¡Oh!

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El jefe entró en la oficina en estado patente de ebriedad y gritó a sus empleados aquello que dice la vieja película: Yo soy el jefe, esto es champán, ¡feliz navidad! Los trabajadores le miraron algo extrañados y sonrieron en la medida de lo posible dadas las circunstancias. No era habitual ver al jefe tan contento, como tampoco lo era manifestar deseos navideños en mitad de un Agosto ourensano bajo un calor sofocante.

No obstante, entre miedosos y curiosos, aceptaron la botella que el superior les ofrecía con insistencia. Bebieron con él durante media hora antes de apagar las luces e irse a casa. El jefe se quedó en la oficina con las luces apagadas y dormitando sonoramente sobre la mesa de su despacho hasta que la señora que se encargaba de la limpieza apareció y le dio un toquecito en el hombro. Al ver que no respondía, repitió la acción dos o tres veces más.

El hombre se despertó y se llevó las manos a la cabeza diciendo que le iba a explotar la cabeza. Olía a sudor, tabaco y alcohol. La señora le ofreció un vaso de agua y luego se dispuso a limpiar la oficina. Cuando ella terminó las labores, dudó un momento en la puerta y se disponía a irse en el momento en que él dijo:

-No me deje solo. Necesito un amigo.

-¿No tiene amigos? Yo soy solo una desconocida…y además podría…

-Quédese, por favor. Será solo un momento.

-Bueno, supongo que puedo quedarme un rato.

-Verá, mi novia murió hace unos años. Iba encocada por la autovía conduciendo a más velocidad de la permitida. No solo murió ella sino que segó la vida de dos personas más. Segar, ¿será ese el verbo necesario? Me recuerda demasiado a la guadaña de la muerte. En fin, desde entonces no tengo más que pesadillas y bebo más de lo prudente. Ayer, quizás influido por dios sabe qué, soñé lo siguiente…Estaba yo cerca de un lago cuando del cielo bajaron siete mujeres, dejaron sus ropas junto a las raíces de un árbol y se empezaron a bañar. Eran mujeres brillantes y hermosas, con cabellos azulados de tan negros y cuerpos de infarto. Entonces yo me decidí a robar la ropa de las mujeres para verlas con más detalle una vez saliesen del agua. Sin embargo, solo pude hacerme con la ropa de una de ellas. Luego me escondí y presté atención a lo que sucedía. Todas las mujeres que encontraron sus ropas se vistieron y subieron al cielo mientras que una sola quedaba desorientada en la orilla con sus manos cubriéndose el pubis y los pechos. Por un momento pensé en darle la ropa pero yo no quería que se fuese.

-¿Por qué no?

-Me enamoré de ella y la quería para mí. No quería que se vistiese y se fuese. Entonces escondí la ropa bajo una piedra y me la llevé a casa. Con el tiempo se acostumbró a mí y nos casamos. La vida era tranquila y yo estaba muy contento con mi mujer y ella conmigo. Pero un día, paseando por allí, encontró su ropa y subió al cielo dejándome solo de nuevo. Creo que…creo que…

-¿Sí?

-Creo que ella es aquella estrella de allí, y yo esa otra junto a ella. Parece ser que estas estrellas están separadas por la Vía Láctea y que una vez al año se crea una especie de puente entre ellas, simbolizando nuestra unión.

-Oh…¿Y cuando vio ese “puente” por última vez?

Él señaló a través de la ventana algo en el cielo y  se escuchó en la oficina un intenso oh.

Comentarios

  1. Mabel

    9 agosto, 2018

    Muy buen texto. Un abrazo Andres y mi voto desde Andalucía

  2. LOUE

    9 agosto, 2018

    Hermoso e impactante relato Andrés. Un saludo !!

  3. GermánLage

    16 agosto, 2018

    Muy bello y sugerente, Andrés; digno del Se. Ragamuffin.
    Un cordial saludo.

  4. Klodo

    1 septiembre, 2018

    Muy buen relato, Andrés
    Tu prosa es de búsqueda constante y consigues intrigar siempre.
    Me gusta tu afán por inventarte a cada paso. Nunca te olvidas de crear.
    Es tu destino y tu misión de escritor. Felicitaciones.
    Mi saludo y mi voto
    Sergio

  5. LluviaAzul

    5 septiembre, 2018

    Querido Andrés, encantador sólo eso. Un abrazo, fuerte.

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