Sentir que nos hundíamos a través de la cama

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Pasó un día de invierno, lo recuerdo bien.

El noticiero lo anunció como el día más frío del año. Preparamos las camas cubriéndolas con todas las frazadas que teníamos. Una sopa calentita nos bastó para sentirnos reconfortados, prendimos la pantalla para ver una película y una vez dentro de la cama, abrigados hasta el cuello, con apenas dejar asomada una mano como encargada de manipular el control, nos dispusimos a dejarnos llevar por el entretenimiento que prometía la película o el sueño que se avecinaba impetuoso.

Soñábamos lo mismo sin saberlo. Todos al mismo tiempo. Las camas estaban ubicadas todas en dirección al sur, paralelas a ellas mismas, unas pegadas a las otras. Eran cinco.

Soñábamos sin saber que coincidíamos en nuestros sueños con aquel hundimiento que nos lleva de repente a la profundidad de nuestro letargo. Todos al mismo tiempo movíamos los ojos cerrados, de arriba para abajo; primero lento, podíamos escuchar algunos sonidos del exterior que se entremezclaban con las imágenes de nuestra vigilia. Un rato más y los movimientos se tornaron más rápidos, esta vez estábamos como paralizados, ya en fase REM. Habíamos caído a las profundidades, todos al unísono. Nos vimos y entrelazamos nuestras manos, creando una red, un círculo formado de brazos y cuerpos  cayendo juntos.

Dicen que poniendo las camas en dirección al sur propicia un sueños más espiritual. Ese detalle podría explicarnos parte de aquel acontecimiento tan extraño. Porque seguíamos cayendo, nos hundíamos en una atmósfera densa como un merengue, poseía consistencia y una suave contextura.

La pantalla seguía encendida, parpadeante, soportando su trabajo innecesario. Afuera reinaba el silencio absoluto cosa extraña en un barrio donde se acostumbraba a estar de juerga toda la noche, en donde los horarios parecían no existir para nadie, donde la música podía escucharse a todo volumen día y noche, donde la tranquilidad, armonía y paz eran palabras desconocidas por sus habitantes.

Seguimos cayendo para nunca más regresar. Todo ocurrió tan rápido.

 

Con el tiempo, al llegar los primeros visitantes, que llegaban para averiguar por qué no eran respondidas sus llamadas, o la razón de una ausencia prolongada en ciertos trabajos, excepciones que algunos vecinos se permitían. Llegaron poco a poco algunos tíos, hermanos, madres, jefes, maestras, amigos y todos cansados de tocar el timbre, golpear las puertas o llamar a los gritos a quienes esperaban ver; decidieron finalmente acudir a la policía, pedirles que forzaran las puertas y ver lo que había ocurrido allí, en esas casas tan silenciosas.

Ansiosos por entrar, una vez conseguida la orden para romper las puertas de entrada, muchos se adelantaron a los agentes empujándolos, para así, de esa forma apresurada ser los primeros en ver para saber.

Y nada, no se encontraron mas que con un montón de camas vacías, todas coincidiendo en su dirección al sur, todas con la misma característica de estar cubiertas exageradamente con frazadas. Fue el día más frío del año recordaron los bomberos, quienes también prestaban su ayuda.

Nunca supieron lo que había ocurrido en aquel barrio, en donde una vez sus vecinos coincidieron en la ubicación de sus camas que mudaron al comedor, frente a sus televisores, para ver una película quizás, bien abrigados pero, quien sabe, por qué extraño suceso, desaparecieron todos, sin dejar rastro alguno que nos ayude a explicarlo.

Comentarios

  1. Mabel

    12 junio, 2018

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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