Aguantando miradas

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Cruza las calles de la ciudad con las manos en los bolsillos y la vista puesta en el suelo. Las farolas aún no se han apagado, quedan solo unos segundos. Chicle, colilla, colilla, chicle, chicle, chicle, chicle,  colilla, chicle, colilla, colilla, colilla…Mira a los ojos de la gente, coño, le dijo su padre hace muchos años, preocupado porque era incapaz de sostener la mirada. Pero una timidez patológica más una empatía arrolladora le impedían, le impiden en realidad, mirar a los ojos de la gente sin leer la tristeza escondida. Casi siempre hay una tristeza infinita, un no sé qué.

            Los chavales echan un piti antes de entrar a clases. Los viejos sacan sus perritos a cagar por las aceras (entre colillas y chicles) y los pájaros celebran estar vivos encaramados a los árboles. Todo en su sitio. Excepto él, que camina cambiando el aire de lugar hasta el bar y se pide un café solo largo que le ponga el corazón a bombear como en esa película en que al protagonista se le va parando el músculo del amor si no hace cosas interesantes y frenéticas. Se mira extrañado el pecho unos segundos y se pregunta si no se le habrá parado ya hace años y, por alguna extraña maña, sigue viviendo. Quizás todo sea un sueño, piensa hasta que el contacto con la taza de café le quema los dedos. Hostias.

            La televisión del bar da el parte. Un caballo ha entrado en un bar yanqui dando coces, un flautista ha reunido mapaches curiosos al son de su melodía, hay agua en no sé qué planeta al fondo a la derecha y las piruletas han bajado de precio. Y fútbol. Mucho fútbol. Claro que sí. Como decía  un amigo de la universidad, los futbolistas son los nuevos gladiadores. Pan y circo. Birra y fútbol. Hay que joderse. Qué insulto a la inteligencia. El paro por las nubes, la contaminación, la sanidad y la educación cayéndose a pedazos y los tíos desinformando al servicio de intereses para nada ocultos. ¿Qué coño le importa que un flautista reúna a veinte mapaches tocando una puta flauta? Háblame de algo serio, tío. Que las chorradas ya me las busco yo o me las invento. Pero la clientela mira la tele sonriendo y tomándose sus cafés. Se frota los ojos cansado de pensar y sale del bar a esperar a su compañero, que llega poco después en un coche algo viejo y le da los buenos días. Contesta y sube al coche. Van en silencio hasta la fábrica, de la que salen ocho horas después.

            Se despiden en el mismo sitio en que quedaron con un parco adiós y nuestro protagonista  se dirige a casa con las manos de nuevo en los bolsillos. No ha introducido aún la llave en la cerradura cuando escucha a su mujer a gritos con su hija. Las apacigua como puede, pues no se trata más que de una tirantez ocasional. No sé si es cosa suya pero las mujeres, a veces, necesitan una pelea para sentirse vivas. Él, no obstante, trata de evitar cualquier discusión. Ya hay bastantes problemas en el mundo como para andar confrontándose por nimiedades.

Comen tranquilamente comentando lo que ha transcurrido durante el día. Poca cosa. La hija no da encontrado trabajo. Veintitantos y no hay curro. Podría probar en el extranjero como enfermera, dice sin mucha convicción y consciente de que no se ha formado para ello. Él, que nunca ha salido fuera ni ido a la universidad, no sabe qué decir y acaba asintiendo. Lo de él ha sido siempre currar con la madera. Suele repetir que, mientras tenga sus manos para llenar el estómago, todo irá bien.

Acabada la comida se echa a andar por las calles del barrio sin un rumbo fijo. Algunos negocios han cerrado, otros, menos, han abierto. Qué fue de los compro oro estos, se pregunta. Quizás ya han almacenado todo el oro de este país y se lo llevaron a una zona más pujante. Y cuando el ciclo se complete, el oro volverá a cambiar de manos. Y así hasta el fin de los tiempos. Este pensamiento tiene corta duración puesto que ve a una chinita bonita pasar por delante de él. Y el corazón se le encoge al acordarse de aquella asiática con la que había salido. Julie, se llamaba. Vietnamita. Todo sonrisas y picardía. Qué cuerpecillo tenía la cabrona. Y lo sabían, ella y él.

            Cómo olvidar los viajes con ella. Los días de playa en las rías. Las fotos en la cascada del Ézaro. Los baños en las charcas de Ourense. Muros, Noia. Pescar en Malpica. Qué será de ella, en qué fregados se habrá metido. Cómo habrá envejecido. Podría buscarla por las redes sociales, nadie escapa de ellas. Una red sirve para atrapar. Pero para qué, se dice. Hablar con ella solo le haría daño y le golpearía la nostalgia. Hace tiempo que ha aceptado también que los amigos vienen y van, aparecen y desaparecen. Es el ciclo de la vida.

            Y, vaya. La tarde se ha pasado y se ha olvidado de pasar por la farmacia y comprar pan para la cena. Quizás sean estas cosas banales las que son más necesarias, para rellenar la vida y que no nos planteemos otras cosas más profundas. Y menos mal, porque cualquiera estaría aguantando todo ese rollo existencial por las buenas.

            Vuelve a casa y cenan. Después, ve que su hija está llorando en la habitación porque el novio la ha dejado.  Él, torpemente, le da unas palmadas en la espalda y la abraza al tiempo que le dice que todo irá bien. Ella le mira con ojitos de cordero casi degollado. Oh, no, esos ojos no, se dice mientras intenta con todas sus fuerzas no apartar la mirada. Consigue mantenerla. Ella clava sus pupilas en las suyas y sonríe. Gracias, papá, dice la chica. Y el hombre, a pesar de todo, se acuesta esa noche con ganas de aguantar muchas más miradas.

 

Comentarios

  1. El Cappo di mama

    30 octubre, 2018

    ¡Magnifico relato! Me ha encantado cómo describes el desgarro existencial que siente el protagonista y el mundo que lo rodea. Enhorabuena.

  2. Luis

    31 octubre, 2018

    Muy buen texto, Andrés, mi voto, mi abrazo!

  3. gonzalez

    6 noviembre, 2018

    Me gustó mucho, Andrés. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

  4. The geezer

    6 noviembre, 2018

    Con este relato para mí lo has clavado, todas esas sensaciones de tanta gente, buenísimo, enhorabuena
    César

  5. GermánLage

    18 noviembre, 2018

    Realmente bueno, Andrés; muy bueno. ¡Qué más puedo añadir! A seguir escribiendo.
    Un abrazo.

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