Me contaron

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Me contaron que ambos salieron de la casa de la novia de Beto, que los despidió con ojos tristes, cerca de las tres de la madrugada, aludiendo estar muy cansados y tener mucho sueño. Se tomaron un remís fingiendo irse a dormir, pero su destino real terminó por ser aquel bar situado en la esquina de avenida de La Plata y Laprida, El Encuentro, a poca distancia de El Bosque.  Se sentaron en una mesa libre, y  Beto pidió un trago llamado “La Bomba”, mientras encendían cada uno su primer cigarrillo. El pub estaba lleno, como la mayoría de los sábados. Entre toda esa gente estaban Eugenia y su hermana, las cuales al verlos se acercaron a la mesa. Por supuesto, antes de que eso pasara, la primera bomba había dejado de ser una amenaza; con la diligencia y velocidad de dos héroes, los amigos la habían hecho desaparecer. Les bastó una simple mirada, para acordar el plan a seguir. Mientras Beto invitaba a bailar a Eugenia una cumbia santafesina, el fue a comprar la segunda bomba.
Me contaron que cuando volvió a la mesa, prácticamente toda la gente bailaba, y él se sumó al gentío que se movía al ritmo de la música dejando de lado toda la aprensión que siempre manifestó tener por el género. La bomba iba pasando de mano en mano, Beto estaba con Euge y él supuestamente con la hermana. La noche empezaba a tomar el color deseado. Trago va, trago viene, cigarrillo va, cigarrillo viene… a esas alturas él ya era fanático de la cumbia santafesina. Beto propuso jugar una ficha de pool; todos aceptaron, con ese fascinante entusiasmo con que se acepta cualquier proposición, sea genial o una idiotez, cuando la mente ya es gobernada por la mezcla de tragos. Había buena onda, al menos eso indicaba la fluida conversación  en medio del baile. Mientras esperaban que se desocupara una mesa, Beto compró la tercera Bomba para amenizar la espera.
Me contaron que esa bomba no pasó tanto de mano en mano, porque cada vez que llegaba a él la circulación se hacía menos fluida. En el momento en que se disponían a sentarse a descansar, una de las meseras vino a avisarles que su mesa ya estaba libre. El cuarteto se fue al ritmo de Rodrigo hacia la mesa que los esperaba. Me contaron que en el camino, él aprovecho para comprar otra Bomba, que bebió solo.
Me contaron que durante el juego Beto parecía tener mejor puntería, como en la vida. Apenas había empezado el partido cuando él avisó que iba al baño. Me contaron que ni bien llegó al pasillo comenzó a tambalear, y que desapareció de la vista  de todos sosteniéndose y rodando contra una pared. El partido ya no lo tuvo como protagonista, Beto buscó otro contrincante porque nunca volvió. Me contaron que a la hora, una de las chicas, aburrida de ver a su hermana besar a Beto, que se sentía un as de la piratería (sin saber  que a solo quinientos metros, su novia mordía los labios de un desconocido sin vestigios de tristeza en los ojos) los interrumpió para preguntar si su amigo se había ido sin avisar. Me contaron que Beto lo fue a buscar cuando ya estaba amaneciendo, y que al querer ingresar al baño de hombres, le costó mucho abrir la puerta; que asustado forzó la misma para entrar, temiendo que algo le hubiese pasado, que lo hubiesen golpeado para robarle, que en su estado  hubiera discutido con alguien que sí supiera pelear, que estuviese inconsciente…  cuando finalmente logró abrir la puerta, lo encontró allí… tirado sobre el piso embarrado, con vómito en el buzo, en estado deplorable. Le sacó el abrigo  que horas atrás le prestó, jurándose no volver a usarlo jamás, y lo levantó con un esfuerzo que le despejó la mente e hizo que la noche perfecta pareciera haber quedado a diez mil años luz de distancia. Lo cargó en el hombro y lo saco del baño; pidió ayuda a las chicas, y entre los tres lo llevaron hasta la entrada del local. Sus pies no se movían, era peso muerto, una bolsa repleta de aparato digestivo y pulmonar, un saco de huesos y sangre estancada, de órganos en reposo.  Al llegar a la puerta un patovica quiso ayudar y al moverlo lo tiro al suelo como si fuese un muñeco de trapo.
Me contaron que durante el camino a una casa que no era la suya, les fue gritando a las chicas que lo ayudaban, junto con Beto y Luis, que se sumó a la noble causa, que eran unas “lesbianas tortilleras” (que en Argentina significa lo mismo, con altura y sin ella), también que repetía cosas como: “¡Si shhhho ssstoyyyyy bieeeen, looocooo!” Para segundos después afirmar: “Uuuuuuuuuuhhhhh que maaal ques ssstoyyyy”.  Me contaron que con el esfuerzo de todos llegaron a la casa de Beto, y  lo dejaron en un sillón de la tapicería por causa del fuerte y rancio olor impregnado en la ropa, mezcla de fragancia de cloaca con un toque de durazno.
Me contaron también otras atrocidades de la noche: otras cosas que dijo, el patético intento de baile que improvisó, que no llegó a ser ni siquiera el hazmerreir por la vergüenza ajena que provocaba, una advertencia de la gente de seguridad del boliche sobre no volver a menos que quisiera conocer la sala de terapia intensiva del hospital, que se gastó todo el dinero que tenía.

Me contaron… que él… era yo. Y eso respondió a mis preguntas de por qué estaba durmiendo en el sillón y no en la cama, el fuertísimo olor que despedía mi ropa, la falta de dinero en mis bolsillos, el dolor de cabeza y las risas generalizadas cuando abrí los ojos.
La verdad es que me ha costado muchísimo recordar lo sucedido en esa noche, y aun hay cosas que no recuerdo… por eso decidí hacerles caso en eso de no pisar mas “El encuentro”, y  ya que estaba, dejar de tomar por un tiempo.
Antes de esa noche, me parecía imposible que alguien se olvide de lo que había hecho por causa del alcohol, pero al día de hoy, todavía hay unas horas en blanco en mi mente y una página que solo puedo escribir… por lo que me contaron.

Comentarios

  1. Mabel

    11 julio, 2018

    ¡Excelente Cuento! Un abrazo Leonel y mi voto desde Andalucía

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