A las orillas del Miño…

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Camino por calles que nunca me aprenderé hasta llegar. El color blanco de sus muros se me hace aún más peligroso que el rojo, como si estuviesen a punto de ser salpicados.  Fijo mi mirada en el suelo y sigo unas líneas de colores dibujadas. Parecen hilos de un ovillo que te guíen a tu destino. En realidad, desafortunadamente, ya me sé el camino. Yo ya estuve allí.

            Pulso el botón del ascensor y me planto delante de una puerta de metal cerrada a cal y canto. Un hombre fornido vestido de blanco aparece y me pregunta quién soy. Hermano de tal, pasa.

            La veo en el pasillo, suspicaz. Al principio me rechaza con la mirada, luego se aproxima y empezamos a hablar de cómo le va allí dentro. Bien, bien. Vale, vale.

De la visita salgo triste, como si un velo gris se me hubiese instalado delante de los ojos. Camino de vuelta por las calles que nunca me aprenderé. Una llamada al móvil pregunta por mi hermana. Bien, bien. Vale, vale.

  Qué frágil la vida, qué fino el hilo que separa la cordura del infierno, me digo mientras me tumbo en la cama antes de soñar que…

Hace muchos, muchos años, existía una chica que vivía en una torre en una ínsula del Miño. La torre era muy alta y de base octogonal. Una gran enredadera permitía escalar hasta la ventana donde la chica se pasaba la vida asomada. Aunque lo más práctico y seguro era utilizar una bonita escalera de caracol interior. Para comunicar esta islilla se había contratado a un barquero que se pasaba los días ocioso pescando y mirando para la ventana o la horizontal del cielo. Pero nadie venía a visitarla. Y es que, a pesar de que hacía años que intercambiaba mensajes con personas de diversa índole, nunca venían a visitarla. La chica se autocompadecía y lamentaba de su desgracia día sí y día también.

            Luego empezó a pensar que quizás el barquero era quien espantaba a sus visitantes o, incluso, estaba enamorado de ella y era tan celoso que no permitía a nadie acercársele. Así se pasó toda su juventud, rumiando teorías de conspiración variadas en las que intervenían desde la iglesia hasta el estado o sus propios padres.

            Y pasaron los años uno tras otro, inexorablemente. Y ella se envenenaba más, dándole vueltas a las cosas de una manera insana. Dicen las lenguas que momentos antes de su muerte (sobre la que no queremos profundizar) se encaró con el barquero, ya un hombre de venerable edad, y le hizo partícipe de todas sus miserias. Nadie la quería, nadie la visitaba, nadie se interesaba por ella…

El hombre, sorprendido, le dijo con toda la calma del mundo que él era un mandado. Le dijo, además, que él le habría llevado a cualquier sitio si ella se lo hubiese pedido.

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    7 febrero, 2019

    Muy buena historia. Un abrazo Andrés y mi voto desde Andalucía

  2. Esruza

    8 febrero, 2019

    Buen texto, AVM, me gustó.

    Saludos y mi voto

  3. The geezer

    8 febrero, 2019

    Genial relato!! Hacía tiempo que no te leía por aquí y realmente me ha impactado esta historia, y esa sutil conexión entre las dos contundentes historias que hay en él…
    César

  4. GermánLage

    9 febrero, 2019

    Creo, Andrés, que el mejor elogio que puedo hacer de este relato es decir que es “tuyo”; lo que equivale a decir: muy original en el tema y en el enfoque, impecablemente bien escrito y con una conclsión inesperada y perfecta. Enhorabuena, Andrés.
    Un abrazo.

  5. JR

    16 febrero, 2019

    Muy interesante y como han dicho ya otros muy original. Me encanto el desenlace final. Saludos y mi voto.

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