesa grande. El pasaporte, unos papeles que parecían recibos, unos Tic-Tac de alguna edición limitada, uno de esos viejos celulares y un manojo de llaves que tenía más llaveros que otra cosa. El celular estaba bloqueado, así que mientras me mandaba cómo diez Tic-Tac de una, me puse a mirar los llaveros. Fue una decepción acordarme que esos mismos llaveros que parecían provenir de todas partes del mundo también tenía el recuerdo de haberlos visto en el barrio chino por cinco pesos cada uno, y para empeorar, los Tic-Tac que había comido tenían un sabor agrio, como a limón. Todo muy frustrante.
Del aburrimiento y sueño que tenía me terminé durmiendo en una silla hasta que el ruido del inodoro me despertó: el forastero se había levantado. Yo tenía un terrible dolor de panza pero como con el tipo no nos podíamos comunicar preferí hacerme el dormido y mirarlo con un ojo entreabierto. Apareció, amagó con saludarme pero vio que dormía así que se puso a organizar sus cosas. Lo vi colocar papeles horizontales de forma vertical, teclear algunos botones en el celular y por último tomar la cajita de Tic-Tac con mucho cuidado, sacar una pastillita, partirla en dos y poner una parte en un vaso con agua que había traído anteriormente de la cocina. La otra mitad la guardó parsimoniosamente y comenzó a revolver el menjunje que comenzaba a efervescer y a tornarse de un color verdoso. Inmediatamente caí en la cuenta de que el tan horrible sabor de los Tic-Tac se debía a que los mismos no eran en efecto pastillitas comestibles que vendiesen en los kioscos de su lejano país. La panza comenzaba a arderme más y más y ya no podía seguir haciéndome el dormido, necesitaba llorar, gritar, aullar, revolcarme en el piso por lo que estaba pasando adentro mío. Y así hice. Grité, lloré, patalié y giré en el suelo y aunque el invitado quería ayudarme, no lograba entender ni media palabra de lo que me decía. Tenía que sacar las venenosas pastillas que me estaban quemando por dentro pero no sabía cómo. Pensé en llamar al doctor, tarea imposible de realizar sin saber el número de teléfono pertinente. Necesitaba algo que me hiciera evacuarlas, algo que me hiciera vomitar… Fui a la cocina con el objetivo de realizar una mezcla del estilo pollo con dulce de leche pero al abrir la heladera encontré al famoso frasco que al comienzo mencioné. El mismo era horripilante, como gastado.  A través del grueso vidrio el interior se veía como siempre, putrefacto y moribundo, perfecto. Giré la tapa color rojizo y el olor me hizo dudar si tal vez la muerte era una mejor opción a lo que estaba a punto de realizar. No tenía más tiempo pensaba mientras sentía como mi estómago me pedía auxilio con desesperación. Cerré los ojos, y para cerciorarme de que surtiera efecto los volví a abrir, y una por una me fui metiendo todas las berenjenas que pude en mi boca.
Su sabor, para mi sorpresa era suave, delicado, me hacía recordar a las anchoas que comía en mi pizzería favorita. Su textura también me deslumbró, no era pegajosa y áspera como me imaginaba sino todo lo contrario. Recuerdo muy bien como quedé atónito y dejé de llorar. No las estaba disfrutando, para nada, mi orgullo era más grande que eso. Era el asombro que me causó el inesperado sabor.
Me senté en una silla al lado del extranjero, quien todavía no perdía su cara de estupefacción y juntos, nos pusimos a comer las berenjenas del tarro. El, probablemente pensando que aquella era una costumbre argentina que debía respetar para que yo me calmara, y yo dándome cuenta que el dolor iba disminuyendo bocado a bocado.
No sé con exactitud qué fue lo que me tomé ese día, que extraña droga consumí, pero si aprendí algo es que si alguna vez vuelvo a sufrir de un intoxicamiento de cualquier tipo, ya se cuál es el remedio a tomar.

 

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    16 abril, 2018

    Lo ves, Damien; no puede moverse uno por prejuicios ni juzgar por las apariencias, pues el remedio a los males está donde menos uno lo piensa. Muy original la historia, y bien narrada.
    Un cordial saludo, y bienvenido a Falsaria.

  2. Imagen de perfil de Leonel Insfrán

    Leonel Insfrán

    16 abril, 2018

    Me queda ahora la duda si es la berenjena al escabeche para el estómago, lo que el aloe vera (según mi vieja) para el resto de las afecciones mundiales….

  3. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    16 abril, 2018

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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