La vez que un hombre engañó a Celestia y vivió para contarlo

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Caminando por los oscuros senderos del frondoso bosque, el joven Semid intentaba no trastabillar con las piedras y la hojarasca, llevándose guiar por la luz de luna llena que esa noche resplandecía como moneda de plata. Tenía un bolso de cuero bien ceñido en su cintura que, a juzgar por la forma en que lo apretaba contra su cuerpo y lanzaba miradas nerviosas de un lado a otro, parecía llevar algo valioso. El ruido de los bichos no lo amilanó, el aullido de los lobos, algo.

Pero fue cuando subió una pequeña colina cubierta con setas y yuyos altos, que dio un respingo estrepitoso. En frente suyo se postraba una sombra envuelta en misteriosa bruma que casi le detuvo el corazón. Se llevó una mano a la mochila, luego observó hacia atrás; el joven sintió al peligro mirarlo con ojos de serpiente

Salir corriendo hubiese sido lo más sensato, tal vez quedarse quieto para analizar las intenciones del ser extraño, pero por curiosa razón comenzó a avanzar, como cuando uno elige caminar por un lugar peligroso por miedo a parecer un cobarde, si, por ejemplo, uno decidiese cambiar de sendero. Semid sintió una irrefrenable necesidad de ver el rostro de ese individuo, casi impulsado por una fuerza intangible, una magia irracional.

Pero tanto secretismo no hizo falta para el extraño, que se reveló a si mismo dando un salto de saltimbanqui y una fanfarria con su propia boca. En el medio del claro, la luz de la luna ayudó a revelar su rostro.

—¡Saludos, caminante! — exclamó con voz de contralto.

Era una mujer hermosa y esbelta, llevaba finos pero enmarañados cabellos celestes que le caían hasta la espalda, tenía una piel blanquecina y unos ojos fulgurantes de color sangre; portaba una túnica clara, aunque gastada por el tiempo, bellamente adornada con hojas y piedras de colores vivos. Semid se quedó mudo.

—Mi nombre es Celestia, la Ninfa del Mar de las Algas —se presentó con grandilocuencia.

Pasaron segundos eternos y Semid siguió callado; su rostro pétreo parecía como congelado por las inclemencias del bravo invierno.

La ninfa enarcó una ceja.

—¿Estás bien? —preguntó, preocupada.

—¡Oh si, si! —el joven salió de su ensimismamiento con cierta brusquedad.

—Menos mal, pensé que te habías muerto —rio nerviosamente.

—¡Estoy vivo!

—¡Que suerte!

Los dos se miraron intensamente bajo el siempre aplastante incordio del silencio incómodo. Luego de un rato, cuando vio que el rostro angelical de Celestia se volvía cada vez más pálido, Semid se excusó.

—Bueno, gusto en conocerte —musitó—. Adiós.

—¡Eh, no te vayas!, ¿ni siquiera sabes quién soy?

—La verdad que no. «Y no me interesa», pensó.

—Bueno, a decir verdad, no soy tan conocida aquí como en mi tierra natal.

El joven sopesó que, si quería salir de esa situación con elegancia y soltura, debía seguir el juego a la trastornada que tenía en frente.

—¿Naciste en el Mar de la Algas? —preguntó Semid.

—¡Exacto!, ¡Celestia del Mar de las Algas! —pronunció orgullosamente—. Cuidado, yo no soy como esos que dicen que nacieron del Mar de las Algas y es porque tienen una casita en la costa o por ahí. No, no, no. Yo nací del Mar de las Algas. Literalmente.

—Ya veo.

Celestia se mostró un poco ofendida por la poca pre-disponibilidad que el joven le estaba ofreciendo. Frunció el ceño, disgustada, ante tamaño insulto.

—Es curioso cómo antaño los mortales se volvían locos de amor al verme y ahora —se quejó con sonido de becerro— solo se muestran indiferentes.

—¿Por qué lo dices?

—¡Vamos! —refunfuñó—, me he presentado aquí con pompa y boato y ni siquiera te has inmutado, como si fuese una don-nadie.

—No es verdad, creo que eres muy bonita.

—Sí, claro —dijo sarcásticamente, mientras cruzaba los brazos.

Semid luchó internamente para no escapar de sus labios una risotada. Era una loca de remate, pero inofensiva, al fin y al cabo. La oteó de arriba abajo, nuevamente. Sin dudas era una mujer muy bella, aunque ataviada con ropajes extravagantes. Ahora que la luz de la luna la bañaba claramente, pensó que, quizás, tal vez, posiblemente, Celestia fuera una de las muchachuelas más hermosas que hubiera conocido jamás.

—Y tú ni que fueras gran cosa —volvió a quejarse la moza.

—Discúlpeme, Celestia del Mar de las Algas —y le hizo una reverencia—, no fue mi intención importunarla. ¿Qué puedo hacer para alegrarla esta noche? —preguntó con picardía.

—Podrías decirme que hay en tu bolso.

El semblante del chico empalideció más que el de Celestia. Sus sentidos se aguzaron, atento del peligro inminente.

—¡No hay nada!

—Mentiroso. Vamos, dime.

—No hay nada de tu incumbencia.

—Ahora estoy más intrigada —los ojos de fuego de la ninfa resplandecieron más.

Semid trató de salir del apuro con el primer sin-sentido que se le cruzó por la cabeza.

—¡Aquí dentro hay secretos, porque soy un escucha-secretos!

—¿Qué?

—Así es, mi profesión es la de escuchar secretos de las personas, juntarlos en este bolso y luego enterrarlos para que nadie los pueda encontrar.

—Ya veo —susurró intrigada.

—Pero son secretos perniciosos, oscuros, nefastos, por eso no te los puedo mostrar.

—Ahh.

—¿Tienes algún secreto que quieras enterrar? —dijo, y en su voz se le escapó un halo de suspicacia.

—Tengo muchos, pero son demasiados tenebrosos para que un pequeño bolso como el tuyo pueda digerirlo.

—Escucho.

Celestia tomó una gran bocanada de aire.

—Maté a mi propia hija, la ahorqué con sus propias entrañas. Murió, rumiando saliva y sangre, diciéndome lo mucho que me odiaba. Curiosamente yo no compartía ese sentimiento, pero era algo que debía hacerse.

Tal vez fuera el viento de invierno, pero Semid sintió como un escozor, en forma de descarga, le recorrió la espina dorsal.

Otra vez silencio profundo, miradas encontradas. El joven pensó racionalmente un momento la situación. Ella estaba loca, ¿por qué creerle? Es inofensiva, se mentalizó.

—Mira, yo…. —intentó decir, antes de ser interrumpido por la ninfa.

—Sabes que, ahora que sé que tienes secretos prohibidos ahí guardados, más ganas me dieron de verlos.

—Me temo que no es posible.

—¡Abre tu bolso, vamos! —imploró.

—¡Y tú abre tu blusa! —retrucó.

Celestia abrió los ojos, consternada.

—No tengo más que cuantiosas y horribles cicatrices. Guarda eso en tu bolso de mierda, mentiroso.

—Yo no…

—¡Bueno, basta, me has hecho enojar! —Celestia le dirigió una filosa mirada y se postró como un felino frente a su presa—, terminemos con esto.

El joven no quería molestar a la pobre muchacha, después de todo, si producto de su locura se volvía violenta, podría salir lastimada. Aunque casi de la misma estatura que él, su complexión no se comparaba con su cuerpo esculpido por las arduas labores del campo. Movido por estos sentimientos, Semid cortó el tenso ambiente con el segundo sin-sentido que se le cruzó por la cabeza.

—¿Quieres ver un truco de magia?

La ninfa se mostró interesada pero no dijo nada, a lo que Semid interpretó como un sí. Sacó de un bolsillo una rústica moneda de cobre y se la posó en una palma, cerró la mano y dirigió el puño hacia los ojos de Celestina.

—¡Abra-cadabra! —declamó, y abrió la mano para revelar que la moneda había desaparecido.

Los ojos de Celestina se abrieron como platos. Sus manos comenzaron a tantear animosamente la de Semid, tratando de encontrar el objeto.

—¡Eres realmente un mago! —dijo sorprendida.

—Je, je, je, claro que no, yo…

—¿Un hechicero, brujo?

—No…

—¿Teje-conjuros, prestidigitador?

—¡Por favor, cállate y déjame explicarte!

Ella asintió obedientemente, como estudiante al maestro.

—Cuando yo cierro el puño, en realidad dejo caer la moneda por mi brazo, sin que te des cuenta, hasta deslizarla en mi manga. Es sólo un truco para niños —reconoció, y acto seguido, se lo ejemplificó muy lentamente para que Celestina pudiese entenderlo.

—¡Comprendo! —dijo sonrientemente —Haz otro truco, por favor.

Semid pensó durante largo rato, realmente era el único truco que sabía, pero dada la emoción que la chica mostraba, se dejó llevar e improvisó.

—Piensa un color

—Listo.

—No me lo digas

—Está bien

—Concéntrate en ello

—Ajá.

—Ahora con mis poderes telepáticos, voy a leerte la mente y adivinar el color.

Fingiendo la manipulación de energías mágicas o algo por el estilo, Semid movió reiteradamente su brazo en forma circular ante la mirada atónita de Celestia.

—Pensaste en color celeste.

—¿¿Cómo lo adivinaste??

Semid largó una carcajada.

—Bueno, debo reconocer que fue suerte. Tienes el cabello teñido de celeste, naciste en el mar, te llamas Celestia; todo indica que te gusta ese color.

—¡Que ingenioso! —razonó con la mano en su mentón.

—Sí, pero fue la suerte y el azar que me hicieron adivinar. A decir verdad, es un truco bastante malo —reconoció.

La ninfa lo miró con ojos piadosos, el humano le había sacado un par de sonrisas.

—Bueno, lo lamento mucho, pero es hora de terminar con esto. Cómo dicen los pueblerinos del Mar de las Algas, “hasta aquí llegó mi amor” —y resopló una risita culposa.

Los ojos de Semid brillaron de astucia, la posibilidad de sacar provecho de la situación se le hizo muy tentadora.

—¿Quieres ver otro truco de magia, una que hará deslumbrar tu cabeza?

Celestia no pudo resistirse a tal ofrecimiento.

—¡Pues sí, claro!

—Pues dame tu pendiente, el que tienes ahí —dijo mientras señalaba con la mano a su oreja.

—Esto es oro rojo— respondió, mientras lo mostraba como vendedora seductora—. Es tan valiosos y tan raro que tú ni siquiera has odio hablar de él.

—Es verdad, pero lo que presenciarás aquí, no lo olvidarás nunca más.

Dejándose llevar por la intriga, la mujer le dio su preciada alhaja. Semid la envolvió con las dos manos y cerró los ojos.

—Ahora debes cerrar tú también los ojos y contar hasta cien.

Sus párpados envolvieron esos orbes de lava, y mientras contaba lentamente sumida en oscuridad, pensaba maravillosamente con que magia alocada saldría ese pintoresco humano. Tal vez convertiría el oro rojo en otro color, “celeste” deseó, o tal vez lo multiplicaría en muchas pendientes iguales. Su intriga se hacía cada vez más grande a medida que llegaba a la centena.

Contados los números abrió los ojos y sí que se sorprendió. No había nadie, el hombre había desaparecido sin dejar rastros. Solo ella, el bosque, la luna y esa bruma envolvente.

—¡Me robó mi pendiente! —aulló jocosamente y con el orgullo herido, como cuando uno es víctima de una buena broma pesada.

En forma de lobo sobre los bosques y montañas y en forma de águila sobre el extenso mar, Celestia volvió rápidamente hacia la cueva del peñasco donde había edificado su guarida. Caminando por sus escarpados túneles sinuosos, llegó a la recámara donde estaban sus maliciosas sirvientas aladas, las harpías, reunidas alrededor de un caldero que escupía burbujas de sustancias amalgamadas. Celesta luchó por no trastabillar con el sinfín de esqueletos humanos esparcidos por el lugar y se sentó junto a ellas, soportando el oneroso aire a putrefacción.

—¿Qué te sucede?, te ves rara —dijo una de esas criaturas.

—El maldito de Semid, el humano al que venía siguiendo, me acaba de timar.

Las harpías se dirigieron miradas incrédulas.

—¿Qué pasó?

—Fue raro. Lo intercepté en el bosque para cazarlo, pero —Celestia pensó sus palabras— me engaño con palabras y jugarretas, el malnacido, y se llevó mi pendiente de oro rojo.

Las harpías comenzaron a carcajear y la ninfa, contagiada, soltó una risita reprimida

—Es un hombre rico, ahora —se burló una harpía.

—Lástima que cuando vuelva a su casa va a encontrar a su familia devorada —agregó otra.

—Va a encontrar los tuétanos de ella —se burló otra más.

Las harpías rieron estrepitosamente, de nuevo.

—¿Y vas a ir a por tu presa?

—Ahh, lo dejaré vivir con su flamante tesoro. Después de todo, ese humano me hizo sacar una sonrisa o dos.

Comentarios

  1. Mabel

    8 enero, 2019

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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